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El cielo arriba de las avenidas
Mi vida con Valeria
Acerca de
Aquella mina me preguntó: —¿Te tomás unos mates? —¿Dulce o amargo? Y yo le respondí: —Como tomés vos y cerré la puerta tras de mi.
Sindicación
 
cap.16 LEYENDAS E HISTORIAS

Una historia lúcida deberá confesar que jamás escapa del todo a la naturaleza del mito.
Levi-Strauss

Las leyendas, son esas historias que se creen ciertas, aún y cuando no lo sean; son historias apócrifas: Harold (1981) asegura que todas las leyendas urbanas obedecen a la expresión de los temores, preocupaciones y valores de la sociedad. Stine y Harold (1999) indican que las leyendas son el folklore de la era industrial y las llaman también "mitos suburbanos". Las leyendas no se ven, se oyen, se imaginan, las vislumbramos. Cosas, historias que van de Congreso a Floresta, de San Nicolás a Colegiales, de Retiro a Parque Chas, en este último dicen que hay un colectivo con todos sus pasajeros muertos que vaga desde hace años buscando una salida y un taxi que choca contra sí mismo sobre una calle circular. Nadie volvió a ver al monstruoso Petiso Orejudo en Parque Patricios: Cayetano Santos Godino así rebautizado por los cronistas de época. Por el 1912 en un descampado del barrio de Parque de los Patricios encontraron el cuerpo sin vida de un niño de 3 años, cometido en jurisdicción de la comisaría 34, muerte ocurrida en forma tal, que causa espanto. Después de atarle fuertemente los pies y las manos con un piolín, el autor o autores anudaron al cuello de la pequeña víctima otro hilo grueso estrangulándola. Y como si esto no le bastara para satisfacer sus bárbaros instintos, el criminal colocó un clavo de grandes dimensiones sobre la sien de la criatura, golpeándolo hasta que la punta del hierro salió por la parte opuesta. Hasta aquí el cronista del diario La Nación 4 de diciembre de 1912. El Petiso sigue siendo“la encarnación perfecta de todos los miedos que la legión vagabunda e inmoral de niños de la calle infundía en la opinión pública" de aquel entonces.
Historias—las hay oscuras y sangrientas, pero también eróticas y misteriosas— que se instalan en el acerbo del imaginario porteño.
Hay noticias que en Chacapermo allí donde Palermo se prolonga por calles de Chacarita (Roseti, Fraga, Charlone, Newbery, Maure hasta llegar a Forest) hay un hombre que deambula su tristeza (cuentan que es gallego) que no puede alcanzar las fronteras del barrio para escapar. Y que pensamos de los duendecitos del Teatro Colón, de los hombres-gato de Agronomía y del putrefacto fantasma de Evita pululando por Recoleta. En este país existe la costumbre, ya secular, de suprimir de la historia todos los hechos que contradicen las ideas oficiales sobre la grandeza del país. No hay héroes impuros ni guerras perdidas. Un día un periodista trataba de poner en aprietos a Borges. Como no lo lograba, finalmente probó con algo que le pareció más provocativo: "¿En su país todavía hay caníbales?" "Ya no -contestó aquél-, nos los comimos a todos." Los libros canónicos del siglo XIX se enorgullecen de que los negros hayan desaparecido de Buenos Aires, sin tomar en cuenta que aún en los registros de 1840 una cuarta parte de la población se declaraba negra o mulata. Con intención similar, Borges escribió en 1972 que la gente se acordaba de Evita sólo porque los diarios cometían la estupidez de seguirla nombrando.
Del exquisito cadáver de Dante en el Palacio Barolo donde Palanti su arquitecto representa los nueve cielos a través de la puerta, que es el faro de 300.000 bujías; sobre él la constelación de la Cruz del Sur: la entrada de los cielos, que se la puede ver sobre el Barolo en los primeros días del mes de junio a las 19:30 alineadas con su eje.
Del destino de las manos del dictador Perón cuyas manos fueron seccionadas con precisión de cirujano después de la profanación en la obscuridad de su tumba en el cementerio de Chacarita, se supo la verdad el 1 de julio de 1987, después ocasionó el asesinato programado del sereno nocturno de la bóveda, una militante peronista que iba todos los días al cementerio, el propio juez Far Suau y su acompañante tras un atentado a su auto. Varias hipótesis apoyan la idea que se robaron para abrir una caja de seguridad secreta donde estaría una supuesta fortuna de Perón. Desde entoces se desconoce el paradero de los apéndices. Pero qué extraña sensación recorrerá a quienes paseen por las calles de Buenos Aires el cuerpo del General mutilado, con los brazos mochos?, entre la muchedumbre de peronistas las manos saldrán de su escondite para intentar unirse al cuerpo del que fueron separadas?.
Y puede que oigas la historia de Rufina Cambaceres, la joven que murió dos veces. Esta joven murió repentinamente a los 19 años y fue enterrada en el cementerio de Recoleta, su féretro fue violentado en la noche, el cuidador de la bóveda de los Cambaceres, avisó del macabro hallazgo del ataúd de Rufina abierto y con la tapa rota. La versión oficial sugirió un robo, ya que la niña había sido enterrada con sus mejores joyas; pero Luisa, su madre, vivió el resto de su vida torturada por la convicción de que su hija había sufrido un ataque de catalepsia y fue sepultada viva. Cuenta la leyenda que arañando, golpeando las paredes del féretro, logró salir y ver el cementerio desierto pero las puertas de la bóveda estaban cerradas. Entonces, víctima de la desesperación, volvió a morir realmente de un ataque al corazón. Es por eso que si visitas la tumba verás una estatua de lánguido art noveau, que la representa con una mano aferrada a la reja de la bóveda tratando de abrir inútilmente el picaporte de una puerta. Desde entonces a los difuntos se les enterraba con una pequeña campanita guindada en la tapa al frente de la cara del difunto, para que la sonara en caso de sufrir una catalepsia.
