cap 1 PROLEGÓMENOS. EL LUGAR DE LA MEMORIA
A MI NIÑA DE ECHEVARRÍA
En aquel continente americano han existido mujeres leves, de poca palabra, que arden por dentro, tienen pequeñas y dulces manos que te hieren como una hoz al tocarte, mujeres silenciosas como una llanura, de ojos tristes, de cabellos de hiedra en cuyos labios llegas a beber el jugo de lluvia de la selva más lejana. Se arquean como el bambú desnudas como una enorme ola, son cuerpos que gastan una piel de la suavidad del caqui, fuego y miel su follaje más umbrío. Ofrecen salvajes besos que mis labios han probado y que me han remontado a sus ancestros indígenas para que oigamos bajo su pecho un corazón palpitante. Mujeres que en la calma lunar del sueño, en el fondo de la noche destilan su veneno letal. Maravillosamente yo he conocido a ese tipo de mujer, la que te abandona con esa misma desgana como te aceptó un día y a la mañana siguiente cuando la echas en falta a tu lado te restriegas los ojos con vidrios rotos para volver a la realidad. Por eso hay una parte de mí que sólo a ella le pertenece. Flor perdida de barrio quien ha probado tu letárgica ponzoña sabe de qué hablo. Pero vamos a ubicarnos primero como dice Wilde "A veces podemos pasarnos años sin vivir en absoluto, y de pronto toda nuestra vida se concentra en un solo instante" y así fue. Dos seres descolocados, completamente diferentes en edad, procedencia, educación y visión del mundo, confluyen en un viejo apartamento en la ciudad austral de Buenos Aires. Juan, español en la cincuentena, zoólogo y ecologista de causas difíciles, en trámites de divorcio, a pesar de las derrotas nunca renegó del marxismo, enarbola una vida sin sentido incapaz de construir nada nuevo, y una joven argentina Valeria en busca de los treinta, dependienta de comercio, se gana la vida como puede los fines de semana, divorciada, fácil y superficial, ambos empiezan una comunicación a través del sexo, nada los une, nadie los puede ubicar en el contexto social de la sociedad bonaerense, no encajan para nada. Él no cree en el destino. No se conforma con lo que le quieren dar, trata aquella relación como un amor convencional, reemprender su vida y cede ante la sonrisa cansada de la afrodita en aquel cuchitril de paredes con tufillo a humedad y noches teñidas de soledades. ¿Pero quién no ha deseado encerrarse en una habitación y dar rienda suelta a los instintos?. ¿Qué son dos cuerpos desnudos, uno frente al otro, mezclando el sudor de sus propias pieles? sentir que la noche es la única dueña que los aprisiona.
Un año después. Cuando escuches que la vida gira sobre un eje podrido, échate a temblar: las ruedas pinchadas no tienen voluntad, pero pueden decidir por ti. Lo más terrible es hacer inventario, volver a mirar el camino recorrido del que no hay vuelta al punto de salida. Tener que volver a sentir, encontrarse de nuevo con los testigos mudos que testifican como granos gruesos de sal que se te pegan a las manos que la acariciaron. Diluyo mis probabilidades de error en buzones sin señas. Me pierdo como una de tantas maletas negras en una terminal de aeropuerto y comienzan a saltar todas las alarmas que olvidé desconectar al vivir con ella. Conocí a una mujer deshabitada. Pero tranquilícense: no tengo el menor deseo de entregarme a sabias digresiones acerca del envejecimiento propio y la pérdida de neuronas. Se trata simplemente de situar este libro en su tiempo. Al escribir, en 2005, las páginas que seguirán a continuación, traté, a veces con una cierta ingenuidad (aunque no siempre he estado convencido de que la ingenuidad sea una tara vergonzosa), de proponer algunas ideas desperdigadas acerca de una relación sentimental ocurrida durante aquel año bisiesto de 2004. Se habla de un sentir popular al considerar a los años bisiestos como períodos de calamidades, desastres, tumultos y guerras y todo ello parece tener su causa precisamente en el origen: febrero es el mes de los muertos en la tradición romana y, por tanto, considerado de influencia aciaga. Añadir un día a febrero es popularmente sinónimo de potenciar esta influencia "anti-vida", esa necesidad de purificación. Ya nos lo recuerdan los numerosos refranes sobre la maldad o maleficio de los año bisiestos que corresponde a todos aquellos años múltiplos de 4 excepto los “últimos de cada siglo” que no sean múltiplo de 400, encontramos unos como "Año bisiesto año siniestro" o "Año bisiesto ni viña ni huerto", o bien "Año bisestil año vil". Otros de igual fario "Año bisiesto, entre el hambre en el cesto"; "Año bisiesto, ni casa ni viña ni huerto ni puerto", Año bisiesto, pocos huevos en el cesto. ....así se escapa la felicidad.....personalmente yo escribiría "Año bisiesto, al final del amor no queda ni el resto". Sabiamente R. Barthes escribe que la escritura es lo único que puede desarrollarse sin lugar de origen. Una vez cada diez mil millones de años se cruzan atrozmente dos cuerpos en la galaxia como lo hicimos nosotros, se abrazan entonces, se besan hasta lo más hondo, se penetran, se destrozan como estrellas olvidadas, como efímeros soles que arden como un solo incendio cada noche, inventando sin reposo el deseo en la ciudad del cielo, Buenos Aires.
