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EL BÚCARO DE BARRO
Simplemente un rincón donde reencontrarme con las palabras.
Acerca de
El búcaro de barro, cuando es atravesado por las gotas de agua, refresca el interior, así me gustaría que mis palabras salieran de mí "refrescándome" a mí y a quien las lea.
Sindicación
 
EL ULTIMO NEGRO

He leído esta novela de Ramón Buenaventura que fue premio Fernando Quiñones de novela del 2004. Me ha costado terminarla y no me ha gustado. El último negro se refiere al negro literario al que uno le encarga que le escriba una novela sobre su persona. El estilo de narración es original, tiene distintos narradores, pero a mí me ha costado centrarme en la trama, ya digo que me ha decepcionado un poco el argumento y la forma de escribir.

De Ramón Buenaventura me gustan más sus artículos sobre internet que leo hace años en el suplemento dominical de "EL SEMANAL", accesibles, amenos y muy prácticos. También reseñaría su página web, una página muy interesante y variada a la que vale la pena visitar.
 
ACURRÚCATE A MI LADO

Acurrúcate a mi lado
cuando sientas frío.
Deja que mi calor
se derrame por tu piel,
completamente.

Con tus lágrimas haremos
alas de gaviotas sonrientes
que volarán hacia el mar
alejando la tristeza que te envuelve.

No estés triste, porque yo,
si estás triste, me deshago
y pierdo el alimento
de tu sonrisa cálida.

Tu alegría me da vida
como el sol, la luz y el calor.
Por eso quiero verte contenta,
para no verme solo
para no verme triste.

(Luciano García Herrero)
 
ACODADO SOBRE EL PUENTE

Aún me parece verte acodado en el pretil del puente, sintiendo bajo tus brazos el tacto rugoso de la piedra de Villamayor, bajo la ciega mirada del berraco de piedra. ¿Cuánto ha pasado? ¡Más de veinticinco años! Te veo con esa delgadez que tenías, casi enjuta, en esa época en que cuando comías estabas deseando engordar.

Los álamos enhiestos en la orilla, revestidos de ropajes amarillos, jugueteaban sacudiendo el aire con sus hojas. El agua del río musicaba fluyendo bajo tus pies en alegres torbellinos y tus ojos la seguían, como queriendo viajar con ella, en ese largo camino que aún le quedaba hasta desembocar en el mar. Ese mar al que tan unido has estado siempre y que tanto echabas de menos. Recuerdo muy bien aquella mirada tuya, brillante e imparable, reflejo de ese corazón que portabas, sin lastres, colmado de ilusiones veinteañeras. Tus anhelos, a semejanza del río, aunque confinados por las paredes de la realidad, marchaban hacia el futuro en un continuo devenir de ensueños.

Fue cuando al abrir la carpeta sacaste un papel en blanco y, apoyándote en ella, las líneas negras del bolígrafo sustituyeron, por unos minutos, las fórmulas químicas a las que estaba acostumbrado por este dibujo de más arriba, aparentemente sólo un boceto, que fuiste trazando con cariño. El edificio de la Facultad, en que saboreaste tantas horas y que está irremisiblemente unido a los variopintos y chocantes olores de las sustancias químicas de los laboratorios, se alza sobre la peña Celestina. De la pared colgaban esas viejas casas, algunas sostenidas milagrosamente a pesar de su deterioro, que parecían querer ascender con la dificultad que les imponía aquella empinada cuesta. Intentaste detener aquel instante de tu vida, incluso el coche que pasaba velozmente se inmovilizó sobre el papel. Nunca imaginaste el encantamiento que aquel momento tendría transcurrido tantos años. Aquel papel, amarillo hoy por el paso del tiempo, trasparenta, entre sus límites, ese rincón de ti, que en la juventud se semeja eterno y en el que sólo se mira hacia delante. En él se adivina ese ánimo alegre que desconoce las restricciones que las circunstancias, los años y las rutinas van imponiéndonos. ¡Bendita esa provisional ignorancia que nos permite lanzarnos con empuje hacia el futuro! En medio de aquel efímero rato, tal vez atisbaste, brevemente, como en una ráfaga, que dentro de muchos años en circunstancias muy diferentes y lejos de aquel lugar, con este dibujo entre las manos, alguien, como yo lo estoy haciendo ahora mediante este texto, se acordaría de ti.
 
UNA VISITA INOPORTUNA
Al entrar en el bar, tras mirar a su alrededor, lo vio acodado sobre la barra con una taza entre sus manos. El gesto que él hizo al verla no le pasó inadvertida. Lo miró con descaro y se acercó a él sin mucho disimulo, intuyendo como su presencia lo ponía nervioso. Él se llevó la taza a los labios, mientras ella se le acercaba por detrás. Al sentirla, tan cercana, él hizo un movimiento súbito con la taza. Ella nunca pensó en su corta vida de mosca, que acabaría ahogada en una taza de té.
 
Sr. y Sra. Smith
Ayer fui al cine. Hacía muchísimo tiempo que no iba, tanto que cuando apagaron las luces pensé, en principio, que había habido un apagón. La película que vi fue Sr y Sra Smith, una película rodeada de gran propaganda debido principalmente a sus protagonistas. No son actores que me gusten especialmente, aunque hay que reconocer que a Angelina Jolie da gusto verla actuar e, incluso en ocasiones, cuando no actúa. Y eso que me he dado cuenta que al tener el labio superior tan gordo casi lo tiene pegado a la nariz, de ser hombre tendría un bigote delgadísimo y además tiene unas venas tubularmente señaladas que le sobresalen de sus delgados brazos. Pero lo que más me cautivaba de esta película, ya sé que es una cosa un poco rara, era la voz. Esa fue una de las razones que me llevaron a verla: disfrutar de la voz de quien siempre la dobla al español. Es una voz con unos registros muy peculiares y que a mí me tiene seducido: lánguida, sensual y profunda. Es la misma voz que me hace poner M80 radio deseando escucharla en el espacio que hay entre las canciones.

En cuanto a la película…sólo para pasar el rato. Dos asesinos profesionales que están casados entre sí, pero ninguno sabe de las actividades de su cónyuge. El problema es cuando las correspondientes organizaciones señalan a cada uno que la próxima víctima debe ser el otro. Algunos toques de comicidad, alguna pincelada romántica y muchos disparos y explosiones. En algún momento resulta un poco larga. Al menos pasé un rato agradable y fresquito “escuchando” la película.

Navegando por internet acabo de localizar quien es la actriz de doblaje española de la protagonista de la película su nombre es Nuria Mediavilla y tiene gran experiencia en ese mundo del doblaje, dando la voz española a numerosas actrices.
 
APUNTES PARA UNA BODA
Hace poco más de un año un familiar cercano me anunció la fecha de su enlace matrimonial. Al parecer ahora, debido a toda la parafernalia que hay en torno a una boda hay que preverlo todo con tiempo para hacer que nada falle por posible imprevisión. Desde entonces ha sido tanto lo que he oído sobre ella, que estoy deseando que pase la fecha en que se celebrará. Y eso que no soy protagonista, pero ya ha habido algunas cosillas que me han incidido directamente y no me han hecho mucha gracia.

En primer lugar, ha sido lo de la vestimenta que se empeñaban en que me pusiera un chaqué, cosa a la que me he negado rotundamente. No me lo puse en mi boda y me parece menos conveniente ponérmelo en la ajena. La insistencia intermitente sobre el tema no ha podido con mi tozudez continua y ahora hace un tiempo que no se habla del tema, espero que definitivamente esté acallado. Y como me cansen demasiado me pondré el traje de mi boda que a pesar de que tiene más de quince años esta impecable y, lo que es más meritorio, me cabe perfectamente a pesar del tiempo transcurrido. De todas formas, ya me han hecho “serias” advertencias: que aunque estemos a 40 ºC no se me ocurra ponerme mangas cortas bajo la chaqueta y que, pase lo que pase, no me la quite durante el convite. Deben de ser consejos atinados de gente profesional y experimentada en esto de las bodas.

