Como si todos los focos apuntasen a su cara
Así está Ángel Acebes, iluminado. Que me digan, si no, cómo se pueden entender sus declaraciones tras la comparecencia ante la Comisión de Investigación del 11-M. Él solo había aguantado ante la avalancha de críticas que allí se vertieron; él sin ayuda, con la verdad y Dios a su diestra, impartió clases de rectitud moral mientras la mayoría se planteaba si lo de ETA fue utilización política; él y sólo él supo aguantar diez horas [es el compareciente de mayor dilación] diciendo con la boca muy grande que cómo se va a descartar nada a estas alturas, que a ver quién es el guapo. Y digo yo: a ver quién es el guapo que se atreve a sostener lo que este caballero sostuvo el 13 de marzo sin que su moral se rebele y se marche a consultas. Pues bien, con don Ángel subiéndose a lomos de Babieca sin manos ni seguro dental, con Rajoy diciendo que la mayoría puede votar hasta que Llamazares es un intelectual, Zapatero un estadista y él un adonis; con Aznar ladrando su rencor por las esquinas [perdon, por las corners], mi querido PP va de culo y contra el viento. Y lo que es más, ha de tenerse en cuenta que lo que menos le conviene ahora a un PSOE más torpe que Rompetechos [encumbrado a los laureles] es que la oposición le dé razones para vanagloriarse. Así sólo conseguiremos tener en el Congreso a las hermanastras de Cenicienta, luchando por el collar de perlas-Moncloa cada cuatro años. Y no, oigan. No.Todos somos bosquimanos
Adornarse el cuerpo es como pellizcarse en un dedo para intentar olvidar la herida que se tiene en el otro. Sólo distracción de lo esencial. No me cuesta imaginar las razones por las cuales cualquier persona puede desear hacerse un piercing, un tatuaje, pintarse los labios, usar gomina o, simplemente ponerse un poco de colonia tras las orejas. Simplemente reflexiono acerca de lo ritual de estas acciones. En primer lugar, la costumbre humana de colgarse trozos de madera en las orejas viene de antiguo. Incluso nos sorprende, en nuestro admirado siglo XXI, ver en televisión la manera de vivir de algunas tribus indígenas que atraviesan cualquier parte de su cuerpo con alargados y afilados palos, que agrandan sus labios inferiores con platillos ovalados. ¿Cuál es la diferencia con nosotros? Que nuestros adornos proceden de una bolsa de plástico en la que puede leerse [impreso en cuatro idiomas]: "material hipoalergénico". Así, al menos, no morimos de una infección nada más ser implantado el artilugio. En segundo lugar, podemos reflexionar acerca de lo sexi del asunto. ¡Cómo es posible que nos resulte sexi [nótese que me incluyo en una primera persona del plural tan educada como descubridora de intenciones] un pendientito en una u otra parte del cuerpo! Y es que nos erotiza... nos pone a mil que nos besen con un pincho en la boca, descubrir un trocito de metal en la ceja que se acerca a nosotros; cuando no en partes no tan frecuentemente expuestas... Raros animales los humanos, que precisamos de materias ajenas a nuestro cuerpo para atraer a nuestros semejantes. En el fondo somos todos bosquimanos.Recuerdos por el desagüe
Han pasado 138 días desde el 11 de marzo. Vamos a mirar a nuestro alrededor. No voy a decir que se nos haya olvidado la masacre, no, eso sería demasiado decir. Pero me atreveré con otra cosa: los humanos tenemos una capacidad innata [quizá relacionada con la autodefensa de nuestra psique] para deslizar los hechos luctuosos a un segundo plano mental, como quien baraja los naipes y prefiere colocar los ases en la parte superior del mazo. La mente se encarga de limpiar la sangre, los bazos y los sesos esparcidos entre las vías del tren. Los cambia por unos mucho más higiénicos pañuelos blancos llenos de lágrimas, gritos desgarrados en alguna calle y propósitos de los terroristas. Quien dice que los terroristas no tienen razones para matar se equivocan de todo punto: una cosa es que no debamos compartir sus perspectivas, que no merezcan la atención de las personas rectas, pero otra bien distinta es que actúen inconscientemente. Falso. Quienes dicen que buscar las razones de los terroristas favorece la expansión del miedo se equivoca. Lo que realmente difunde el terror es la manera perversa que algunos tienen de reaccionar contra sus actuaciones, y ocultar sus figuras siniestras en la prensa, volviéndolas más oscuras y enigmáticas. Hay que sacar los trapos sucios a la luz, señalarlos con el dedo; en ningún caso silenciarlos ni mitificarlos, eso no. En la imagen que acompaña a este artículo aparece Sofía de Grecia junto a una víctima del 11-M durante el homenaje que hoy se ofrecía en el Palacio de El Pardo. Alguien me comentaba esta tarde que le daba asco ver a la reina llorando por alguien que no tiene nada que ver con ella. Más allá de mis ideas monárquicas o republicanas, cuando miro la foto veo a dos mujeres, dos grupos de células que, por un momento, se encuentran terriblemente cercanos.Y que una nube de tu memoria me borre a mí...