He subrayado en una edición bilingüe de Ezra Pound aquellos versos que comienzan así: "I have tried to write Paradise. Do not move......" He intentado escribir Paraíso. No lo muevan que el viento diga que esto es (el) Paraíso. Que los dioses perdonen aquello que hice, que aquellos que amo intenten perdonar“, era del Cantar CXX. De un tiempo que camina hacia atrás, hay en Praga un reloj que camina al revés, las manecillas parecen estar echando las horas en sentido inverso, hacia el pasado. Como en el cuadrante no figuran ni las cifras romanas ni las arábigas, sino las hebreas, para quien no es judío todo esto es misterioso, así es mi vida desde que la conozco, una emoción violenta, mi reloj giraba en sentido contrario al ordinario. Fui a Chacarita la del encuentro obligado como dice el tango, en busca del Altar del Paraíso, con un poco de miedo después de haber visto la esquina donde se lavaba coches un tipo moreno de pelo ensortijado y amplia sonrisa que nos saludó al pasar, luego me acostumbré a saludarle todos los días, en que barrio me había metido, traspasamos la puerta maciza de hierro de color lila y refuerzos de planchas de acero que daba entrada al edificio de vecinos, entramos en aquel largo vestibulo con palmera, estaba recién fregado, mojadas las losetas que ibamos pisando, habían regado con manguera a conciencia, a su final se escondía tu puerta a la izquierda, la PB 11; olía a casa de inquilinos, a vecinos de familia numerosa y era cierto porque en la puerta de al lado estaba entreabierta y aprecié un reguero de pibes diseminados por el suelo, al fondo un patio donde tiradas por el suelo yacían unas bicis viejas, era la antecámara de tu Altar.
Morcillas con verdeo, bife de chorizo, choripan acompañados de una Quilmes o una gaseosa, sobretodo choripán en la Costanera los sábados por la tarde, pronto me hice a aquella rutina (quise poner ruina pero lo dejo como está) me sentía feliz porque te tenía a mi lado, te rodeaba por detrás sentado en un banco de granito mientras la brisa que venía de la Reserva nos pegaba en la cara, el mundo era mío... eras mi pareja, la envidia de muchos en el subte que nos miraban de reojo por lo diferentes que eramos, me hiciste poner jeans y que me afeitase todos los días, te horrorizaba la barba de taliban que viste en fotos, en realidad era una barba que me había dejado crecer para hacer montañismo, para ti debería oler a crema de afeitar, bueno luego me perfumaste con fragancia de Fahrenheit, me acostumbré a todo. Me arrasaste como un tsunami interior, era tu propia simpleza la que me convencía, observarte hacer origami como una niña en el Jardín Japonés me llenaba de admiración como si fueses campeona mundial de ajedrez, me gustaban tus deditos engarzando las piezas dobladas de papel, aquellas manos que luego me acariciaban con maestría, eran las mismas, las manos pequeñas que estrechaba en la calle. Esa debilidad que me provoca el sexo opuesto me pierde sobre todo cuando es dependiente, desesperado como el de ella.
Una noche, como de costumbre, observaba el cielo con mi telescopio. Noté que en un galaxia distante cien millones de años luz se destacaba un cartel donde se había escrito: "Te he visto”.
Italo Calvino. Las cosmicómicas
Preámbulo, los dos éramos adictos al juego de artificio que es el chat, por eso te localicé de pasada, la noche del 11 de enero, ya iba a cerrar la sesión de Yahoo, pero tu nick en francés "toujoursonrits" me llamó la atención, aparecías al final de la columna de conectados, en un chat argentino, ¿quién podría ser? y me metí en el ritual de buscar descifrarnos, ubicarnos en el desorden de la estrella, un sorbo de distracción diario que se convirtió poco a poco en conectarme a la 1 de la madrugada, hora española para adecuarme al cambio horario mientras te durase la plata en el cyber. ¿ Qué enigma podías ocultar bajo aquellas ojeras?. Voy cruzando charcos, he viajado sin billete de vuelta en el furgón de mi penúltima fe. Sin amores rotos por casualidad, otras tardes de domingo como las demás, No hirieron las esquirlas del rencor, sólo limpié el corazón de telarañas de sangre reseca. Hoy, que ya he tomado distancia en todo sentido, pude recuperar todos mis recuerdos, que siguen formando parte de mi ser, y todavía no sé para que sirve todo ese dolor y no creo que sea constructivo ni tampoco necesario. Y no lo digo desde el despecho o el orgullo herido, sino desde la verdad de las acciones. Me abrí a otro mundo más frío, menos auténtico donde me siento como sapo de otro pozo entre tanta nieve. En este espacio de tiempo pude sacar el cuello del abismo del vacío. Los dos años que necesité para rearmarme y renacer en un espacio nuevo han sido la base que me dio la confianza necesaria para empezar de nuevo porque es difícil mojarle la oreja a la soledad. La nostalgia no es un buen negocio y me harté de cambiarle los pañales a la tristeza, brindaré por lo que viene pero no por la preciosa que se va cada vez. La próxima vez que calce zapatos de campeón espero que no me queden tan enormes. Éste el diario escrito por un náufrago extraviado en el invierno alpino del continente europeo, alejado del mundo civilizado en un pueblo de la Baviera alemana que es como decir una isla dentro de Europa, recluido como Casanova en el castillo de Dux en la Bohemia, mientras nieva fuera voy compartiendo el manifiesto del libertino veneciano
“Escribo para matar el fastidio y celebro complacerme en esta ocupación. Si desatino, ¿qué importa? Me basta estar convencido de que me divierto”. Vuelve la necesidad de saber donde estoy, todos los días nos exploramos y contemplamos el desastre de la vida que llevamos. Por aquel entonces tenía dos opciones seguir haciendo viajes imaginarios en Madrid hundido en el ostracismo siguiendo los versos de Baudelaire:" Los verdaderos viajeros son los que viajan sin viajar " o por el contrario dar un portazo y a los 52 años (más tarde supe que Gauguin a la misma edad abandonó Francia hacia los mares del Sur) lanzarme a la aventura de descubrir un nuevo continente y un nuevo amor, describir de forma poética todos los episodios y detalles, por insignificantes que fueran, vividos diariamente a lo largo del viaje por uno de los más apartados lugares de la Tierra, me acordé del poema de Blaise Cendrars: "Y perdí todas mis apuestas. Sólo queda la Patagonia, la Patagonia, que convenga a mi inmensa tristeza y un viaje por los mares del Sur" y me embarqué un 31 de enero del año bisiesto 2004. No fue un alarde.