En segundo lugar, está el tema del regalo. Yo estoy acostumbrado a que cuando vas a una boda regalas lo que te apetece o preguntas a los novios que les apetecería que les regalara. En este caso no, sin ni tan siquiera preguntar, te dicen: hemos comprado este mueble y debemos el dinero eso es lo que quiero que me regales. Vamos que no dan lugar a muchas opciones ni a regalos ingeniosos, ni siquiera a que me plantee la cuantía ya que el dicho mueble tiene un precio muy concreto y que, para colmo, el dinero irá a parar al bolsillo de otro familiar que es el que lo ha vendido y ha hecho el negocio.

En tercer lugar, ya estaba preparado por si se les ocurría hacer una típica despedida de solteros a negarme rotundamente, cualquier excusa hubiera sido válida. Por ejemplo, si hubiera sido en un local de esos, tan de moda, donde neumáticas chicas van descubriendo su piel al son de la música; hubiera alegado que uno a estas edades no tiene el corazón preparado ya para impresiones tan fuerte. Pero no, no han planteado nada de eso sino para el próximo domingo por la tarde: LA PEDIDA. Ahí me han dejado sin argumentos para no asistir, ante mi total desconocimiento de tal acto. ¿Qué será eso? A mí me suena a alguna reminiscencia del siglo XIX. ¿Qué es lo que van a pedir? Y ¿a quién se lo van a pedir? Mientras no sea una encerrona para “pedirme” que me ponga el chaqué, por mí que pidan lo que quiera. Espero que no me llamen para decirme que hay que llevar un regalo para la pedida, que ya ellos hayan decidido porque, entonces, sí que no me ven el pelo. En fin, el domingo saldré de dudas. Alguno decía que era para que las familias se conocieran antes de la boda ¿¿?? Tampoco creo que eso tenga mayor interés más que, llegado el día de la boda, le digas a alguien: me suena su cara, debe ser del día de la pedida. Y, además, son gente que al vivir en otra ciudad, probablemente no vuelvas a verlos hasta que los futuros esposos tengan su primer niño.

¿Todas las bodas de ahora son así? Porque la conclusión que saco de todo esto es que, me alegro de que mi boda fuera hace ya unos años porque, si hubiera habido que rodearla de tanta complejidad inherente, me lo hubiera pensado bastante más.
 
DIBUJANDO AL ATARDECER

La brisa que cosquilleaba a las hojas de los árboles y el cercano rumor de las olas, que no oía pero sentía, estimularon, aquella tarde, mi salida a dibujar. Decidí sacar mis aperos de dibujos: el cuaderno, lapicero, bolígrafo, rotuladores, lápices de colores y una cajita en la que guardo cosas variadas y me fui camino de la playa. Me había decidido a hacer un dibujo del atardecer. A mi paso las sombras se alargaban fantasmagóricamente producidas por un sol que iba de recogida.

Al llegar, me senté en la arena apoyando el cuaderno sobre mis piernas y al lado la bolsa con mis artilugios. El azul del cielo estaba decolorándose mientras alegres tonos anaranjados y amarillos lo iban adornando. Me gustaba esa imagen, ese instante mágico y decidí plasmar aquellos colores en mi cuaderno para retenerlos para siempre. En primer lugar estuve decidiendo el encuadre, ayudado de ambas manos. La zona izquierda estaba, ya, demasiado oscura. En la derecha había tres sombrillas que me interferían. Más abajo demasiada arena. Más arriba demasiadas nubes. Tras variopintas dudas encontré el rincón adecuado: mar, arena, colores tenues y viento suave. Pero ¿cómo dibujar el viento? Saqué el lapicero para hacer un boceto, pero la mina se negaba a salir. Lo desmonté y tras localizar la parte de detrás, que casi se me pierde por la arena, me di cuenta que es no tenía mina. Encontré la cajita con las de repuestos y la coloqué rápidamente. Al fin, funcionaba. Antes de esbozar saqué, para tenerlos a mano, los lápices de colores necesarios: naranja, amarillo, azul, rosa, celeste, verde claro y rojo. Hacía tiempo que no los usaba y, entonces, me di cuenta que apenas tenían punta. Alguien me había quitado el sacapuntas, menos mal que tenía también una pequeña navajilla y, con cierto trabajo, fui afilándolos uno por uno, lo que me llevó un buen rato.
Ah, la goma de borrar, que luego me sale una raya mal y da más coraje tener que buscarla. Por fin, ya parece que estoy preparado para empezar “mi obra maestra”. Respiro profundamente y vuelvo la vista hacia aquel encuadre que tanto me costó localizar.

¿Qué ha pasado? Los colores han variado, más bien han desaparecido, con tanta preparación ha anochecido sin que me diera cuenta. Que verdad es que los instantes mágicos de la vida o se atrapan en el momento o se expone uno a perderlos para siempre. Pero yo no me quedo sin hacer el dibujo. Hago el boceto y coloreo perfilando bien.

Cuando vuelvo a casa, al menos lo hago con un dibujo hecho bajo el brazo, pero mañana no se me puede olvidar ir a la papelería a comprar un lápiz de color negro, el que tenía nuevo se me ha gastado del todo.
 
LIBROS PARA ESCRIBIR (y 2)
“Teoría y técnica del cuento” (Enrique Anderson Imbert-Ed. Ariel – Barcelona 1.999) Este libro es muy extenso y pormenorizado, tanto, que para mi gusto es demasiado teórico.

“El compañero del escritor” (Martin Roth – Ed. Ma non troppo), un libro orientado a la práctica. Va describiendo distintos temas sobre los que se puede enfocar un relato: acción, amor, oeste, espionaje, deportes… Enfoca los temas, presentando colección de expresiones y palabras correspondientes a los distintos temas y cosas prácticas para no perderse demasiado. Si uno tiene dudas de qué nombre ponerle a los personajes, aquí encontrara una extensa lista, ya sean españoles o ingleses.

“La construcción del personaje literario. Un camino de ida y vuelta” (Isabel Caselles- Ediciones y talleres de escrituras creativa Fuentetaja).

“Cómo documentar tu novela” – (Gema Delgado – Ediciones y talleres de escritura creativa Fuentetaja). Guía breve, pero práctica y da ideas para iniciarse en el mundo de la documentación, algo fundamental al iniciar un relato o novela.

“Perdón, imposible”-(José Antonio Millán – Círculo de Lectores 2005) Si algo hay incómodo es leer un texto con los signos de puntuación mal colocados y que no acompañen a la lectura. Este libro es un recorrido por el uso adecuado de los signos de puntuación salpicado por multitud de ejemplos.

“El derecho y placer de escribir. Curso de escritura creativa” (Julia Cameron – Gaia Ediciones – Colección Recréate – Madrid 2004) Este libro lo tengo todavía en la lista de los no leídos, pero por lo que lo he hojeado tiene buena pinta.

De todas formas, tras citar esta lista de libro, pienso que de ellos se pueden sacar muchas ideas que nos ayudarán a escribir, pero que nunca podrán sustituir el trabajo paciente y continuo de la práctica diaria. Hay personas que, sin duda, tienen un genio que les ayuda a escribir, pero de esos hay muy pocos. Los demás la única forma que tenemos de aprender a escribir es escribiendo incesablemente. Al principio nos costará más pero con el tiempo, casi sin darnos cuenta, veremos como vamos evolucionando en nuestra forma de escribir. Creo que el blog es un lugar privilegiado para hacer nuestros ejercicios cotidianos de escritura.

