Metáfora
Lo que más me gusta de escribir este blog, además de poder desahogarme contando mis cosas sin tener que escribir mil versiones de un mismo hecho según a quién le escriba, lo que supone un increíble ahorro de tiempo, es que genera un bonito fenómeno de retroalimentación, o como se diría si fuéramos de modernillos y políglotas, genera un intenso feedback.
Me gusta leer los comentarios de “mis lectores”, ya sea los que son breves y aparecen en el blog, como los que son más extensos y van directamente a mi correo electrónico personal que si son largos e intensos, lo prefiero. Lo largo e intenso mejor en la intimidad, no? … ya bueno, este no es el tema hoy, que quería ponerme más filosófica que carnal, pero a veces las bromas bobas no puedo contenerlas, es tradición familiar, eh Andrea?
A mi anterior artículo del blog (titulado Fortaleza y satisfacción), me respondisteis varios de vosotros. Y además de mantener una muy fructífera conversación con Aymerik (otro día te publico a ti, amor), uno de mis más eficientes (psyco)analistas, recibí un mail de Javier, una gran amigo de Valencia, que me emocionó tanto que no puedo remediar publicarlo, ahora que me lo ha permitido.
«No creo que se trate de llevar o no una armadura, aún menos de llevar sólo partes de esa armadura, esa situación (de quitarla y ponerla) más bien
crearía una tensión nada beneficiosa, ese ying (llevarla) y yan (no
llevarla) en la cultura oriental seria el equilibrio de las partes que
debería llevarte a un equilibrio armónico, lo cual va muy bien (el símbolo
del ying y el yan quiero decir) para representar los binomios del lenguaje
(bueno/malo, etc) pero no para los estados anímicos desde el punto de vista
de occidente, porque si ambos tiran con la misma intensidad el punto medio
ya no es un equilibrio sino el máximo punto de dolor.
Por mi parte creo que la cuestión esta más bien (y más allá de corazas
inservibles) en centrarse en el propio ser, en la propia individualidad (sé
que esto no te sorprende viniendo de mi) lo que no quiere decir anular a los
demás o que sea un sinónimo de egoísmo; me refiero a alcanzar un concreto
estado elevado (y este adjetivo no es gratuito- remember Nietzsche-.) de la
mente. Dicho así sé que queda muy abstracto, intentaré concretar, y ya que
tu amiga hablaba de armaduras yo también me serviré de un ejemplo gráfico:
Imaginemos una niña que tiene un depósito grande con un grifo en su base, un
depósito lleno de un maravilloso elixir que solo la niña posee y sólo ella
sabe conseguir hasta incluso ser constitutivo de su personalidad. El mayor
deseo de esa niña es encontrar la botella adecuada que sea digna de contener
su elixir secreto. Un día encuentra una botella preciosa, llena de destellos
y gemas incrustadas, digna de la magia de Sherezade; embargada de emoción,
la niña abre el grifo rápidamente, casi de forma compulsiva, para llenar la
botella. Cuando ya la ha llenado cierra el grifo, contenta contempla la
botella llena pero se horroriza al darse cuenta de que por un pequeño
agujero en la base de la misma que ella no había percibido su elixir se
pierde hasta que queda vacía… había perdido un litro de su maravilloso
elixir; se jura a sí misma que eso no volvería a pasar, que sería más
selectiva y cuidadosa la próxima vez.
Pasa el tiempo y encuentra una botella
todavía más bella que la anterior, la contempla extasiada minuciosamente
recordando su primera experiencia, la mira desde todos los ángulos hasta que
se convence de que esa es perfecta, rápidamente abre al grifo casi entre
convulsiones de alegría para llenarla; y cuando la ha llenado el mundo se le
rompe porque vuelve a ver horrorizada que había otro agujero del que no se
percató en la botella y una vez más el elixir se pierde, ese era el segundo
litro que perdía.
