La muela número 36
Piluca es una chica moderna, trabajadora, independiente, una drama queen sí, pero también una chica bien, de esas que se cuidan… a menos que… cuidarse implique pasar miedo.
Hace unos cinco años que Piluca no va al dentista, sabe eso de que hay que ir una vez al año pero no sabe muy bien porqué. Lo de la limpieza bucal le parece exagerado dado que se cepilla los dientes cada día. El dentista le parece un ser espeluznante. No. Ir es demasiado arriesgado.
Una mañana Piluca se despierta con un tremendo dolor de encías. ¡Ay! ¡Señor! ¿Qué ocurre? Sus encías están inflamadas, rojas, sangran al menor roce y empiezan a mostrar un color blanquecino nada tranquilizador cuando se juntan con el diente. Enjuague bucal, cepillado suave, ¡ah! Sólo un par de minutos de alivio… luego sigue el dolor.
Al fin se decide, llama a su mejor amigo, ese que le ha hablado muy bien de su dentista, que, parece ser, es encantador. Su amigo le da el número, llama y pide cita, ¡ay! ¡Cuántos días de espera! ¡No puedo! Vuelve a llamar y adelanta la cita, ¡el dolor es inaguantable!
Piluca va al dentista, hace un gran esfuerzo de autocontrol y no sale huyendo, incluso logra sonreír, una de esas sonrisas duras duras: los músculos de su cara no quieren colaborar.
El dentista es joven, parece simpático. ¡AH! ¡Todos los malos parecen siempre simpáticos!
Piluca es muy dada al autodiagnóstico, esto lo sabe desde el día en que enfermó de faringitis, fue a una doctora que no era la habitual y le dijo que tenía faringitis, y la doctora le dijo “los diagnósticos los hago yo”, sí, sí, como los polis en las películas “aquí las preguntas las hago yo”. Así que Piluca, que siempre ha sido una chica bien, le explicó los síntomas, la doctora le miró la garganta, y concluyó que era faringitis. Pues sí, para una persona a quien le quitaron las amígdalas y que tiende a respirar por la boca le es fácil, tras veinte tantos (que son los años que tenía entonces) reconocer una faringitis.
En fin, entra Piluca, saluda al dentista y declara “creo que tengo una invasión de sarro” y dice sarro porque Piluca aún no sabía (ni sabe, dicho sea de paso) lo que es la placa bacteriana. Pues sí, una vez más revela sus dotes deductivas, es sarro, o placa. Eso también le pasó cuando acertó con el diagnóstico de una infección vaginal, de esas tan divertidas que pican muchísimo. Durante la investigación entró en el túnel del terror de la lista de las enfermedades de transmisión sexual más guays para identificar la que le había tocado, por suerte nada grave, y su ginecóloga, que además de encantadora es una santa, la curó en un santiamén.
El dentista ve además de la periodontitis (también conocida como “eso que les pasa a quienes no vienen al dentista”), tres caries para las que habrá que hacer empaste (u obturación), propone una limpieza, de esas que te dejan con los dientes “rasposos” y dolor de boca dos días, y amenaza con un curetaje (una de esas barbaridades que inventaron los dentistas para torturar a sus victimas impunemente y que consiste en limpiar entre el diente y la encía, afortunadamente con anestesia local). Por si fuera poco, se le ocurre decir que la boca es pequeña, ¡ves qué mono! Como una princesita. Y que los problemas de encías quizás se deban a que no se produce mordisco (los dientes no encajan todos) así que la ortodoncia debería tenerse en cuenta. ¿QUÉ? ¡Ni hablar! Eso Piluca no se lo dice, le sonríe y dice “bueno”… aunque lo que realmente piensa es “sí hombre, lo que me faltaba, con lo que me ha costado llegar hasta aquí con todos mis complejos, solo me faltaba llevar aparato, a mi edad, es que ¡así nunca me querrá nadie!” Pero eso, claro, no se lo puede decir, porque no es racional.
