CAP.4 ESCUCHÉ A LA TIERRA
CAP.4 ESCUCHÉ A LA TIERRA
Souvent le rêve est l'offrande de l'éclat.
Roger Caillois
Volamos juntos al Sur al día siguiente de mi llegada a Buenos Aires. Aquí ya no soy el hombre de pies cansados, sobre esta tierra terriblemente siento girar la mañana, me empuja el viento, la lentitud es belleza, aquí llego al centro de todo, sensación telúrica, soy un grano ínfimo, una señal en el aire, el brillo de la escama. Me siento energético y lejos, cada vez más lejos. Planicies desoladas, tundras vacías bajo nubes veloces. Un viento seco y frío asola el camino en rachas violentas.
El psiquismo se nutre de un pathos suscitado por la inmensidad del medio que aturde con su superficie exenta de límites, por la ausencia de seres vivos cuando atravesamos este espacio. Hacer un alto en este universo de piedra y cielo percibiendo la intensidad de la soledad, todo ello provoca un estado transitorio de libertad pero también nos hace sufrir su opresión, es como sentir el reflujo de la vida exterior que nos arranca una hemorragia interna en la vida interior, uno se vacía y se es más propicio a los delirios, suscita en respuesta un escalofrío de amenaza, esta atracción por el espacio mineral es arcaico, subyace en nosotros, la tierra pelada puesta al desnudo, la naturaleza azotada por el viento, todo irrita los sentidos, es la regresión.
Hay cosas que debo olvidar y cosas que nunca olvidaré. De todo el periplo por el Sur hay huellas en mí que nunca borraré. Una es la tierra. Fue el otro encuentro. Eso si caló en mi. "La tierra de los hombres libres y fuertes" la tituló Humboldt a la Patagonia. Hay lugares que sólo se pueden vivir y sobran las palabras, en los que no hace falta acudir a la imaginación, territorios de cuya existencia tenemos información por otros que siempre creemos exagerada pero que al entrar en contacto nos deslumbran y extrañan, su poder de fascinación desborda la realidad. Allá en el Sur profundo donde se pierde cualquier sentido, la brújula interna se desmagnetiza , no hay cabida para símbolos, la atmósfera fluye de la tierra que pisas y te envuelve. Cervantes dijo que América es el sitio de los desesperados pero no dijo cuantas desesperanzas están por llegar. Decía F. Coloane el patriarca chileno de los umbrales preantárticos "la naturaleza primero lo desintegra a uno, y luego lo integra a ella como uno de los elementos" y que razón tenía Don Pancho. Un viaje a tierras desconocidas siempre es una buena fuente para elaborar teorías. Supongo que es debido a que la principal ocupación es observar. Está confirmado que la curiosidad es una de las actividades cerebrales que más energía gasta dentro de los primates. De ahí que el viajero se desplome sobre la cama después de “no haber hecho nada” en todo el día más que mirar a su alrededor. Y miré.
Un texto escrito es como una vida es más rico en tanto es capaz de transformarse en otra cosa, expandirse en asociaciones, es como una piedra dibujando ondas concéntricas en el agua al lago que fue arrojada. Tras el impacto, las ondas son más amplias, pero más débiles y terminan perdiéndose. ¿Qué pasaría si otra piedra cae en medio de alguna de esas ondas, creando las suyas propias?. Una vida entra en contacto con otra vida. La ficción se nutre entonces de la transformación imaginaria de la realidad. Para que la identidad personal pueda formarse, - la memoria, el apego- es necesario que exista una relación de interdependencia equilibrada entre recuerdo y olvido.
El bueno de Platón comentaba que hay dos maneras por las que un humano se le ofusque la mirada, una al pasar de la luz a las tinieblas y al pasar de las tinieblas a la luz. Averiguará que al pasar de una mayor ignorancia a una mayor luz se deslumbrará por el exceso de ésta y así considerará dichosa al alma, que de tal manera se conduce y se vive. Los discípulos de la Academia deberían haber conocido los Bosques Patagónicos, también llamados Subantárticos o Andinos-Patagónicos que se extienden como una estrecha franja recostada sobre el macizo cordillerano desde el norte del Neuquén hasta Tierra del Fuego e Isla de los Estados. Como Gustavo Aschenbach en la Venecia decrépita no me sentía con ganas de auto cuestionarme, me cegaba el paisaje y me cegaba ella, la miraba todo el tiempo que podía de manera inquisitiva, "Son, seguramente, los dioses los que de tal modo paralizan nuestro valor a la vista del objeto amado" escribía T. Mann.
