Ya es primavera
Cuando llega la primavera las horas de luz se hacen más largas y aun cuando acaba tarde a una le da la impresión de que al salir del trabajo aún le queda mucho tiempo libre. No es como en invierno cuando una desea correr a casa, ducharse y cenar, cuanto antes mejor que ya está oscuro, y acurrucarse en la cama a ver si las sábanas calman el frío. Ahora acabas a las siete y aún parece que puedes hacer de todo, y cenar tranquila, y conversar, ver la tele, y parece que mañana, aunque duermas lo mismo que en invierno, estarás descansada.
Lo único malo es que da más tiempo a pensar. Para gente como Piluca, que ha hecho del pensar un arte, es difícil no ponerse a pensar ya que se disfruta de tanto tiempo libre (aunque sea una ilusión). Piluca no recuerda la primera vez que se puso a pensar pero sí recuerda que de pequeña inventó un juego, era un juego de memoria. Todos los veranos viajaba en coche unos 600km para pasar el verano con sus abuelos: se le hacía eterno. En aquel entonces no había DVD para el coche y una vez se aburría del parchís con imanes y de las charlas, no había nada que hacer (lo de poner música siempre era un conflicto porque su hermana,sus padres y ella nunca se ponían de acuerdo en qué música poner). Así que un día se concentró en la horrenda carretera estrecha que corría sinuosa entre muros de montaña escarpados y se preguntó si recordaría el vaivén del coche, el color gris de las montañas, la sensación de mareo y la impresión de soledad. Y se retó: recordaré este momento siempre. Así, como un juego.
Siempre que hace memoria, Piluca recuerda la horrenda carretera estrecha que corría sinuosa entre muros de montaña escarpados, el vaivén del coche, el color gris de las montañas, la sensación de mareo y la impresión de soledad.
Desde entonces Piluca no juega mucho a ese juego, se ha dado cuenta de su capacidad de memoria y prefiere dejar espacio para lo significativo, para aquello que realmente valga la pena recordar.
Ahora al salir del trabajo a Piluca le da a veces por echar tremendamente de menos el andar atareada. El salir disparada del trabajo y precipitarse a citas enfermas, para ofrecerle al cuerpo encuentros (encontronazos) desesperados mientras despide a la mente y castiga al corazón. Ahora ya nadie envía un mensaje para quedar, ahora Piluca ya no castiga a su corazón, ahora lo tiene encerrado, por si acaso, que anda mucho loco suelto. Ahora tiene la mente clara y presente, el corazón de vacaciones y el cuerpo dormido. Claro, es primavera, su cuerpo insensato reclama aventuras juveniles con asiento trasero incluido, su mente se indigna, su corazón chirría para recordar las cicatrices.
El juego traicionero le recuerda despertares de domingo en que un hombre dormía a su lado, en que ella pensaba “recordaré este momento para siempre” y atesoraba cada uno de los gestos de él, y grababa cada una de sus sensaciones porque pensó que valía la pena recordar cómo era amar a un hombre y tenerlo al lado y confiar en que te ama también. Y Piluca ve colores, formas, luces, siente olores y roces, recuerda sabores y voces, porque se ocupó de almacenarlo todo, todo, como si fueran a quitárselo, como si antes de que sucediera supiera sin saber que tendría tiempo en el futuro para recordar algo que ya acabó.
Ya es primavera, y hay mucho tiempo para recordar, y a una se le hincha el corazón de amor, y llama “princesa” a sus amigas, y se emociona porque un amigo viene a cenar con ella el viernes, y sabe que cocinará con ella, la mirará a los ojos, sonreirá, cenaran y verán la tele, y le podrá querer locamente aunque sea un amigo, sólo porque se le ahoga el corazón en el encierro.
Así echará todo el amor afuera, se vaciará de amor y respirará tranquila, hasta que se llene de nuevo, en esa carrera insensata de un corazón loco que se niega a llevar cicatrices.
