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El Buque Fantasma
Música, literatura, pintura, cine, fotografía, viajes y viajes imaginarios
Acerca de
El Buque Fantasma navega por el espacio y el tiempo con su tripulación de bucaneros, avituallada de alimentos para el espíritu y orlada de cañones y culebrinas para espantar los malos sueños. Tiene un capitán decidido y un contramaestre cascarrabias, un piloto que navega entre nubes de alcohol y un cocinero francés que robó una receta en el Ritz y, así, expía su culpa; en la sentina se esconden los demonios, cosidos a los grilletes mientras esperan el pabellón rojo de la muerte sin cuartel para volver a ver la luna. Surcan el universo a ritmo de Nueva Orleans, disfrutando, sin salir de la nave, de los tesoros que enriquecen su botín: los libros de Stevenson, Chesterton, Vian, Tolkien, Borges, las imágenes tan finamente imaginadas por Durero, Velázquez, Turner o Pratt, o los discos de los Stones, con los que atemorizan a los mortales que padecen sus sanguinarios abordajes y a los mismos dioses, donde quiera que estén.
Sindicación
 
EL PEZ, by Ben Gunn
EL PEZ

I

Una gran cristalera separaba del exterior el recinto de la piscina. Fuera caía una llovizna persistente, tan regular que parecía artificial. Tadeo frotó la palma de la mano sobre el cristal y abrió un circulo de transparencia en la capa de vaho; tras él, los chicos del equipo comenzaban a salir del agua.

Estaban en la última fase del entrenamiento, los Juegos iban a celebrarse el mes siguiente y Tadeo estaba convencido de que su preparación había sido óptima: los tiempos de los nadadores rozaban las plusmarcas de cada especialidad y resultaba difícil pensar que, con semejantes cronometrajes, los puestos de podio fueran a quedar fuera de su alcance. Por si esto fuera poco, contaban en el equipo con el hijo del gran Marco, el Pez, el más grande nadador que aquel país de nadadores había dado para la historia del deporte mundial, y el chico, Marco Junior, había heredado de su padre las hechuras de atlante, la ancha espalda, las manazas, los pies enormes, los pulmones como globos aerostáticos.

La presencia de Junior actuaba sobre el resto del equipo, a veces, como un bálsamo, liberando a sus compañeros de la presión añadida que supone estar día a día en la palestra de los medios de comunicación, y, a veces, como un estimulante, ya que el talante animado de este hijo de la historia de la natación, su euforia en la competición y su habilidad como estratega durante las carreras, impropia de su corta edad, servían como acicate a los demás componentes del grupo. Para la prensa era la estrella y, para sus compañeros, el líder; competía en varias modalidades y descollaba en todas, era simpático, era batallador, era guapo: era la pieza clave sobre la que se edificaba el conjunto del equipo.

Cuando Tadeo abandonó su absorta contemplación, el recinto cubierto de la piscina estaba vacío. Salió.

II

Rodolfo Monteseco, paradójico apellido pero muy acorde con su personalidad excéntrica, era el presidente de la Federación Nacional de Natación y, a un día de su partida hacia la lejana Grecia, había visitado al equipo en la concentración. Acompañado de un batallón de cámaras de televisión que pugnaban entre ellas por obtener una y otra vez las mismas imágenes, había preparado algo parecido a una fiesta de despedida y el lujoso salón del hotel resplandecía de smokings e indumentarias oficiales que se arremolinaban alrededor de los sabrosos canapés o alrededor de algún sugerente ejemplar del sexo opuesto.

La atmósfera era exultante, de triunfo, como si adelantase el recibimiento que todos los allí presentes esperaban dar o recibir a la vuelta de los Juegos, plagados los deportistas de medallas tan doradas como los adornos que colgaban de las lámparas en esa despedida. Junior, con una resplandeciente sonrisa también heredada del Pez, atendía a diestro y siniestro a los reporteros, vaticinando los mayores éxitos para la selección nacional y, en particular, dicho con algo de falsa modestia, para él mismo; las admiradoras, que eran legión, acechaban al astro detrás de cada fuente de foie, los patrocinadores mostraban un optimismo que redoblaba al que, asediados por las reglas de la rentabilidad, sentían interiormente,... políticos, camareros, diplomáticos, autoridades deportivas, dramaturgos de renombre, cantautores de éxito, escultores de vanguardia... todos ellos estaban allí prestando su apoyo a la selección de natación de un país que, en un sesenta por cien de su superficie, era agua.