En Buenos Aires hay una iglesia que nadie elige para casarse, es la Iglesia de Santa Felicitas, ubicada en Pinzón 1480, se levanta frente a la Plaza Colombia en el corazón de Barracas, custodiada por inquietos gatos que miran con desconfianza al anochecer. Acá está enterrada Felicitas Guerrero de Alzaga, la tormentosa historia de una joven asesinada el 30 de enero de 1972 por un enamorado no correspondido Enrique Ocampo, enfermo de celos le disparó a Felicitas un tiro por la espalda y al instante se suicidó. Dicen que cada 30 de enero su fantasma sumido en llanto se pasea por detrás de las verjas de la iglesia construida en su honor por la familia, y hay quienes aseguran que las campanas tañen solas. Misteriosamente, el ala derecha de los dos ángeles de piedra que custodian el templo se ha roto. Fue justamente en el hombro derecho donde Felicitas recibió su disparo mortal. Muchas mujeres cuelgan cintitas de la reja de la iglesia creyendo que si una se agarra fuerte conseguirá el amor de su vida, y si ya lo tiene, lo conservará.
En esta ciudad hay espacio para lo lánguido y cavernoso, casi sepulcral, no le faltan ánimas en pena como la "Dama de Blanco", la leyenda más popular del mundo. A Luz María García Velloso se le atribuye el protagonismo, murió en 1925, a los 15 años, de leucemia. Su bóveda se encuentra a la derecha de la avenida principal de la Recoleta. Allí hay una estatua yacente de una criatura de pecho plano, muy hermosa, muerta en su lecho. Cuentan que años atrás un joven conoció a una misteriosa mujer de lindos cabellos rubios, mientras tomaban un café la joven se quejó del frío de la noche. Con gesto caballeresco él le prestó su saco para cubrirse, ella lo mancha de café. Apenas apartó su vista la mujer huyó en dirección al cementerio donde pierde su rastro. Al día siguiente, el joven indaga donde vive la joven y quiere recuperar su abrigo en casa de la chica, la madre le comunica que está muerta, enterrada en la Recoleta. El joven va al cementerio y encuentra su saco con la mancha de café sobre la tumba. Fue entonces cuando se dio cuenta de que se había enamorado de un espectro. Enloquece y se suicida.
Pero también aparece lo atávico, como los crímenes de Yiya Murano la Envenenadora de Monserrat, cuyo nombre verdadero era Maria de las Mercedes Bernardina Bella Aponte, natural de la provincia de Corrientes, le gustaban las joyas y la ropa cara. Simulaba ser lo que no era tanto que convenció a sus amigas de su eficiencia para las inversiones financieras. La primera en darle su dinero fue su prima y fue encontrada muerta. Yiya lloró. Luego murieron dos de sus amigas... habían sufrido paros cardíacos. Al exhumar los cadáveres se encontraron restos de cianuro alcalino en las paredes del estómago. Yiya cocinaba masitas de crema con cianuro con las que convidó a las tres para no devolverles el dinero que le habían prestado o de Emilia Basil, la carnicera de San Cristóbal; era una libanesa que llegó a Buenos Aires en 1940. Tuvo varios trabajos hasta que entró a un frigorífico. Era un trabajo de hombres, pero ella tenía la fuerza suficiente. Con el tiempo se casó con Felipe Coronel Rueda y juntos compraron una casa que convirtieron en restaurante. Pero no pagaron toda la propiedad y la deuda se completó con permitir vivir a su dueño, José Petriella en el fondo. Pronto Emilia se convirtió en la amante de Petriella... pero él quiso más y comenzó a acosarla. Ella resolvió el problema ahorcándolo con una cuerda de nylon y, como no sabía que hacer con su cuerpo lo descuartizó y cocinó. Al tener un patio cubierto con cemento, tenía que hacerlo rápido, improvisó. La cotidianidad la lleva a un acto no cotidiano. Preparó con el muerto empanadas árabes, guiso y salpicón y se lo dio a sus clientes. El torso lo dejó en una caja de manzanas en la calle.
De personajes extraños, familiares en los que muchos creen y dicen haber visto alguna vez que crecen con el rumor que va de boca en boca, son parte de cada barrio particular. La gente deposita deseos y expectativas en aquellas hechos inverosímiles. Acaso cuando viajes en un colectivo te cruces con un hombrecillo de rostro mofletudo y anteojos de intelectual que dormita tranquilo en su asiento, a sus píes reposa un paquetito liado con cordel, es Jorge Eduardo Burgos “El Descuartizador" de Barracas. La mañana del viernes 19 de febrero de 1955, en un paraje llamado Loma Hermosa, a cuatrocientos metros de la estación Hurlingham, en el noroeste del Gran Buenos Aires, un cura que caminaba cerca de la fábrica de cajas de cartón La Holandesa había encontrado el torso de una mujer descuartizada. El viernes siguiente, 26 de febrero, en un desolado rincón del sur de la ciudad, donde se juntan la avenida Cruz y la calle Pedernera, se encontró un envoltorio similar: eran las dos extremidades inferiores, desde el pie hasta la rodilla, además de un muslo. El horror se desató en Buenos Aires cuando, pocas horas después, un marinero de la chata Sheop, que navegaba por el Riachuelo, avistó un objeto raro que flotaba a la altura de la calle Martín Rodríguez. La Prefectura rescató un canasto de alambre con el consabido paquete: contenía una cabeza de mujer, los brazos, alguna ropa. La cabeza fue seccionada en el nivel de la quinta vértebra cervical. La víctima se llamaba Alcira Methyger. Veintisiete años. Nacida en Salta. Empleada doméstica, último domicilio conocido, Bernardo de Irigoyen al 1500. Los investigadores apuntaron a un hombre de 36 años llamado Jorge Burgos, corredor de una pequeña empresa papelera y encuadernadora, propiedad del padre. Una vez muerta en un ataque de celos le saca la ropa para descuartizarla. Ocho horas que le lleva cortarla en pedazos. La divide en paquetes y realiza varios viajes en colectivo para arrojar los bultos en distintos lugares.