Pasó el tiempo y un día encontró otra preciosa botella, la examinó
minuciosamente, pasó horas estudiándola desde cada lado, desde cada
perspectiva, cada centímetro, cada matiz… por fin se convenció de que esta
vez sí aquella tenia que ser la buena, su corazón volvió a galopar en su
pecho y rápidamente tomó el grifo quería abrirlo en el acto, pero esta vez,
haciendo un esfuerzo casi sobrehumano se sobrepuso a su deseo, se impuso a sí
misma el ir con atención a pesar de que ya hubiera estudiado la botella. En
un ejemplo de máxima autodisciplina y moderación consiguió no abrir el grifo
del todo sino sólo dejar escapar un poco de su elixir hasta llenar dos dedos
de la botella y lo cerró. Se quedó mirando la botella y una vez mas vio
entristecida como su precioso elixir se perdía por un pequeño orificio que
había pasado por alto en su estudio; lo bueno, pensó, es que esta vez solo
había perdido dos dedos de su precioso líquido.
Volvió a pasar el tiempo, y la niña volvió a encontrar una hermosa botella;
esta vez se limitó a contemplarla, a mirarla, pero ya no con ese afán
estudioso y meticuloso de las anteriores ocasiones, renunció al estudió, la
tomó y la llenó sólo dos dedos y volvió a contemplarla… pasado un rato
confirmó que no se salía por ningún lado, el corazón le explotaba de alegría
y rápidamente abrió el grifo para llenarla del todo… por fin había
conseguido su sueño.
En verdad, mientras te cuento esta historieta no dejan de resonar en mi
cabeza las palabras con las que reprendía, en La Guerra de las Galaxias,
Yoda a un desconcentrado Luke Skywalker: “¡Control, control!”»
Me parece innecesario añadir cualquier comentario, la belleza y calidad del escrito de Javier hacen que se baste por sí mismo.
Me gusta leer los comentarios de “mis lectores”, ya sea los que son breves y aparecen en el blog, como los que son más extensos y van directamente a mi correo electrónico personal que si son largos e intensos, lo prefiero. Lo largo e intenso mejor en la intimidad, no? … ya bueno, este no es el tema hoy, que quería ponerme más filosófica que carnal, pero a veces las bromas bobas no puedo contenerlas, es tradición familiar, eh Andrea?
A mi anterior artículo del blog (titulado Fortaleza y satisfacción), me respondisteis varios de vosotros. Y además de mantener una muy fructífera conversación con Aymerik (otro día te publico a ti, amor), uno de mis más eficientes (psyco)analistas, recibí un mail de Javier, una gran amigo de Valencia, que me emocionó tanto que no puedo remediar publicarlo, ahora que me lo ha permitido.
«No creo que se trate de llevar o no una armadura, aún menos de llevar sólo partes de esa armadura, esa situación (de quitarla y ponerla) más bien
crearía una tensión nada beneficiosa, ese ying (llevarla) y yan (no
llevarla) en la cultura oriental seria el equilibrio de las partes que
debería llevarte a un equilibrio armónico, lo cual va muy bien (el símbolo
del ying y el yan quiero decir) para representar los binomios del lenguaje
(bueno/malo, etc) pero no para los estados anímicos desde el punto de vista
de occidente, porque si ambos tiran con la misma intensidad el punto medio
ya no es un equilibrio sino el máximo punto de dolor.
Por mi parte creo que la cuestión esta más bien (y más allá de corazas
inservibles) en centrarse en el propio ser, en la propia individualidad (sé
que esto no te sorprende viniendo de mi) lo que no quiere decir anular a los
demás o que sea un sinónimo de egoísmo; me refiero a alcanzar un concreto
estado elevado (y este adjetivo no es gratuito- remember Nietzsche-.) de la
mente. Dicho así sé que queda muy abstracto, intentaré concretar, y ya que
tu amiga hablaba de armaduras yo también me serviré de un ejemplo gráfico:
Imaginemos una niña que tiene un depósito grande con un grifo en su base, un
depósito lleno de un maravilloso elixir que solo la niña posee y sólo ella
sabe conseguir hasta incluso ser constitutivo de su personalidad. El mayor
deseo de esa niña es encontrar la botella adecuada que sea digna de contener
su elixir secreto. Un día encuentra una botella preciosa, llena de destellos
y gemas incrustadas, digna de la magia de Sherezade; embargada de emoción,
la niña abre el grifo rápidamente, casi de forma compulsiva, para llenar la
botella. Cuando ya la ha llenado cierra el grifo, contenta contempla la
botella llena pero se horroriza al darse cuenta de que por un pequeño
agujero en la base de la misma que ella no había percibido su elixir se
pierde hasta que queda vacía… había perdido un litro de su maravilloso
elixir; se jura a sí misma que eso no volvería a pasar, que sería más
selectiva y cuidadosa la próxima vez.