Durante los diez días del viaje por el sur del país no la toqué, "saber que duermes tú, cierta, segura, cauce fiel de abandono, línea pura, tan cerca de mis brazos maniatados" ( G. Diego) solo me dediqué a fotografiarla por doquier, en los glaciares ella se paseaba por la cubierta del barco como una chiquilla, la perseguía buscando la instantánea de su pelo ondeando en cubierta contemplando las pingüineras, me fui enamorando de su mirada triste y de su miedo a todo, ya me sacó de quicio en algún momento por sus antojos o desplantes, me veía como James Mason en la Lolita de Kubrick ¿habría algún dentista camuflado entre los pasajeros que la observaba?, pero transigía intentando conocer su carácter y vos con una mirada de esas que hacen cosquillas secuestraste mi corazón, Freud ya intentó explicarlo: “el amor es la sobrevaloración del objeto en el cual se depositó la libido”, bingo abuelo.
La nieve que todo lo blanquea
y sepulta, fulgurante y obstinada.
Rolando Cárdenas
En el periplo por Tierra de Fuego escuché la Tierra y su silencio y aprendí a mirar tus ojos recelosos que se refugiaban mirando las paredes de hielo desmoronarse.... a enamorarme de ellos. Patagonia era el rumbo de los sueños y mis sueños son como los glaciares, los acumulé durante el viaje, sueños de amor y sueños de un país. El viento patagónico recorre tu cabello guardando la memoria de nuestros pasos. Invadidos por el viento penetrante que asola la cubierta del barco que nos lleva hacia el glaciar que se desgaja hace siglos algo va cayendo dentro de mi, en el fin del mundo cercado de hielos encuentro otro fuego. Me quema la cara por el aire frío.
Si hubiera en total
dos sitios,
sería el segundo
el fin del mundo,
el sur del sur....
Jorge Drexler
"Terra Australis Incognita"
La Tierra de Karukinka, como la llamaron los Onas o Selk’nam, antiguos habitantes nativos de la isla, es conocida hoy como Tierra del Fuego.
Desde que Magallanes la descubriera en 1520, la Patagonia fue conocida como una región de espesas nieblas y huracanes en los confines del mundo habitado. La palabra "Patagonia", como Mandalay o Tombuctú, se instaló en la imaginación occidental como metáfora del Final. El punto del Sur más allá del cual nadie podía ir.
Las expediciones de Hernando de Magallanes (1519-1522) y Juan Sebastián Elcano, navegaron hacia el sur en busca de la ‘Terra Australis Incognita’.
A raíz de que una de las naves de la expedición tuviera que refugiarse en tierra por culpa de los temporales, el capitán general ordenó el desembarco para invernar en la bahía de San Julián. Aquí es donde, meses más tarde, tiene lugar el primer encuentro entre el hombre blanco y los indios de la zona. Pigaffeta, cronista del viaje de Magallanes, narra el acontecimiento, dando así origen a la leyenda de los ‘hombres gigantes’:
"Arrancando de allí, alcanzamos hasta los 49 grados del Antártico. Echándose encima el frío, los barcos descubrieron un buen puerto para invernar. Permanecimos en él dos meses, sin ver a persona alguna. Un día, de pronto, descubrimos a un hombre de gigantesca estatura, el cual, desnudo sobre la ribera del puerto, bailaba, cantaba y vertía polvo sobre su cabeza. Mandó el capitán general a uno de los nuestros hacia él para que imitase tales acciones en signo de paz y lo condujera ante nuestro dicho jefe, sobre una islilla. Cuando se halló en su presencia, y la muestra, se maravilló mucho, y hacía gestos con un dedo hacia arriba, creyendo que bajábamos del cielo. Era tan alto él, que no le pasábamos de la cintura, y bien conforme; tenía las facciones grandes, pintadas de rojo, y alrededor de los ojos, de amarillo, con un corazón trazado en el centro de cada mejilla. Los pocos cabellos que tenía aparecían tintos en blanco, vestía piel de animal, cosida sutilmente en las juntas."
El capitán Magallanes llamó a los indios "Patagones".
