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Tu decides que hacer con el tiempo k se te ha dado
Que nada escrito o pensado quede oculto, que salga a la luz tanto el dolor como la alegria
Acerca de
Buscando, siempre buscando, pero fuera de mí misma. Cuando mi camino se esconde de mi, he de esperar la mañana para retomarlo, o simplemente seguir andando, porque el camino, aunque peligroso, se hace al andar. Me acompañan las palabras y las bellas almas, aunque a veces se me olvide que están ahí.
Sindicación
 
Drama queen
Hay una expresión en inglés que me gusta mucho, que es “drama queen” y se aplica, generalmente en contextos gays, a esas personas que exageran su tristeza y desesperación de manera algo teatral. Si habéis visto la versión norteamericana de “La Cage aux folles” (aquí “Una jaula de grillos”, allá “Bird Cage”), pensad en Albert Goldman, el personaje de Nathan Lane, y sabréis de qué hablo.

Quizás fue el hecho de pasar los cinco primeros años con un actor y una gran actriz (extraoficialmente sólo) de melodrama, mis abuelos, lo que me ha convertido en una tremenda “drama queen”. Ya lo decía el otro día mi amiga Sharon en su excelente blog, tenemos una cierta tendencia al drama.

Así pues, un contratiempo, una decepción, se vuelve tragedia griega, con hecatombe incluida, y proferimos frases como “¡Fatalidad!” y un revisado, si Scarlett O’Hara nos lo permite, “Juro que no volveré a ser feliz”… Nunca, nunca ya brillará el sol ni nos sonreirá la vida. Y lloramos en tremendas escenas de abandono en un amplio y solitario lecho, y gritamos arrodilladas por el peso del infortunio, y despotricamos con furia frente a quien creemos culpable de nuestra miseria, aunque seamos nosotras mismas.

Así somos las “drama queen”, tremendas y aterradoras mujeres, de incansables sollozos y arrebatos imprevisibles.
El resto del tiempo somos cachorritos simpáticos, suaves y discretos, que vamos cargando miseria adentro, como una olla que acumula presión, y un poco más, y un poco más, y otro poco más… Y va y se nos olvido poner la válvula, y… ¡Hala! ¡Estalló! Y todo el cocido desparramado, igual que nuestras emociones, esas que provocan los dos cientos mil estímulos a los que somos sensibles, nosotras, condenadas a la empatía y a la visión periférica. Que vemos tanto, sentimos tantas emociones, que todo no puede controlarse, someterse, y se nos escapa de las manos.

El caso es que sabemos cuando empieza y no lo paramos, por rabia, por orgullo, por ganas de estallar de incomprensión… pero quizás encontrar esa válvula no sería reprimirnos, sino aliviarnos.
Eso dice mi amigo Aymerik, que busque la válvula, que el cocido que se desparrama una y otra vez acaba gastando la olla, y una olla tan bonita y prometedora (esto lo añado yo) sería una pena que se echase a perder.

En fin, que sí, que hoy di con la válvula de escape mía, que ya no recordaba, y era escribir, ¡fíjate! ¡Qué fácil! Y yo ahí buscando, y nada, no di con ella hasta que no la encontré. Y aquí estoy: drama queen with writing therapy. Como son las cosas, ¿no?

Un último apunte, ¿os habéis dado cuenta de cuánto me parezco a la Venus de Boticelli? Tras una escena dramática, voy al baño, a intentar recobrar la respiración al lavarme la cara, y me miro, y ahí está la mirada lejana y melancólica de la Venus de Boticelli, y el pelo colorado, y, es cierto, los ojos algo más hinchados y enrojecidos, pero Venus igualmente.
¡Ay! ¿Pero qué melancolía es esa que empaña la mirada lejana de la Venus? ¿Qué infortunio podría sucederle a un ser de tanta belleza, de corazón tan sensible? ¡Hay tanto bueno en su camino! Sí, ella sabe lo mucho que va a sentir, y por eso parece distraída. Pero no, no cede, sigue firme, aunque sólo se apoya en un pie, que la firmeza de uno no depende del suelo que se pisa.