Próximo del cementerio de Chacarita, sobre Newbery a la puerta de una casa de vecinos todos los 11 de enero se oye el aullido lastimero de una perra abandonada por su dueña, los que la han visto dicen que es cabezona de color canela con manchas grises, de cara aplastada de grandes ojos pardos y cola de cerdo, corre despavorida por el pasto del Parque de los Andes buscando el rastro de su ama querida, la chucha responde al nombre de Pilar.
Muy cerca vivía la monja asesina de La Paternal, una historia que reveló maltratos y odios contenidos. El cuerpo semidesnudo de Marta Silvia Fernández (38) fue encontrado en una habitación del departamento que compartía con Marta Odera (39) detrás del cementerio. Según los informes policiales, M. Fernández brutalmente asesinada a puñaladas recibió 147 cortes y heridas, la mayoría de ellos en el pecho y en la cara. Marta Odera, que fue detenida horas más tarde en una pensión donde se había escondido, sufrió un pico de hipertensión. Las dos mujeres vivían desde hacía cuatro meses en un humilde departamento de una casa tipo chorizo, en Avalos 340. A media cuadra de la casa donde vivían las mujeres funciona el Centro de Humanización y Pastoral de la Salud, una institución religiosa que depende de la orden de Los Camilos. Marta Odera había ingresado como novicia en esa orden, pero dio marcha atrás antes de consagrarse.
De lo fantástico y delirante de bestias fabulosas como el gigante de Once salvavidas. Según cuenta una historia de larga data, por las calles de Once vaga un personaje de casi tres metros de altura que cuida a los habitantes del barrio. Este gigante "bonachón" ha salvado a víctimas de choques y ha espantado a más de un malhechor, o al menos esto es lo que narran los vecinos de Balvanera que confían en su presencia protectora. Algunos más instruidos creen que este ser es el mismísimo Golem, un hombre artificial creado en el siglo XVI por un rabino de Praga, llamado Judah Loew ben Bezabel. Si bien la historia oficial habla de un solo Golem, otros afirman que Bezabel creó trece de estos humanoides de arcilla y que uno de ellos llegó a Buenos Aires, de la mano de un rabino, con los inmigrantes judíos. De allí en más, la historia se bifurca en varias versiones: algunos cuentan que antes de morir el rabino encerró al gigante en una habitación a la que nadie puede entrar, que estaría en el anexo de un hospital, en Caballito. Otros creen que vive en un callejón oculto, que podría ser el pasaje Colombo o el Victoria.
Otros personajes son más sórdidos como Belek, el enano que llegó a Buenos Aires con el Circo de los Zares a fines de los 70, proveniente de la zona de los Cárpatos Fue expulsado luego de que el dueño del circo, Boris Loff, el Hombre Bala y la Mujer Barbuda lo encontraran prendido al cuello de Vera, una mona tití. El verdadero horror se desató cuando se refugió en una casa semiabandondada del Bajo Flores y los gatos del barrio comenzaron a desaparecer misteriosamente. La leyenda cuenta que la gente protegió sus casas con ristras de ajo y todos llevaban crucifijos por miedo a sus ataques. Una noche de invierno, los hombres del barrio cazaron al enano vampiro con la red de un arco de fútbol, cerca de la estación Flores, pero se les escapó. Aseguran que aún vive en el cementerio de Flores y sigue haciendo de las suyas.
En Campana al 3200 con Tinogasta, cerca de las vías, se alza el enigmático “Castillo de los Bichos”, una mansión de cinco pisos que acaba en un torreón y cúpula, llamado así por las molduras con formas de animales grotescos como una catedral gótica, por eso la gente del barrio, en Villa del Parque la bautizo El Palacio de los Bichos; perteneció a la familia italiana Giordano. Lucía, la única hija, conoció a un violinista, Angel Lemos y el romance no tardó en surgir. Se casaron el 1° de abril de 1911 y cientos de invitados disfrutaron del banquete. Hacia la madrugada, la pareja advirtió que el auto que los debía trasladar no estaba en la puerta, sino unos pasos más allá de la casona, cruzando las vías: un detalle que se convirtió en tragedia, ya que cuando los novios abandonaron el lugar en un coche de caballos, murieron atropellados por el tren cuando el coche cruzaba las vías. El padre de la novia vió el accidente desde lejos y cerró la mansión para siempre. Hoy es un moderno edificio con spa.
Hubo un día que llegó al Hospital José T. Borda en Ramón Carrillo 375 un individuo, Solaris, de aspecto delgado, de ojos grandes, muy blanco y completamente lampiño que llenó de luz el neuropsiquiátrico, iluminó a los internos con sus fiestas energéticas”. Durante su estadía se reunía con alrededor de 50 internos para recitar un mantra. Durante el rito, los testigos afirman que parecía iluminarse. Desapareció sin dejar rastro un 25 de diciembre (nueva reencarnación de Mitra?)