Piluca no se santigua porque no cree en eso pero esta a punto de hacerlo al conocer el alcance del presupuesto: 400€. ¡Qué chupi! Cobrando 632€ al mes, ¡se avecina un futuro de desparrame!
Pero Piluca es muy racional y sabe que la salud pasa por delante de todo, ahora sólo ha de encontrar una manera de multiplicar los panes y los peces.
Primera etapa: Piluca va a la limpieza, la hace la enfermera del dentista. Bien, lo hace con mucho cuidado, le dice “¡uy! tienes una piedra de sarro”, ¿piedra? ¿Porque hay piedras? ¡Vaya mujer! ¡Que cosas! ¿Quién lo hubiera dicho? Bueno al cabo de unos interminables minutos Piluca recupera los dientes que hacia tiempo no veía tan resplandecientes, vaya vaya, así que esta es mi boca normal, que fuerte, no esta tan mal. No, mal no está, está solo dolorida y rasposa, ¡qué bien!
Segunda etapa: primer empaste. El dentista que es un encanto (o un lobo disfrazado de corderito) le habla de todo un poco, de pronto aparece un instrumento aterrador de esos que podían haber utilizado los inquisidores para la tortura. AH! ¡NO! ¿Qué demonios es eso? ¿La jeringuilla? ¡Ni hablar! “Cierra los ojos” dice el dentista. Desde luego que cierro los ojos, no voy a presenciar esto, piensa Piluca. Y cierra los ojos y él dice “vas a notar un pinchazo… ¡ya esta!” Ah! ¡Pues qué bien! Este hombre es un artista, ni me ha hecho daño. Y mientras hace efecto la anestesia hablan y Piluca se da cuenta de que este hombre es muy inteligente, ha viajado, habla idiomas, tiene intereses similares… casi sería perfecto… si no fuera dentista. Bueno, tampoco sabe Piluca si tiene sensibilidad, sospecha que no, porque para empuñar instrumentos semejantes se ha de ser un tanto desalmado. Así que no, el dentista no va a entrar en la lista de los hombres más amados de la vida de Piluca, además, no es muy guapo que digamos, así que no, va a ser que no (noticia que le encantaría conocer al dentista y a su novia).
En fin, llega un momento en que la dicción de Piluca se asemeja a la que tendría con la boca llena de patatas, y ahí empieza la tortura. “Esto es un taladro con punta de diamante… ” Hay que alabarle la precisión al dentista que se empeña en informar a Piluca de todo lo que está pasando, “mira guapo, no uses términos propios de Bricomanía, cuando te refieras a mi boca, ¿vale?” (Piluca empieza a perder las buenas maneras aunque con la boca abierta y tumbada en la silla diabólica, no puede decirle todo esto al dentista, así que su saber estar no se pone en duda).
Lo malo de los dentistas es que se empeñan en hablarte cuando manipulan extrañas herramientas en tu boca, como un vulgar juego de espeleología. Lo peor es que a veces esperan respuesta!!!! Eso es ya el colmo! Y cuando intentas responder, callan un minuto y dicen “no te entiendo”. No te jode, yo tampoco te entiendo tío, porque no te has dedicado a otra cosa.
“¡Uy!” (Expresión aterradora en boca de un dentista) “Creo que voy a tener que matarte el nervio” ¿QUÉ? NO, no, no, no, no, a mi nadie me mata nada, y menos un nervio… los necesito a todos, soy muy nerviosa. “Uy pues sí, a ver, cierra los ojos” ¿Otra vez?
Ya está, matar un nervio, dolor, sangre, convulsiones, la muerte, agonía, socorro… Piluca yace incapaz de verbalizar todo su terror, sin poder susurrar “no, por favor”, temblando por dentro, sola, tan terriblemente sola como pocas veces se ha sentido… Así que en silencio deja caer unas breves lágrimas que resbalan por la sien.
