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Tu decides que hacer con el tiempo k se te ha dado
Que nada escrito o pensado quede oculto, que salga a la luz tanto el dolor como la alegria
Acerca de
Buscando, siempre buscando, pero fuera de mí misma. Cuando mi camino se esconde de mi, he de esperar la mañana para retomarlo, o simplemente seguir andando, porque el camino, aunque peligroso, se hace al andar. Me acompañan las palabras y las bellas almas, aunque a veces se me olvide que están ahí.
Sindicación
 
Éxodo
Una de las maneras de contrarrestar la tremenda epidemia de infelicidad que inunda nuestras sociedades capitalistas consiste en volverse hacia filosofías más antiguas, el budismo a la cabeza de todas ellas. De ahí que en Europa cada vez sea más común escuchar que la felicidad no es la meta sino el camino (en Estados Unidos ya hace tiempo que lo comentan).

A Piluca, que en estos años se ha vuelto muy New Age, le parece fenomenal, aunque se le ocurre una tremenda excepción: la felicidad es siempre el camino, excepto cuando el camino consiste en coger el avión.

Todo hubiera sido más fácil si los Estados Unidos no se encontrarán del otro lado del océano, sino a un par de horas en coche, pero claro, en ese caso, quizás a Piluca no le hubiera interesado ir: resulta que le van las cosas difíciles. ¿Y eso por qué? ¿Acaso es sadomasoquista? Pues según su amigo Landry, le van los caminos difíciles porque puede con ellos, fíjate tú.

Bien, antes de cruzar el océano es preciso recurrir a la sabiduría ancestral de la flora para combinar plantitas que Piluca pueda tomar para calmarse, y no, no se trata de la plantita de la risa. Una semana de tratamiento, un par de “todo fluye, todo fluye…” y Piluca está lista y… En eso, dos días antes de irse ocurre un tremendo accidente de avión en Madrid. ¡Ay Señor! ¿Por qué me has abandonado? ¿Por qué los has abandonado? El Señor no responde.

Todo fluye, todo fluye, no pasa nada, total si muero no pasa nada, ya he logrado lo que quería, hala pues al avión.
Con dosis doble de hierbitas y con un tranquilizante, remedio cañero de emergencia, se sube al primer avión, y siguiendo los consejos de su sabia hermana se concentra, de manera artificial y obsesiva, en aprenderse de memoria la revista del avión. Le da tiempo a leérsela toda: aprende sobre unas islas de Nicaragua, sobre la carrera de Carme Ruscalleda, la ruta histórica de la ciudad de Boston…
Llega a Madrid sana y salva y casi se pone a llorar, no por seguir viva, sino porque se siente tremendamente orgullosa de haber hecho el vuelo con un nivel increíblemente bajo de miedo: el precio a pagar fue la “hiperconcentración”.

Deambula un ratito por la T4 hasta coger el siguiente vuelo hacia Londres. En el avión se le sienta al lado un piloto británico que vive en Madrid y viaja a Londres, donde tiene su base, para coger un avión (y pilotarlo a su destino). ¡Ah! ¡Qué alivio! ¡Llevamos piloto de recambio! Sin argumento de peso Piluca piensa que no puede pasar nada.
Decide controlar al piloto por el rabillo del ojo, y si le ve cara de preocupación sabrá que algo no funciona, el piloto en cambio decide dormirse. Afortunadamente, Piluca, muy satisfecha con su terapia lectora, consigue un periódico que, como todos, comenta lo del accidente, así que para no entrar en pánico empieza a leerlo por la última página y se acaba leyendo una buena dosis de historias olímpicas de ayer y de hoy. No ha acabado de leer la sección de economía cuando llegan a Londres.

Un rato más de espera y al fin el 747 a Chicago.
En el vuelo se sienta a lado de una chica griega que estudia en Chicago, Katerina. Es divertidísima, hablan de un montón de cosas. También ve unas tres películas, almuerzan, cenan, meriendan… de todo. Al final ya no puede más, la última hora se hace larguísima, así que se ponen a hablar y la sorprende el contacto de las ruedas del tren de aterrizaje con la pista: ¡ya han llegado!

Y vaya, esta vez, no hay entusiasmo, ni lágrimas, ¿qué pasa? ¿Será cansancio? ¿Será que nunca se repite la primera vez?

En el aeropuerto le indican qué autobús tomar para que la dejen en el apeadero del tren. El conductor del autobús es el primero en mostrarle el carácter americano ese que recordaba, le sube las dos maletas, la lleva (en el autobús solo está ella), y le baja las dos maletas. El tren aún tarda una media hora en llegar, y al abrirse las puertas el revisor también le sube las maletas y se las deja cerca. Cuarenta y cinco minutos después está en la estación de tren de Chicago Union Station, allí en la estación de tren compra el billete para Milwaukee. Una hora de espera, hora y media de tren, casi se duerme, lleva cerca de 24 horas despierta, ya no puede más de viajar, el camino no hace la felicidad, el camino le está matando la felicidad.

Llegada a Milwaukee, entre la gente que espera a la salida del andén está Ana. ¡Ah! Ana de toda la vida, Ana sonriente y cariñosa, Ana comprensiva… a Piluca se le sube la emoción a la garganta porque desde que aterrizó se siente confusa y perdida y sólo le apetece guarecerse bajo el ala de la amiga, que llena de sabiduría la lleva a casa y le sirve un tazón de crema de verduras. La crema se convierte en uno de esos manjares inolvidables: llegar a Estados Unidos, y la sonrisa de Ana y la sopa caliente, para siempre estas ideas juntas.
Sueño reparador con algún despertar a destiempo y alguna pesadilla producto de la ansiedad. Y Ana, con su momento triste, siempre tiene una sonrisa para Piluca, siempre un gesto cariñoso, una frase de ánimo.

Pasean por la zona de la universidad (UWM), van al centro, almuerzan en The Pancake House y han de llevarse la mitad de tanto que les sirven. Llega el momento de irse y Piluca se quedaría. Se quedaría y abusaría del cariño de su amiga, se quedaría para recordarle que es una mujer maravillosa todas las veces que hiciera falta, siempre que lo olvidase, se quedaría para estar juntas y acabar conversaciones empezadas hace años y comenzar algunas nuevas. Se va, pero de deja, una vez más, como siempre que la ve, un pedacito de corazón, y no se lo dice, porque no hace falta.

Tres horas y pico más de tren y Kelly, su host sister, la recibe en La Crosse, parada y fonda. Ahora sí, destino alcanzado. Llega a la casa de Kristin, donde ha alquilado una habitación. Kristin es encantadora, muy sonriente, un personaje. Ya está.

En este momento en que lees esto Piluca anda ocupada dando forma a su tesis y a sus cursos, teniendo gratos reencuentros cada día, conociendo gente nueva a diario, entrando de buena gana en el juego de extender su red social en directo, estableciendo vínculos, determinando referencias, recuperando lo antiguo, incorporando lo nuevo. Piluca ahora escribe sobre una hoja en blanco el destino que soñaba.