Termino con un texto de Julia Cameron, del último libro citado más arriba: “El acto de escribir, la aspiración a hacerlo bien, es puro vértigo, puro proceso, tan emocionante como tensar un arco. Dar en el blanco creativo, con la frase que expresa exactamente lo que ves brillar en el horizonte, hace que la persecución merezca la pena; pero la persecución en sí misma, las cosas que uno caza al vuelo por el rabillo del ojo, también es importante. Me gusta cuando escribo bien, pero, ante todo, me gusta escribir”.
 
LIBROS PARA ESCRIBIR (1)
La mayoría de los que circulamos por este mundillo de los blogs, aparte de que nos guste la lectura, somos también aficionados a la escritura y disfrutamos con esa infinita capacidad que tienen las palabras para expresar ideas. Cuando un día, no sabemos por qué, nos aparece el gusanillo de las ganas de escribir, cualquier libro nos sirve para fomentarlo, pero hay algunos que nos ayudan de una manera especial, son aquellos que tratan de técnicas de escritura creativa. Quisiera compartir en este blog alguno de los que conozco, y que a mí me han ayudado por si a alguien les interesa.

En primer lugar citaría los libros de la escritora norteamericana Natalie Goldberg. Sus libros, muy amenos y atractivos, son un verdadero estímulo para decidirse a escribir. Nos anima a ejercitarnos y a no dejar quieto el bolígrafo sobre el papel. Los tres libros son:
-“La escritura como terapia creativa”-Ed. Oniro –Barcelona 2001
-“El gozo de escribir”- Los libros de la liebre de marzo – Barcelona 1999
-“El rayo y el trueno. Pasión y oficio de escribir”-Barcelona 2001

Un libro muy completo y que conviene leer: “La cocina de la escritura” (Daniel Cassany-Ed. Anagrama- Col. Argumentos-Barcelona 2002). Siendo denso en la materia su lectura se hace atractiva. Muy útil porque da ideas aplicables a la escritura e indica cosas que deben evitarse o como corregirlas.

“Escribir. Manual de técnicas narrativas” (Enrique Páez-Ed. Círculo de Lectores). Como su título indica, todo un manual sobre el hecho de escribir. Repasa todos los géneros en sus distintos capítulos. Es ameno con una amplia bibliografía, lo que lleva al conocimiento de otros interesantes libros y tiene ejercicios para practicar en cada capítulo.

“La práctica del relato. Manual de estilo literario para narradores”(Angel Zapata –Ediciones y talleres de escritura creativa Fuentetaja). Muy ameno y práctico. Da ideas.

“Como una novela” (Daniel Pennac – Ed. Anagrama – Colección Argumentos – Barcelona 2001). Este libro no anima tanto a escribir como a su fase previa: la lectura. Acerca de forma original a ese gran placer que es el leer. Contribuye a dar pistas sobre esa preocupación que tenemos padres uy educadores de animar a la lectura a los más jóvenes. Se lee del tirón “como una novela”.


Mañana indicaré algunos más.
 
COMUNICACIÓN INCOMUNICADA

El y Ella vivían en la distancia y se conocían desde hacía años. El siempre tuvo necesidad de comunicarse con Ella. A Ella le gustaban estas comunicaciones, aunque nunca tuvo necesidad de comunicarse con El. Así que, durante todo este tiempo, las comunicaciones de El (por carta, teléfono, mensaje en una botella e incluso a través de una paloma mensajera), nunca tuvieron respuesta de Ella y siempre le quedaba, a El ,la duda, que no le hacía sentirse bien, de si Ella la habría recibido. Ella tampoco se sentía bien de que le llegaran tantas comunicaciones de El y no se sintiera capaz de responder.

Transcurrieron los años en esta situación, hasta que un día Ella, enemiga de tecnologías pero a la que habían regalado un móvil, le dio a El su número. El vio ahí colmada su necesidad de comunicarse con Ella. El empezó a ser feliz, cuando le apetecía le mandaba un mensaje y además le avisaba que le había llegado. Ella recibía los mensajes pero seguía sin ser feliz, cuando sonaba su móvil, sabía que sólo podía ser de El, pero nunca aprendió a contestarlos y esto le dolía. Un día visitando Ella la torre de una iglesia, sin que se diera cuenta, el móvil se deslizó por el bolso entreabierto cayendo sobre el nido de una cigüeña que estaba más abajo. Como Ella lo usaba poco no se dio cuenta que lo había perdido hasta al cabo de un mes. Y desde entonces, todos son felices: El porque manda los mensajes y el móvil le avisa que ha llegado, Ella porque no le llegan mensajes y eso no le recuerda que tiene que contestarlos, y la cigüeña porque cada vez que suena el pitido del móvil en su nido se incorpora y aletea las alas de una manera tan armoniosa que es la admiración de todos los que la contemplan. Incluso El pudo contemplar, aquel espectáculo, un día en que paseaba bajo la torre y se le ocurrió mandarle un mensaje a Ella.

 
NOCTURNO LITERARIO

Cuando las últimas luces del día sucumbían a los embates del anochecer, se inició el acto de presentación del libro "De la santidad al crimen" de los autories sanluqueños Regla Prieto y Salvador Daza. El escenario, un lugar único, fue un salón del Palacio Ducal de Medina Sidonia. Aunque la brisa del río entraba a través de las puertas abiertas hacía bastante calor, tal vez porque es agosto y estaba lleno de numeroso público. La presentación del libro la inició un catedrático de la universidad de Sevilla, cuya amena disertación, nada más empezar, se vio interrumpida por la rotura de una de las sillas, de plástico de calidad ínfima, y la caída del que estaba sentado sin que la cosa pasara a mayores. Nos introdujo en el tema del libro, diecisiete casos de crímenes cometidos por clérigos desde los siglos XV al XIX y que los escritores habían, primero estudiado con paciencia en numerosos archivos y segundo transformando lo relatado en esos archivos en una narración. Todos casos que habían llegado a los tribunales civiles.

Posteriormente fue la autora, la que tras los agradecimientos comentó la génesis del interés por aquellos estudios. Nueva caída de otro espectador y silla destrozada. Todo el mundo empezó a temblar pensando que podría ser el siguiente de aquella lotería siniestra. El interés partió de un libro que estaban leyendo en que se informaba de un crimen que en el siglo XVI se había cometido en la puerta del convento de las carmelitas, en el que un religioso había asesinado a una joven de dieciocho años. El convento estaba situado frente a la casa, donde había nacido uno de los autores, en la que estaban leyendo ese libro. Una posterior investigación les llevó a la conclusión que en esa misma casa había vivido la joven asesinada y apareció una carta del padre, donde perdonaba pero no olvidaba y pedía que alguien informara de lo que había ocurrido a su hija, para que nunca más se repitiera algo así. Esto fue el comienzo de 10 años de investigación en legajos y la publicación de tres libros.

La presentación terminó y yo me relajé al darme cuenta que mi silla había resistido. Posteriormente en los jardines del palacio una degustación de manzanilla y canapés culminaron el acto.

