ESTOS DÍAS AZULES
El otoño está punto de hacer su entrada y el aire fresco de la mañana fusionado con el color único, brillante y tamizado, de estos días nos lo anuncia. El comienzo de esta estación está unido al inicio del curso escolar con el que toda mi vida, directa o indirectamente he tenido relación.
Son unos días a la par evocadores y nostálgicos en que me viene a la memoria aquellos comienzos de curso, ya del siglo pasado, pero aún nítidos. La preparación nerviosa de los últimos días de unas larguísimas vacaciones de verano. El reencontrarme con el colegio para comprar los libros. El disfrutarlos al llegar a casa, el olor a papel nuevo, sus dibujos, aquellos temas que aún me sonaban a chino y que no imaginaba que me diera tiempo de aprenderlos y luego el arduo trabajo de forrarlos en papel marrón o azul. Sacar el estuche de los lápices de colores y sacarles punta embriagándome de su aroma a madera, conservado durante el verano. Comprar un recambio para el bolígrafo bic en el estanco disfrutando del olor tan característico e incluso apetecible del tabaco sin quemar.
Y el día antes de empezar, no tenía forma de dormirme con los nervios. Al día siguiente estrenaba pantalón largo, tras todo el verano con el corto, y los zapatos gorila. Y luego mi madre trazaba con maestría una raya en mi pelo, que por más que intento repetirla nunca he podido volver a recrearla, probablemente se me perdería en aquellas aulas. De la mano segura de ella acudía al colegio. Allí me dejaba en las manos de quien sería mi profesor durante todo ese año, a quien miraba con esa cara de cierto temor, mientras me reencontraba en la fila con aquellos individuos de mi altura. Nueva escalera y rincones para aterrizar en una nueva aula que miraba con estudiada curiosidad. Pupitres de madera con tapas grandes, en las que vaciamos el contenido de nuestra maleta, y unos agujeros, decían que para poner el tintero que nunca llegué a usar. Pupitres de dos plazas, que compartíamos por afinidades, hasta el momento en que la excesiva charla provocada por dicha afinidad obligaba al profesor a separarnos. Y ya preparados para empezar a copiar el horario que nos escribían en la pizarra, estudiar, soñar y, en definitiva, aprender en aquellos meses a dejar poco a poco de ser niños. Cuando evoco aquellas imágenes, no sé por qué, me vienen a la memoria los últimos versos de Antonio Machado, aquellos que le descubrieron en el bolsillo de su chaqueta cuando le fueron a enterrar:
“Estos días azules y este sol de la infancia”.
Son unos días a la par evocadores y nostálgicos en que me viene a la memoria aquellos comienzos de curso, ya del siglo pasado, pero aún nítidos. La preparación nerviosa de los últimos días de unas larguísimas vacaciones de verano. El reencontrarme con el colegio para comprar los libros. El disfrutarlos al llegar a casa, el olor a papel nuevo, sus dibujos, aquellos temas que aún me sonaban a chino y que no imaginaba que me diera tiempo de aprenderlos y luego el arduo trabajo de forrarlos en papel marrón o azul. Sacar el estuche de los lápices de colores y sacarles punta embriagándome de su aroma a madera, conservado durante el verano. Comprar un recambio para el bolígrafo bic en el estanco disfrutando del olor tan característico e incluso apetecible del tabaco sin quemar.
Y el día antes de empezar, no tenía forma de dormirme con los nervios. Al día siguiente estrenaba pantalón largo, tras todo el verano con el corto, y los zapatos gorila. Y luego mi madre trazaba con maestría una raya en mi pelo, que por más que intento repetirla nunca he podido volver a recrearla, probablemente se me perdería en aquellas aulas. De la mano segura de ella acudía al colegio. Allí me dejaba en las manos de quien sería mi profesor durante todo ese año, a quien miraba con esa cara de cierto temor, mientras me reencontraba en la fila con aquellos individuos de mi altura. Nueva escalera y rincones para aterrizar en una nueva aula que miraba con estudiada curiosidad. Pupitres de madera con tapas grandes, en las que vaciamos el contenido de nuestra maleta, y unos agujeros, decían que para poner el tintero que nunca llegué a usar. Pupitres de dos plazas, que compartíamos por afinidades, hasta el momento en que la excesiva charla provocada por dicha afinidad obligaba al profesor a separarnos. Y ya preparados para empezar a copiar el horario que nos escribían en la pizarra, estudiar, soñar y, en definitiva, aprender en aquellos meses a dejar poco a poco de ser niños. Cuando evoco aquellas imágenes, no sé por qué, me vienen a la memoria los últimos versos de Antonio Machado, aquellos que le descubrieron en el bolsillo de su chaqueta cuando le fueron a enterrar:
“Estos días azules y este sol de la infancia”.
Comentario:
uffffffff impresionante el final!!!!
Yo creo que mientras sigamos recordándolo como ahora no perderemos la esencia de niños, por mucho que hayamos crecido...
Besossssssss
Yo creo que mientras sigamos recordándolo como ahora no perderemos la esencia de niños, por mucho que hayamos crecido...
Besossssssss
Comentario:
mmm... sí, he llegado a oler hasta la plastilina..
Bonita entrada en el otoño. Que la disfrutes.
A mí me quedan muchos días para devorar impresionantes puestas de sol desde el barrio del castillo.
Un saludo y un beso añejo
Bonita entrada en el otoño. Que la disfrutes.
A mí me quedan muchos días para devorar impresionantes puestas de sol desde el barrio del castillo.
Un saludo y un beso añejo
Comentario:
A mi lo que más me gustaba de estos días era forrar los libros, oler el papel nuevo y rotular en ellos y en mis cuardernos mi nombre y apellidos con letra bonita. En mis cuardernos además dependiendo de la asignatura hacia un dibujo relacionado con ella. Y volver a ver a mi maestra Dª Esperanza, que fue pasando conmigo curso tras curso desde 2º hasta 8º de EGB. Es curioso pero sólo me acuerdo de ella gratamente, con todos los que he tenido después...y es que no le damos la suficiente importancia al maestro de nuestra infancia, y es mas, Magisterio, no está lo suficiente valorado, y creo que es la etapa más importante en la educación de un niño.