Lo único malo es que da más tiempo a pensar. Para gente como Piluca, que ha hecho del pensar un arte, es difícil no ponerse a pensar ya que se disfruta de tanto tiempo libre (aunque sea una ilusión). Piluca no recuerda la primera vez que se puso a pensar pero sí recuerda que de pequeña inventó un juego, era un juego de memoria. Todos los veranos viajaba en coche unos 600km para pasar el verano con sus abuelos: se le hacía eterno. En aquel entonces no había DVD para el coche y una vez se aburría del parchís con imanes y de las charlas, no había nada que hacer (lo de poner música siempre era un conflicto porque su hermana,sus padres y ella nunca se ponían de acuerdo en qué música poner). Así que un día se concentró en la horrenda carretera estrecha que corría sinuosa entre muros de montaña escarpados y se preguntó si recordaría el vaivén del coche, el color gris de las montañas, la sensación de mareo y la impresión de soledad. Y se retó: recordaré este momento siempre. Así, como un juego.
Siempre que hace memoria, Piluca recuerda la horrenda carretera estrecha que corría sinuosa entre muros de montaña escarpados, el vaivén del coche, el color gris de las montañas, la sensación de mareo y la impresión de soledad.
Desde entonces Piluca no juega mucho a ese juego, se ha dado cuenta de su capacidad de memoria y prefiere dejar espacio para lo significativo, para aquello que realmente valga la pena recordar.
Ahora al salir del trabajo a Piluca le da a veces por echar tremendamente de menos el andar atareada. El salir disparada del trabajo y precipitarse a citas enfermas, para ofrecerle al cuerpo encuentros (encontronazos) desesperados mientras despide a la mente y castiga al corazón. Ahora ya nadie envía un mensaje para quedar, ahora Piluca ya no castiga a su corazón, ahora lo tiene encerrado, por si acaso, que anda mucho loco suelto. Ahora tiene la mente clara y presente, el corazón de vacaciones y el cuerpo dormido. Claro, es primavera, su cuerpo insensato reclama aventuras juveniles con asiento trasero incluido, su mente se indigna, su corazón chirría para recordar las cicatrices.
El juego traicionero le recuerda despertares de domingo en que un hombre dormía a su lado, en que ella pensaba “recordaré este momento para siempre” y atesoraba cada uno de los gestos de él, y grababa cada una de sus sensaciones porque pensó que valía la pena recordar cómo era amar a un hombre y tenerlo al lado y confiar en que te ama también. Y Piluca ve colores, formas, luces, siente olores y roces, recuerda sabores y voces, porque se ocupó de almacenarlo todo, todo, como si fueran a quitárselo, como si antes de que sucediera supiera sin saber que tendría tiempo en el futuro para recordar algo que ya acabó.
Ya es primavera, y hay mucho tiempo para recordar, y a una se le hincha el corazón de amor, y llama “princesa” a sus amigas, y se emociona porque un amigo viene a cenar con ella el viernes, y sabe que cocinará con ella, la mirará a los ojos, sonreirá, cenaran y verán la tele, y le podrá querer locamente aunque sea un amigo, sólo porque se le ahoga el corazón en el encierro.
Así echará todo el amor afuera, se vaciará de amor y respirará tranquila, hasta que se llene de nuevo, en esa carrera insensata de un corazón loco que se niega a llevar cicatrices.
Los partidarios de la puta realidad
En general, como en la gramática, existen dos actitudes ante la vida: o bien ser sujeto, o bien ser objeto. Es decir que uno puede decidir entre hacer la acción, o padecer la acción. Obviamente ninguno es siempre sujeto, o siempre objeto, eso depende de las ganas, el entusiasmo… la actitud, en suma, ante una circunstancia dada. Sin embargo, aquellos que más frecuentemente se hallan en posición de objeto (también conocida como voz pasiva) tienden a olvidar que en verdad pueden elegir, y por ello, al no recordar que disponen del libre albedrío (la capacidad de decidir qué hacer), suelen permanecer bastante más a menudo en posición de objeto.
A Piluca le agobia la gente objeto, le agobia precisamente porque ella en ocasiones se pone deliberadamente en voz pasiva, y también porque la gente objeto tiende a tildar a los demás, con demasiada ligereza, según Piluca, de infantiles, inmaduros o creyentes en cuentos de hadas o príncipes azules… (todo esto con subrayada connotación negativa). Estos son los partidarios de la “puta realidad”, los defensores del “valle de lágrimas”, los que saben realmente lo duro que es vivir, los que entienden cómo cualquier acción es inútil ante la implacable apisonadora de la tecnología, la política, las grandes corporaciones…
Piluca conoce a muchos partidarios de la “puta realidad”, generalmente suelen estar convencidos de poseer la verdad absoluta, de estar en la perspectiva privilegiada que les permite ver la vida tal cual es, y miran con paternalismo y ternura a quienes humildemente discrepan. Algunos son muy radicales, otros intentan versiones más diplomáticas del estilo: “siempre ha sido así y no va a cambiar”, “hazte a la idea, es una cuestión de naturaleza”, o “es lo que hay”.