En un rincón del victorioso salón, Tadeo, frente al resto, mostraba su gesto taciturno al cocktail que sostenía junto a su pecho. Levantó la vista lo justo para ver el soleado rostro del Presidente de la FNN avanzar hacia él. Rodolfo abrió los brazos con los puños cerrados, en gesto ganador:
- ¡Tadeo!-voceó aquel hombre acostumbrado al exceso.
Tadeo sentía cierta admiración por aquel personaje. El hecho de que hubiese sido un buen nadador le inspiraba solidaridad y, a pesar de que su aire fanfarrón le resultaba, a menudo, insoportable, sentía cierto respeto por aquel sesentón bronceado y petulante que todavía surcaba día a día, cada mañana, varios kilómetros de lago con aquella protuberante barriga, criada al arrullo de la excelente cerveza que cubría el cuarenta por cien de la superficie del país libre de agua.
- Tadeo –repitió Rodolfo, ya más cerca y más levemente.
- Rodolfo... –Tadeo tenía esa costumbre de saludar con el nombre, fruto de su afición a los telefilmes norteamericanos.
- No te veo disfrutar, Tadeo... Y deberías tener más motivos que nadie.
Tadeo gruñó.
- Vamos, hombre, vamos. Diviértete.
- No es tan fácil, Presidente, no es tan fácil –rezongó Tadeo, simulando la gramática de la frase.
- Pero ¿Qué te preocupa, Tadeo? Tenemos los mejores cronos, tenemos al mejor nadador, tenemos a la prensa enamorada del joven Marco... y confiamos en tu trabajo, Tadeo. ¿Acaso no fueron bien las series? ¿A quién podemos temer? Cierto que los resultados en deporte son siempre inciertos, pero no podemos fallar. No vamos a fallar, ¿verdad?
- Temo a los chinos –masculló el Director con su habitual gracia para la síntesis y la economía de palabras.
- ¿Los chinos?¿Los chinos? – repitió Rodolfo Monteseco. que no daba crédito a lo que oía-. Pero si en los últimos campeonatos seguían perdiendo medallas. Tadeo, los chinos no son lo que eran; desde el escándalo del dopaje no levantan cabeza.
- ¿Y no te extraña? ¿Crees que se quedaran quietos viendo como su medallero mengua escandalosamente de unos Juegos a otros? –Tadeo empezaba a mostrarse extrañamente locuaz, lo que era un signo de gran preocupación-. Yo no lo creo; sé de buena tinta que llevan ya tiempo investigando en el campo de la genética y, cualquier día, nos dan un disgusto.
- ¿Genética? –los ojos del Presidente se abrieron como los de una gineta en medio de la noche. Empezaba a estar harto de la conversación. Tadeo Moya era un excelente director deportivo, pero al señor Monteseco le ponía nervioso ese pesimismo algo paleto que parecía arrastrar siempre tras de sí-. Tadeo, estás histérico, hombre... Los chinos tienen medio equipo sancionado por consumo de sustancias ilegales, el otro medio no ha conseguido marcar un buen registro en los últimos ocho años. Los chinos ¡no son! –recalcó- un problema.
- Pero...
- No hay pero que valga, Tadeo. Vamos a ganar. Y lo haremos gracias a ti y a los chicos.

III

Sumido como estaba Tadeo en tormentosas sensaciones, el viaje a Grecia fue una metáfora de su alma. Cuando estaban llegando a Atenas, una furibunda borrasca se enseñoreó alrededor del avión rugiendo con todo el estrépito de todos los dioses del Olimpo. El director del equipo era un hombre básicamente razonable, fiel a los dictados de la ciencia, escrupuloso con los datos y las mediciones pero, entre aquella furia de rayos y truenos desencadenados, sintió un atisbo mitológico: como si el infierno desencadenado a su alrededor fuera una señal de otras fuerzas que nos son desconocidas en lugar de un vulgar fenómeno meteorológico. En el corazón de Tadeo, las descargas eléctricas formaban la coreografía de una advertencia divina que él podía leer en las alas del avión como hubiese hecho un antiguo augur en el vuelo de un águila. Como quiso Zeus que el vaticinio no acabase con el augur, el avión aterrizó finalmente sano y salvo, mas la suerte no mejoró los días siguientes. Una de las relevistas estilo libre se intoxicó al poco de aterrizar con un yogur en mal estado, se estropeó el aire acondicionado del hotel y el masajista del equipo les dejó para ingresar en una comunidad de monjes ortodoxos. Tadeo seguía viendo en cada uno de esos contratiempos una nueva señal del destino, y su ánimo decaía con cada nuevo acontecimiento. Temeroso de contagiar a los deportistas su desaliñada moral, por no decir su incipiente derrotismo, prefirió dejar la rutina de la preparación en manos de su ayudante y desaparecer durante algunos días.

