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El Buque Fantasma
Música, literatura, pintura, cine, fotografía, viajes y viajes imaginarios
Acerca de
El Buque Fantasma navega por el espacio y el tiempo con su tripulación de bucaneros, avituallada de alimentos para el espíritu y orlada de cañones y culebrinas para espantar los malos sueños. Tiene un capitán decidido y un contramaestre cascarrabias, un piloto que navega entre nubes de alcohol y un cocinero francés que robó una receta en el Ritz y, así, expía su culpa; en la sentina se esconden los demonios, cosidos a los grilletes mientras esperan el pabellón rojo de la muerte sin cuartel para volver a ver la luna. Surcan el universo a ritmo de Nueva Orleans, disfrutando, sin salir de la nave, de los tesoros que enriquecen su botín: los libros de Stevenson, Chesterton, Vian, Tolkien, Borges, las imágenes tan finamente imaginadas por Durero, Velázquez, Turner o Pratt, o los discos de los Stones, con los que atemorizan a los mortales que padecen sus sanguinarios abordajes y a los mismos dioses, donde quiera que estén.
Sindicación
 
HAMELIN
El sonido de la música de baile, por llamar de alguna manera a aquella sucesión de ruidos, se colaba por las rendijas de la persiana mezclado con el rumor del ganado humano que, a esas horas de la madrugada, trasegaba la calle arriba y abajo.

Bajé a la plaza con mi flauta dulce y no tardé en reunir un variopinto grupo que, si no me echaban monedas, sí me mostraban su fácil simpatía.

-Eh, tío, qué guay, qué es lo que tocas
-Nada aún –contesté-, estoy calentando los dedos.
-Uas, tío, hay que calentar, no?
-Sí, eso he dicho.
-Vale, tío, no te lo tomes así, toca algo
-Vale, tío, tocaré algo, pero yo no querría estar aquí cuando empiece a tocar.
-Juá, vale tío –siguió uno de mis festivos admiradores, algo mamado-, a ver si es que no sabes tocar, tío, y vas de vacilón para sacarnos la pasta...
-Será eso –dije; me encanta ver a un gilipollas cavando su propia tumba, y comencé a tocar-.

Cuando acabé el tipo no parecía demasiado impresionado musicalmente, pero igualmente me dijo que le había gustado mucho lo que tocaba, aunque le parecía extraño.

-¿Cómo te llamas, tío? –me pregunto, supongo que pensando en la posibilidad de que me hiciese famoso, pobre ingenuo, y tener algo que contar a sus colegas.

Desde todas las calles que confluían en la plaza había comenzado a llegar un sordo fragor que se convirtió rápidamente en un tumulto de chillidos de horror; una sombra oscura perseguía a la marea humana extendiéndose como una alfombra por suelos, paredes, y tejados, un inmenso tapiz de ratas que devoraban con voracidad cuanto se ponía a su paso.

-Hamelin –dije-, me llamo Hamelin.

Pero mi colega ya no estaba allí para escucharlo. Subí a casa y dormí, por fin, tranquilo.


 
Comentario:
Gracias, Allman. A mí me encanta hacer relatillos de éstos... A ver si la cosa es fecunda.
 
Comentario:
Joer, Ben, me encantan los microrelatos, y éste es genial, me ha encantado.

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