Aquel grato verano

Siempre guardaré un buen recuerdo de aquel verano de hace ahora veinticinco años. Lo pasé en un colegio de la Rioja, rodeado de verdes campos y una gente estupenda.
Para mí fue un verano original, ya que al proceder de una ciudad totalmente urbanita, rodeada completamente de mar y en la que para ver un campo de cultivo o una vaca había que recorrer más de quince kilómetros, aquella inmersión rural no dejó de sorprenderme. Por otro lado una cierta morriña me invadía, era la primera vez en que pasaba un verano lejos del mar. Pero la estancia en aquel lugar entre Logroño y Villamediana de Iregua compensó con creces.
Por la mañana participaba de los trabajos de la finca. Así aprendí a coger cerezas desde lo alto de una escalera, a recoger peras y a arrancar melocotones del árbol mientras ese polvillo que desprende sus hojas no cesaba de picarme la espalda. Me agachaba para arrancar las malas hierbas y no sólo vi por primera vez un azadón, sino que aprendí a usarlo y a que se me encallecieran las manos. Un baño en la piscina culminaba la laboral mañana que se reanudaba otro rato por la tarde. Por primera y única vez, ya que la experiencia no la he vuelto a repetir, me sentí más cercano de la tierra y de la vida que surge de ella. Al anochecer tras la cena, era la época de aquellos dos únicos canales, raramente veía la televisión, solíamos salir a la azotea donde la brisa y la oscuridad de la noche, completaban nuestro bien merecido descanso con un cielo brillantemente tachonado de estrellas que envolvía nuestra charla tertuliana.
Un verano único donde, quizás, una de las cosas que más echo de menos es la capacidad que desarrollé en aquella época para saborear, como con un exquisito paladar, el día a día.