En la cercana población de Rota, a la misma hora, se celebraba el segundo encuentro literario que reunió a escritores de la talla de Eduardo Mendicutti, Benjamín Prado, Almudena Grandes, Benjamín Prado y Luis García Montero. Llena de alegría que, de vez en cuando, haya ocasiones para reencontrarse con los libros que no sólo sea en la intimidad de su lectura
 
EL CALLEJÓN DEL DUENDE
Cuando me adentré en el jardín del callejón del duende, así le llamaba Olga porque según ella en este lugar, donde nos conocimos, fue donde quedó embrujada por mí, mis pasos plomizos cargaron con pena sobre los adoquines. El repiqueteo machacón y descompensado de las suelas me semejaron a John Silver con su pata de palo. El atardecer empezaba a tender sus visillos en el cielo, mientras cabizbajo, con el corazón apretado por una mano invisible, divagaba. Mis pensamientos todos de un color negro zaino se mezclaban confusamente. Era incapaz de asumir que no la vería nunca más, me parecía todo un mal sueño y, sin embargo, aún resonaba en mis oídos el ruido de la paleta del sepulturero, hace escasamente una hora, mientras extendía el cemento en su nicho. Eso fue lo último que escuché, me giré bruscamente y, como el que huye desesperadamente de su propia sombra, salí del cementerio, sin importarme nada lo que pensaran los vivos que allí se quedaron. Y seguí a mis pies.

Y en ese callejón donde nuestros besos iluminaron los rincones, donde nuestras caricias crearon estrellas y donde tomamos grandes decisiones, he caminado ahora con la mayor de las soledades, una soledad permanente, con la que hiere la muerte haciendo anidar en mí la certeza de que nunca volverá para curar ese aislamiento. Sólo dos días han sido necesarios para que la muerte como un amante irresistible arrastrara a Olga y destruyera la feliz y amorosa existencia que vivíamos. Al final del callejón está el lugar donde levantamos nuestra casa. La construimos aunando ladrillos e ilusiones. Es la misma, aparentemente nada ha cambiado en ella, pero un hálito de silencio la envuelve. Al atravesar la puerta, enciendo la luz, pero las tinieblas siguen cubriéndolo todo. Los recuerdos que me rodean, las fotos en la pared, su sillón, sus gafas sobre la mesa,…laceran aún más mis recuerdos. Subo las escaleras con el mismo ánimo que si las estuviera bajando por lo que se me hace interminable la subida. Entro en el dormitorio, testigo mudo de ráfagas de pasión, y al observar las sábanas arrugadas en la cama es como si entrara en el epicentro del vacío. ¡Nunca me había parecido el colchón tan grande! Al fondo de la habitación, con las puertas abiertas, y acariciado por el bamboleo que la brisa nocturna imprime a las cortinas, está el balcón.

La oscuridad de la calle, a modo de un imán, me atrae hacia él. Me agarro al borde con mis manos, miro hacia esas estrellas que en otro tiempo nos enamoraron y que hoy parecen burlarse de mí. Se me hace insoportable tanto desgarro y percibo como se desangran mis emociones. Saco mis pies fuera del balcón y mi cuerpo obediente le sigue y aún me queda un instante para pensar que, si la aceleración de la gravedad es de 9,8 m/s2 , tardaré escasamente medio segundo para reencontrarme con Olga.
 
UN AMANECER INUSUAL
Esta mañana cuando me desperté para ir al trabajo, noté algo extraño, la habitación estaba totalmente a oscuras y no se veía la habitual luminosidad del despertador eléctrico. Aunque la cabeza no la tengo muy espabilada a esas horas no me costó darme cuenta que la luz se había ido. Cogí la linterna que prudentemente duerme a mi lado desde que nacieron las niñas y acercándome a la ventana vi la calle en penumbras, era un corte general. Me lavé y vestí como pude, menos mal que la experiencia me hace reconocer donde tengo cada parte del cuerpo con los ojos cerrados... y me fui a la calle.

El nublado y la semioscuridad daban un tono sepia al amanecer, si miraba hacia algún sitio donde no se movía nada, por el color, parecía una foto del tiempo de mis abuelos. Hice una primera parada en la papelería a comprar el periódico, la librera con todo el interior a oscuras estaba sentada en la puerta, sin poder hacer otra cosa, que mirar al cielo a ver si aún había alguna estrella despistada. El periódico no había llegado. Me llegué a la oficina, aunque el amanecer ya se había desperezado tímido, el interior aparecía sumido en tinieblas a excepción de dos alarmas que pitaban y encendían luces. Una la pude quitar la otra siguió haciendo un desagradable e intermitente ruido a pesar de pines y pulsado de botones. Hace mucho calor, pero el aire acondicionado dice que sin electricidad no funciona. Abri persianas y visillos pero allí no se veía nada, visto lo cual cerré y decidí irme a desayunar. Sólo fue un intento. La cafetería gris, la cafetera apagada sin poder hacerse café, pan no había, la panadería se había quedado sin luz y tampoco podía leer el periódico porque la linterna me la había dejado en la oficina.

Vuelta a la oficina, por la calle jaleo por las calles, los semáforos no funcionan y en los cruces los coches confiando en la buena voluntad de los otros, pasan por donde pueden. Todo el mundo habla de que se ha ido la luz. Abro la oficina ¿para qué si no puedo encender el ordenador y no voy a poder ver la cara de los que llegan? Pero justo en ese momento se encienden las luces, uffff, ya puedo encender el ordenador. Nueva escapada para ver si puedo desayunar algo, cosa que hago en 8 minutos y sin café, la máquina no se había calentado, el pan acababa de llegar. El resto de la mañana fue más o menos normal, pero me hizo pensar lo muchisimo que dependemos de la electricidad, no somos nada sin ella.

Por la tarde he ido al gimnasio. Llevo ya un año yendo y todavía no encuentro esa adicción que dicen que se siente, ¿será cuando se llevan diez años?. Eso de sudar como que no me motiva mucho, el momento que más disfruto es tras la ducha en que me quedo de maravillas.
 
LO QUE VALE UNA VIDA

Estoy en esa edad en la que un hombre quiere,
por encima de todo ser feliz, cada día.
Y al júbilo prefiere la callada alegría
y a la pasión que mata la renuncia que hiere.

Vivir entre las cosas mientras el tiempo pasa
-cada vez menos tiempo para las mismas cosas-
y elegir las que valen una vida: las rosas
y los libros de versos, y el viaje y la casa.

Hasta ahora he vivido perdido en el mañana
-seré, seré, decía- o en el pasado- he sido
o pude ser, pensaba -y el mundo se me iba.

Ahora estoy en la edad en que una ventana
es cualquier aventura, y un regalo el olvido.
Yo no quiero más luz que tu luz mientras viva.

(Rafael Juárez)
 
Vivir del cuento
Hay algo a los que muchos, en forma de mítica ilusión, aspiramos pero pocos lo consiguen, me refiero a vivir del cuento. En nuestro país, el cuento como género literario parece que está en un segundo plano, seguramente porque se le da mayor importancia a las novelas y se piensa, equivocadamente, que el cuento es una novela pequeña, cuando el cuento en sí es un género concreto y con unas peculiaridades particulares, que hacen que el escribirlos no esté exento de dificultad.

Hoy he terminado de leer el último libro de Hipólito G. Navarro, un onubense nacido en 1961 y uno de los grandes de este género en nuestra tierra. El título es "Los últimos percances" y está compuesto por sesenta y siete relatos de distinta amplitud. Es una buena ocasión para que quiera adentrarse en la obra de este autor, ya que es una recopilación de relatos escritos entre 1981 y 2004.

Tiene una forma de escribir característica, que unas veces sorprende, otras provoca y, en ocasiones, obliga a releer el camino ya andado. Domina con habilidad el lenguaje y es capaz de unir palabras que nunca imaginamos hermanadas.