Fue visto, a los seis días, un gigante, pintado y vestido de igual suerte, por algunos que hacían leña. Empuñaba arco y flechas [...] Este era más alto aún y mejor constituido que los demás, y tan tratable y simpático. Frecuentemente bailaba, y, al hacerlo, más de una vez hundía los pies en tierra hasta un palmo [...]
Los españoles llaman patudo o patón al individuo de pies grandes. En su Historia de las Indias decía Oviedo y Valdés en 1535 que "...nuestros españoles les llaman patagones por sus grandes pies» y análogamente dice López de Gomara en1552: .... que tienen disformes los pies, por lo cual les llaman patagones
El origen del vocablo podría provenir del siglo XV de un fabuloso monstruo con cabeza de perro llamado «Pathagon», de la novela "Primaleón". Salamanca en 1512, o también con el título de Libro segundo de Palmerín, obra de Fsco.Vázquez vecino de Ciudad Rodrigo. No entendemos a Magallanes como lector de este tipo de novela de caballerías, la obra relata la vida y aventuras caballerescas de Primaleón, hijo primogénito de Palmerín de Oliva y la Emperatriz Polinarda, y su amor por la esquiva Gridonia, hija del Duque de Ormedes, así como los hechos de su medio hermano Polendos, hijo de Palmerín y de la Reina de Tarsi, y los amores de su hermana Flérida con Don Duardos, Príncipe de Inglaterra.
El protagonista curiosamente llega a una isla apartada, en cuyo interior habita el monstruo Patagón:
"Mas todo es nada con un hombre que agora ay entr'ellos que se llama Patagón. Patagón dizen que lo engendró un animal que ay en aquellas montañas, qu'es el más dessemejado que ay en el mundo, salvo que tiene mucho entendimiento y es muy amigo de las mugeres."
Pero en la misma novelita encontramos el verdadero significado que le da el autor
"Y dizen que ovo que aver con una de aquellas patagonas, que ansí las llamamos nosotros por salvajes."
Esta criatura deforme, de "gran fealdad" y "vista espantosa" recuerda al Ardán Canileo el Temido rey gigantesco "que apenas fallava cavallo que lo traer pudiesse" del Amadís de Gaula. La asociación lingüística se le habría ocurrido a Pigaffeta al recordar el texto caballeresco y constatar en la realidad, la extraña figura de aquellos hombres de enormes proporciones y estado salvaje, tan solo comparables al furioso gigante de la novela "el rostro avia grande y romo de la fechura de can, y por esta semejança le llamaban Canileo".O bien de los indios de Angaman que describe Marco Polo.
"Angaman es una isla muy grande, sin ley ni rey. Son idólatras, viven como los animales salvajes. Y tenemos que apuntar en el libro una extraña visión de estas gentes. En esta isla los hombres tienen cabeza y dientes de perro, y en su fisonomía parecen enormes mastines. Son muy crueles y antropófagos y se comen cuantos hombres prenden que no sean de sus gentes. Tienen especias variadas en abundancia. Se alimentan de arroz, leche y toda clase de carnes."
Literaturas aparte me inclino por el origen etnográfico. La mayor parte de los autores ha sostenido que Magallanes puso el nombre de ‘patagones’ a aquellos moradores que encontró en las tierras del sur por las grandes huellas que dejaban en la nieve (‘pata grande’). La explicación al respecto resulta sencilla: para resguardarse del frío los tehuelches cubrían sus pies con unas sandalias de piel de guanaco que hacían que sus huellas fueran descomunales a los ojos de los españoles.
J. L. Borges, dijo una vez sobre la Patagonia: "allí no se encuentra nada... no hay nada" (....). ¿Qué vio realmente? .
Pero llegará el día en que me convierta en tu nagual y de golpe encuentres un hueco nuevo a lado tuyo jugando con los grillos del alba sin percibir el silencio entre abrazo y abrazo y descubras que el placer es como una matrioshka que se abre una y aparece otra....hasta que estallas; cuando descubramos las manías mutuas y te andes quitando las huellas del peso de la noche y por la mañana vuelvas al trabajo con mi olor pegado, mientras tanto toma apunte: te huelo a clementina el cuello te mangomastico te papayeo te cartografío a ciegas, muéstrame ya donde tu rompeolas tu bahía íntima tu zozobra, mi naufragio.