“¡Está llorando!”, estoy bien intenta decir Piluca, “está llorando de miedo” explica la enfermera. Pues sí, efectivamente el dentista carece de sensibilidad, claro que teniendo en cuenta que Piluca es una adulta que ronda peligrosamente la treintena, quizás sea la primera vez que el dentista ve algo así, y por eso no sabe cómo reaccionar.
Bueno, la muerte del nervio es rápida y prácticamente indolora, aunque al sádico del dentista se le ocurre una muy buena “mira! Es el nervio!”, AGRR! Pero no me lo enseñes!” grita Piluca. Habrase visto, esto es increíble! Se ríe, “parece un trocito de fuet” mira qué graciosillo el dentista, aunque sí, parece un trocito pequeñín de grasa de esa que queda entre los dientes al comer fuet.
Y sigue a su quehacer: taladro, amoladora, limas de varios tamaños… Que tendrá que venir dos veces más porque como no es un empaste normal, porque ha matado el nervio, pone uno provisional… ¿Pero quedará bien? “Creo que sí”. Como que “creo”, increíble!, claro que muy hábil, siendo medico prometer algo es muy arriesgado… pero es que ha de quedar bien.
Una hora en la silla diabólica con la boca abierta, le indican que tome analgésicos, que llame si algo ocurre o si tiene preguntas, y luego… el golpe de gracia. Bueno pues nada, mira que como hemos matado el nervio pues el presupuesto es de 207€ para este diente. ¿Qué me estás diciendo? Piensa Piluca, pero dice “ah! Vaya! Bueno, pues bien”.
Pues sí, súper bien, muela 36 = 207€, y quedan por ver las muelas 46 y 16 (qué monas! El clan de los seises! No si es que esto es obra del diablo) que según el dentista las caries son más pequeñas y no habrá que matar nervio. Eso espero guapito, porque si no voy a mentarte a la madre y a todo tu árbol genealógico.
Así que Piluca ha sido reconvertida en abanderada de la higiene bucal, ahora va a todas partes con su kit de lavado portátil, tiene hilo dental, varias pastas de dientes, enjuague bucal y varios cepillos que renueva periódicamente. A mi no me jorobas dos veces!
Hace unos cinco años que Piluca no va al dentista, sabe eso de que hay que ir una vez al año pero no sabe muy bien porqué. Lo de la limpieza bucal le parece exagerado dado que se cepilla los dientes cada día. El dentista le parece un ser espeluznante. No. Ir es demasiado arriesgado.
Una mañana Piluca se despierta con un tremendo dolor de encías. ¡Ay! ¡Señor! ¿Qué ocurre? Sus encías están inflamadas, rojas, sangran al menor roce y empiezan a mostrar un color blanquecino nada tranquilizador cuando se juntan con el diente. Enjuague bucal, cepillado suave, ¡ah! Sólo un par de minutos de alivio… luego sigue el dolor.
Al fin se decide, llama a su mejor amigo, ese que le ha hablado muy bien de su dentista, que, parece ser, es encantador. Su amigo le da el número, llama y pide cita, ¡ay! ¡Cuántos días de espera! ¡No puedo! Vuelve a llamar y adelanta la cita, ¡el dolor es inaguantable!
Piluca va al dentista, hace un gran esfuerzo de autocontrol y no sale huyendo, incluso logra sonreír, una de esas sonrisas duras duras: los músculos de su cara no quieren colaborar.
El dentista es joven, parece simpático. ¡AH! ¡Todos los malos parecen siempre simpáticos!
Piluca es muy dada al autodiagnóstico, esto lo sabe desde el día en que enfermó de faringitis, fue a una doctora que no era la habitual y le dijo que tenía faringitis, y la doctora le dijo “los diagnósticos los hago yo”, sí, sí, como los polis en las películas “aquí las preguntas las hago yo”. Así que Piluca, que siempre ha sido una chica bien, le explicó los síntomas, la doctora le miró la garganta, y concluyó que era faringitis. Pues sí, para una persona a quien le quitaron las amígdalas y que tiende a respirar por la boca le es fácil, tras veinte tantos (que son los años que tenía entonces) reconocer una faringitis.