Lorenzo se dio la vuelta porque así debía ocurrir. Había pasado demasiadas noches durmiendo de cara a la pared, elucubrando acerca de lo que ocurriría a sus espaldas. Tenía indicios, no estaba completamente ciego. Hasta sus fosas nasales flotaba, tras unos cuantos minutos de quietud, el aroma de flores que dejaba el champú, y la dulce fragancia de esa crema hidratante que tan bien conocía. Pero todas aquellas madrugadas se había repetido, una y otra vez, que no debía siquiera mirar. No porque se fuera a convertir en una estatua de sal, sino todo lo contrario: porque se le fuera a hacer más vívida, más real, mucho más sensual, voluptuosa y cándida a la vez. En fin, esa noche reunió todo el valor que quedaba bajo sus sábanas. Echó primero el hombro hacia atrás. Tímidamente. Silenciosamente. El brazo derecho siguió el mismo camino y, tras él, con una sincronización cavilada y medida durante minutos, el resto del cuerpo. Al principio no abrió los ojos, sintió solamente que la intensidad de los perfumes se acrecentaba. Subía el párpado derecho debido a la excitación, y aunque costó un poco la adaptación de las pupilas a la escasa luz que inundaba el húmedo cuarto, segundo a segundo, inhalación tras exhalación, su figura fue recortándose sobre la oscuridad. El color de su cabellera ni siquiera se apreciaba, pero le daba igual. Allí descansaba, acurrucada, indefensa ante el reino de los sueños. No pudo por menos que dejar escapar una lágrima. Nunca volvería a tener tan cerca el pórtico de la felicidad.¿Por qué cien días?

Todos dicen eso de la barrera psicológica. ¡Estupenda memez! Cuando escucho esa expresión no puedo evitar imaginar a un grupo de neuronas en calzones de pata larga saltando vallas en su camino hacia... ¿dónde? Hacia el final de la legislatura. Rodríguez Zapatero cumple mañana cien días de Gobierno. O lo que es lo mismo, hoy cumple su día número 99; o también, hoy hace siete días que hacía más o menos tres meses que llegó a La Moncloa. Lo de los números es relativo, y lo del período de complacencia para con quien comienza a gobernar también. Mariano Rajoy [también su versión cañera, algo más bajita, morena, con bigote, profunda y perpetuamente cabreada] decidió que para qué iba a esperar a ver que hacían los socialistas, si total, lo que tenía que haber sido no fue... por lo que no fue... y lo que tiene que ser, será, más pronto que tarde [palabras textuales del dialecto rajoyano]. Con estas premisas, llevamos tres meses asistiendo a un panorama francamente cómico. Por un lado, un nuevo gobierno que, entre muchos errores [véanse medallas a Bono, pérdidas en los fondos agrícolas, deficiencias en la redacción de la ley contra el maltrato, contradicciones entre ministros] ha labrado un gran éxito: crea ilusión; por el otro, una oposición que podemos desgranar en... Rajoy, o "por qué no fui presidente si me dijo Jose que lo sería"; Zaplana, o "para qué voy a dejar de insultar si ni siendo ministro me decían ni mú"; Acebes, o "el hormigón de mi cara resiste lo que haga falta". Aunque hay que reconocer que se intuye, se huele y se desea a ese Partido Popular de verdad, lo que los finos llaman esa derecha civilizada que subyace bajo tan excelsas figuras. Hasta que no den un paso al frente y se planten quienes merecen la pena, no se acabarán los insultos desde la calle Génova. Hasta ese momento, los de la foto tienen la palabra. A ver si la cosa no se tuerce.