Lo que no he conseguido enterarme, a pesar de haberme leído el libro completo, es lo que significa esa G. que aparece en su nombre.
 
Decepción
Por circunstancias laborales conocí a una ATS, ahora le llaman DUE, del Centro de Salud. Días más tardes coincidimos en el gimnasio, pero a las pocas semanas desapareció del mismo. Un día, que me la encontré por la calle, le pregunté por la razón de esa ausencia y me estuvo comentando que andaba muy liada con su trabajo, pues andaban realizando en los colegios, coordinados con la Delegación de Educación, una campaña sensibilizadora antitabaco para que los profesores dejaran de fumar. Me pareció una labor buena y encomiable, el trabajar para evitar futuras enfermedades tan ligadas al tabaco y por una mayor calidad de vida.

Pero hoy, precisamente al salir del gimnasio, he vuelto a verla por la calle. Hoy seguro que no iba a hacer flexiones, pues iba elegantemente vestida y alzada entre sus tacomes y, a su alrededor, una nube de humo, proveniente del cigarrillo que llevaba entre sus dedos, la envolvía.

Sólo la saludé, pero me ha decepcionado un poco, ¿cómo se puede convencer a la gente si uno no está convencido de lo que predica? Ya sé que no tiene nada que ver, pero me imaginé a uno de una ONG de los que trabajan en Africa, que tras repartir sacos de arroz entre la población, vuelva a casa y se zampe un bocadillo de jamón.
 
Educar la sensibilidad
Una de las cosas más importantes que tenemos es nuestra sensibilidad. Por ello pienso que es algo que debemos estar continuamente educando y, acompañando a ésta, nuestra capacidad de admiración.

En nuestras vidas, de ordinario rutinarias, hay multitud de cosas dignas de admirar, pero tenemos que estar atentos a ellas. A mi hija la pequeña,de broma, le suelo decir si jugamos a algo que a ella no le gusta, es al juego de los turistas. Consiste en pasear por las calles habituales como si fuéramos turistas que se admiran por las mil esquinas ya conocidas. Es complicado, pero es sano descubrir señales nuevas en lo de todos los días.

Del libro que ya comenté de "La ruta de las caravanas", quiero citar un texto de la protagonista, admirándose en la mezquita de Córdoba, que me gustó mucho como está escrito, porque a mí me ha pasado eso en más de una ocasión:

Los lugares hermosos hay que conocerlos solos, sin acompañante que te distraiga, así, la comunión con el entorno se hace más intensa y las percepciones más agudas. Después, si se quiere, se puede compartir con otras personas. Pero siempre quedará el recuerdo del primer diálogo interior entre nuestra soledad y el monumento. El silencio, las perspectivas adivinadas, y la armonía del espacio sagrado me cautivaron a medida que avanzaba por el interior de la gran mezquita. No puedo negar que el confundirme entre los secretos de sus geometrías me sumergió en un oasis de gozo. Como suele ocurrir ante los grandes monumentos, no tuve la sensación de estar ante una arquitectura genial No. Creía estar en un lugar con alma, en un poema escrito en piedra. "En lugares así, es fácil creer en Dios", pensé en aquellos momentos.
 
Adiós a Pepita
Hoy le he dicho adiós a Pepita. Tras varios días en su compañía me he despedido, con pena, de ella. Durante unos días he compartido su vida, he visto como iba envejeciendo, como ha malvivido y he participado de la espera amorosa de los veinte años que el hombre de su vida ha tardado en salir de la cárcel, para unir sus vidas como ellos anhelaban. He conocido a la señora Celia y al señor Gerardo, y a Tensi que murió ejecutada, y a su hija Tensi que sólo por el hecho de nacer alargó en unos días la vida de su madre...

Me he movido en ese universo que ha creado Dulce Chacón en "La voz dormida" y me ha dado alguna que otra sacudida interior. Lo del menos era el bando en el que les tocó vivir, lo de más el drama de estas mujeres pisoteadas y anuladas, pero a las que nunca les faltó ese punto de ilusión que les impelía a seguir adelante.

Se nota que es una novela pero de pocas gotas de ficción y es digno de resaltar el trabajo de la autora por encajar con brillante habilidad las piezas de tan complejas vivencias e historias.

Escrito con gusto, algunas de sus frases, por su forma o fondo, me han hecho detener la lectura y encenderme por un instante una lucecita de colores:
-"La soledad se descubre a menudo en la necesidad de un abrazo".
-"El agua caía a chorros de los picos de la mantilla de Pepita, como si la mantilla fuera la propia lluvia".

Novela en blanco y negro con cierto olor a naftalina, pero con un color rojo brillante de sangre y de vida atravesando por las venas de sus hojas. Unas páginas que pueden servir de revulsivo para algunas conciencias y como forma de expresión para mucha gente silenciada durante tantos y tantos años.

Enlazo la entrevista hecha a la autora con motivo de esta novela, pues me parece muy interesante y aclaratoria al respecto.
 
Aquel grato verano

Siempre guardaré un buen recuerdo de aquel verano de hace ahora veinticinco años. Lo pasé en un colegio de la Rioja, rodeado de verdes campos y una gente estupenda.

Para mí fue un verano original, ya que al proceder de una ciudad totalmente urbanita, rodeada completamente de mar y en la que para ver un campo de cultivo o una vaca había que recorrer más de quince kilómetros, aquella inmersión rural no dejó de sorprenderme. Por otro lado una cierta morriña me invadía, era la primera vez en que pasaba un verano lejos del mar. Pero la estancia en aquel lugar entre Logroño y Villamediana de Iregua compensó con creces.

Por la mañana participaba de los trabajos de la finca. Así aprendí a coger cerezas desde lo alto de una escalera, a recoger peras y a arrancar melocotones del árbol mientras ese polvillo que desprende sus hojas no cesaba de picarme la espalda. Me agachaba para arrancar las malas hierbas y no sólo vi por primera vez un azadón, sino que aprendí a usarlo y a que se me encallecieran las manos. Un baño en la piscina culminaba la laboral mañana que se reanudaba otro rato por la tarde. Por primera y única vez, ya que la experiencia no la he vuelto a repetir, me sentí más cercano de la tierra y de la vida que surge de ella. Al anochecer tras la cena, era la época de aquellos dos únicos canales, raramente veía la televisión, solíamos salir a la azotea donde la brisa y la oscuridad de la noche, completaban nuestro bien merecido descanso con un cielo brillantemente tachonado de estrellas que envolvía nuestra charla tertuliana.

Un verano único donde, quizás, una de las cosas que más echo de menos es la capacidad que desarrollé en aquella época para saborear, como con un exquisito paladar, el día a día.
 
Vivir como un niño

Si hay un libro, que me sedujo desde que lo leí, ese ha sido "El principito". Sin duda contribuyó a ello que lo hice en esa edad en la que uno está con la sensibilidad más abierta a todas las ilusiones. De vez en cuando, lo tomo en mis manos, lo releo y me sirve de termómetro para saber si ese "niño", que debe permanecer en mí a pesar de que cumpla años, sigue ahí.

He terminado de leer el libro "Vivir como un niño. Meditaciones sobre el principito" de Antonio González Paz en Ediciones PPC. A Antonio lo conozco hace muchos años, está revestido de un gran sentido del humor y una rica personalidad, ha desarrollado una gran capacidad para con, sus palabras y escritos, llegar a la hondura de las personas. Tiene una amplia experiencia en el campo de la educación y ha escrito varios libros. Estuve con él hace un mes y me comentó que, de sus libros, del que se sentía más orgulloso era de éste; así que confiando en ello lo compré en un reciente viaje a Madrid.