En fin, entra Piluca, saluda al dentista y declara “creo que tengo una invasión de sarro” y dice sarro porque Piluca aún no sabía (ni sabe, dicho sea de paso) lo que es la placa bacteriana. Pues sí, una vez más revela sus dotes deductivas, es sarro, o placa. Eso también le pasó cuando acertó con el diagnóstico de una infección vaginal, de esas tan divertidas que pican muchísimo. Durante la investigación entró en el túnel del terror de la lista de las enfermedades de transmisión sexual más guays para identificar la que le había tocado, por suerte nada grave, y su ginecóloga, que además de encantadora es una santa, la curó en un santiamén.
El dentista ve además de la periodontitis (también conocida como “eso que les pasa a quienes no vienen al dentista”), tres caries para las que habrá que hacer empaste (u obturación), propone una limpieza, de esas que te dejan con los dientes “rasposos” y dolor de boca dos días, y amenaza con un curetaje (una de esas barbaridades que inventaron los dentistas para torturar a sus victimas impunemente y que consiste en limpiar entre el diente y la encía, afortunadamente con anestesia local). Por si fuera poco, se le ocurre decir que la boca es pequeña, ¡ves qué mono! Como una princesita. Y que los problemas de encías quizás se deban a que no se produce mordisco (los dientes no encajan todos) así que la ortodoncia debería tenerse en cuenta. ¿QUÉ? ¡Ni hablar! Eso Piluca no se lo dice, le sonríe y dice “bueno”… aunque lo que realmente piensa es “sí hombre, lo que me faltaba, con lo que me ha costado llegar hasta aquí con todos mis complejos, solo me faltaba llevar aparato, a mi edad, es que ¡así nunca me querrá nadie!” Pero eso, claro, no se lo puede decir, porque no es racional.
Piluca no se santigua porque no cree en eso pero esta a punto de hacerlo al conocer el alcance del presupuesto: 400€. ¡Qué chupi! Cobrando 632€ al mes, ¡se avecina un futuro de desparrame!
Pero Piluca es muy racional y sabe que la salud pasa por delante de todo, ahora sólo ha de encontrar una manera de multiplicar los panes y los peces.
Primera etapa: Piluca va a la limpieza, la hace la enfermera del dentista. Bien, lo hace con mucho cuidado, le dice “¡uy! tienes una piedra de sarro”, ¿piedra? ¿Porque hay piedras? ¡Vaya mujer! ¡Que cosas! ¿Quién lo hubiera dicho? Bueno al cabo de unos interminables minutos Piluca recupera los dientes que hacia tiempo no veía tan resplandecientes, vaya vaya, así que esta es mi boca normal, que fuerte, no esta tan mal. No, mal no está, está solo dolorida y rasposa, ¡qué bien!
Segunda etapa: primer empaste. El dentista que es un encanto (o un lobo disfrazado de corderito) le habla de todo un poco, de pronto aparece un instrumento aterrador de esos que podían haber utilizado los inquisidores para la tortura. AH! ¡NO! ¿Qué demonios es eso? ¿La jeringuilla? ¡Ni hablar! “Cierra los ojos” dice el dentista. Desde luego que cierro los ojos, no voy a presenciar esto, piensa Piluca. Y cierra los ojos y él dice “vas a notar un pinchazo… ¡ya esta!” Ah! ¡Pues qué bien! Este hombre es un artista, ni me ha hecho daño. Y mientras hace efecto la anestesia hablan y Piluca se da cuenta de que este hombre es muy inteligente, ha viajado, habla idiomas, tiene intereses similares… casi sería perfecto… si no fuera dentista. Bueno, tampoco sabe Piluca si tiene sensibilidad, sospecha que no, porque para empuñar instrumentos semejantes se ha de ser un tanto desalmado. Así que no, el dentista no va a entrar en la lista de los hombres más amados de la vida de Piluca, además, no es muy guapo que digamos, así que no, va a ser que no (noticia que le encantaría conocer al dentista y a su novia).