"Necesito esqueletos pulverizados, decapitaciones ferroviarias, descuartizamientos inidentificables, y es tan grande mi amor por lo espectacular, que el día en que no provoco ningún cortocircuito, sufro una verdadera desilusión."
Oliverio Girondo.

Por los vagones de la línea Mitre se siguen buscando los ojos de un hombre, por sus vagones a primera hora de la mañana deambula un hombre sin párpados que siempre se sube al tren en la estación de Coghlan, parece ser que se suicidó años atrás tirándose a las vías. No es de extrañar que todas las mañanas veas a más de ocho personas en el andén, mirando los railes como si estuvieran buscando los ojos del hombre sin párpados.
Algunos aseguran que en la Reserva Ecológica Costanera Sur también habita un animal misterioso, mitad rata, mitad perro, apodado “Reservito”. Una de las hipótesis que se barajan afirma que los reiterados incendios que azotan a la Reserva son producidos intencionalmente con el objetivo de liquidar a Reservito, que en más de una ocasión atacó a algún pardillo desprevenido. Recuérdalo la próxima vez que pasees tranquilamente por la Reserva Ecológica no dejaras de pensar que entre los cañaverales y carrizos pueda salir el bicho ese.
La Casa de la Palmera todavía permanece ahí, en Riobamba al 100, Corría el año 1930 cuando esta casa, con nueve habitaciones y un subsuelo, fue comprada por la uruguaya Catalina Espinosa, viuda de un médico español famoso desde la epidemia de fiebre amarilla en 1871, el doctor Galcerán. Catalina se instaló con sus seis hijos: cinco varones y una mujer, Elisa, que era taquígrafa y muy religiosa. Los varones eran todos profesionales: había un médico, un ingeniero, un abogado, un escribano y un arquitecto. A medida que sus hermanos morían, Elisa ritualmente clausuraba la pieza donde cada uno había vivido. Así establecía una "cápsula de tiempo" en cada pieza, cerrándola con candado. La casa fue achicándose hasta incluir el subsuelo, donde el hermano médico -que fue el último en morir-. En 1992 Elisa murió y la casa quedó abandonada hasta que en 1997 se instaló ahí una escuela primaria, que se llamaba, casi increíblemente, Puertas Abiertas.
Casa de los Leones en Montes de Oca 140. Esta mansión de estilo francés, rodeada de un bello parque, fue propiedad del millonario Eustaquio Díaz Vélez, hombre emprendedor con una rara y extrema pasión por los leones. Pasión literal, además: los criaba en la misma mansión, donde los animales paseaban y ocupaban leoneras –los restos de las extrañas jaulas todavía están en el parque– comunicadas con la casa por una escalera exterior, que también se conserva. La leyenda dice que uno de los animales atacó y mató al prometido de su hija el día de la fiesta de compromiso. La chica se suicidó. Poco después de la tragedia, los fantasmas de la pareja comenzaron a recorrer las habitaciones y el parque de la mansión. Don Eustaquio se deshizo de los animales, aunque rindiéndoles un extraño homenaje: hizo tallar cabezas de animales sobre las arcadas de las puertas de entrada a la mansión y emplazó estatuas de leones en el parque.
El lugar más tétrico de Baires es el Museo de Arte Hispanoamericano Fernández Blanco, Suipacha al 1400. En el siglo XVII, el solar estaba ocupado por una compañía importadora de esclavos que, encerrados y desesperados, invocaban a sus ancestros. Sus almas se lamentan todavía en lenguas incomprensibles. Se cree que vagan también por allí espíritus desorientados de ingleses: de cuando se trasladó el cementerio de los Ingleses Disidentes que ocupaba el terreno sobre la calle Cerrito, sólo se llevaron las lápidas y ellos buscan su último aposento en esta tierra. El museo alberga retratos de difuntos –en especial el de María Luisa Lacas de Suárez, espeluznante.


