El Rey de Gondor
Hace años que un amigo mío, Felip, me recomienda que escriba una carta al universo, al inconsciente colectivo, a lo que sea, y le pida lo que de verdad quiero. Lo que ocurre es que una vez leí que Séneca decía que quizás el peor castigo que los dioses podían ponerles a los mortales era concederles sus deseos, y mira, resulta que estoy de acuerdo, porque tengo el “deseo fácil”, esa agilidad verbal para proferir cualquier estructura lingüística formulística y breve sin darme cuenta de que falta mucha precisión, y con esas, acaba una con gato cuando deseó liebre.
Así que pensé, si voy a tener que pedir lo que quiero, tendré que ser precisa, para que no me vengan con malinterpretaciones. Sé de una que deseó que le enviaran a alguien para que le hiciese el amor, y resulta que reapareció el indeseado. Claro, se le olvidó precisar “alguien nuevo” y subrayar lo de “amor”, pero es que algunas palabras están ya desvaloradas de tan gastadas.
Para ser concreta me va a ser preciso hacer una petición por entregas, como los folletines del siglo XIX, y con cada episodio concretar más para delimitar el marco deseado a ver quien puede calzar este zapatito de cristal. Y cuando lo encuentre, en todo caso, el zapatito puede modificarse un tanto, ya que, al fin y al cabo, vale más una realidad en mano que cien deseos volando. No Alfredo, no quiero un príncipe azul, quiero un rey.
Érase una vez, hace muchísimos años un rey mortal, el Rey de Gondor, que combatió junto a los elfos para acabar con Sauron, el Señor Oscuro.
Cuando estaba ya cerca la victoria, Sauron, con el anillo de poder, llegó y acabó con ése rey, pero su hijo Isildur, aprovechó la espada rota de su padre para cortarle los dedos a Sauron y despojarlo así del anillo y de su poder. La opción más inteligente hubiese sido destruir el anillo allí mismo, en el único lugar en que se puede destruir, donde fue forjado, el Monte del Destino, pero teniendo en cuenta que la decisión inteligente sólo se toma en caso de que todas las demás opciones sean descartadas, y que Isildur era un hombre, y por lo tanto se hallaba sometido a su… llamémoslo “gen capullo”, le pareció que quedarse el anillo era una mejor opción. Desde luego no duró mucho, acabó siendo asesinado, por capullo, y el anillo se perdió una temporadita.
A causa de aquello, la familia de Isildur perdió el trono de Gondor, que quedó a cargo de un Senescal, hasta el hipotético regreso del rey, el heredero.
En el linaje de Isildur, Arathorn desposó a una elfa y tuvo un hijo, Aragorn, que tras la muerte del padre fue llevado por su madre a Rivendel, para vivir y ser educado por los elfos. Así, su educación incluiría un poquito de cultura (leer y esas cosas…) en vez de pasarse todo el día practicando un estilo de esgrima algo brutal por las calles de Minas Tirith, la ciudad blanca.
El caso es que el destino de Aragorn era que recuperase el trono de Gondor, eso lo sabían los elfos, que son de esos que saben muchas cosas aún antes de que hayan sucedido, pero Aragorn, se limitaba a cumplir eso de “vive y deja vivir” y aprovechó, también, ya que estaba por allí, para enamorarse de Arwen, una elfa, casi como una princesa ya que era hija de Elrond, señor de Riveldel (le debía venir de familia, de tal palo tal astilla, pero claro, con esos ojos, esos vestidos y esas orejas, cualquiera no cae rendido a los pies de una princesa elfa). El caso es que ella acaba queriéndole también, cuando madura un poquito, y renuncia a su vida inmortal por vivir su amor completamente.
A todo esto, el anillo de poder de Sauron ha sido reencontrado, su poder va en aumento, lo está buscando, y de nuevo hombres y elfos han de forjar una alianza capaz de vencerlo de una vez por todas. Sobre los hombros de Aragorn recae la responsabilidad de llevar a buen puerto la cruzada para destruir el anillo, retomar el trono de Gondor y desposar a la princesa elfa que renuncia a su inmortalidad.
Brillante actuación la de Viggo Mortensen con esa cara de “acabo de comerme un pomelo y no me gusta el sabor amargo” (también conocida como “cara de circunstancias”), cuando Arwen le dice que prefiere una vida mortal con él que la eternidad sola. Él le dice que no puede aceptar tan inmenso sacrificio. Afortunadamente no le suelta nada de “es que yo no estoy preparado para el compromiso”, o “vamos a vivir la vida a ver qué nos trae el futuro, y lo demás ya se verá”, que sino… Por suerte la historia tiene un trasfondo fantástico, medieval, que excluye toda réplica así de... “capulla”.