Es un libro que me ha gustado mucho. En él, Antonio, va intercalando reflexiones y comentarios con textos de "El principito" incidiendo en determinados aspectos para hacer reflexionar al lector. Además los acompaña de textos, de otros autores, muy bien escogidos.

"Antes de cerrar la ventana, el aviador sonreirá- "me hacen reír las estrellas", aclarará a cualquier adulto asombrado por su conducta- sabiendo que en la inmensidad del cielo, un príncipe enamorado le guiña cómplicemente. Sin saberlo se había convertido en eso que Dolores Aleixandre llama un "zahorí de la vida", al ser capaz de descubrir bajo un suelo reseco las corrientes subterráneas de vida que lo surcan. Ninguna persona mayor comprenderá que un gesto tan trivial puede tener tanta importancia..."

Es una buena ocasión, su lectura, para dejarse refrescar por las páginas siempre vivas de "El principito".
 
Un reencuentro
Ayer tuve un agradable reencuentro con un antiguo amigo. Nos conocemos hace casi treinta años, nacimos en ciudades cercanas y estudiamos la misma carrera universitaria, pero luego nuestros caminos divergieron. El aprobó primeramente oposiciones a la enseñanza, pero siempre tuvo miras más allá y fue cuando aprobó las de funcionario de la comunidad económica europea, siendo destinado a Bruselas. Allí conoció a la que hoy es su mujer y es donde viven junto con sus hijos.

Hacía siete años que esos kilómetros que nos separan no han hecho posible el que nos viéramos, pero el otro día tuve la alegría de recibir una llamada suya diciéndome que estaba de vacaciones en un urbanización cercana, donde tienen un piso, y que fuéramos a cenar.

Fue una cena muy agradable, en la terraza de un ático desde el que se divisaba una encantadora vista nocturna de la campiña y una temperatura de lo más agradable. Allí recordamos viejos tiempos y antiguas anécdotas, mientras por el cielo atravesaban estrellas fugaces. El tiempo se pasó rápido como si nos resistiéramos a separarnos. Y cuando me iba atravesando aquellas oscuras carreteras pensaba lo diferente que es la vida y el día a día, aunque los inicios sean similares, según el camino que tomemos. Tardaremos en vernos, el lunes vuelven a Bruselas, pero yo me sentía contento, porque por encima de la distancia y los años transcurridos, nuestra amistad sigue viva.
 
Una persona original
Cada vez en las reuniones se habla menos de ese tema tan recurrente que era la mili, hoy algo prácticamente extinto. Tampoco en los blogs suele aparecer, pero tranqui que no voy a hablar de ninguna de las aventuras, que tuve unas pocas, que me pasaron allí. Sí me quiero referir a ella porque fue donde conocí a Jorge.

Jorge era un sacerdote de Plasencia que fue de los primeros curas que tuvo que hacer la mili, los anteriores estaban exentos. Yo lo conocí en el campamento de Hoya Fría en Santa Cruz de Tenerife. En seguida noté que era una buenísima persona y nos hicimos amigos. El poco tiempo que estuvo allí, pues fue destinado de capellán a un cuartel, siempre estaba rodeado de un gente que escuchaban su siempre afable y simpática charla. Era un hombre que llegaba a la gente. Sólo a unos cuantos nos destinaron a Las Palmas, entre ellos a Jorge y a mí y mantuvimos nuestra amistad. Aunque estábamos en sitios diferentes de vez en cuando nos veíamos, además empezó a trabajar en una parroquia situada junto a la casa de unos amigos míos de cuya hospitalidad yo abusaba yendo a comer puchero todos los sábados y era también un motivo para reencontrarnos. Jorge además era peculiar porque además de sacerdote era árbitro de fútbol de tercera división. Me dijeron que en el campo de fútbol era inflexible y no pasaba una. En cierta ocasión, sin pedir el preceptivo permiso a los mandos, fue a Lanzarote a arbitrar un partido. Aquello acabó como el rosario de la aurora y tuvo que salir protegido por la policía. Así que un viaje de incógnito, que se suponía que era, salió en todos los periódicos y televisión. Terminado el servicio militar el volvió a Plasencia y yo me fui a Madrid a dar clases en un colegio que estaba situado justo debajo de Torrespaña. Muchas veces pensé que como a la torre le diera por caerse caía en el patio del colegio.

Un día estando yo dando clases vi tras la puerta a Jorge. Comimos juntos ese día y me estuvo contando que lo habían llamado de televisión española para hacerle una entrevista en el programa “La Tarde”, por eso de ser cura y árbitro. Me dijo que si quería acompañarlo y, encantado, nos dirigimos a televisión. Tras la entrevista se le acercó el director del programa y le dijo que se le daba bien esto de las cámaras. Nos despedimos pero a los pocos meses volvió a visitarme al colegio pues tenía una comida con los directivos del programa, donde le ofrecieron la presentación del programa. Y así fue como se convirtió en presentador de televisión además. Un día lo llamé y acudí al plató a ver uno de sus programas, fue cuando me presentó a sus compañeras: María Casanova y una casi desconocida llamada María Teresa Campos. Lo hacía con gran soltura y bien, como todo lo que hacía.

Estuvo una temporada presentando el programa hasta que un día decidió dejarlo y marchar a la diócesis de Canarias. Pasada esta etapa el quiso volver a la iglesia canaria donde había visto la gran necesidad que tenía de sacerdotes y regresó, ahora de párroco a la parroquia donde estuvo trabajando. La distancia nos fue separando pero pasados un par de años me enteré por mis amigos que Jorge estaba enfermo. Nunca supe que es lo que tuvo, sé que a los pocos meses volvió a la península ya muy grave, donde murió con poco más de treinta años, perdiéndose un buen sacerdote y una gran persona, de quien guardo un gratísimo recuerdo.
 
Entre copas

Andrés detuvo su coche cuando entre nieblas vio aquel vehículo parado. Era de diseño original, no había visto muchos como ese en aquella solitaria carretera. Y entonces, fue cuando la vio a ella. Su figura imponente resaltada por las luces del coche le pareció a él que le estaba aguardando. No era capaz de definir su estado de ánimo así que prefirió dirigir sus esfuerzos a acariciar con sus ojos la figura de aquella suculenta hembra que el azar le había brindado.

Sus ojos eran dos estelas brillantes de un negro azabache que surcaban el óvalo de un rostro perfecto. La nariz respingaba como oteando al aire. Sus orejas menudas y parejas sostenían dos aretes minúsculos. Unos jugosos labios entrevelaban la más perfecta hilera de dientes que hubiese imaginado. No supo por qué, le recordó a una cita que tuvo con una vieja amiga, ella se tiró a sus labios y él la retuvo perdiendo una oportunidad que siempre le pesó. ¿Era esta la posibilidad de recuperarse de aquello? Su cabello dorado estaba graciosamente atrapado en una coleta. Y el cuerpo… lo veía pletórico de curvas que daban forma a sus pechos y nalgas convirtiéndolo en un todo oscilante. Se fue acercando poco a poco a él con un movimiento que a Andrés le semejaba el trote retozón de una yegua musculada. Ella cada vez estaba más cerca de su ventanilla abierta, tanto que le pareció captar su perfume fresco. Él cada vez se notaba más nervioso o, tal vez, era más euforia lo que estaba sintiendo.

Percibió como sus partes bajas comenzaban a hincharse, le sorprendía aunque no le extrañaba que fuera una erección. La tenía tan próxima que casi compartían alientos, y ella agachando su cabeza frente a la suya, le habló. El tono de sus palabras era impersonal, si es que alguna vez una voz femenina es capaz de estar desnuda de esa calidez que captan los oídos masculinos. Y con una voz de soprano melódica, dirigiéndose a él, le dijo:

-Por favor, ¿me enseña su permiso de conducir?

