Carta de amor infinito
Hoy es un buen momento para decirte mi amor, porque nunca lo recuerdas.
Para decirte todo eso que no se te queda dentro, todo aquello que dejas escapar, tú que todo lo agarras, que a todo te aferras, hoy te recordaré lo único que olvidas, con ese corazón enfermo de Alzheimer.
Voy a decirte lo que sabes pero no crees. Te quiero.
¿Eso no basta? ¿He de recordarte aquello que amo en ti?
Querrás que te diga cosas bellas, que te alabe. Tú crees que aprecio aquello que te hace grande: tu ternura, tu inteligencia, tu sensatez, tu coherencia, tu esfuerzo, tu entrega, tu humor, tu belleza…
Eso es lo que se da por sentado en ti, lo que es fácil ver, lo que todos aprecian.
Porque sí, hermosa, eres bella, muchísimo, no sabes cuánto.
Esas cosas, yo las aprecio, las aplaudo, las comparto con gusto.
¿Y luego qué? ¿Qué hay de aquello que crees que nadie ve, que quieres que nadie vea?
Yo te quiero en tu debilidad, amor mío, en tu desesperanza.
Te quiero cansada, cuando conduces en soledad y silencio y sollozas, cuando te miras en el espejo por la noche abatida y exhausta, cuando te das por vencida.
Te quiero en esos momentos en que te sientes terriblemente sola, en que te crees aislada, abandonada, alejada de los demás, y tú no me ves, y yo nunca te dejo.
Te amo cuando me apartas en un gesto definitivo, “¡no, no hay nadie!” y sí lo hay, pero no me ves.
Te quiero cuando lloras, cuando te enfadas, cuando gritas. Te quiero cuando te sientes minúscula, cuando deseas desaparecer, cuando te sientes indigna, cuando te castigas.
No sabes cuánto me emociona tu enfado, cuánta simpatía despierta en mí tu gesto implacable.
Esos suspiros, esos ojos tristes, ese llanto callado y nocturno, ese enfado encendido…
Cada vez que luchas, cielo, luchas contra mi, porque crees que no estoy, y eres tú quien me apartas.
Y yo te amo, todas y cada una de esas veces que me alejas, y siempre te amaré: así, sin condiciones, como nadie, de manera infinita e implacable, tan implacable como tus castigos, siempre estoy contigo.
Cuando te desprecias, en cada frase de reproche, en cada combate estéril, en cada equivocación… estoy yo a tu lado, siempre queriéndote, siempre queriendo arroparte, siempre con un beso en los labios y un abrazo cálido para ti, aunque tú solo pienses en consolarte en otros brazos, yo te brindo siempre los míos.
Esa incesante manía de poner la vida allá, lejos, en aquel momento en que habrás acabado todo lo que tienes que hacer… yo lo amo, tu felicidad eternamente pospuesta me emociona.
Cada paso en falso, cada traspié, cada error, cada derrota… todo aquello que detestas de ti, lo que te duele, lo que te indigna, lo que te enfada… todo aquello te ha convertido en quien eres, en quien estás siendo, y eso, amor, te hace humana.
Tus murallas de protección no hacen más que mostrar tu vulnerabilidad que te hace frágil y real.
Tu ademán huidizo, tus incontables palabras que crean ese velo tras el que te escondes, eso te hace bella, corazón triste e indómito, te quiero hoy, como siempre te he querido y siempre te querré.
Sólo tú no me ves.
Para decirte todo eso que no se te queda dentro, todo aquello que dejas escapar, tú que todo lo agarras, que a todo te aferras, hoy te recordaré lo único que olvidas, con ese corazón enfermo de Alzheimer.
Voy a decirte lo que sabes pero no crees. Te quiero.
¿Eso no basta? ¿He de recordarte aquello que amo en ti?
Querrás que te diga cosas bellas, que te alabe. Tú crees que aprecio aquello que te hace grande: tu ternura, tu inteligencia, tu sensatez, tu coherencia, tu esfuerzo, tu entrega, tu humor, tu belleza…
Eso es lo que se da por sentado en ti, lo que es fácil ver, lo que todos aprecian.