Enfrascados en el maremagnum de un bosque de lengas en sus ramas y troncos es común toparnos con "nudos" (agallas) consecuencia de la acción de hongos como el pan de indio (Cyttaria darwinii), era alimento para los yaganes y el llao-llao (Cyttaria hariotti) muy consumido por roedores. Estos hongos provocan un nudo en la madera, a menudo vistoso y es aprovechado ornamentalmente. Los troncos pueden estar recubiertos por epifíticas del género Usnea sp. liquen comúnmente llamado "barba de viejo", debido a su forma de largas cintas que cuelgan de los troncos. De a poco que removamos el suelo nos encontramos con el Caballito (Aegorhinus vitulus) coleóptero curculiónido. Los onas de Tierra del Fuego lo consideraban sagrado (reencarnación de hechicero). Evitaban pisarlo y procuraban moverlo del camino (sigamos su ejemplo). Comen corteza de lengas, ñires y coihues (los adultos tienen fuertes mandíbulas). Su cabeza alargada recuerda un caballo (de ahí su nombre). El Farolito: Myzodendron punctulatum o Velo de novia como el muérdago nuestro, la succión de la savia bruta de la planta la realiza por medio de haustorios (raicillas), de forma globular y color amarillo, o verdoso vivaz. Exhiben inflorescencias frecuentadas por insectos. Sus frutos parecen "pelos", dispersados por el viento. El Taladro (Adalbus crassicornis) otro escarabajo cerambícido que perfora las cortezas, favoreciendo el ataque de hongos. Los árboles responden acumulando taninos que tienden a evitar estos ataques. Los inconfundibles pájaros carpinteros magallánicos (Campephilus magellanicus) controlan sus larvas con su largo pico, el macho destaca con su espectacular cabeza roja y cuerpecito negro.
Los arbustos espinosos como el calafate, la chaura, y el michay - de flores anaranjadas-, crecen en el sotobosque. En los suelos más húmedos se desarrolla la frutilla del diablo Gunnera magellanica , sus hojas son grandes y carnosas, durante el verano el sotobosque patagónico se cubre con su frutilla de color rojizo.
El género Nothofagus forma parte de la familia de las Fagáceas, estrechamente emparentadas con las “nuestras hayas europeas” del género Fagus, bien conocidas en el Hemisferio Norte. De hecho, su nombre en latín significa “falsa haya”. Con un total de 40 especies en el mundo este género, en América encontramos 9 especies, todas ellas conforman el bosque andino patagónico que comparten la Argentina y Chile. Los bosques de ñires, lengas y coihues toman un tono característico cuando llega el otoño y dando a los árboles una gama multicolor, desde el rojo intenso pasando por los matices del dorado al anaranjado.
Otros montañeros amantes de los hielos como el padre salesiano Alberto De Agostini (1883-1960) se maravillaba también de estas paredes "Centenares de picos, de cándidos macizos caprichosamente revestidos de hielo, osadas agujas de granito y de esquistos arcillosos" pero yo no sabía que me fascinaban más si las montañas cargadas de hielo u observarte detenidamente cuando posabas para la cámara, doble fascinación.
Cosas que si llegué a conservar. De los pocos objetos que atesoro en mi casa de Madrid de aquel viaje una reproducción de una máscara Ona de las dos que traje, la otra se quebró en un traslado, un tronquito de guindo parasitado por el hongo dando forma a una especie de variz extravagante, un bloque negro de piedra pulida con la silueta de un cormorán en el envés pintada a mano y luego pulida además de un puñado de piedras del borde del litoral fueguino, (estas últimas me fueron casi esquilmadas por una inesperada visita amorosa pero ese otro tema del que hablaré en otro momento), un corazón desbordado y unas ganas locas de volver.
Recordé las palabras leídas de Darwin cuando estudiaba mi primer año de Biológicas en Madrid, éste escribía en" El viaje del Beagle":
"Al evocar imágenes del pasado, frecuentemente cruzan ante mis ojos las planicies de la Patagonia; sin embargo, todos las califican de horribles e inútiles. Entonces. ¿Por qué esas áridas extensiones se han aferrado a mi memoria con tanta firmeza?",
en aquél entonces guardé la sensación que algún día estaría donde estuvo Darwin y ahora se está cumpliendo mi sueño. Alternando con los bosques patagónicos encontramos las turberas o túrbales, áreas anegadizas ocupadas por musgos del género Sphagnum magellanicum, son un rasgo característico del paisaje de Tierra del Fuego. La turba está constituida por restos de vegetales, principalmente de musgos del género Sphagnum y de algunas gramíneas y juncáceas acumulados y comprimidos en depresiones del relieve.