Pasa el tiempo y encuentra una botella
todavía más bella que la anterior, la contempla extasiada minuciosamente
recordando su primera experiencia, la mira desde todos los ángulos hasta que
se convence de que esa es perfecta, rápidamente abre al grifo casi entre
convulsiones de alegría para llenarla; y cuando la ha llenado el mundo se le
rompe porque vuelve a ver horrorizada que había otro agujero del que no se
percató en la botella y una vez más el elixir se pierde, ese era el segundo
litro que perdía.
Pasó el tiempo y un día encontró otra preciosa botella, la examinó
minuciosamente, pasó horas estudiándola desde cada lado, desde cada
perspectiva, cada centímetro, cada matiz… por fin se convenció de que esta
vez sí aquella tenia que ser la buena, su corazón volvió a galopar en su
pecho y rápidamente tomó el grifo quería abrirlo en el acto, pero esta vez,
haciendo un esfuerzo casi sobrehumano se sobrepuso a su deseo, se impuso a sí
misma el ir con atención a pesar de que ya hubiera estudiado la botella. En
un ejemplo de máxima autodisciplina y moderación consiguió no abrir el grifo
del todo sino sólo dejar escapar un poco de su elixir hasta llenar dos dedos
de la botella y lo cerró. Se quedó mirando la botella y una vez mas vio
entristecida como su precioso elixir se perdía por un pequeño orificio que
había pasado por alto en su estudio; lo bueno, pensó, es que esta vez solo
había perdido dos dedos de su precioso líquido.
Volvió a pasar el tiempo, y la niña volvió a encontrar una hermosa botella;
esta vez se limitó a contemplarla, a mirarla, pero ya no con ese afán
estudioso y meticuloso de las anteriores ocasiones, renunció al estudió, la
tomó y la llenó sólo dos dedos y volvió a contemplarla… pasado un rato
confirmó que no se salía por ningún lado, el corazón le explotaba de alegría
y rápidamente abrió el grifo para llenarla del todo… por fin había
conseguido su sueño.
En verdad, mientras te cuento esta historieta no dejan de resonar en mi
cabeza las palabras con las que reprendía, en La Guerra de las Galaxias,
Yoda a un desconcentrado Luke Skywalker: “¡Control, control!”»
Me parece innecesario añadir cualquier comentario, la belleza y calidad del escrito de Javier hacen que se baste por sí mismo.
No tengo todas las respuestas
A lo mejor es culpa mía. A lo mejor es porque pasé los últimos 10 años asegurándole a quienes me rodeaban que tengo las respuestas y tengo el control, y se acostumbraron a pensar que era cierto.
Yo soy la ley y el orden, y lo que yo digo se hace, y lo que impido no se hace.
Quiero huir.
A veces no sé de qué: del trabajo, de mi vida tal y como es estos días, de mi casa, de las explicaciones que siento que he de dar, quizás sólo de mi misma, de la pesada sensación de tener que dar respuestas YA, de tenerlas, esas respuestas.
Pesa la obligación de tenerlo todo pensado, todo sopesado, todo controlado; la exigencia de no cometer un sólo paso en falso.
No tengo todas las respuestas, ni lo sé todo, ni lo he pensado todo, ni tengo todo bajo control. Y reivindico el derecho a equivocarme, y mucho.
Sí, sí soy de quienes andan con cautela, y preparo y pienso mis pasos, y actúo después.
Y temo equivocarme, y deseo que no suceda, pero al mismo tiempo quiero tener derecho a hacerlo.