Porque sí, hermosa, eres bella, muchísimo, no sabes cuánto.
Esas cosas, yo las aprecio, las aplaudo, las comparto con gusto.
¿Y luego qué? ¿Qué hay de aquello que crees que nadie ve, que quieres que nadie vea?
Yo te quiero en tu debilidad, amor mío, en tu desesperanza.
Te quiero cansada, cuando conduces en soledad y silencio y sollozas, cuando te miras en el espejo por la noche abatida y exhausta, cuando te das por vencida.
Te quiero en esos momentos en que te sientes terriblemente sola, en que te crees aislada, abandonada, alejada de los demás, y tú no me ves, y yo nunca te dejo.
Te amo cuando me apartas en un gesto definitivo, “¡no, no hay nadie!” y sí lo hay, pero no me ves.
Te quiero cuando lloras, cuando te enfadas, cuando gritas. Te quiero cuando te sientes minúscula, cuando deseas desaparecer, cuando te sientes indigna, cuando te castigas.
No sabes cuánto me emociona tu enfado, cuánta simpatía despierta en mí tu gesto implacable.
Esos suspiros, esos ojos tristes, ese llanto callado y nocturno, ese enfado encendido…
Cada vez que luchas, cielo, luchas contra mi, porque crees que no estoy, y eres tú quien me apartas.
Y yo te amo, todas y cada una de esas veces que me alejas, y siempre te amaré: así, sin condiciones, como nadie, de manera infinita e implacable, tan implacable como tus castigos, siempre estoy contigo.
Cuando te desprecias, en cada frase de reproche, en cada combate estéril, en cada equivocación… estoy yo a tu lado, siempre queriéndote, siempre queriendo arroparte, siempre con un beso en los labios y un abrazo cálido para ti, aunque tú solo pienses en consolarte en otros brazos, yo te brindo siempre los míos.
Esa incesante manía de poner la vida allá, lejos, en aquel momento en que habrás acabado todo lo que tienes que hacer… yo lo amo, tu felicidad eternamente pospuesta me emociona.
Cada paso en falso, cada traspié, cada error, cada derrota… todo aquello que detestas de ti, lo que te duele, lo que te indigna, lo que te enfada… todo aquello te ha convertido en quien eres, en quien estás siendo, y eso, amor, te hace humana.
Tus murallas de protección no hacen más que mostrar tu vulnerabilidad que te hace frágil y real.
Tu ademán huidizo, tus incontables palabras que crean ese velo tras el que te escondes, eso te hace bella, corazón triste e indómito, te quiero hoy, como siempre te he querido y siempre te querré.
Sólo tú no me ves.
El Troyano.
Piluca tiene un troyano.
En el ordenador, claro.
Piluca se ha molestado porque tiene tres programitas que se ocupan de la seguridad de su equipo, y sólo uno le ha informado de que hay un troyano. Eso sí, a la hora de reparar los entuertos, el programita en cuestión dice “no se pudo reparar”, ¡el muy imbécil! Y claro, Piluca aprieta el botoncito de “Ayuda”. En esa sección se le explica cómo encargarse de eliminar los archivos infectados uno mismo. Lo que pasa es que aunque Piluca ve que está escrito en castellano, no entiende mi chufa. Es que ya desde el inicio de la era de internet, a Piluca, las palabritas del tipo Firewall, Spyware… no tiene ni idea de lo que significan, es que eso no es inglés, no señor, eso es idioma de informático, sí, sí. Porque Piluca habla inglés, y eso no lo es, lo entendería igual si estuviera escrito con unos y ceros, así que ya ves.
En esos momentos es en los que Piluca desearía tener novio “Cariño ¿por qué no coges mi ordenador y me lo reparas? ¿Vale cielo? Así cuando yo vuelva puedo utilizarlo de nuevo, ¿eh?”. Pero no, Piluca nunca ha tenido un novio informático, y ahora tampoco lo tiene. Así que se pone a leer y releer eso de limpiar el ordenador solita, y sólo entiende un párrafo, y hace lo que pone ahí, y bueno, pues parece que nada cambió… Le encantaría llamar a Telenovio, y pedir uno por horas, sólo el tiempo de que le arregle el ordenador, y luego, si eso, antes de devolverlo, juegan con el disco duro, la placa base… Pero no.