El proceso de formación de turba sólo es posible en ambientes húmedos, donde se registran bajas temperaturas que impiden la descomposición de la materia orgánica. De este modo, bajo presión y en un ambiente sin oxígeno y ácido, se produce una lenta acumulación y compresión de las plantas que mueren, produciendo la turba. Los turbales tienen una enorme capacidad para la retención de agua y ello se debe a las propiedades absorbentes del musgo Sphagnum. Por tanto, los turbales son activos creadoras de la humedad ambiental.
Cuanto más permanezco en el Sur más me acuerdo la novela que escribió Julio Verne, "Le Phare du bout du Monde". En su libro, Verne cuenta una historia de piratas en la Isla de los Estados: los torreros argentinos Vázquez, Moriz y Felipe, que llegaban al comienzo de la novela a custodiar aquel territorio, deben enfrentarse a una banda de delincuentes refugiada en una caverna de aquel inhóspito lugar. Los piratas eran doce. Su trabajo era saquear los barcos que tenían la desgracia de naufragar frente a las costas de la isla. Cuando son descubiertos, se enfrentan salvajemente con los torreros argentinos y matan a dos de ellos (Moriz y Felipe), mientras que Vázquez sigue de cerca los movimientos de la banda. Estos reparan una goleta para huir con el botín hacia el Pacífico. En tanto, se produce un nuevo naufragio. El único sobreviviente del mismo, es John Davis, que es asistido por Vázquez, con quién logra derrotar a los piratas. Navíos argentinos vienen en busca de los torreros y logran llevar cautivos algunos de los piratas, luego de una persecución por toda la isla (capítulo en el que el escritor describe casi con exactitud las características geográficas de la Isla). Sobre el final de la historia y mientras los bandidos que quedan mueren de hambre, aterrado ante su inminente captura y traslado para ser juzgado y castigado en Buenos Aires, el jefe de la banda se suicida en frente al Faro del fin del Mundo. Trágico final que hacía soñar mi mente juvenil. Este faro era la única luz que tenían los navegantes en el mar austral y también la última antes de lo desconocido. Era común que las naves naufragaran víctimas de las feroces tormentas, las inmensas olas y las rocas de la zona. Fue guía de una infinita cantidad de barcos que, a partir de su emplazamiento, vieron facilitado el camino a través del Pasaje de Drake hacia el Océano Pacífico.
La vida tiene caprichosas trampas nos lleva de aquí a allá y aquí estamos finalmente donde el círculo de la tierra se cierra sobre nosotros, donde los meridianos confluyen en el círculo polar antártico. “Nunca he conocido a nadie que se haya visto tan diametralmente opuesto a sus deseos”, escribió Roald Amundsen. “Desde niño he soñado con llegar al Polo Norte, y heme aquí, en el Polo Sur”. Eran aquellas historias de navegantes y travesías por los mares del mundo que devoraba cuando no existía la televisión y mi único alimento eran los libros y la radio.
Estoy en la punta sur del continente americano. Allí se extiende la Patagonia, una tierra de extremos, de frío y calor alternos, de lluvias torrenciales y ásperos vientos, de desiertos helados y montañas salvajes, que atrajo a aventureros de toda especie y condición: pistoleros míticos, aviadores, héroes, villanos, locos y hombres que quisieron ser reyes y dignos anarquistas que defendieron su vida contra las injusticias sociales. Más allá, en la Tierra de Fuego, se unen las dos masas de agua más grandes del planeta, el océano Atlántico y el Pacífico, empeñados en desgarrar ese remate del continente americano hasta convertirlo en una maraña de canales, glaciares y montañas. Es un paisaje hermoso y torturado, sojuzgado por huracanes continuos y temibles tormentas. Una tierra de contrastes categóricos: en ningún otro lugar del planeta, ni siquiera durante las tormentas monzónicas en el Himalaya, se padecen los infinitos cambios de la naturaleza que sacuden esta región del fin del mundo. La lluvia y el viento, las nubes y el sol, se suceden como en el juego de ruleta. El mar furioso que bate estos arrecifes recuerda el coraje de aquellos grandes navegantes que se atrevieron a cruzar estos mares: el portugués Magallanes, los españoles Ladrillero y Sarmiento de Gamboa, el pirata inglés Drake.