Me pesa, ME PESA. Y necesito, quiero, no tener que pensar tanto últimamente. Vivir sin pensarlo mucho, sólo vivir, aletear suavemente con la calidez de mi espontaneidad, y confiar, en mí, por una vez, CONFIAR EN MÍ, y no sólo en mi instinto para no equivocarme, sino también en mi inteligencia y mis capacidades para recuperarme o solventar una equivocación.
¿Por qué no? ¿Por qué pensar que no tengo instinto: que no sabré qué hacer, qué decir o cómo actuar si no lo pienso mil veces antes de hacerlo? Y va y lo hago, y me entran carcajadas al ver que la vida, en presente, se me da bastante bien, y me río, cuando compruebo la perplejidad de quienes me rodean, que pensarán “¿qué pasa que ahora sólo actúa?”
Vacaciones dije, vacaciones este año, sin resonancias ni ruido en mi interior… Y eso quizás significa no pensar tanto, ni crear tantos ecos cacofónicos que me impiden sonreír.
¿Por qué tantas preguntas? ¿Por qué he de dar tantas respuestas? Que NO las tengo, ya veré. Las cosas van ocurriendo y en función de lo que ocurra iré determinando qué camino escojo, que el destino es siempre el mismo pero los caminos por andar pueden variar.
Ya lo predije, mucha risa, nuevas aventuras, nueva gente, y nueva actitud.
Sólo quiero decirte que te quiero, que quiero huir contigo para que me des la mano y me dejes escuchar mi silencio, que ahora mismo que te he hablado ya no necesito huir porque tú no me haces preguntas.
Yo soy la ley y el orden, y lo que yo digo se hace, y lo que impido no se hace.
Quiero huir.
A veces no sé de qué: del trabajo, de mi vida tal y como es estos días, de mi casa, de las explicaciones que siento que he de dar, quizás sólo de mi misma, de la pesada sensación de tener que dar respuestas YA, de tenerlas, esas respuestas.
Pesa la obligación de tenerlo todo pensado, todo sopesado, todo controlado; la exigencia de no cometer un sólo paso en falso.
No tengo todas las respuestas, ni lo sé todo, ni lo he pensado todo, ni tengo todo bajo control. Y reivindico el derecho a equivocarme, y mucho.
Sí, sí soy de quienes andan con cautela, y preparo y pienso mis pasos, y actúo después.
Y temo equivocarme, y deseo que no suceda, pero al mismo tiempo quiero tener derecho a hacerlo.
Me pesa, ME PESA. Y necesito, quiero, no tener que pensar tanto últimamente. Vivir sin pensarlo mucho, sólo vivir, aletear suavemente con la calidez de mi espontaneidad, y confiar, en mí, por una vez, CONFIAR EN MÍ, y no sólo en mi instinto para no equivocarme, sino también en mi inteligencia y mis capacidades para recuperarme o solventar una equivocación.
¿Por qué no? ¿Por qué pensar que no tengo instinto: que no sabré qué hacer, qué decir o cómo actuar si no lo pienso mil veces antes de hacerlo? Y va y lo hago, y me entran carcajadas al ver que la vida, en presente, se me da bastante bien, y me río, cuando compruebo la perplejidad de quienes me rodean, que pensarán “¿qué pasa que ahora sólo actúa?”
Vacaciones dije, vacaciones este año, sin resonancias ni ruido en mi interior… Y eso quizás significa no pensar tanto, ni crear tantos ecos cacofónicos que me impiden sonreír.
¿Por qué tantas preguntas? ¿Por qué he de dar tantas respuestas? Que NO las tengo, ya veré. Las cosas van ocurriendo y en función de lo que ocurra iré determinando qué camino escojo, que el destino es siempre el mismo pero los caminos por andar pueden variar.
Ya lo predije, mucha risa, nuevas aventuras, nueva gente, y nueva actitud.
Sólo quiero decirte que te quiero, que quiero huir contigo para que me des la mano y me dejes escuchar mi silencio, que ahora mismo que te he hablado ya no necesito huir porque tú no me haces preguntas.





