ANTEPORTADA
"Nada es como se cuenta, pero todo es verdad".
Thornton Wilder
Su cuerpo fue incinerado allá mismo en el crematorio de la Chacarita en la ciudad bonaerense. ¿Para qué transportar sus restos a España?, más práctico llevarse la urna de las cenizas bajo el brazo y por expresa voluntad del difunto fuesen enterradas a los pies de un viejo pino de cuatro ramas en una loma de la Dehesa de la Villa en Madrid, junto a las cenizas de su madre y los restos de su perra Diana. Su hija Edurne tuvo que recoger los cuatro enseres que había dejado en aquel departamento que el sujeto había comprado en el barrio de Belgrano.
Había regresado de la embajada española de recoger documentos, estaba cansada, le dolían los pies, se descalzó y agradeció la frescura del piso de madera, abrió un sobre apaisado sin cerrar olvidado sobre la mesa del salón, lo recogió, en su exterior estaba escrito –A quien se haga cargo de mis cosas- lo abrió con intriga y enseguida reconoció la letra de Juan, su padre, decía así:
“ Hago balance del año que ha acabado, Mi corazón se sitúa en pérdidas y no se ocurre
ninguna idea para seguir viviendo, tan sólo me queda un poco de valor, el necesario que
me hace falta para quitarme de en medio. No perdono a nadie y a nadie pido que me
perdone. Adiós para siempre.”.
Carta del suicida Gran Fratelli en el film “Allosanfant” de los Hnos. Taviani.
En una repisa bajo la ventana que daba a la calle entremezclado con libros de Patagonia, viajes de Hudson, relatos de Luis Sepúlveda, aguafuertes de Arlt, viajes de Chatwin y música de bandoneón del Tata Cedrón encontró un manuscrito encuadernado en espirales negras en cuya tapa figuraba un título: ”El cielo de la ciudad”. Por curiosidad y como le quedaba tiempo antes de tomar el vuelo de regreso a Madrid se recostó en el sofá crema del salón y se puso a hojearlo.
En la primera página estaba consignada una dedicatoria también de puño y letra, que decía así:
“Te lo debo Valeria, en cumplimiento de una promesa que llegaste a olvidar como si fuese tuya”. Pasó la primera hoja y comenzó a leer: “Corrían los comienzos del año 2004, yo buscaba una mujer que supiese volar a mi lado….”, era su padre quien había escrito aquello, se iba a adentrar en el mundo oculto de tres años de ausencias, de idas y venidas, a conocer el misterio del cambio ocurrido que siempre le impresionó, de la locura que motivó su súbita huída a la Argentina cuando una noche anunció a la hora de cenar que se divorciaba, dejaba todo y abandonaba el negocio familiar.
Saltó varias páginas del principio y avanzó en el manuscrito leyendo al azar <
Como anochecía Edurne encendió la lámpara de pie niquelada mientras miró a su alrededor el mundo que había rodeado a su padre aquellos años una lámina de un glaciar hermoso, desconocido para ella figuraba frente al sofá, sería ese del que tanto hablaba su padre a su vuelta, cerró los ojos hacía el suelo y pensó para si en los pocos datos que tenía para indagar las razones del suicidio, acaso dejó este manuscrito para que alguien supiese las razones, reafirmó la idea de que ella era su hija y siempre había habido una afinidad intelectual entre ellos, el manuscrito no había sido dirigido a que lo leyese ni su ex-amante ni su ex-mujer, estaba claro. Ella tenía todo el derecho a conocer los pensamientos paternos, abrió de nuevo el manuscrito por medio y leyó con interés:
<<24 julio. Ha vuelto manso pero no triste, no le hierve la sangre el recuerdo de ella, le sucede que lo encuentra hasta cómico. Hoy arrastra de nuevo sus pies por el irregular pavimento del barrio respirando un cierto aire dulzón que despide el aire de la ciudad. Ya no se apura en el Café Básico mirando la superficie de las pequeñas mesas de color oliva oscuro, sigue removiendo el fondo de la taza sin saber que hacer en adelante. Su semblante no es tan bajoneado ni persigue amores furtivos de ocasión. Hoy se le puede ver por Congreso conociendo a la gente de Madres de Mayo, revive resistencias de la época de Sartucho, devora páginas de Conti navegando por el Tigre y resuelve enigmas policíacos con Walsh>>.
No conocía a ninguno de esos tipos, se encogió de hombros y releyó hacia atrás unos párrafos más arriba:
<<12 de julio. Los días de invierno son cortos y lluviosos, uno no se pone a pensar en su futuro ni en nada inmediato, vendrá la muerte y no la reconocerá de igual manera que hice con la vejez, me queda la luna llena en el fondo de la noche. Orillas del Parque de los Andes es el mismo sol ceniciento de invierno que apenas calienta, son otras parejas besándose, otros lynieras haciendo fuego bajo las jacarandáes, más allá un viejo dormita acostado sobre un banco de piedra, yo paseo entre ellos por las sucias veredas del parque marchito, me dañaste demasiado para que te olvide, durante segundos supuro una cierta tristeza ridícula. ¿Qué me hundió tantas veces en esta ciudad.? >>
Y luego volvió a saltar hacia delante motivada por una curiosidad insana
<<29 julio. Las mujeres anteriores que conocí desaparecieron o no acuden a mi encuentro. Sí, el tiempo decidirá por mí, será lo mejor. Pero que fácil sería apagar las luces para siempre, poner término y no volver a ver el día siguiente, eso no debe doler. Morir desterrado en la soledad de la gran urbe que no es la mía sin que nadie me recuerde en este puerto lejano, Sí, tampoco sería mala idea caer en la fosa común de los desconocidos, dejar tras de si únicamente un rastro invisible del amor traicionado. >>
Edurne pensó, está visto que su padre prefería cualquier desatino antes de enfrentarse consigo mismo. Más adelante recaló en otro pensamiento, << Hay que cerrar las canillas al llanto. La muerte es muy aburrida, tiene ojos tristes de loco de manicomio, de cola de jubilados a primeros de mes en busca de su paga. >> Mientras pensaba que podía significar “canilla”, sería algún argentinismo de los que ya empleaba su padre al hablar, el sueño invadió a la hija, no quiso leer más, depositó el manuscrito con el equipaje de mano que tenía preparado, tenía ante si 12 horas largas antes de llegar a Madrid y lo tendría de ayuda si le atacaba el insomnio.
Una vez instalada en su asiento en el Jumbo de vuelta, - había hecho caso de su padre, “Pide siempre pasillo, estirarás siempre las piernas” – retomó el texto de la guantera del asiento y comenzó a leerlo desde el principio, tenía una larga noche por delante para descifrar el enigma que cambió por completo la vida de su progenitor. Empezó a leer desde el principio.