Así que tenemos: chico no asume relación con chica completa (es decir inteligente y guapisima a la vez, seductora pero también posible madre y esposa). Maldita manía de los hombres de fragmentar a las mujeres (o esposa o amante / o guapa o inteligente) que cuando ven a una mujer completa salen huyendo en dirección contraria.
Aragorn no sale huyendo pero muy oportunamente ha de ir a ayudar al rey de Rohan. Es igual, Arwen tiene sus propios dilemas: irse con los elfos más allá del mar, evitar el desastre, o quedarse en un mundo que parece a punto de ser destruido para amar a un hombre que no tiene muy claro lo que va a hacer, o lo que quiere hacer.
En cuanto a heredar el trono de Gondor, de entrada Aragorn se presenta como “amigo”, sí, ese que pasaba por ahí y le apetece echar una mano. Ah! Pero asumir responsabilidades! Uy, no!
Afortunadamente sí ayuda con lo de llevar el anillo a su destrucción.
Ese destino de Aragorn no es más que su identidad. ¿Quién es él sino el rey de Gondor? Su camino es el camino del conocimiento de sí mismo, del crecimiento personal. Él, como todos, y me refiero a quienes no poblamos las páginas de las bellísimas obras literarias, nacemos con la identidad completita, no nos falta nada, estamos perfectos, llenos, y no hay que ir a buscarse porque ya estamos en nosotros. Sin embargo la vida no es sino la búsqueda que llevamos a cabo, es la tarea incesante de conocernos. La apasionante y aterradora conquista de la identidad dura toda la vida, porque cuando ya lo sabemos todo, entonces, si es verdad que se logra, ya podemos morir, con suerte, disfrutar un tiempo de la felicidad de ser omnisciente, ser dios, lo máximo a lo que podemos llegar, y ahí la muerte ya no significa nada, ya no morimos.
Aragorn no ha de hacer esfuerzos para convertirse en Rey de Gondor, porque ya es rey, y eso desde que nació, si adopta la identidad de un montaraz es porque no sabe quién es, y su búsqueda le llena de confusión y pavor. Al pobre le cuesta tres tomos (o tres películas) asumir que su destino es ser rey. Y al fin se da cuenta de algo obvio: somos quienes somos y no hay que esforzarse en serlo y el miedo, es normal, pero se ha de actuar a pesar de él, a pesar de poder equivocarse hay que seguir, sólo llenándonos de nuestra identidad podremos salvar los obstáculos y alcanzar el conocimiento de nosotros mismos. Ya se lo dijo el oráculo de Delfos a Sócrates: “conócete a ti mismo”, ésa es la sabiduría última. ¿Y qué mayor alegría que lograr conocernos?
Aragorn asume su identidad y reclama el trono de Gondor, Arwen decide quedarse y Aragorn la ama como una elfa entera (no fragmentada), y al menos por un tiempo el rey de Gondor disfruta de ser él mismo. Desde luego, cuando acaba la narración no acaba la historia, a Aragorn aún le quedan muchas cosas por conocer, como a todos, sino, se habría acabado el juego ¿no?
¿Cuál es nuestro destino? O mejor dicho ¿cuál es nuestra identidad? No se puede cambiar, ya la tenemos en nosotros desde el momento en que nacemos, y eso, como diría Gandalf, es un pensamiento alentador. Lo único que nos toca decidir es qué hacer con él tiempo que se nos ha dado, y ése tiempo podemos emplearlo en conocernos, o en otras muchas actividades mucho menos apasionantes.
Lo que yo quiero, y este será el primer capítulo del folletín, es un rey, alguien que sepa que tiene una identidad, que haya alcanzado una idea de cuál es, y que emplee su tiempo en descubrir ésa identidad, en conocerse. Alguien que esté ya en camino, alguien que entienda que como él, yo nací también completa y no se me puede fragmentar, ni hacer encajar mi pie en un zapatito de cristal demasiado estrecho amputando esferas esenciales de mi identidad. No un príncipe, un REY.
