UN DESENCUENTRO LINGUO-LITERARIO
El era gijonés, pero vivía en Madrid, donde trabajaba desde hacía seis meses. Ella era sevillana y trabajaba en Madrid donde vivía desde hacía dos años.
Un choque inesperado y sorpresivo de los traseros de El y Ella, en los pasillos de la sección de librería del Corte Inglés de Goya, hizo que los libros que llevaban en sus manos, tanto El como Ella, cayeran al suelo. El y Ella se agacharon a la vez, mientras dudaban cual de los dos ejemplares de “Fortunata y Jacinta” que estaban en el suelo, era el de cada uno. Se observaron hasta cruzar sus miradas, regocijándose al detectar un gusto literario tan idéntico. El le habló de que le encantaba Galdós y quería leer el libro por cuarta vez. Ella le dijo que era su libro preferido y que siempre encontraba algo nuevo entre sus páginas, era la novena vez que lo iba a leer.
El y Ella sin parar de hablar salieron de la tienda en animada conversación. Y sin apenas darse cuenta sus pasos le condujeron desde el alegre bullicio de la calle Goya hasta la serena placidez de un sombreado rincón junto al estanque del Retiro. A Ella se le notaba feliz. El se esforzaba en disimular el entusiasmo que le embargaba. Ella le habló con deleite del Madrid galdosiano, con la ayuda de un libro, que tenía, había seguido la ruta de sus novelas a través del arco de Cuchilleros y alrededores, y le preguntó si lo conocía. El confesó que no, pero que le gustaría conocerlo con Ella como guía, a cuya propuesta aceptó Ella encantada. Se citaron al día siguiente, domingo, a las diez de la mañana para iniciar el recorrido literario y…¿quién sabe? cualquier otro recorrido común (pensaron, al unísono, pero cada uno por su lado). El punto de encuentro lo eligió Ella, aduciendo que era un lugar nítidamente galdosiano. A El le pareció bien.
Ella, nerviosa, no pegó ojo en toda la noche. El, intranquilo, puso tres despertadores a las siete de la mañana por miedo a quedarse dormido. Con un vestido vaporoso y la mejor de sus sonrisas, tras hacer tiempo por los alrededores, a las diez menos cinco, se encontraba Ella bajo el reloj de la Puerta del Sol. El llegó en un taxi a las nueve y veinte de la mañana, pero no encontró ningún reloj bajo el que colocarse y eso que por ver, vio hasta ardillas subidas a los árboles que allí se encontraban.
Ella a las once se fue triste, sintiéndose enormemente desgraciada con su vestido vaporoso, ahora además sudoroso, debido al sofocón. El a las doce se marchó cabizbajo, andando muy despacio hacia su casa. Y durante todo el camino, no dejaba de preguntarse por la ausencia de Ella, y qué tendría de literarias aquellas verjas de “la puerta der Zó”, escogida por Ella para la cita. Mientras se alejaba le pareció escuchar la risa tragicómica de una hiena que salía del interior del recinto.
Un choque inesperado y sorpresivo de los traseros de El y Ella, en los pasillos de la sección de librería del Corte Inglés de Goya, hizo que los libros que llevaban en sus manos, tanto El como Ella, cayeran al suelo. El y Ella se agacharon a la vez, mientras dudaban cual de los dos ejemplares de “Fortunata y Jacinta” que estaban en el suelo, era el de cada uno. Se observaron hasta cruzar sus miradas, regocijándose al detectar un gusto literario tan idéntico. El le habló de que le encantaba Galdós y quería leer el libro por cuarta vez. Ella le dijo que era su libro preferido y que siempre encontraba algo nuevo entre sus páginas, era la novena vez que lo iba a leer.
El y Ella sin parar de hablar salieron de la tienda en animada conversación. Y sin apenas darse cuenta sus pasos le condujeron desde el alegre bullicio de la calle Goya hasta la serena placidez de un sombreado rincón junto al estanque del Retiro. A Ella se le notaba feliz. El se esforzaba en disimular el entusiasmo que le embargaba. Ella le habló con deleite del Madrid galdosiano, con la ayuda de un libro, que tenía, había seguido la ruta de sus novelas a través del arco de Cuchilleros y alrededores, y le preguntó si lo conocía. El confesó que no, pero que le gustaría conocerlo con Ella como guía, a cuya propuesta aceptó Ella encantada. Se citaron al día siguiente, domingo, a las diez de la mañana para iniciar el recorrido literario y…¿quién sabe? cualquier otro recorrido común (pensaron, al unísono, pero cada uno por su lado). El punto de encuentro lo eligió Ella, aduciendo que era un lugar nítidamente galdosiano. A El le pareció bien.
Ella, nerviosa, no pegó ojo en toda la noche. El, intranquilo, puso tres despertadores a las siete de la mañana por miedo a quedarse dormido. Con un vestido vaporoso y la mejor de sus sonrisas, tras hacer tiempo por los alrededores, a las diez menos cinco, se encontraba Ella bajo el reloj de la Puerta del Sol. El llegó en un taxi a las nueve y veinte de la mañana, pero no encontró ningún reloj bajo el que colocarse y eso que por ver, vio hasta ardillas subidas a los árboles que allí se encontraban.
Ella a las once se fue triste, sintiéndose enormemente desgraciada con su vestido vaporoso, ahora además sudoroso, debido al sofocón. El a las doce se marchó cabizbajo, andando muy despacio hacia su casa. Y durante todo el camino, no dejaba de preguntarse por la ausencia de Ella, y qué tendría de literarias aquellas verjas de “la puerta der Zó”, escogida por Ella para la cita. Mientras se alejaba le pareció escuchar la risa tragicómica de una hiena que salía del interior del recinto.
Comentario:
Te ofreciste, cuando estaba a punto de salir de vacaciones, a escribir algo para mí ¿recuerdas?. Me encantaría que lo hicieras. Además de haber cambiado de dirección, he inaugurado una nueva sección amigables colaboraciones en la que me gustaría publicar lo que te apetezca escribir. No he encontrado tu correo, por eso te pongo aquí este recordatorio.
Ya sabes dçonde encontrarme. Espero contar con el honor de tu visita. Un beso.
Ya sabes dçonde encontrarme. Espero contar con el honor de tu visita. Un beso.
Comentario:
¿Compraron un libro que tenían ambos ya?
¡Je je je! Puede "pasá" es muy importante en tu texto la procedencia de ella.
¡Qué coraje! ¿no?
Y...¿no se dieron los móviles? bueno quizás se volvieran a encontrar. Seguro que vuelven al lugar del encuentro primero: El corte "Inglé"
¡Je je je! Puede "pasá" es muy importante en tu texto la procedencia de ella.
¡Qué coraje! ¿no?
Y...¿no se dieron los móviles? bueno quizás se volvieran a encontrar. Seguro que vuelven al lugar del encuentro primero: El corte "Inglé"
Comentario:
Qué bien me lo he pasado leyendo este post. Lo que les pasa es terrible , pero probable , como bien lo titulas:"un desencuentro linguo-literario ".Y es que al final la comunicación no se había establecido entre ellos porque no usaban el mismo código .
Saludos
Saludos