...Resulta que soy torpe para entender,
como un caballo de ajedrez gastado
salto entre las sombras vuelvo más piantado(*).
Grupo FULANOS DE NADIE
(*)piantado: loco,alocado
Asegura Hugo Pratt el creador del Corto Maltés que hay distintas maneras de descubrir mundos, se puede emprender una fuga o iniciar una novela. Yo emprendí ese orden, primero huí de mi realidad y luego recapitulé. Ciclo, cuando se cruza cualquier frontera conviene no mirar hacia atrás, te atraparía la melancolía, sólo mira al frente hacia lo imprevisto, lo que está por conocer, es el mundo partido en dos, algo dejas en tu camino. Piénsalo bien, estás a punto de echar a rodar de nuevo la bola de nieve; de sobra conoces lo bueno y lo malo que está por venir. Hacía ya tiempo que veía acercarse la tormenta, pero tus ojos siempre me parecieron aguas tranquilas. Todo indicaba que el destino me iba a aplastar como un elefante a un junco, pero yo pensaba que me levantaría intacto. Nadie es capaz de sentir el vértigo en ese momento, aunque acabe de trepar desde el fondo del precipicio y apenas pueda sonreír. Más tarde todo se convierte en hueco que pronunciar, en posibilidad perpetua, recuerdos flotando en el aire. Lector/a que acudes al texto entiendes que la inteligencia es una argucia que tiene prisa, en estas líneas puedes encontrar la memoria episódica que registra los sucesos fechados, es el tiempo quien ilumina los hechos y los espacios, esa memoria posee atributos sensoriales o físicos particulares que siempre tienen referencias autobiográficas, es un egotismo narrativo narcisista con expresiones como prolongación del propio yo personal; una tendencia a la introspección y la ambigüedad como constante; un cierto costumbrismo del coloquialismo campechano en la urbe porteña y eso que a pesar de todo persiste un distanciamiento como táctica dilatoria, además de la presencia de un formulismo erótico y otros endemismos que recuperan el momento antes que el paso del tiempo deforme erosionando el valor emotivo y los convierta en basura mental en un geriátrico. En cuanto al estilo de escribir seguiré la norma flaubertiana: la perfección del estilo consiste en no tenerlo. El estilo es como el agua, es mejor cuanto menos sabe. El pasado en tiempo presente. ¿La forma de exposición es un escrito collage?, ¿qué escrito no es un collage? puede ser una ensalada de novela, un mosaico de teselas de desasosiegos, de jirones de rencor ensamblados con fragmentos humorísticos. Hubo un título de un breve capítulo en un libro de Embriología, en mi segundo año de Biológicas: “Mosaicos y quimeras. Anomalías de los cromosomas sexuales”. Nunca importó que yo supiera que se refería a raros trastornos genéticos, generalmente incompatibles con la vida: el título tuvo siempre para mí vida propia, una fuerza poética incontenible, y persiste en mi memoria, fragmentos y fascinación. Será tal vez por su asociación con el arte y la mitología, que me evoca sucesos misteriosos, objetos bellos, historias fascinantes. No sé.
Próspero el personaje de La tempestad de Shakespeare exclama “estamos hechos de la misma sustancia que los sueños”, ¿Qué pálida estrella me espera?, ¿qué pequeña ninfuela asustada irá a mi encuentro, ¿qué atribulada rutina sin sorpresas me espera?. ¿Sin desafío ninguno cerrará tus días cuando decida que el tiempo ha llegado?. ¿Cómo recordarás lo vivido, la probable trasgresión, el fuego que el tiempo apagará?.¿ Te preguntarás alguna vez si había otro vuelo, otra historia posible, otro salto que nunca te atreviste a imaginar porque para ese no había paracaídas? . La vida ofrece y tomo. La vida se complace en su variedad, en su infinita diversidad, y en la anticipada primavera florezco, acepto y dono. La vida ofrece, y tomo. Nada queda por decir. Pero aún hay espera. En la simple posibilidad de un después se anula toda retirada, todo abandono se cancela. Y se pagará el precio que se pida el que haya que pagar,
no importa cuanto: siempre será menor que el más pequeño de los placeres degustados. Al final, lo único que queda es lo que pasó y fue y nos hizo. No hay nada, nada mejor que sabernos libres. Toda felicidad, toda plenitud, depende de eso.