En el pasado, Piluca, que es mucho más flexible de lo que la gente suele creer, decidió que si había tanta insistencia, quizás, efectivamente, su perspectiva era errónea y decidió desecharla y se fue al país de la “puta realidad”. Para Piluca aquella etapa fue como pasarse unos meses enganchada al crack, aún se esta recuperando. Y mira, sí, aquello era real, también pasaban cosas bonitas, pero joroba!, la realidad era de una intensidad lacerante, y los momentos que no eran ni felices ni desdichados estaban cargados de una histeria sintética que lograba desgastarlo todo. Así que tras mucho pensar Piluca decidió que su realidad no iba a ser “puta”, sino “cojonuda”: eso lo decidió en plena posesión de sus facultades mentales, haciendo uso de su libre albedrío y posicionándose deliberadamente en lugar de sujeto.
Piluca es de letras, y aunque le interesa muchísimo, no sabe mucho de ciencias, pero si algo entendió de la Teoría de la Relatividad de Einstein es que la realidad depende de la perspectiva desde la que se observa, siendo toda perspectiva válida, pues ninguna resulta ser una perspectiva global que todo lo abarcaría. Tan válida es su realidad cojonuda, como la puta realidad de los demás: en realidad, miran lo mismo, pero desde puntos distintos.
Es muy sencillo: Piluca se halla ante un hermoso atardecer y decide fotografiarlo, allí se halla también un partidario de la puta realidad. El de la puta realidad pega un bufido cuando ve que una horrorosa farola se encuentra en el plano de la foto así que decide que la foto es una mierda, y que no la toma, puta foto! Piluca opina que si se mueve un par de metros hacia la derecha o la izquierda puede fotografiar el atardecer sin que la farola salga en el plano. ¡Joder! ¡Qué inmadura! ¡Está negando la existencia de la farola, está negando la realidad, mirando hacia otro lado! No cielo, no. La farola la veo, veo todas las farolas, las torres de telefonía móvil, las parabólicas, los polígonos industriales, las centrales nucleares, las minas, el chapapote… veo absolutamente todo lo que afea la realidad. No niego que exista, no miro hacia otro lado, que no lo fotografíe no significa que no lo tenga en cuenta. Sé que está ahí, pero limito su impacto, le quito importancia, y subrayo la belleza del atardecer, porque me hace más feliz un mundo, una vida, en la que la gente, a pesar de los millones de farolas, pueda mirar un atardecer y decidir que es bello.
Mucho me temo que Piluca es mucho menos inmadura de lo que parece. Quizás Piluca sea mucho más madura que quienes la acusan de no serlo. Piluca decidió hacer las fotos, siempre que sea posible (siempre que tenga la fuerza y el valor para ser sujeto, y no objeto) sin farolas. Eso no implica que Piluca no pueda ir protestando ruidosamente por la existencia de farolas, denunciando su proliferación o exigiendo cambios que minoricen su impacto. Cada vez Piluca da menos importancia a quien la mira con ternura paternalista, ha aprendido a callar, porque Piluca sabe que el día que acabe el álbum de fotos, el suyo estará lleno de hermosos paisajes, y eso, a pesar de haber compartido la misma realidad. Mientras tenga el valor y la fuerza, mientras tenga la sensación de que el esfuerzo merece la pena, mientras haya personas que le recuerden que su lucha es legítima, la vida de Piluca será cojonuda, por muy infantil o soñadora que pueda parecerles a otros.
