AVENTURAS, DESVENTURAS Y TRIBULACIONES DE PEQUEÑO MEZQUINO
EPISODIO VII. CUANDO EL MAL DESPIERTA
Tras el episodio de la lluvia dorada en el traje lunar, la Agencia Espacial se apresuró a silenciar, en la medida de lo posible, el aterrizaje de Pequeño en el desierto del Gobi y su posterior traslado a Heathrow, el aeropuerto de New York. Pero la maldad humana, así pensó Pequeño Mezquino, no tiene límites, y a la hora de llegada de su vuelo, las intempestivas cuatro y medio de la madrugada de un miércoles, Barajas estaba hacinado de gente que esperaba cachondearse de él cuando bajase del avión.
Tras los grandes ventanales se agolpaban miles de personas que portaban, como emblema, una especie de pistolitas de agua con forma de pene y, cuando Pequeño salió del túnel de desembarque, una auténtica lluvia de chorrillos regó su uniforme de paseo de la Agencia. Algunos de los infamantes habían hecho su propia interpretación del suceso e incorporado a sus escenificaciones elementos propios, como la vieja que había acudido con una pecera en la cabeza o el patán que había llevado a su perro disfrazado de astronauta... algo demasiado naturalista como para no ver detrás los turbios manejos de alguna ONG radical.
La rabia consumía a Pequeño, o lo que la vergüenza dejaba sin consumir, que no era poca cosa. Con los sucesos de los últimos días su cabeza se había vuelto a convertir en el galeón sin rumbo que había sido durante los años de su adolescencia, y sus ancestrales temores volvieron en aluvión sobre él como cuando la desesperanza le llevó a abrirse la cabeza contra un envase limpiador de inodoros en un vano intento de suicidio.
En tal estado de excitación comenzó a celebrarse la rueda de prensa, un completo pitorreo; el Director de la Agencia, que había acudido para mostrar su apoyo a Pequeño a pesar de la mala fortuna, no dudó en repudiarle y dejarle, ya zozobrado, frente a las amenazadoras pistolas-pene de los periodistas, únicos privilegiados que habían podido acceder hasta la sala de prensa para seguir practicando el tiro de barraca de feria sobre el fallido aventurero espacial. Uno de ellos, corresponsal de Petulance, se la sacó disimuladamente para rellenar su pistola con pis auténtico y, en un alarde de rigor informativo que sumió a Pequeño en el fondo del océano de la miseria y de la autocompasión, gritó mientras disparaba contra él: “Zizou, Zizou”.
Pequeño se despertó en la cama del hospital y ni siquiera ver el rostro como un pan de pueblo de su Indigna le alivió tanto como debería haber sido. Sentía un hastío vital como no había sentido desde que leyó en el colegio El Árbol de la Ciencia, de Pío Baroja o cualquier otro ajado autor español de mediados del siglo XX. Se veía a si mismo una y otra vez con la mano enganchada en la cañería mientras los chicos se burlaban de él, y los años pasados con Indigna y todo el reconocimiento social que había obtenido no mitigaban en absoluto la sensación de haber retrocedido con el paso de los años, de ser más débil que entonces, más inválido, y de que todo el resentimiento que había pretendido curar con venganza, no había hecho más que crecer en silencio como una almorrana hasta manifestarse ahora, en el final de sus aventuras, desventuras y tribulaciones, con toda su maldad, que era la maldad de Pequeño.
Comentario:
En realidad, Pequeño Mezquino es un ser abyecto y detestable al que el relato no hace justicia. Resulta difícil encontrar a alguien tan miserablemente resentido y tan cobardemente hipócrita.
La única buena acción de su vida fue perseguir un pin por una cañería.
Confío en haberlo exorcisado para siempre jamás y no encontrar rastro de él en mi conciencia.
La única buena acción de su vida fue perseguir un pin por una cañería.
Confío en haberlo exorcisado para siempre jamás y no encontrar rastro de él en mi conciencia.
Comentario:
¡Animo, Pequeño! ¡todos te queremos! En el fondo todos somos Pequeños Mezquinos. Yo al menos tengo uno dentro de mí.