Llegó tarde, pero llegó, un día decidí dejarme caer del árbol acomodaticio de la vida que llevaba, no sabía si estaba preparado. Tengo que reconocer que no me di cuenta el momento en que rompí mis lazos. Siempre sentí miedo de que esas ataduras pudieran hacer de mí, una fruta amarga, agria, ácida o sencillamente intragable. Experimentando nuevos amores con distintas mujeres me he dado cuenta a la manera de Balzac que no se puede ser amigo de una mujer cuando se puede llegar a ser su amante, que los gustos pueden ser tan simples como la triple c: cultura (libros y música), comida y cama (mujeres), poco importa la lengua del país o la ciudad que habites, si llegas a un sitio y te gusta quédate. Sabrás que corriendo el circuito fangiano de la vida "necesitarás mucha pasión en la vida, porque todo lo que hagas con placer, lo harás bien". Sentía una energía que si no saco fuera se me va a pudrir por dentro. ¡Cuántas veces me he sentido así y no he sabido qué hacer con lo que se me cocía en el interior!. Hoy me muero en un beso inmenso, en la boca, de tu lengua, beberme tu saliva, respirar tu aire, entregarte el mío, morder tus labios, lamerte las encías, acariciar el cielo de tu boca imaginando que es realmente el Cielo. Dibujar tus labios carnosos con el borde de mi lengua y pintarlos en transparencias brillantes de saliva fresca y perversa. La magia de la saliva que fluye boca a boca como ríos desbocado, la suavidad de los labios y el vapor del aliento.
En el filo de los días rememoro los versos de Juarroz, aquellos evocadores que dicen:
Regreso de mis restos,
de todo lo caído en el camino,
como un caracol de su rastro viscoso.
Regreso de lo que he abandonado
y de aquello que me ha abandonado,
porque ambas cosas son mis restos.
Salgo a la terraza de mi departamento envuelto por un polar, es invierno en Madrid, me gusta el frío sobre el rostro y me caliento las manos con la matera que despide el olor de la hierba a la que me voy aficionando, observo los cielos nubosos sobre la sierra lejana mientras que dejo el ventanal abierto y una letanía de Piazzola, triste, inunda mi habitación, es la Balada para un loco.
Buenos Aires es una herida que, cada cierto tiempo, manifiesta su dolor. Cuántas veces, cuántas, soñé con el futuro, con mis amores, con el optimismo a flor de piel, mientras pasan, como en un carrusel infinito, las imágenes de la ciudad que dejé atrás, cuando el metro mecía mis pensamientos al volver a casa y en la parada de Dorrego me bajaba antes de mi destino, para pasear por el parque y luego entrar en aquel boliche de la esquina cuyo dependiente me recibía diciendo “llegó el penado 14” pues como español al fin, yo me negaba a proferir la llamada ¡mozo! para el camarero y en su lugar apelaba a las señas. Cuántas noches y madrugadas, cuántas, caminando en la oscuridad junto a ella miedosa que nos asaltaran por Olleros. Aparte de la nombrada conocí más tarde bellas chicas, llenas de entusiasmo y pasión. Los nombres, muy porteños, digo yo, de Patricia, Graciela, Marcela, Nélida, Dinorah significaban veladas extrañas, conversaciones profundas, viajes desconocidos. Una de ellas vivía por Callao por donde podía ver “la luna rodando”. Desde el ventanal de aquel agujero se divisaba la avenida, con sus tonos grises y una nostalgia que aún no percibía, pero presente, como si siempre la hubiese extrañado. Que vivas las estrofas de mi querida Alfonsina Storni en aquellos” Versos a la tristeza de Buenos Aires”
Tristes calles derechas, agrisadas e iguales
por donde asoma, a veces, un pedazo de cielo,
sus fachadas oscuras y el asfalto del suelo
me apagaron los tibios sueños primaverales.
En la noche caminando solo por aquellas calles húmedas, Buenos Aires se me antojaba tétrica, pasmosa, siniestra, entonces creo haber tenido la vaga sensación de un espeso vaho llenando las avenidas, las casas, las pieles. Aquella ciudad era una enorme trampa, o tal vez no, padezco su monotonía. Cada vez que vuelvo a España en el avión de regreso, desde la ventanilla, mirando hacia abajo me despido y pienso cuanto tardaré en volver. Observo el manchón abajo, la urbe pulsando sus melodías de tristeza, de amor, un tango interminable.
Este escrito es también el diario de una obsesión. (Del lat. obsessio, -onis, asedio). 1. f. Perturbación anímica producida por una idea fija. 2. f. Idea que con tenaz persistencia asalta la mente. Rememorar los días como una sucesión de presentes sin admitir cancelaciones ni oportunidades perdidas con la vocación duradera de la alternancia de cuerpos y ciudades. Las palabras me envuelven como el viento y se arremolinan en la memoria. Meter en el mismo saco a la amante infiel, a una ciudad, su olor, su gente, sus gatos tal es el propósito de esta novela o relato pero que digo si Baires no es Roma, aquí lo que puedes ver son jaurías matutinas de chuchos de todas razas unidos a la cintura del paseaperros, el doberman pasea junto al caniche asqueroso que se relame, lo que extraña es que el grande no se coma al chico, por lo menos las pulgas del pasto del parque se socializan, digo chuchos porque son individuos de la raza canina que perdieron su dignidad, son esclavos de la cinta que los ata, da pena su condición.
