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El Buque Fantasma
Música, literatura, pintura, cine, fotografía, viajes y viajes imaginarios
Acerca de
El Buque Fantasma navega por el espacio y el tiempo con su tripulación de bucaneros, avituallada de alimentos para el espíritu y orlada de cañones y culebrinas para espantar los malos sueños. Tiene un capitán decidido y un contramaestre cascarrabias, un piloto que navega entre nubes de alcohol y un cocinero francés que robó una receta en el Ritz y, así, expía su culpa; en la sentina se esconden los demonios, cosidos a los grilletes mientras esperan el pabellón rojo de la muerte sin cuartel para volver a ver la luna. Surcan el universo a ritmo de Nueva Orleans, disfrutando, sin salir de la nave, de los tesoros que enriquecen su botín: los libros de Stevenson, Chesterton, Vian, Tolkien, Borges, las imágenes tan finamente imaginadas por Durero, Velázquez, Turner o Pratt, o los discos de los Stones, con los que atemorizan a los mortales que padecen sus sanguinarios abordajes y a los mismos dioses, donde quiera que estén.
Sindicación
 
PINITOS LITERARIOS
Son dos formas de tratar un encuentro entre dos personajes... Apuntes para un cuento que me estoy trabajando. ¿cuál os gusta más? ¿no os gusta ninguna?

La primera, en el bar:
La tarde se tornó lluviosa y el Dr. Pons, privado de su habitual paseo, se entretuvo en la cantina que había en la calle del muelle; mientras su fiel amigo se afanaba en los juegos de mesa y aligeraba los bolsillos de los parroquianos, Buenaventura simulaba leer y miraba las luces del espigón a través de las gotas de agua. El interior de la taberna era cálido, las conversaciones, cansadas, y el ambiente estaban invadidos por un sopor antiguo que no acababa de ser acogedor pero resultaba irresistible. Los sonidos flotaban en el aire junto a los estratos de humo de pipa, y el tic-tac del reloj o el tintineo de la vajilla se distinguían claramente de las voces de los clientes en una sinfonía perfecta que parecía el luminoso contrapunto a la atmósfera pesada del lugar. Allí, el tiempo era distinto hasta que llegó el párroco, abrió la puerta y, con él, las horas invadieron el local.

Como nacido de nuevo, salido del letargo, el doctor hizo seña al cura y éste se acercó a su reducto junto a la ventana; era un hombre menudo y de nervio contenido, provinciano, cotilla como cualquier párroco de un pequeño pueblo en el que todos se conocen demasiado y demasiado confiado como para pensar que la vida le hubiese golpeado jamás con demasiada violencia.

- ¡Qué tiempo!... y que calentito se está aquí, doctor… ¡Con lo buena que pintaba la mañana! –a Buenaventura aquellos prólogos meteorológicos le sacaban de quicio - ¡Román, un “carajillo”!
- Y nada para mí, Román – añadió el doctor, al que divertían el protocolo y la posibilidad de turbar al bueno de Don Agustín
- Oh – espetó turbado, efectivamente, y balbució: discúlpeme doctor, pensaba que su taza seguía llena
- No se preocupe, Don Agustín, siéntese conmigo y deje que el fuego le saque a usted toda esa humedad de encima.

Los dos tomaron asiento pero la conversación se retrasó hasta que Román llegó con el “carajillo”. Don Agustín bebió el primer trago de su particular grog y se arrellanó en la silla como si esperase un interrogatorio al que, de hecho, pensaba someterle el doctor; fue él, sin embargo, el que abrió la encuesta:

- ¿Visitaron usted y el señor Saavedra a Doña Marina esta mañana?


La segunda (el orden de los factores no altera el producto), en la capilla:


El Doctor Pons había llegado a la capilla a la hora del servicio pero no participó en las oraciones o, a su manera, relajó su espíritu entre las luces de un pequeño claustro ajardinado que se aproximaba más a su idea de la divinidad; la salmodia del interior de la iglesia era un leve rumor que inspiraba aquel momento de recogimiento, pero el húmedo resplandor de la hiedra en la claroscura mañana era más reconfortante que las imágenes de mártires sufriendo tormento y las doradas trinidades del altar. Sobre las oraciones, que sonaban como un bajo continuo, estalló con alegría el canto del mirlo.

Buenaventura pensaba en la Sra. De Soto-Acebedo y, con el inquieto sentimiento de un niño que anhela la hora de los juegos, esperaba el fin de la misa y la oportunidad de interrogar al párroco sobre la vida de la viuda. Sabía cuanto quería saber, pero deseaba conocer los detalles que hilaban la historia. Para él, cada nueva investigación era como la obra de un artista: concebía el cuadro, o la historia, y la orlaba luego de aquellos pequeños detalles que dan sentido al conjunto y lo convierten en una obra completa; en su mente estaba ya trazada la verdadera historia de aquella viuda que vivía en lo alto de los acantilados, y la verdad de su razonamiento quedaba fuera de toda duda, pero ahora necesitaba llenar todos los vacíos que su pensamiento había omitido en el camino del conocimiento de forma que el razonamiento no pasase por intuición y fuese capaz de soportar la crítica que, probablemente, nunca recibiría. A pesar de que, para la mayoría de la gente, él era un hombre inspirado y de vivo ingenio, él mismo no confiaba demasiado en la inspiración, y prefería reservar a la observación y la memoria el mérito que otros creían fruto de la intuición. “A la intuición hay que alimentarla” solía decir con un toque escéptico.

El rumor feligrés había cesado y se acercaron los pasos del párroco, que ya le saludaba. Era un hombre simple y confiado; se adivinaba que sus problemas no debían ser demasiado enrevesados

No