Y entonces fue, como si estas palabras hubieran roto un hechizo que le atrapaba, cuando la nube que le envolvía desapareció. Su cara cambió de color de pálida a azulada cuando se reflejaron en ella las luces del coche patrulla. La hinchazón de su parte baja rompió, mientras un liquido amarillo recorría sus piernas y él era consciente de que, probablemente, no podría conducir en mucho tiempo después de esta larga noche en que había pasado tanto tiempo entre copas.
 
Un año más

El tiempo pasa instante a instante, sin saltos, y continuamente nuestro presente se convierte en pasado. Pero hay un día, en que de manera ficticia, parece que el tiempo se detiene brevemente y todo lo acumulado durante los últimos trescientos sesenta y cinco días se deposita sobre nuestros hombros y uno dice: ¡un año más! Sí, ese es hoy: el día de mi cumpleaños. Irremisiblemente llega anualmente y nos cambia esa etiqueta que colgaremos a partir de ahora. Esa etiqueta numerada que pondremos al descubierto a partir de ahora cuando alguien nos pregunte: ¿cuántos años tienes?

Cuando somos niños y pedimos deseos a nuestra hada madrina, fruto de tanto leer la Cenicienta, quisiéramos que los números de esa etiqueta aumenten rápidamente, hasta que un día, no sabemos por qué, nos parece que esos números corren demasiado y quisiéramos que se ralentizaran un poco; pero ese deseo no tiene vuelta atrás. En ese momento sólo nos queda sentirnos a gusto con la etiqueta, a pesar de que uno, al mirarse al espejo, haya momentos en que no se reconoce en ese “señor mayor” que le mira con cara sorprendida.

En este día, no puedo dejar de tener también un recuerdo para mi madre, una figura tan decisiva en el día de mi cero cumpleaños. En el caso de ella, aquel primer alumbramiento fue el preámbulo de otros nueve que lo siguieron. A pesar de la dura lucha, que desarrolló durante toda su vida, creo que tuvo una vida feliz. Un día se marchó, casi de puntillas, sin tiempo a despedirse, pero estoy seguro que donde hoy está es gozosamente feliz y se habrá acordado de encender una vela cuyo resplandor ha llegado hasta mí.

A quien le apetezca hoy está invitado a comer un trozo de tarta.
 
La ruta de las caravanas

Ya me he terminado el libro aquel a cuya presentación asistí: “La ruta de las caravanas: Artafi y los manuscritos de Tombuctú” de Manuel Pimentel. Tengo que decir que me ha gustado mucho y que desde que empecé a leerlo quedé atrapado por sus líneas.

No es un libro de esos que ayudan a mecer el espíritu, sino un libro de aventuras que atrapa desde el principio. La heroína, protagonista de otra novela anterior de Pimentel y al parecer de una futura tercera entrega, es una arqueóloga sevillana, Astarfi, que a modo de una más cercana Indiana Jones se ve sumergida en una apasionante aventura donde no falta de nada: secuestros, bandidos, manuscritos, tuaregs, desierto…

Astarfi, a su pesar, sin comerlo ni beberlo se ve involucrada en una historia que nos va narrando en primera persona con un estilo desenfadado y atractivo. Se encuentra realizando la antigua ruta de las caravanas, que realizaban las caravanas en su comercio a través del desierto desde Marruecos hasta la mítica Tombuctú, una ciudad situada junto al río Níger y a la que persiguieron llegar muchos aventureros a lo largo de la historia. Este recorrido lo realizará para buscar unos antiguos manuscritos andalusíes robados. A medida que va avanzando en su camino va profundizando en la historia de Al-Andalus y descubriendo que es mucho más enriquecedora de lo que ella conocía. Parte de esa historia es la que está salvaguardada por esos antiguos manuscritos que se empeña en recuperar. A la vez que ese camino exterior la influencia del desierto se dejará sentir en su interior.

El autor nos propone este acercamiento a esa otra visión de Al-Andalus y a ese paisaje africano que a medida que nos vamos sumergiendo en su lectura se va adueñando de nosotros, por eso coincidimos con esa frase final de Astarfi con la que cierra el libro:

“Volvería. Sí, algún día regresaría; dejaba parte de mi corazón vagando por sus infinitos desiertos”.
 
Ya de vuelta otra vez
Tras un largo fin de semana en otros lugares he vuelto de nuevo a disfrutar, ahora en casa, de la semanita que me queda de vacaciones. Me ha venido bien desconectar de la cotidianeidad aunque sea yendo a un sitio eminentemente turístico y que, de entrada, sospechaba que no me iba a gustar demasiado.

No me ha gustado:
-una ciudad donde sólo hay restaurantes, salas de fiestas y tiendas
-el tener que ponerme en cola en el desayuno tras gente a las que no entendía lo que decían
-tener que pedir permiso para poder meter un pie en la piscina
-ver que lo más parecido a una librería era un quiosco de prensa donde había más periódicos extranjeros que nacionales
-encontrarme con tiendas en la que vendían cosas de esas que, si te preocupa cuánto pueden costar, es seguro que no tienes dinero para pagarlas
-descubrir que existen inmobiliarias para yates y que con el precio de algunos te puede comprar varios pisos como el que vivo
-que la botella pequeña de agua te cueste casi lo mismo que una grande en mi tierra
-que los lugares que he recorrido estén exentos de cualquier atisbo de lo que es memoria
-que cuando le preguntaba a alguien por alguna calle, me miraba con cara rara mientras decía: "mí no comprenderrr"
-que no había parques, donde no había arena de la playa se acumulaban los ladrillos en forma de apartamento u hoteles
-el ver que los alemanes cuando riñen a sus niños lo hacen gritando más que los españoles
-ver como en el buffet se desperdiciaba tanta comida
-el comentario de alguien que al ver aquellos yates millonarios decía que era una injusticia que ellos tuvieran tanto y nosotros tampoco, sin darse cuenta que es mucho más injusto que haya muchísimos más que les duela la barriga de hambre
-que allí solo miraban al cielo para ver los aviones saliendo del aeropuerto
-que no tuve tiempo para leer

Al menos. algo que sí me gustó, viendo el mapa del tiempo parece ser que fue de los lugares de la península donde hizo las temperaturas más bajas ese fin de semana. Pero lo que tengo claro es que para volver, algún día, por allí antes tengo que haber ido a muchos otros rincones del planeta.
 
A buscar agua
Pues sí, el búcaro se va el fin de semana a buscar agua por ahí. Será un viaje cortito, pero en el que piensa conocer nuevos sitios, encontrar nuevas caras, respirar otros aires y captar nuevas sensaciones. No voy a llevarme el pc, aunque sí papel y bolígrafo. Espero que a la vuelta parte del agua del búcaro haya sido renovada. ¡Hasta muy prontito!
 
El ladrón de besos


Eran rojos, no tal vez rosas, quizás fucsias… Los recuerdos se amontonaban en la cabeza de Julio mientras estaba tendido en la arena con los ojos entornados e imbuido de esa serena lasitud que provoca el sol playero. Por las estrechas aberturas que dejaban sus entornadas pestañas se colaban hasta su cerebro imágenes de hembras hermosas cuyos escasos centímetros de telas destacaban sus turgentes formas mientras paseaban por la orilla. Pero aquellas figuras no atraían su interés, un aprendizaje sexual tardío le había hecho obsesionarse por una parte muy determinada del cuerpo femenino. Sus amigos se fijaban en otras cosas: pechos, nalgas, curvas e incluso alguno más romántico lo hacía en los ojos; pero raramente se fijaban en lo que él convertía en objeto enfermizo de culto: sus labios. Para Julio el atractivo de una mujer residía exclusivamente en sus labios. El veía unos labios y de un solo vistazo era capaz de diferenciarlos de cualquier otro y rápidamente lo clasificaba: sedosos, resultones, resbaladizos, crujientes, untuosos, inanes, invisibles, altaneros, salivosos, opacos, vítreos, salvajes….