En aquel continente americano han existido mujeres leves, de poca palabra, que arden por dentro, tienen pequeñas y dulces manos que te hieren como una hoz al tocarte, mujeres silenciosas como una llanura, de ojos tristes, de cabellos de hiedra en cuyos labios llegas a beber el jugo de lluvia de la selva más lejana. Se arquean como el bambú desnudas como una enorme ola, son cuerpos que gastan una piel de la suavidad del caqui, fuego y miel su follaje más umbrío. Ofrecen salvajes besos que mis labios han probado y que me han remontado a sus ancestros indígenas para que oigamos bajo su pecho un corazón palpitante. Mujeres que en la calma lunar del sueño, en el fondo de la noche destilan su veneno letal. Maravillosamente yo he conocido a ese tipo de mujer, la que te abandona con esa misma desgana como te aceptó un día y a la mañana siguiente cuando la echas en falta a tu lado te restriegas los ojos con vidrios rotos para volver a la realidad. Por eso hay una parte de mí que sólo a ella le pertenece. Flor perdida de barrio quien ha probado tu letárgica ponzoña sabe de qué hablo. Pero vamos a ubicarnos primero como dice Wilde "A veces podemos pasarnos años sin vivir en absoluto, y de pronto toda nuestra vida se concentra en un solo instante" y así fue. Dos seres descolocados, completamente diferentes en edad, procedencia, educación y visión del mundo, confluyen en un viejo apartamento en la ciudad austral de Buenos Aires. Juan, español en la cincuentena, zoólogo y ecologista de causas difíciles, en trámites de divorcio, a pesar de las derrotas nunca renegó del marxismo, enarbola una vida sin sentido incapaz de construir nada nuevo, y una joven argentina Valeria en busca de los treinta, dependienta de comercio, se gana la vida como puede los fines de semana, divorciada, fácil y superficial, ambos empiezan una comunicación a través del sexo, nada los une, nadie los puede ubicar en el contexto social de la sociedad bonaerense, no encajan para nada. Él no cree en el destino. No se conforma con lo que le quieren dar, trata aquella relación como un amor convencional, reemprender su vida y cede ante la sonrisa cansada de la afrodita en aquel cuchitril de paredes con tufillo a humedad y noches teñidas de soledades. ¿Pero quién no ha deseado encerrarse en una habitación y dar rienda suelta a los instintos?. ¿Qué son dos cuerpos desnudos, uno frente al otro, mezclando el sudor de sus propias pieles? sentir que la noche es la única dueña que los aprisiona.
Un año después. Cuando escuches que la vida gira sobre un eje podrido, échate a temblar: las ruedas pinchadas no tienen voluntad, pero pueden decidir por ti. Lo más terrible es hacer inventario, volver a mirar el camino recorrido del que no hay vuelta al punto de salida. Tener que volver a sentir, encontrarse de nuevo con los testigos mudos que testifican como granos gruesos de sal que se te pegan a las manos que la acariciaron. Diluyo mis probabilidades de error en buzones sin señas. Me pierdo como una de tantas maletas negras en una terminal de aeropuerto y comienzan a saltar todas las alarmas que olvidé desconectar al vivir con ella. Conocí a una mujer deshabitada. Pero tranquilícense: no tengo el menor deseo de entregarme a sabias digresiones acerca del envejecimiento propio y la pérdida de neuronas. Se trata simplemente de situar este libro en su tiempo. Al escribir, en 2005, las páginas que seguirán a continuación, traté, a veces con una cierta ingenuidad (aunque no siempre he estado convencido de que la ingenuidad sea una tara vergonzosa), de proponer algunas ideas desperdigadas acerca de una relación sentimental ocurrida durante aquel año bisiesto de 2004. Se habla de un sentir popular al considerar a los años bisiestos como períodos de calamidades, desastres, tumultos y guerras y todo ello parece tener su causa precisamente en el origen: febrero es el mes de los muertos en la tradición romana y, por tanto, considerado de influencia aciaga. Añadir un día a febrero es popularmente sinónimo de potenciar esta influencia "anti-vida", esa necesidad de purificación. Ya nos lo recuerdan los numerosos refranes sobre la maldad o maleficio de los año bisiestos que corresponde a todos aquellos años múltiplos de 4 excepto los “últimos de cada siglo” que no sean múltiplo de 400, encontramos unos como "Año bisiesto año siniestro" o "Año bisiesto ni viña ni huerto", o bien "Año bisestil año vil". Otros de igual fario "Año bisiesto, entre el hambre en el cesto"; "Año bisiesto, ni casa ni viña ni huerto ni puerto", Año bisiesto, pocos huevos en el cesto. ....así se escapa la felicidad.....personalmente yo escribiría "Año bisiesto, al final del amor no queda ni el resto". Sabiamente R. Barthes escribe que la escritura es lo único que puede desarrollarse sin lugar de origen. Una vez cada diez mil millones de años se cruzan atrozmente dos cuerpos en la galaxia como lo hicimos nosotros, se abrazan entonces, se besan hasta lo más hondo, se penetran, se destrozan como estrellas olvidadas, como efímeros soles que arden como un solo incendio cada noche, inventando sin reposo el deseo en la ciudad del cielo, Buenos Aires.