Así que pensé, si voy a tener que pedir lo que quiero, tendré que ser precisa, para que no me vengan con malinterpretaciones. Sé de una que deseó que le enviaran a alguien para que le hiciese el amor, y resulta que reapareció el indeseado. Claro, se le olvidó precisar “alguien nuevo” y subrayar lo de “amor”, pero es que algunas palabras están ya desvaloradas de tan gastadas.
Para ser concreta me va a ser preciso hacer una petición por entregas, como los folletines del siglo XIX, y con cada episodio concretar más para delimitar el marco deseado a ver quien puede calzar este zapatito de cristal. Y cuando lo encuentre, en todo caso, el zapatito puede modificarse un tanto, ya que, al fin y al cabo, vale más una realidad en mano que cien deseos volando. No Alfredo, no quiero un príncipe azul, quiero un rey.
Érase una vez, hace muchísimos años un rey mortal, el Rey de Gondor, que combatió junto a los elfos para acabar con Sauron, el Señor Oscuro.
Cuando estaba ya cerca la victoria, Sauron, con el anillo de poder, llegó y acabó con ése rey, pero su hijo Isildur, aprovechó la espada rota de su padre para cortarle los dedos a Sauron y despojarlo así del anillo y de su poder. La opción más inteligente hubiese sido destruir el anillo allí mismo, en el único lugar en que se puede destruir, donde fue forjado, el Monte del Destino, pero teniendo en cuenta que la decisión inteligente sólo se toma en caso de que todas las demás opciones sean descartadas, y que Isildur era un hombre, y por lo tanto se hallaba sometido a su… llamémoslo “gen capullo”, le pareció que quedarse el anillo era una mejor opción. Desde luego no duró mucho, acabó siendo asesinado, por capullo, y el anillo se perdió una temporadita.
A causa de aquello, la familia de Isildur perdió el trono de Gondor, que quedó a cargo de un Senescal, hasta el hipotético regreso del rey, el heredero.
En el linaje de Isildur, Arathorn desposó a una elfa y tuvo un hijo, Aragorn, que tras la muerte del padre fue llevado por su madre a Rivendel, para vivir y ser educado por los elfos. Así, su educación incluiría un poquito de cultura (leer y esas cosas…) en vez de pasarse todo el día practicando un estilo de esgrima algo brutal por las calles de Minas Tirith, la ciudad blanca.
El caso es que el destino de Aragorn era que recuperase el trono de Gondor, eso lo sabían los elfos, que son de esos que saben muchas cosas aún antes de que hayan sucedido, pero Aragorn, se limitaba a cumplir eso de “vive y deja vivir” y aprovechó, también, ya que estaba por allí, para enamorarse de Arwen, una elfa, casi como una princesa ya que era hija de Elrond, señor de Riveldel (le debía venir de familia, de tal palo tal astilla, pero claro, con esos ojos, esos vestidos y esas orejas, cualquiera no cae rendido a los pies de una princesa elfa). El caso es que ella acaba queriéndole también, cuando madura un poquito, y renuncia a su vida inmortal por vivir su amor completamente.
A todo esto, el anillo de poder de Sauron ha sido reencontrado, su poder va en aumento, lo está buscando, y de nuevo hombres y elfos han de forjar una alianza capaz de vencerlo de una vez por todas. Sobre los hombros de Aragorn recae la responsabilidad de llevar a buen puerto la cruzada para destruir el anillo, retomar el trono de Gondor y desposar a la princesa elfa que renuncia a su inmortalidad.
Brillante actuación la de Viggo Mortensen con esa cara de “acabo de comerme un pomelo y no me gusta el sabor amargo” (también conocida como “cara de circunstancias”), cuando Arwen le dice que prefiere una vida mortal con él que la eternidad sola. Él le dice que no puede aceptar tan inmenso sacrificio. Afortunadamente no le suelta nada de “es que yo no estoy preparado para el compromiso”, o “vamos a vivir la vida a ver qué nos trae el futuro, y lo demás ya se verá”, que sino… Por suerte la historia tiene un trasfondo fantástico, medieval, que excluye toda réplica así de... “capulla”.
Así que tenemos: chico no asume relación con chica completa (es decir inteligente y guapisima a la vez, seductora pero también posible madre y esposa). Maldita manía de los hombres de fragmentar a las mujeres (o esposa o amante / o guapa o inteligente) que cuando ven a una mujer completa salen huyendo en dirección contraria.