En fin, llega un momento en que la dicción de Piluca se asemeja a la que tendría con la boca llena de patatas, y ahí empieza la tortura. “Esto es un taladro con punta de diamante… ” Hay que alabarle la precisión al dentista que se empeña en informar a Piluca de todo lo que está pasando, “mira guapo, no uses términos propios de Bricomanía, cuando te refieras a mi boca, ¿vale?” (Piluca empieza a perder las buenas maneras aunque con la boca abierta y tumbada en la silla diabólica, no puede decirle todo esto al dentista, así que su saber estar no se pone en duda).
Lo malo de los dentistas es que se empeñan en hablarte cuando manipulan extrañas herramientas en tu boca, como un vulgar juego de espeleología. Lo peor es que a veces esperan respuesta!!!! Eso es ya el colmo! Y cuando intentas responder, callan un minuto y dicen “no te entiendo”. No te jode, yo tampoco te entiendo tío, porque no te has dedicado a otra cosa.
“¡Uy!” (Expresión aterradora en boca de un dentista) “Creo que voy a tener que matarte el nervio” ¿QUÉ? NO, no, no, no, no, a mi nadie me mata nada, y menos un nervio… los necesito a todos, soy muy nerviosa. “Uy pues sí, a ver, cierra los ojos” ¿Otra vez?
Ya está, matar un nervio, dolor, sangre, convulsiones, la muerte, agonía, socorro… Piluca yace incapaz de verbalizar todo su terror, sin poder susurrar “no, por favor”, temblando por dentro, sola, tan terriblemente sola como pocas veces se ha sentido… Así que en silencio deja caer unas breves lágrimas que resbalan por la sien.
“¡Está llorando!”, estoy bien intenta decir Piluca, “está llorando de miedo” explica la enfermera. Pues sí, efectivamente el dentista carece de sensibilidad, claro que teniendo en cuenta que Piluca es una adulta que ronda peligrosamente la treintena, quizás sea la primera vez que el dentista ve algo así, y por eso no sabe cómo reaccionar.
Bueno, la muerte del nervio es rápida y prácticamente indolora, aunque al sádico del dentista se le ocurre una muy buena “mira! Es el nervio!”, AGRR! Pero no me lo enseñes!” grita Piluca. Habrase visto, esto es increíble! Se ríe, “parece un trocito de fuet” mira qué graciosillo el dentista, aunque sí, parece un trocito pequeñín de grasa de esa que queda entre los dientes al comer fuet.
Y sigue a su quehacer: taladro, amoladora, limas de varios tamaños… Que tendrá que venir dos veces más porque como no es un empaste normal, porque ha matado el nervio, pone uno provisional… ¿Pero quedará bien? “Creo que sí”. Como que “creo”, increíble!, claro que muy hábil, siendo medico prometer algo es muy arriesgado… pero es que ha de quedar bien.
Una hora en la silla diabólica con la boca abierta, le indican que tome analgésicos, que llame si algo ocurre o si tiene preguntas, y luego… el golpe de gracia. Bueno pues nada, mira que como hemos matado el nervio pues el presupuesto es de 207€ para este diente. ¿Qué me estás diciendo? Piensa Piluca, pero dice “ah! Vaya! Bueno, pues bien”.
Pues sí, súper bien, muela 36 = 207€, y quedan por ver las muelas 46 y 16 (qué monas! El clan de los seises! No si es que esto es obra del diablo) que según el dentista las caries son más pequeñas y no habrá que matar nervio. Eso espero guapito, porque si no voy a mentarte a la madre y a todo tu árbol genealógico.
Así que Piluca ha sido reconvertida en abanderada de la higiene bucal, ahora va a todas partes con su kit de lavado portátil, tiene hilo dental, varias pastas de dientes, enjuague bucal y varios cepillos que renueva periódicamente. A mi no me jorobas dos veces!





