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El Buque Fantasma
Música, literatura, pintura, cine, fotografía, viajes y viajes imaginarios
Acerca de
El Buque Fantasma navega por el espacio y el tiempo con su tripulación de bucaneros, avituallada de alimentos para el espíritu y orlada de cañones y culebrinas para espantar los malos sueños. Tiene un capitán decidido y un contramaestre cascarrabias, un piloto que navega entre nubes de alcohol y un cocinero francés que robó una receta en el Ritz y, así, expía su culpa; en la sentina se esconden los demonios, cosidos a los grilletes mientras esperan el pabellón rojo de la muerte sin cuartel para volver a ver la luna. Surcan el universo a ritmo de Nueva Orleans, disfrutando, sin salir de la nave, de los tesoros que enriquecen su botín: los libros de Stevenson, Chesterton, Vian, Tolkien, Borges, las imágenes tan finamente imaginadas por Durero, Velázquez, Turner o Pratt, o los discos de los Stones, con los que atemorizan a los mortales que padecen sus sanguinarios abordajes y a los mismos dioses, donde quiera que estén.
Sindicación
 
AVENTURAS, DESVENTURAS Y TRIBULACIONES DE PEQUEÑO MEZQUINO

EPISODIO I. LA GOTA QUE COLMÓ EL VASO

Pequeño Mezquino era un chico humilde y, cuando el pin de su equipo favorito (que era el Real Madrid aunque omitiremos decirlo para evitar reacciones fanático-futboleras) cayó al fondo del urinario, no dudó en meter la mano hasta allá para intentar rescatar lo que acababa de costarle los ahorros de toda su vida.

Quiso la fortuna que el pin resbalase más de la cuenta y que la mano de Pequeño, siguiéndolo, quedase atrapada en algún vericueto de la cañería, lo que asustó a Pequeño menos de lo que le asustó oír sonar el timbre del final del recreo: el momento en que todos los niños aprovechan para echar una meadita antes de volver a clase.

Pequeño, pese a ser pequeño, estaba tan calvo como Zinedine Zidane y exhibía una monástica tonsura muy similar a la del astro francés, así que los chicos que entraban a los retretes, que no tardaron en dar con él pues voceaba “¡Mi pin, mi pin!” como un becerro desde su improvisado cepo, no tardaron en usarla como diana contra la que lanzar los dorados rayos de su vejigas a punto de reventar mientras, con sorna, gritaban: “Zizou!, Zizou!”.

Nuestro antihéroe nunca había sido demasiado popular pero la humillación que sufrió en aquel momento en que su mayor tesoro escapaba de él para dirigirse a un inaccesible pozo de aguas fecales le sumió en tal estado de desesperación que metió la cabeza en la taza para intentar quitarse la vida. Al principio, los otros chicos, interpretaron el gesto conforme a la idea que tenían forjada de la inteligencia de Pequeño: “Anda, imbécil, métete detrás, a ver si lo coges” pero, después, comprendiendo lo trágico del caso, se marcharon en tropel a dar parte al director del instituto, no sin antes propinar alguna patada extra al desprotegido glúteo de Mezquino, que seguía arremetiendo con su frente contra el envase de Pato – Desinfectante que pendía del borde de aquel pozo del destino.


 
Comentario:
Debes esperar a que deje de sonar MoonRiver, en versión de Henry Mancini, en la megafonía de los retretes... en ese momento el esfinter de la cañería se habrá relajado lo suficiente para que puedas sacar de allí cualquier parte de tu cuerpo que hubiese quedado atascada.

Lamento no haberte atendido antes: espero que, al menos, la tardanza haya permitido que el ácido úrico borre tus huellas dactilares.

Salud
 
Comentario:
Estoy alarmado. Me siento totalmente identificado con el protagonista. ¿Qué puedo hacer? ¿Saco la cabeza ya?
No