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Tu decides que hacer con el tiempo k se te ha dado
Que nada escrito o pensado quede oculto, que salga a la luz tanto el dolor como la alegria
Acerca de
Buscando, siempre buscando, pero fuera de mí misma. Cuando mi camino se esconde de mi, he de esperar la mañana para retomarlo, o simplemente seguir andando, porque el camino, aunque peligroso, se hace al andar. Me acompañan las palabras y las bellas almas, aunque a veces se me olvide que están ahí.
Sindicación
 
FORTALEZA Y SATISFACCIÓN
“Es que no se puede ir así, por la vida, sin armadura”. Este comentario me lo hizo hace unos tres años una persona en cuyo criterio confío. Quería decir que no podía llevar el corazón en la mano, y sentir, sentir, sentirlo todo, sufrir por todo, preocuparme de todo. Es cierto, tiene razón. Cualquier exceso es nocivo.
A mi esto me recuerda a Ofelia, la Ofelia de Shakespeare, un personaje que no entendí nunca, hasta hace poco. ¿Por qué está loca Ofelia? Si Hamlet está ahí, vivo… ¿por qué sufre? ¿Porque él le dice que no la quiere? ¿Pero no ve que se trata de una estrategia, que hay cosas más importantes que su relación en juego?
Y ella empieza a poner el corazón en la mano, y dejarlo ahí, sin abrigo, a merced de cualquier movimiento brusco que acontezca a su vera. Y empieza a sentir, sentir y sentir y volverse loca, completamente loca, y sufre, porque sabe que se está volviendo loca y eso no es lo que quiere, y por eso se mata, porque no soporta lo que es, y no ve otra escapatoria.
No es este el lugar en que juzgaremos de la cobardía o valentía de Ofelia.
El caso es que se volvió loca de amor, como cuenta la leyenda que le pasó a Juana la Loca.

Hay momentos en que la elección es ineludible, y la elección última siempre es la misma: vivir o morir, que es lo mismo que volverse loco (y “morir” de lo que uno era) o cambiar (vivir de otra manera). ¡Y cómo nos resistimos al cambio! ¡Cuántos de nosotros coqueteamos con la locura deseando no tener que cambiar, por miedo a perdernos en el camino! Miedo a perder lo conocido, porque eso conocido, sea bueno a malo, es “lo nuestro”, lo estable, la ilusoria base firme sobre la que construimos nuestro mundo empeñados en no ver que es un frágil castillo de cartas mientras nos empecinemos en hablar de “bases firmes” y estabilidad.
No hay bases firmes, ni estabilidad, ni inmovilidad. El estado natural del universo es el cambio, el movimiento, el acontecer, el desarrollo, la evolución. La inmovilidad es una utopía. Y nuestros pies no andan nunca sobre terreno firme, firmes son los pasos, no el camino.

Tendemos a contrarrestar una actitud que nos parece equivocada por su contrario más radical. Nos cuesta encontrar esos términos medios de la perfección, quizás porque la perfección es también una utopía. Y si sentimos demasiado, y nos duele, y coqueteamos con la locura, y sufrimos, y no, NO queremos morir, acabamos decidiendo que la solución es NO SENTIR, que sólo así sobreviviremos. Y creemos que no sentir es señal de fortaleza. Somos fuertes, estamos por encima de los demás, porque nada nos quebranta, nada nos importa, nada nos roza, nada nos alcanza.

El otro día andaban mis hormonas en simposio. Se habían reunido todas para manifestar su presencia masiva, y reclamaban actividades lúdicas y posibilidades de encuentros, conocer gente… lo típico. Ir por la calle resoplando en busca de un macho receptivo no es muy elegante, ni atractivo, así que me limité a enfurruñarme y decidir que todos los hombres eran imbéciles. Una hipótesis harto confirmada, que siempre aporta algo de consuelo. Sonó el teléfono, era el inútil de mi ex. Se montó en una moto, condujo durante una hora bajo un frío espeluznante y vino a calmar la manifestación masiva de hormonas de la que yo era víctima. Me lo pasé pipa. Me duele todo pero fue genial. Mis hormonas están encantadas, entraron en hibernación y no volverán a manifestarse en bastante tiempo. Y yo no sufrí, ni lamenté, ni lloré, ni añoré, ni deseé. Y estaba muy satisfecha de comprobar que lo superé, que soy fuerte, que él ya no importa en mi corazón.

Así es, tengo FORTALEZA, ya llevo armadura, soy fuerte, inquebrantable, inalcanzable, fría y lejana.
Y hoy… Ayer estaba satisfecha.
Hoy sé que esa no es quien yo quiero ser.
No le doy más vueltas.
No me arrepiento. Disfruté mucho, me lo merecía, lo necesitaba, pasó, todo fue muy bien.
Pero yo no quiero que ésa sea mi vida.
No quiero no tener corazón.
Sé que será así un tiempo.
Que seré yo, y serán los demás, quienes hagamos imposible que se desvele mi corazón.
Que disfrutaré, y seré fuerte, y será sano, y estaré bien.
Pero no, así no será por siempre, porque yo quiero sentir, y marearme de amor, y coquetear con la locura.
Sentí a corazón descubierto.
Ahora sé no sentir nada, llevar la armadura.
Me queda aprender cómo llevar media armadura, cómo mantener la locura a una distancia prudencial, sin asomarme a mirar y caer adentro.
Comprobé lo que temía, que la satisfacción es incompleta cuando media la forzada fortaleza.
No