Muda, mi amiga,
sola en lo solitario de esta hora de muertes
y llena de las vidas del fuego,
pura heredera del día destruido.
P. Neruda
De desapariciones como la de Felicitas Alcántara, que sucedió el último mediodía de 1899, acababa de cumplir catorce años y tenía una belleza que dejaba sin aliento. Nunca se había visto a nadie igual en Buenos Aires, y nunca volvería a verse. Era famosa aún antes de la adolescencia por sus enormes ojos tornasolados, que envenenaban al instante con un amor doloroso. El 31 de diciembre, poco después de la una de la tarde, Felicitas y sus cuatro hermanas menores se refrescaban en las aguas amarillas del río. Cuando las llamaron para dormir la siesta, Felicitas no apareció, durante largo rato las institutrices buscaron a la niña en vano. Pasaron botes con frutas y hortalizas que volvían de los mercados y, desde la orilla, las desesperadas mujeres les preguntaron a gritos si habían visto algún cuerpo aguas adentro. No apareció aquel día ni los siguientes, varias patrullas de policía peinaron la región desde las islas del Tigre a las barrancas de Belgrano, convirtiendo la paz tradicional de los veranos en una pesadilla. Sólo existía un móvil clarísimo que nadie se atrevía a mencionar: la turbadora belleza de la víctima. El cuerpo de Felicitas fue descubierto una mañana de abril de 1903 cuando el primer sereno del palacio de Obras Sanitarias de la avenida Córdoba se presentó a limpiar la vivienda reservada para su familia en el ala sudeste del palacio. La niña estaba cubierta por una ligera túnica de hierbas del río y tenía la boca llena de guijarros redondos que, al caer al suelo, se convirtieron en polvo. Contra lo que habían especulado las autoridades, seguía tan inmaculada como el día en que vino al mundo. Sus ojos bellísimos estaban congelados en una expresión de asombro, y la única señal de maltrato era un oscuro surco alrededor del cuello dejado por la cuerda de guitarra que había servido para estrangularla.