He subrayado en una edición bilingüe de Ezra Pound aquellos versos que comienzan así: "I have tried to write Paradise. Do not move......" He intentado escribir Paraíso. No lo muevan que el viento diga que esto es (el) Paraíso. Que los dioses perdonen aquello que hice, que aquellos que amo intenten perdonar“, era del Cantar CXX. De un tiempo que camina hacia atrás, hay en Praga un reloj que camina al revés, las manecillas parecen estar echando las horas en sentido inverso, hacia el pasado. Como en el cuadrante no figuran ni las cifras romanas ni las arábigas, sino las hebreas, para quien no es judío todo esto es misterioso, así es mi vida desde que la conozco, una emoción violenta, mi reloj giraba en sentido contrario al ordinario. Fui a Chacarita la del encuentro obligado como dice el tango, en busca del Altar del Paraíso, con un poco de miedo después de haber visto la esquina donde se lavaba coches un tipo moreno de pelo ensortijado y amplia sonrisa que nos saludó al pasar, luego me acostumbré a saludarle todos los días, en que barrio me había metido, traspasamos la puerta maciza de hierro de color lila y refuerzos de planchas de acero que daba entrada al edificio de vecinos, entramos en aquel largo vestibulo con palmera, estaba recién fregado, mojadas las losetas que ibamos pisando, habían regado con manguera a conciencia, a su final se escondía tu puerta a la izquierda, la PB 11; olía a casa de inquilinos, a vecinos de familia numerosa y era cierto porque en la puerta de al lado estaba entreabierta y aprecié un reguero de pibes diseminados por el suelo, al fondo un patio donde tiradas por el suelo yacían unas bicis viejas, era la antecámara de tu Altar.
Morcillas con verdeo, bife de chorizo, choripan acompañados de una Quilmes o una gaseosa, sobretodo choripán en la Costanera los sábados por la tarde, pronto me hice a aquella rutina (quise poner ruina pero lo dejo como está) me sentía feliz porque te tenía a mi lado, te rodeaba por detrás sentado en un banco de granito mientras la brisa que venía de la Reserva nos pegaba en la cara, el mundo era mío... eras mi pareja, la envidia de muchos en el subte que nos miraban de reojo por lo diferentes que eramos, me hiciste poner jeans y que me afeitase todos los días, te horrorizaba la barba de taliban que viste en fotos, en realidad era una barba que me había dejado crecer para hacer montañismo, para ti debería oler a crema de afeitar, bueno luego me perfumaste con fragancia de Fahrenheit, me acostumbré a todo. Me arrasaste como un tsunami interior, era tu propia simpleza la que me convencía, observarte hacer origami como una niña en el Jardín Japonés me llenaba de admiración como si fueses campeona mundial de ajedrez, me gustaban tus deditos engarzando las piezas dobladas de papel, aquellas manos que luego me acariciaban con maestría, eran las mismas, las manos pequeñas que estrechaba en la calle. Esa debilidad que me provoca el sexo opuesto me pierde sobre todo cuando es dependiente, desesperado como el de ella.
Una noche, como de costumbre, observaba el cielo con mi telescopio. Noté que en un galaxia distante cien millones de años luz se destacaba un cartel donde se había escrito: "Te he visto”.
Italo Calvino. Las cosmicómicas
Preámbulo, los dos éramos adictos al juego de artificio que es el chat, por eso te localicé de pasada, la noche del 11 de enero, ya iba a cerrar la sesión de Yahoo, pero tu nick en francés "toujoursonrits" me llamó la atención, aparecías al final de la columna de conectados, en un chat argentino, ¿quién podría ser? y me metí en el ritual de buscar descifrarnos, ubicarnos en el desorden de la estrella, un sorbo de distracción diario que se convirtió poco a poco en conectarme a la 1 de la madrugada, hora española para adecuarme al cambio horario mientras te durase la plata en el cyber. ¿ Qué enigma podías ocultar bajo aquellas ojeras?. Voy cruzando charcos, he viajado sin billete de vuelta en el furgón de mi penúltima fe. Sin amores rotos por casualidad, otras tardes de domingo como las demás, No hirieron las esquirlas del rencor, sólo limpié el corazón de telarañas de sangre reseca. Hoy, que ya he tomado distancia en todo sentido, pude recuperar todos mis recuerdos, que siguen formando parte de mi ser, y todavía no sé para que sirve todo ese dolor y no creo que sea constructivo ni tampoco necesario. Y no lo digo desde el despecho o el orgullo herido, sino desde la verdad de las acciones. Me abrí a otro mundo más frío, menos auténtico donde me siento como sapo de otro pozo entre tanta nieve. En este espacio de tiempo pude sacar el cuello del abismo del vacío. Los dos años que necesité para rearmarme y renacer en un espacio nuevo han sido la base que me dio la confianza necesaria para empezar de nuevo porque es difícil mojarle la oreja a la soledad. La nostalgia no es un buen negocio y me harté de cambiarle los pañales a la tristeza, brindaré por lo que viene pero no por la preciosa que se va cada vez. La próxima vez que calce zapatos de campeón espero que no me queden tan enormes. Éste el diario escrito por un náufrago extraviado en el invierno alpino del continente europeo, alejado del mundo civilizado en un pueblo de la Baviera alemana que es como decir una isla dentro de Europa, recluido como Casanova en el castillo de Dux en la Bohemia, mientras nieva fuera voy compartiendo el manifiesto del libertino veneciano
“Escribo para matar el fastidio y celebro complacerme en esta ocupación. Si desatino, ¿qué importa? Me basta estar convencido de que me divierto”. Vuelve la necesidad de saber donde estoy, todos los días nos exploramos y contemplamos el desastre de la vida que llevamos. Por aquel entonces tenía dos opciones seguir haciendo viajes imaginarios en Madrid hundido en el ostracismo siguiendo los versos de Baudelaire:" Los verdaderos viajeros son los que viajan sin viajar " o por el contrario dar un portazo y a los 52 años (más tarde supe que Gauguin a la misma edad abandonó Francia hacia los mares del Sur) lanzarme a la aventura de descubrir un nuevo continente y un nuevo amor, describir de forma poética todos los episodios y detalles, por insignificantes que fueran, vividos diariamente a lo largo del viaje por uno de los más apartados lugares de la Tierra, me acordé del poema de Blaise Cendrars: "Y perdí todas mis apuestas. Sólo queda la Patagonia, la Patagonia, que convenga a mi inmensa tristeza y un viaje por los mares del Sur" y me embarqué un 31 de enero del año bisiesto 2004. No fue un alarde.