A su inicio sexual tardío, ya dicho, unía una experiencia sexual más bien reducida. Cierto día en que fue a ver “Lipstick” al cine, conoció a Silvia en la cola y aquellos labios que percibió como gemelarmente perfectos impelieron a que de los suyos brotara una romántica poesía. Silvia más madura que él, no sólo en arrugas, se sintió desarmada por aquel gesto que interpretó como ingenuo y exquisitamente romántico. El The end de la película fue el inicio de una relación algo más que amistosa. Aquellos primeros escarceos físicos que para él supusieron un desvirgue fueron algo complejos. El novato se perdía entre tanta amplitud de piel mientras sólo tenía ojo para los labios. Ella interpretaba aquellas miradas como síntomas de un enamoramiento desesperado. Él torpe todo el tiempo sólo se supo un experto cuando sintió aquellos labios entre los suyos.

Llevaba siempre esperando ese momento y una descarga eléctrica sacudió todo su cuerpo. Notó aquella sensual humedad mientras los pliegues de sus labios se acomodaban a los de Silvia. Sus dientes se entrecruzaron y sus lenguas salivosas se abrazaron danzando al unísono. ¿Minutos?¿Horas? Julio nunca supo la duración de aquel beso, sólo que se le hizo eternamente breve. A Silvia le vino un poco largo. Le gustaban los besos, pero en su dilatada vida sexual era la primera vez que veía a un hombre llegar al clímax con un beso. En días siguientes en que aquellos acercamientos se repitieron, el resultado fue muy similar; sólo en una ocasión Silvia fue capaz de disfrutar y fue cuando Julio en un momento de ofuscación le equivocó los labios inferiores con los superiores y le hurgó con la lengua buscando unos dientes y una lengua que lógicamente nunca aparecieron.

El entusiasmo primitivo de Silvia se fue tornando en desilusión y un día en que él le llevó al mismo cine en que se conocieron a ver “El beso de la mujer araña”, aprovechó que él se acercaba a comprar las entradas para alejarse para siempre de su vida. Julio, contra lo que pudiera creerse, no quedó triste ni abatido. En poco tiempo, superada la sorpresa inicial, todos sus recuerdos quedaron restringidos a aquellas sensaciones labiales. Ahora que había gustado el sabor de unos labios, como si fuera la ración de sangre que necesita un vampiro, no podría sobrevivir sin ello. Le sobraba todo el cuerpo de la mujer, le parecía algo excesivo, voluminoso y, en definitiva, una pérdida de tiempo y le bastaba con aquellos centímetros rosáceos que presidían el rostro. Fue, entonces, mientras cavilaba en estas ideas cuando tomó la decisión de convertirse en un ladrón de besos. Pero esa… es ya otra historia.

(El búcaro)
 
Presentación de un libro

Hay una librería en mi pueblo que, aunque pequeña, hace de referencia para mi acercamiento a los libros y normalmente me consiguen en pocos días el libro que me interesa. Ayer organizaron una presentación literaria, teniendo en cuenta la escasez de manifestaciones culturales, es todo un acontecimiento para los que somos amantes de los libros.

El lugar donde se presentó el libro, fue un idílico rincón de una bodega. Una sala al aire libre cuyo techo era un parral, donde la exquisita temperatura y el olor a vino joven hacían que se estuviera muy a gusto, sólo incordiaba la presencia de una panda de mosquitos no invitados.

El libro que se presentaba era La ruta de las caravanas y el autor es Manuel Pimentel. Este es un hombre original y que se mueve por amplios campos del saber. Es ingeniero agrónomo, licenciado en derecho, empresario, exministro de trabajo (el único ministro que dimitió en el gobierno del PP), y aficionado a la arqueología y a la literatura. Fue presentado por un amigo suyo, presidente de la firma bodeguera y a continuación estuvo hablando sobre su libro. Comenta como el inicio de su novela está en unas cintas que una arqueóloga sevillana dejó en su despacho y tras escuchar las peripecias por las que había pasado decidió novelarla. En el libro se habla de una fabulosa biblioteca de manuscritos que una familia descendiente de españoles han logrado guardar durante siglos en Tombuctú, en una zona del desierto cercana a Niger. El autor con su verbo fácil, tuvo a la audiencia en un puño, mientras se refería a estas peripecias o a la necesidad de redescubrir la historia de Al-Andalus, muy olvidada por la historia que hemos aprendido. Definió a su libro como una novela de aventuras. Y anunció que está trabajando en el tercer tomo referido a esta arqueóloga que versará sobre la Atlántida. Tras la charla no pude resistir y compré el libro, cuando lo lea ya diré que me ha parecido.

La presencia del público abundante, por un lado gente amante de la cultura y que siempre nos vemos en estos sitios. Por otro lado no me pasó inadvertida la presencia de un grupillo que me parece que no leen un libro desde que dejaron el colegio y cuya presencia allí se debía más bien por afinidades políticas que literarías hacia el escritor. Aquel rato de letras culminó con una invitación por parte de la bodega a degustar uno de sus afamados caldos.
 
Nadie vale más que otro

Con este título acabo de leer un libro de Lorenzo Silva que no por ser corto ha dejado de gustarme. En él trae de nuevo a esos dos personajes, que a fuerza de haber leído sus tres libros anteriores y conocerlos ya bastante, no tienen más remedio que caer bien: el sargento Bevilacqua y la cabo Chamorro, dos guardias civiles que se dedican a la investigación criminal.

Los libros anteriores al ser novelas más extensas daban lugar a que se profundizara más, tanto en los casos como en los personajes. En este caso, la extensión similar a la de un cuento largo, ya que son cuatro relatos, no da para profundizar tanto. Sin embargo se conserva ese tono ameno de cuarentón socarrón, no exento de cierto humor, con que el protagonista, el sargento Bevilacqua, un sicólogo en paro que ha acabado en investigación de asesinatos, nos va narrando en primera persona. La cabo Chamorro, mucho más seria, es su contrapunto en todas sus investigaciones.

Un libro que hace pasar un buen rato sentado a la sombra de un limonero en este tiempo de solaz.
 
Carreras de caballos

Hoy, un año más, ha empezado ese espectáculo tan original que suponen las carreras de caballos por la playa. Quien le iba a decir a aquellos carreteros que a modo de juego competían, una vez descargado en ellos el pescado de los botes, a ver quien llegaba el primero al punto de venta que aquello se iba a convertir en lo que es hoy. Miles de personas atraídas y grandes premios en un lugar único.

Pero hay gente que al venir la primera vez se decepciona, se preparan para ver pasar los caballos y en el momento que llegan, anticipados por el sonido de la sirena, pasan como una exhalación. ¿Y para esto he venido hasta aquí? Los caballos me hacen pensar en las grandes oportunidades de nuestra vida, nos pasamos tiempo preparándolas, y pasan.... Tenemos que estar atentos y hábiles para subir al caballo en marcha, de lo contrario pasará de largo...para siempre. Sí, puede que lleguen otros caballos y oportunidades pero ya no serán las mismas. Entonces podemos desanimarnos pensando: ¿y para esto he venido hasta aquí?