El mito urbano sucede en una dimensión paralela, un plano idéntico al nuestro pero en el que se hace verosímil lo improbable. A lo mejor sucedió realmente, o puede llegar a ocurrir, pero nadie parece haber sido testigo directo del suceso. Como las noches de insomnio. Sucedió a unas cuadras de la vía de Nazca. Era una noche de tormentas eléctricas y cortes intermitentes de luz. Ella estaba sola en su casa, donde hacía poco se había mudado junto a sus padres y su pequeña perrita Lulú. Aguardaba temerosa la llegada de sus padres que estaban trabajando. Todavía rondaban en su cabeza los comentarios que habían hecho sus vecinos con respecto a la familia de locos que había habitado esa casa. Se fue a acostar temprano, su fiel compañera Lulú la siguió y se recostó bajo la cama, donde solía lamerle la mano a su dueña. Cuando ya había logrado dormirse comenzó a sentir una gotera que venía del baño, supuso que no había cerrado bien la canilla. Entonces se levantó a cerrarla y encontró en el baño a su pequeña Lulú colgada de la ducha goteando sangre y una inscripción en la pared que decía: "los locos también lamemos la mano".
La embajada de Alemania, calles Luis María Campos y Villanueva en Belgrano queda justo al lado de la Iglesia de San Benito –a cargo de monjes benedictinos–, la única sede autorizada, en su momento, para realizar exorcismos. Los espíritus malignos huían de la iglesia hacia la mansión de al lado. Los que moran en la embajada no serían almas en pena; serían demonios.
En el perímetro del actual Parque Rivadavia en Caballito estaba la quinta de don Ambrosio Lezica, cuyos dominios en realidad comenzaban en lo que hoy es la Av. La Plata y terminaban en la calle Del Barco de Centenera. Allí se levanta, señorial, un hermoso ombú cuyas ramas acunan historias centenarias. Precisamente allí se encontraba la vivienda de los sirvientes, una construcción de una sola planta con ventana de rejas. Había allí una vereda de lajas mal colocadas, entreveradas con rebeldes raíces de eucaliptos que parecían empeñadas en levantarlas. En noches lúgubres mientras paseamos al perro podemos cruzarnos con la Planchadora del Parque Rivadavia, el espíritu de una esclava negra degollada que corre con una plancha al rojo vivo entre los árboles. Tropezar con el espectro de la chica que quedó atrapada tres meses en el ascensor del petit hotel de Las Heras y Ayacucho, cuando la familia, que salía de vacaciones, cortó la electricidad y se olvidaron de ella. Con la niña espectral del Banco Nación frente a la Casa Rosada; el edificio está asentado sobre un terreno llamado “Pozo de las ánimas”, donde estuvo la primera capilla de la colonia, con su respectivo cementerio. Seguir el rastro del fantasma de Alleno, que está enterrado en la Recoleta. David Alleno, inmigrante italiano, viejo cuidador del cementerio de La Recoleta durante 29 años también participó de la construcción de alguna de las bóvedas. Desde que ingresó a trabajar en el cementerio tuvo el deseo de que este fuese su última morada, así que compró una pequeña parcela, construyó la tumba, y luego ahorró el dinero necesario para adquirir una estatua que lo representase. Cuando tuvo lo necesario, viajó a su Génova natal para que esculpiesen su figura, y cuando estuvo terminada volvió con ella a Buenos Aires. Él mismo instaló la imagen en lo que sería su sepultura, y cuenta la leyenda que cuando estuvo satisfecho con el resultado se suicidó para descansar en ella eternamente. Corría el año de 1910. Todavía hace tintinear sus llaves en el laberinto de bóvedas.
Si pasamos por la Avenida 9 de Julio en noches de tormenta oiremos el alarido del obrero que en los años 30 cayó por el hueco interno del Obelisco, cuando un rayo hizo temblar la estructura.