Desde siempre, el Sur ha ejercido una fascinación en mi psique. Del mismo modo que una aguja magnética señala al Norte, mi horizonte mental parece imantado por esas tierras que apenas son tierra, ese gran continente helado y misterioso donde el hombre apenas ha puesto el pie. Fueron los griegos –que no lo visitaron, ni tuvieron oportunidad alguna de visitarlos quienes lo bautizaron. En un armonioso ejercicio de simetría, supusieron que debía de existir una masa de tierra fría similar a la del norte (Arktós, el Ártico), pero en el polo opuesto de la Tierra. La denominaron Ant-Arktos: la Antártida.
La Antártida ese continente de los mayores superlativos: el más frío, el más desolado, el más inaccesible, el más remoto. Antes incluso que los griegos, el Libro de Job parecía referirse a la Antártida cuando escribió estos versos:
“¿De qué vientre sale el hielo? ¿Y la escarcha del cielo, quién la da a luz cuando las aguas se endurecen como piedra y se congela el haz del abismo?”.
Desde el Canal del Beagle me queda el gusto por el salto a la Antártida que queda todavía lejos pero está ahí esperándome enfrente, en lejanía, la grandeza de esos paisajes que, como dice el geógrafo Eduardo Martínez de Pisón, son “de antes o de después del hombre”, un lugar tan vasto y misterioso con la atracción de la cara oculta de la Luna, un desierto inmaculado, con el sol colgado eternamente del cielo y un frío que no parece de este mundo.
En ningún lugar como en la Antártida es visible esa contradicción que emana de los grandes espacios salvajes, la belleza y el peligro supremos, un ansia de pureza y de soledad que, tal vez, saque lo mejor de nosotros mismos. Recuerdo aquellas palabras de Mary Shelley que escribió en su Frankenstein:
“En vano trato de convencerme de que el Polo es un lugar de hielo y desolación: siempre se me aparece, en la imaginación, como un sitio de encanto y belleza. Allí el sol siempre es visible… ¿Qué puede ser imposible en una tierra de luz eterna?”.
En pocos lugares como en la Antártida la tierra donde uno debe alcanzar a comprender que, más que una geografía, es un espacio mental, el escenario de un sueño compuesto de líneas imaginarias, En los mapas no aparece más que una inmensa masa de hielo de 14 millones de kilómetros cuadrados (el tamaño de EE UU y México juntos) que en invierno prácticamente duplica su extensión al congelarse el mar que la circunda. La majestuosa danza de los icebergs, flotando sobre un océano increíblemente azul, da la impresión de un paisaje imposible, un espacio soñado únicamente por el poeta visionario del Libro de Job. El continente blanco, la Antártida, nos debe mostrar toda su despiadada desmesura, una suma viva de contradicciones absolutas (la belleza y el frío, la vida y la muerte) flotando entre los grandes témpanos a la deriva. De cuando en cuando, el chorro de una ballena o el vuelo de un albatros gigante me acompañan en la imaginación de la travesía. Si en el interior del continente nada se mueve, excepto el viento, en cambio, el mar que lo baña, el océano Antártico, es el más rico de todos los océanos del planeta: biológicamente es seis veces más productivo que el resto de los mares del mundo juntos. Espectáculo sobrecogedor; la visión de esas llanuras desoladas, recorridas por vientos feroces y defendidas por murallas de hielo, durante seis meses al año, el gran desierto helado yace cubierto por la oscuridad de la noche polar. Los otros seis meses, una fría claridad de acero lo ilumina sin descanso. La Antártida es sólo el quinto continente más extenso del planeta, pero, sin embargo, es el más alto, el más seco, el más frío y el más ventoso. Todo es desmesurado y hasta la ausencia de vida viene determinada por un elemento: el hielo. El 99% de su superficie está cubierta por el hielo y es culpable de la tremenda paradoja de que, a pesar de tener unas precipitaciones comparables al desierto del Sahara, atesore en sus entrañas la mayor reserva de agua dulce del planeta.