Aragorn no sale huyendo pero muy oportunamente ha de ir a ayudar al rey de Rohan. Es igual, Arwen tiene sus propios dilemas: irse con los elfos más allá del mar, evitar el desastre, o quedarse en un mundo que parece a punto de ser destruido para amar a un hombre que no tiene muy claro lo que va a hacer, o lo que quiere hacer.
En cuanto a heredar el trono de Gondor, de entrada Aragorn se presenta como “amigo”, sí, ese que pasaba por ahí y le apetece echar una mano. Ah! Pero asumir responsabilidades! Uy, no!
Afortunadamente sí ayuda con lo de llevar el anillo a su destrucción.
Ese destino de Aragorn no es más que su identidad. ¿Quién es él sino el rey de Gondor? Su camino es el camino del conocimiento de sí mismo, del crecimiento personal. Él, como todos, y me refiero a quienes no poblamos las páginas de las bellísimas obras literarias, nacemos con la identidad completita, no nos falta nada, estamos perfectos, llenos, y no hay que ir a buscarse porque ya estamos en nosotros. Sin embargo la vida no es sino la búsqueda que llevamos a cabo, es la tarea incesante de conocernos. La apasionante y aterradora conquista de la identidad dura toda la vida, porque cuando ya lo sabemos todo, entonces, si es verdad que se logra, ya podemos morir, con suerte, disfrutar un tiempo de la felicidad de ser omnisciente, ser dios, lo máximo a lo que podemos llegar, y ahí la muerte ya no significa nada, ya no morimos.
Aragorn no ha de hacer esfuerzos para convertirse en Rey de Gondor, porque ya es rey, y eso desde que nació, si adopta la identidad de un montaraz es porque no sabe quién es, y su búsqueda le llena de confusión y pavor. Al pobre le cuesta tres tomos (o tres películas) asumir que su destino es ser rey. Y al fin se da cuenta de algo obvio: somos quienes somos y no hay que esforzarse en serlo y el miedo, es normal, pero se ha de actuar a pesar de él, a pesar de poder equivocarse hay que seguir, sólo llenándonos de nuestra identidad podremos salvar los obstáculos y alcanzar el conocimiento de nosotros mismos. Ya se lo dijo el oráculo de Delfos a Sócrates: “conócete a ti mismo”, ésa es la sabiduría última. ¿Y qué mayor alegría que lograr conocernos?
Aragorn asume su identidad y reclama el trono de Gondor, Arwen decide quedarse y Aragorn la ama como una elfa entera (no fragmentada), y al menos por un tiempo el rey de Gondor disfruta de ser él mismo. Desde luego, cuando acaba la narración no acaba la historia, a Aragorn aún le quedan muchas cosas por conocer, como a todos, sino, se habría acabado el juego ¿no?
¿Cuál es nuestro destino? O mejor dicho ¿cuál es nuestra identidad? No se puede cambiar, ya la tenemos en nosotros desde el momento en que nacemos, y eso, como diría Gandalf, es un pensamiento alentador. Lo único que nos toca decidir es qué hacer con él tiempo que se nos ha dado, y ése tiempo podemos emplearlo en conocernos, o en otras muchas actividades mucho menos apasionantes.
Lo que yo quiero, y este será el primer capítulo del folletín, es un rey, alguien que sepa que tiene una identidad, que haya alcanzado una idea de cuál es, y que emplee su tiempo en descubrir ésa identidad, en conocerse. Alguien que esté ya en camino, alguien que entienda que como él, yo nací también completa y no se me puede fragmentar, ni hacer encajar mi pie en un zapatito de cristal demasiado estrecho amputando esferas esenciales de mi identidad. No un príncipe, un REY.
Comentario:
Ay! me ha encantado el tono humoristico, anacronico y cinico con el que narras, de manera resumida, la trama de Aragorn en LOTR... habia momentos en los que me moria de risa.
Respecto a lo de que llevamos todos nuestro destino en nosotros mismos... si y no... A ver, no confundamos, que luego la gente se cree eso de que nuestro destino esta escrito y que estamos pre-destinados! Lo que si es cierto es que llevamos en nosotros lo que hace que somos quienes somos y que nos guiara alla donde vayamos... nuestro potencial humano.
Respecto a lo de que llevamos todos nuestro destino en nosotros mismos... si y no... A ver, no confundamos, que luego la gente se cree eso de que nuestro destino esta escrito y que estamos pre-destinados! Lo que si es cierto es que llevamos en nosotros lo que hace que somos quienes somos y que nos guiara alla donde vayamos... nuestro potencial humano.