En su llama mortal la luz te envuelve.
Absorta, pálida doliente, así situada
contra las viejas hélices del crepúsculo
que en torno a ti da vueltas.
Neruda
Suele pasearse por La Boca; la llaman "La Novia de Arena". Elisa Brown es una de las más célebres de las mujeres fantasma porteñas, era hija del almirante Guillermo Brown, y se suicidó en las aguas del Río de la Plata poco después de enterarse de la muerte de su novio, el capitán escocés Francis Drummond, en alta mar. Se dice que lo habría hecho desde el actual Parque Lezama enfundanda en su vestido de novia.
De la crónica roja, el caso Lauro-Salvatto. El 20 de julio de 1914, un sangriento asesinato sacudió Buenos Aires. El cuerpo de Frank Carlos Livingston, contador del Banco Hipotecario, yacía literalmente cosido a puñaladas en el hall de su departamento, en Barrio Norte. Los gritos de una mujer rompieron el silencio de aquella madrugada de lunes en la calle Gallo, en el Barrio Norte de Buenos Aires. Era la hora 0 del 20 de julio de 1914 y hacía 14 grados en el exterior. Gallo 1680, entre Güemes y Santa Fe: un edificio de seis pisos, con balcones franceses adornados con verjas de hierro negro. Fue asesinado por Giovanni Battista Lauro y Francesco Salvatto, dos calabreses analfabetos, desocupados, desesperados por la miseria que fueron contratados por la mujer del finado Carmen Guillot. Ambos fueron fusilados en el patio de la Penitenciaría Nacional la madrugada del 22 de julio de 1916. Nadie reclamó sus cuerpos. Lauro dejó una estampita de San Genaro pegada en la pared de su celda. Salvatto pidió fumar un toscano corto, un charuto, antes de caer ante el pelotón.