En su vagar, sus huesos dieron en la sombreada terraza de un café donde, al poco de instalarse, encontró a su viejo amigo Samuel; Sam estaba también en Atenas en funciones de director deportivo. Los dos amigos, viejos zorros del mundo de la natación, se saludaron con la natural distancia que impone la competición y comenzaron a tomar juntos unas copas de licor que pronto les hicieron olvidar tal distancia. Tadeo, tras algunas semanas de soledad, de temores quizá infundados pero, en cualquier caso, no comprendidos, encontró por fin un alma gemela con la que sobrellevar de mejor manera sus demonios. Sam había comenzado a hablarle con aire circunspecto después del segundo destilado:
- Algo huele muy mal ahí, Tadeo, te lo digo yo –y ciertamente Sam era una autoridad en la materia, probablemente el director deportivo viviente con más experiencia de todos los Juegos-. Nadie conoce a los chinos, un equipo completamente nuevo. Nadie les ve entrenarse. Nadie les pone problemas, he tanteado a los del anti-doping y, al parecer, están limpios... pero sé que hay algo que no quieren decirme; llámalo olfato, pero llevo demasiado tiempo en esto como para no saber que hay algo que no funciona. Hay algo, ellos lo saben y los demás lo sabremos pronto.

IV

Era el primer día de competición. Junior nadaba en la primera serie y, junto a la piscina, Tadeo le estaba dando las últimas instrucciones y los últimos ánimos. Junto a ellos había dos nadadores chinos que corrían la misma prueba, enfundados en batines rojos y con los pies cubiertos por unas babuchas que hubiesen sido el terror de cualquier diseñador de calzado deportivo. Tadeo miró las babuchas y calló; Junior las miró y lanzó un susurro que era toda una llamada de auxilio:
- ¿Has visto los pies? ¿Qué talla calzan estos tíos? ¿Un 200?
- Tranquilo, Junior, tienes que ganarles con la cabeza, no sólo con los pies.

Los nadadores salieron en procesión hacia la cabecera de la piscina, prestos a tomar su calle. En la grada, los aficionados enloquecieron al ver aparecer la rapada cabeza de Junior, los teleobjetivos absorbieron con sus lentes cada pequeño detalle de la anatomía del campeón y hasta los jueces oficiales fijaron su mirada en el hijo del Pez ansiosos por conseguir, incluso en una serie de clasificación, el cronometraje más corto, el record. Apenas nadie prestó atención a los nadadores chinos, salvo algún avezado periodista y algún artesano de la natación que, como Tadeo, pasaba esos momentos más pendiente del deporte que del espectáculo.
Huang y Li, por las calles uno y tres, se deshicieron del albornoz mostrando sus bien formadas anatomías de nadador. Ganaron entonces alguna atención del respetable sobre sus músculos magníficamente contorneados. Alguna más consiguieron cuando sonaron sus nombres por la megafonía, pero, al principio, sólo una mirada en el pabellón parecía estar percibiendo lo esencial de aquel momento. Tadeo tenía la vista fija en los pies de los dos nadadores, cuatro enormes pies que se ensanchaban desde el talón hacia la punta, veinte largos dedos unidos por una fina membrana. Miró atónito sus cuerpos, a escasos metros de donde estaba, y descubrió las casi invisibles estrías que surcaban su torso como si fuesen delfines. Luego miró a Junior, y pensó: “El Pez”. Sonó el pistoletazo de salida, y "El Pez", el joven "Pez", comenzó a alejarse braceando chapuceramente por el agua mientras, por las calles uno y tres, dos maravillosas criaturas acariciaban la superficie plana y azul de la piscina volando hacia la meta.



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