...Resulta que soy torpe para entender,
como un caballo de ajedrez gastado
salto entre las sombras vuelvo más piantado(*).
Grupo FULANOS DE NADIE
(*)piantado: loco,alocado
Asegura Hugo Pratt el creador del Corto Maltés que hay distintas maneras de descubrir mundos, se puede emprender una fuga o iniciar una novela. Yo emprendí ese orden, primero huí de mi realidad y luego recapitulé. Ciclo, cuando se cruza cualquier frontera conviene no mirar hacia atrás, te atraparía la melancolía, sólo mira al frente hacia lo imprevisto, lo que está por conocer, es el mundo partido en dos, algo dejas en tu camino. Piénsalo bien, estás a punto de echar a rodar de nuevo la bola de nieve; de sobra conoces lo bueno y lo malo que está por venir. Hacía ya tiempo que veía acercarse la tormenta, pero tus ojos siempre me parecieron aguas tranquilas. Todo indicaba que el destino me iba a aplastar como un elefante a un junco, pero yo pensaba que me levantaría intacto. Nadie es capaz de sentir el vértigo en ese momento, aunque acabe de trepar desde el fondo del precipicio y apenas pueda sonreír. Más tarde todo se convierte en hueco que pronunciar, en posibilidad perpetua, recuerdos flotando en el aire. Lector/a que acudes al texto entiendes que la inteligencia es una argucia que tiene prisa, en estas líneas puedes encontrar la memoria episódica que registra los sucesos fechados, es el tiempo quien ilumina los hechos y los espacios, esa memoria posee atributos sensoriales o físicos particulares que siempre tienen referencias autobiográficas, es un egotismo narrativo narcisista con expresiones como prolongación del propio yo personal; una tendencia a la introspección y la ambigüedad como constante; un cierto costumbrismo del coloquialismo campechano en la urbe porteña y eso que a pesar de todo persiste un distanciamiento como táctica dilatoria, además de la presencia de un formulismo erótico y otros endemismos que recuperan el momento antes que el paso del tiempo deforme erosionando el valor emotivo y los convierta en basura mental en un geriátrico. En cuanto al estilo de escribir seguiré la norma flaubertiana: la perfección del estilo consiste en no tenerlo. El estilo es como el agua, es mejor cuanto menos sabe. El pasado en tiempo presente. ¿La forma de exposición es un escrito collage?, ¿qué escrito no es un collage? puede ser una ensalada de novela, un mosaico de teselas de desasosiegos, de jirones de rencor ensamblados con fragmentos humorísticos. Hubo un título de un breve capítulo en un libro de Embriología, en mi segundo año de Biológicas: “Mosaicos y quimeras. Anomalías de los cromosomas sexuales”. Nunca importó que yo supiera que se refería a raros trastornos genéticos, generalmente incompatibles con la vida: el título tuvo siempre para mí vida propia, una fuerza poética incontenible, y persiste en mi memoria, fragmentos y fascinación. Será tal vez por su asociación con el arte y la mitología, que me evoca sucesos misteriosos, objetos bellos, historias fascinantes. No sé.
Próspero el personaje de La tempestad de Shakespeare exclama “estamos hechos de la misma sustancia que los sueños”, ¿Qué pálida estrella me espera?, ¿qué pequeña ninfuela asustada irá a mi encuentro, ¿qué atribulada rutina sin sorpresas me espera?. ¿Sin desafío ninguno cerrará tus días cuando decida que el tiempo ha llegado?. ¿Cómo recordarás lo vivido, la probable trasgresión, el fuego que el tiempo apagará?.¿ Te preguntarás alguna vez si había otro vuelo, otra historia posible, otro salto que nunca te atreviste a imaginar porque para ese no había paracaídas? . La vida ofrece y tomo. La vida se complace en su variedad, en su infinita diversidad, y en la anticipada primavera florezco, acepto y dono. La vida ofrece, y tomo. Nada queda por decir. Pero aún hay espera. En la simple posibilidad de un después se anula toda retirada, todo abandono se cancela. Y se pagará el precio que se pida el que haya que pagar,
no importa cuanto: siempre será menor que el más pequeño de los placeres degustados. Al final, lo único que queda es lo que pasó y fue y nos hizo. No hay nada, nada mejor que sabernos libres. Toda felicidad, toda plenitud, depende de eso.