¿Quién llevó esta carroña hasta el lago
y la hundió cuando nadie veía?
¿La llevó algún señor de Lavalle?
De Lavalle y Riobamba sería…"

De descuartizamientos sangrientos y truculentos. "El misterio de la descuartizada del lago de Palermo" fue el asesinato y descuartizamiento de Virginia Donatelli, perpetrado por su amante, el chofer Julio Bonini, hecho espeluznante. Se encontró un paquete de arpillera atado con alambre de fardar contenía el torso descuartizado de la joven mujer en un lago de Palermo.

De 23 años, Virginia, telefonista que había quedado sin trabajo. Su último domicilio registrado estaba en Arredondo 3232, una casa humilde en la que la policía encontró la consternación de un padre viudo, el italiano Domenico Donatelli, pero también su rencor: había repudiado a su hija, a la que no veía desde hacía dos años; al enterarse del terrible final de Virginia, el inmigrante tuvo palabras duras: –Sabía que iba a terminar mal. Era una mala pécora…
Alfredo Le Pera y Carlos Gardel pensaron en Bonini cuando compusieron aquel tango?

"Por una cabeza,
todas las locuras,
su boca que besa
borra la tristeza,
calma la amargura.
Por una cabeza,
qué importa perderme
mil veces la vida,
¡para qué vivir!"

No era el primer homicidio con esas características que sacudía a la opinión pública argentina. En 1894, el ciudadano francés Raoul Tramblié había disputado por dinero con su socio, el también galo François Farbos, a quien mató y descuartizó. Los restos empaquetados de Farbos habían sido abandonados en la esquina de Sarmiento y Montevideo, donde funcionaba un mercado, y en diversos baldíos del barrio sur. En 1915, el súbdito alemán Miguel Ernst asesinó y descuartizó a su socio, el comerciante Augusto Conrado Schneider, y luego tiró al lago de Palermo los restos de la víctima. Ernst fue detenido y condenado a muerte, pero el presidente Hipólito Yrigoyen conmutó la pena capital y Ernst fue recluido en el penal de Ushuaia, donde se lo apodó Serrucho. Los porteños cantaban una popular cuarteta con la música de La verbena de la Paloma:

"¿Dónde vas con el bulto apurado?
A los lagos lo voy a tirar.
Es el cuerpo de Augusto Conrado,
al que acabo de descuartizar…"

Esencias humanas, "ese muchacho es un mentiroso pero miente tan bien que la gente no puede dejar de escucharlo", eso es lo porteño", como " Nenita, los ángeles no tienen espalda pero tienen escote...", "cagaron los bancos, ahora somos todos pobres" dice la canción que acaba:

Nos siguen robando, nos siguen mintiendo
busquemos la visa salgamos corriendo
es nuestra bandera la que defendemos
llevémosla a España cuando nos mudemos.

No