La última vez que tuvo un troyano, además se le quemó la fuente de alimentación por un cambio de intensidad en la línea eléctrica por culpa de una tormenta, ¡chúpate esa! Y, ¿cómo no? El arreglo del ordenador, y el rescate del disco duro le salió por un ojo de la cara.
Un troyano, sí, sí, pero no de esos bronceaditos en las llanuras de Troya, no. Ojalá fuera un troyano como el guapísimo Héctor de la pésima adaptación cinematográfica que se rodó hace unos años. En ese caso, no le importaría a Piluca que el troyano le invadiese los archivos temporales, como si le daba por afincarse en el disco duro, tanto mejor. Con troyanos así…
Así que por el momento, Piluca cambia de sistema de protección, se pasa a otro que le han sugerido, hace mil análisis, elimina unas cuantas infecciones, pero sigue habiendo algo que no se va.
Quizás haya siempre algo que no se va, algo que ni siquiera se ve, algo que se intuye, se siente, allí abajo, latente…
Bueno, por el momento, Piluca decide confiar en su nuevo sistema de protección, aunque haya ocurrido ya eso de “no se puede reparar”. Quien sabe, quizás todo siga funcionando aunque quede algo irreparable.
En el ordenador, claro.
Piluca se ha molestado porque tiene tres programitas que se ocupan de la seguridad de su equipo, y sólo uno le ha informado de que hay un troyano. Eso sí, a la hora de reparar los entuertos, el programita en cuestión dice “no se pudo reparar”, ¡el muy imbécil! Y claro, Piluca aprieta el botoncito de “Ayuda”. En esa sección se le explica cómo encargarse de eliminar los archivos infectados uno mismo. Lo que pasa es que aunque Piluca ve que está escrito en castellano, no entiende mi chufa. Es que ya desde el inicio de la era de internet, a Piluca, las palabritas del tipo Firewall, Spyware… no tiene ni idea de lo que significan, es que eso no es inglés, no señor, eso es idioma de informático, sí, sí. Porque Piluca habla inglés, y eso no lo es, lo entendería igual si estuviera escrito con unos y ceros, así que ya ves.
En esos momentos es en los que Piluca desearía tener novio “Cariño ¿por qué no coges mi ordenador y me lo reparas? ¿Vale cielo? Así cuando yo vuelva puedo utilizarlo de nuevo, ¿eh?”. Pero no, Piluca nunca ha tenido un novio informático, y ahora tampoco lo tiene. Así que se pone a leer y releer eso de limpiar el ordenador solita, y sólo entiende un párrafo, y hace lo que pone ahí, y bueno, pues parece que nada cambió… Le encantaría llamar a Telenovio, y pedir uno por horas, sólo el tiempo de que le arregle el ordenador, y luego, si eso, antes de devolverlo, juegan con el disco duro, la placa base… Pero no.
La última vez que tuvo un troyano, además se le quemó la fuente de alimentación por un cambio de intensidad en la línea eléctrica por culpa de una tormenta, ¡chúpate esa! Y, ¿cómo no? El arreglo del ordenador, y el rescate del disco duro le salió por un ojo de la cara.
Un troyano, sí, sí, pero no de esos bronceaditos en las llanuras de Troya, no. Ojalá fuera un troyano como el guapísimo Héctor de la pésima adaptación cinematográfica que se rodó hace unos años. En ese caso, no le importaría a Piluca que el troyano le invadiese los archivos temporales, como si le daba por afincarse en el disco duro, tanto mejor. Con troyanos así…
Así que por el momento, Piluca cambia de sistema de protección, se pasa a otro que le han sugerido, hace mil análisis, elimina unas cuantas infecciones, pero sigue habiendo algo que no se va.
Quizás haya siempre algo que no se va, algo que ni siquiera se ve, algo que se intuye, se siente, allí abajo, latente…
Bueno, por el momento, Piluca decide confiar en su nuevo sistema de protección, aunque haya ocurrido ya eso de “no se puede reparar”. Quien sabe, quizás todo siga funcionando aunque quede algo irreparable.