A Piluca le agobia la gente objeto, le agobia precisamente porque ella en ocasiones se pone deliberadamente en voz pasiva, y también porque la gente objeto tiende a tildar a los demás, con demasiada ligereza, según Piluca, de infantiles, inmaduros o creyentes en cuentos de hadas o príncipes azules… (todo esto con subrayada connotación negativa). Estos son los partidarios de la “puta realidad”, los defensores del “valle de lágrimas”, los que saben realmente lo duro que es vivir, los que entienden cómo cualquier acción es inútil ante la implacable apisonadora de la tecnología, la política, las grandes corporaciones…
Piluca conoce a muchos partidarios de la “puta realidad”, generalmente suelen estar convencidos de poseer la verdad absoluta, de estar en la perspectiva privilegiada que les permite ver la vida tal cual es, y miran con paternalismo y ternura a quienes humildemente discrepan. Algunos son muy radicales, otros intentan versiones más diplomáticas del estilo: “siempre ha sido así y no va a cambiar”, “hazte a la idea, es una cuestión de naturaleza”, o “es lo que hay”.
En el pasado, Piluca, que es mucho más flexible de lo que la gente suele creer, decidió que si había tanta insistencia, quizás, efectivamente, su perspectiva era errónea y decidió desecharla y se fue al país de la “puta realidad”. Para Piluca aquella etapa fue como pasarse unos meses enganchada al crack, aún se esta recuperando. Y mira, sí, aquello era real, también pasaban cosas bonitas, pero joroba!, la realidad era de una intensidad lacerante, y los momentos que no eran ni felices ni desdichados estaban cargados de una histeria sintética que lograba desgastarlo todo. Así que tras mucho pensar Piluca decidió que su realidad no iba a ser “puta”, sino “cojonuda”: eso lo decidió en plena posesión de sus facultades mentales, haciendo uso de su libre albedrío y posicionándose deliberadamente en lugar de sujeto.
Piluca es de letras, y aunque le interesa muchísimo, no sabe mucho de ciencias, pero si algo entendió de la Teoría de la Relatividad de Einstein es que la realidad depende de la perspectiva desde la que se observa, siendo toda perspectiva válida, pues ninguna resulta ser una perspectiva global que todo lo abarcaría. Tan válida es su realidad cojonuda, como la puta realidad de los demás: en realidad, miran lo mismo, pero desde puntos distintos.
Es muy sencillo: Piluca se halla ante un hermoso atardecer y decide fotografiarlo, allí se halla también un partidario de la puta realidad. El de la puta realidad pega un bufido cuando ve que una horrorosa farola se encuentra en el plano de la foto así que decide que la foto es una mierda, y que no la toma, puta foto! Piluca opina que si se mueve un par de metros hacia la derecha o la izquierda puede fotografiar el atardecer sin que la farola salga en el plano. ¡Joder! ¡Qué inmadura! ¡Está negando la existencia de la farola, está negando la realidad, mirando hacia otro lado! No cielo, no. La farola la veo, veo todas las farolas, las torres de telefonía móvil, las parabólicas, los polígonos industriales, las centrales nucleares, las minas, el chapapote… veo absolutamente todo lo que afea la realidad. No niego que exista, no miro hacia otro lado, que no lo fotografíe no significa que no lo tenga en cuenta. Sé que está ahí, pero limito su impacto, le quito importancia, y subrayo la belleza del atardecer, porque me hace más feliz un mundo, una vida, en la que la gente, a pesar de los millones de farolas, pueda mirar un atardecer y decidir que es bello.
Mucho me temo que Piluca es mucho menos inmadura de lo que parece. Quizás Piluca sea mucho más madura que quienes la acusan de no serlo. Piluca decidió hacer las fotos, siempre que sea posible (siempre que tenga la fuerza y el valor para ser sujeto, y no objeto) sin farolas. Eso no implica que Piluca no pueda ir protestando ruidosamente por la existencia de farolas, denunciando su proliferación o exigiendo cambios que minoricen su impacto. Cada vez Piluca da menos importancia a quien la mira con ternura paternalista, ha aprendido a callar, porque Piluca sabe que el día que acabe el álbum de fotos, el suyo estará lleno de hermosos paisajes, y eso, a pesar de haber compartido la misma realidad. Mientras tenga el valor y la fuerza, mientras tenga la sensación de que el esfuerzo merece la pena, mientras haya personas que le recuerden que su lucha es legítima, la vida de Piluca será cojonuda, por muy infantil o soñadora que pueda parecerles a otros.