Llegó tarde, pero llegó, un día decidí dejarme caer del árbol acomodaticio de la vida que llevaba, no sabía si estaba preparado. Tengo que reconocer que no me di cuenta el momento en que rompí mis lazos. Siempre sentí miedo de que esas ataduras pudieran hacer de mí, una fruta amarga, agria, ácida o sencillamente intragable. Experimentando nuevos amores con distintas mujeres me he dado cuenta a la manera de Balzac que no se puede ser amigo de una mujer cuando se puede llegar a ser su amante, que los gustos pueden ser tan simples como la triple c: cultura (libros y música), comida y cama (mujeres), poco importa la lengua del país o la ciudad que habites, si llegas a un sitio y te gusta quédate. Sabrás que corriendo el circuito fangiano de la vida "necesitarás mucha pasión en la vida, porque todo lo que hagas con placer, lo harás bien". Sentía una energía que si no saco fuera se me va a pudrir por dentro. ¡Cuántas veces me he sentido así y no he sabido qué hacer con lo que se me cocía en el interior!. Hoy me muero en un beso inmenso, en la boca, de tu lengua, beberme tu saliva, respirar tu aire, entregarte el mío, morder tus labios, lamerte las encías, acariciar el cielo de tu boca imaginando que es realmente el Cielo. Dibujar tus labios carnosos con el borde de mi lengua y pintarlos en transparencias brillantes de saliva fresca y perversa. La magia de la saliva que fluye boca a boca como ríos desbocado, la suavidad de los labios y el vapor del aliento.
En el filo de los días rememoro los versos de Juarroz, aquellos evocadores que dicen:
Regreso de mis restos,
de todo lo caído en el camino,
como un caracol de su rastro viscoso.
Regreso de lo que he abandonado
y de aquello que me ha abandonado,
porque ambas cosas son mis restos.
Salgo a la terraza de mi departamento envuelto por un polar, es invierno en Madrid, me gusta el frío sobre el rostro y me caliento las manos con la matera que despide el olor de la hierba a la que me voy aficionando, observo los cielos nubosos sobre la sierra lejana mientras que dejo el ventanal abierto y una letanía de Piazzola, triste, inunda mi habitación, es la Balada para un loco.
Buenos Aires es una herida que, cada cierto tiempo, manifiesta su dolor. Cuántas veces, cuántas, soñé con el futuro, con mis amores, con el optimismo a flor de piel, mientras pasan, como en un carrusel infinito, las imágenes de la ciudad que dejé atrás, cuando el metro mecía mis pensamientos al volver a casa y en la parada de Dorrego me bajaba antes de mi destino, para pasear por el parque y luego entrar en aquel boliche de la esquina cuyo dependiente me recibía diciendo “llegó el penado 14” pues como español al fin, yo me negaba a proferir la llamada ¡mozo! para el camarero y en su lugar apelaba a las señas. Cuántas noches y madrugadas, cuántas, caminando en la oscuridad junto a ella miedosa que nos asaltaran por Olleros. Aparte de la nombrada conocí más tarde bellas chicas, llenas de entusiasmo y pasión. Los nombres, muy porteños, digo yo, de Patricia, Graciela, Marcela, Nélida, Dinorah significaban veladas extrañas, conversaciones profundas, viajes desconocidos. Una de ellas vivía por Callao por donde podía ver “la luna rodando”. Desde el ventanal de aquel agujero se divisaba la avenida, con sus tonos grises y una nostalgia que aún no percibía, pero presente, como si siempre la hubiese extrañado. Que vivas las estrofas de mi querida Alfonsina Storni en aquellos” Versos a la tristeza de Buenos Aires”
Tristes calles derechas, agrisadas e iguales
por donde asoma, a veces, un pedazo de cielo,
sus fachadas oscuras y el asfalto del suelo
me apagaron los tibios sueños primaverales.
En la noche caminando solo por aquellas calles húmedas, Buenos Aires se me antojaba tétrica, pasmosa, siniestra, entonces creo haber tenido la vaga sensación de un espeso vaho llenando las avenidas, las casas, las pieles. Aquella ciudad era una enorme trampa, o tal vez no, padezco su monotonía. Cada vez que vuelvo a España en el avión de regreso, desde la ventanilla, mirando hacia abajo me despido y pienso cuanto tardaré en volver. Observo el manchón abajo, la urbe pulsando sus melodías de tristeza, de amor, un tango interminable.
Este escrito es también el diario de una obsesión. (Del lat. obsessio, -onis, asedio). 1. f. Perturbación anímica producida por una idea fija. 2. f. Idea que con tenaz persistencia asalta la mente. Rememorar los días como una sucesión de presentes sin admitir cancelaciones ni oportunidades perdidas con la vocación duradera de la alternancia de cuerpos y ciudades. Las palabras me envuelven como el viento y se arremolinan en la memoria. Meter en el mismo saco a la amante infiel, a una ciudad, su olor, su gente, sus gatos tal es el propósito de esta novela o relato pero que digo si Baires no es Roma, aquí lo que puedes ver son jaurías matutinas de chuchos de todas razas unidos a la cintura del paseaperros, el doberman pasea junto al caniche asqueroso que se relame, lo que extraña es que el grande no se coma al chico, por lo menos las pulgas del pasto del parque se socializan, digo chuchos porque son individuos de la raza canina que perdieron su dignidad, son esclavos de la cinta que los ata, da pena su condición.