En ese momento Edurne se sintió abotargada, abandonó la lectura y se adormeció recalando en su estrecho asiento de turista. Edurne comenzaba a sentir el cambio de horarios. Pero no durmió demasiado, entre sueños se presentaban imágenes de su infancia junto a su padre, volvió a abrir los ojos, ya desvelada se levantó y fue a darse un paseo por el pasillo del avión, la gente dormitaba, se acercó a pedir algo de líquido a las azafatas, una vez estirado el cuerpo retomó el cuaderno y siguió leyendo cuyo título le llamó la atención.
Souvent le rêve est l'offrande de l'éclat.
Roger Caillois
Volamos juntos al Sur al día siguiente de mi llegada a Buenos Aires. Aquí ya no soy el hombre de pies cansados, sobre esta tierra terriblemente siento girar la mañana, me empuja el viento, la lentitud es belleza, aquí llego al centro de todo, sensación telúrica, soy un grano ínfimo, una señal en el aire, el brillo de la escama. Me siento energético y lejos, cada vez más lejos. Planicies desoladas, tundras vacías bajo nubes veloces. Un viento seco y frío asola el camino en rachas violentas.
El psiquismo se nutre de un pathos suscitado por la inmensidad del medio que aturde con su superficie exenta de límites, por la ausencia de seres vivos cuando atravesamos este espacio. Hacer un alto en este universo de piedra y cielo percibiendo la intensidad de la soledad, todo ello provoca un estado transitorio de libertad pero también nos hace sufrir su opresión, es como sentir el reflujo de la vida exterior que nos arranca una hemorragia interna en la vida interior, uno se vacía y se es más propicio a los delirios, suscita en respuesta un escalofrío de amenaza, esta atracción por el espacio mineral es arcaico, subyace en nosotros, la tierra pelada puesta al desnudo, la naturaleza azotada por el viento, todo irrita los sentidos, es la regresión.
Hay cosas que debo olvidar y cosas que nunca olvidaré. De todo el periplo por el Sur hay huellas en mí que nunca borraré. Una es la tierra. Fue el otro encuentro. Eso si caló en mi. "La tierra de los hombres libres y fuertes" la tituló Humboldt a la Patagonia. Hay lugares que sólo se pueden vivir y sobran las palabras, en los que no hace falta acudir a la imaginación, territorios de cuya existencia tenemos información por otros que siempre creemos exagerada pero que al entrar en contacto nos deslumbran y extrañan, su poder de fascinación desborda la realidad. Allá en el Sur profundo donde se pierde cualquier sentido, la brújula interna se desmagnetiza , no hay cabida para símbolos, la atmósfera fluye de la tierra que pisas y te envuelve. Cervantes dijo que América es el sitio de los desesperados pero no dijo cuantas desesperanzas están por llegar. Decía F. Coloane el patriarca chileno de los umbrales preantárticos "la naturaleza primero lo desintegra a uno, y luego lo integra a ella como uno de los elementos" y que razón tenía Don Pancho. Un viaje a tierras desconocidas siempre es una buena fuente para elaborar teorías. Supongo que es debido a que la principal ocupación es observar. Está confirmado que la curiosidad es una de las actividades cerebrales que más energía gasta dentro de los primates. De ahí que el viajero se desplome sobre la cama después de “no haber hecho nada” en todo el día más que mirar a su alrededor. Y miré.
Un texto escrito es como una vida es más rico en tanto es capaz de transformarse en otra cosa, expandirse en asociaciones, es como una piedra dibujando ondas concéntricas en el agua al lago que fue arrojada. Tras el impacto, las ondas son más amplias, pero más débiles y terminan perdiéndose. ¿Qué pasaría si otra piedra cae en medio de alguna de esas ondas, creando las suyas propias?. Una vida entra en contacto con otra vida. La ficción se nutre entonces de la transformación imaginaria de la realidad. Para que la identidad personal pueda formarse, - la memoria, el apego- es necesario que exista una relación de interdependencia equilibrada entre recuerdo y olvido.
El bueno de Platón comentaba que hay dos maneras por las que un humano se le ofusque la mirada, una al pasar de la luz a las tinieblas y al pasar de las tinieblas a la luz. Averiguará que al pasar de una mayor ignorancia a una mayor luz se deslumbrará por el exceso de ésta y así considerará dichosa al alma, que de tal manera se conduce y se vive. Los discípulos de la Academia deberían haber conocido los Bosques Patagónicos, también llamados Subantárticos o Andinos-Patagónicos que se extienden como una estrecha franja recostada sobre el macizo cordillerano desde el norte del Neuquén hasta Tierra del Fuego e Isla de los Estados. Como Gustavo Aschenbach en la Venecia decrépita no me sentía con ganas de auto cuestionarme, me cegaba el paisaje y me cegaba ella, la miraba todo el tiempo que podía de manera inquisitiva, "Son, seguramente, los dioses los que de tal modo paralizan nuestro valor a la vista del objeto amado" escribía T. Mann.
Durante los diez días del viaje por el sur del país no la toqué, "saber que duermes tú, cierta, segura, cauce fiel de abandono, línea pura, tan cerca de mis brazos maniatados" ( G. Diego) solo me dediqué a fotografiarla por doquier, en los glaciares ella se paseaba por la cubierta del barco como una chiquilla, la perseguía buscando la instantánea de su pelo ondeando en cubierta contemplando las pingüineras, me fui enamorando de su mirada triste y de su miedo a todo, ya me sacó de quicio en algún momento por sus antojos o desplantes, me veía como James Mason en la Lolita de Kubrick ¿habría algún dentista camuflado entre los pasajeros que la observaba?, pero transigía intentando conocer su carácter y vos con una mirada de esas que hacen cosquillas secuestraste mi corazón, Freud ya intentó explicarlo: “el amor es la sobrevaloración del objeto en el cual se depositó la libido”, bingo abuelo.
La nieve que todo lo blanquea
y sepulta, fulgurante y obstinada.
Rolando Cárdenas
En el periplo por Tierra de Fuego escuché la Tierra y su silencio y aprendí a mirar tus ojos recelosos que se refugiaban mirando las paredes de hielo desmoronarse.... a enamorarme de ellos. Patagonia era el rumbo de los sueños y mis sueños son como los glaciares, los acumulé durante el viaje, sueños de amor y sueños de un país. El viento patagónico recorre tu cabello guardando la memoria de nuestros pasos. Invadidos por el viento penetrante que asola la cubierta del barco que nos lleva hacia el glaciar que se desgaja hace siglos algo va cayendo dentro de mi, en el fin del mundo cercado de hielos encuentro otro fuego. Me quema la cara por el aire frío.
Si hubiera en total
dos sitios,
sería el segundo
el fin del mundo,
el sur del sur....
Jorge Drexler
"Terra Australis Incognita"
La Tierra de Karukinka, como la llamaron los Onas o Selk’nam, antiguos habitantes nativos de la isla, es conocida hoy como Tierra del Fuego.
Desde que Magallanes la descubriera en 1520, la Patagonia fue conocida como una región de espesas nieblas y huracanes en los confines del mundo habitado. La palabra "Patagonia", como Mandalay o Tombuctú, se instaló en la imaginación occidental como metáfora del Final. El punto del Sur más allá del cual nadie podía ir.
Las expediciones de Hernando de Magallanes (1519-1522) y Juan Sebastián Elcano, navegaron hacia el sur en busca de la ‘Terra Australis Incognita’.
A raíz de que una de las naves de la expedición tuviera que refugiarse en tierra por culpa de los temporales, el capitán general ordenó el desembarco para invernar en la bahía de San Julián. Aquí es donde, meses más tarde, tiene lugar el primer encuentro entre el hombre blanco y los indios de la zona. Pigaffeta, cronista del viaje de Magallanes, narra el acontecimiento, dando así origen a la leyenda de los ‘hombres gigantes’:
"Arrancando de allí, alcanzamos hasta los 49 grados del Antártico. Echándose encima el frío, los barcos descubrieron un buen puerto para invernar. Permanecimos en él dos meses, sin ver a persona alguna. Un día, de pronto, descubrimos a un hombre de gigantesca estatura, el cual, desnudo sobre la ribera del puerto, bailaba, cantaba y vertía polvo sobre su cabeza. Mandó el capitán general a uno de los nuestros hacia él para que imitase tales acciones en signo de paz y lo condujera ante nuestro dicho jefe, sobre una islilla. Cuando se halló en su presencia, y la muestra, se maravilló mucho, y hacía gestos con un dedo hacia arriba, creyendo que bajábamos del cielo. Era tan alto él, que no le pasábamos de la cintura, y bien conforme; tenía las facciones grandes, pintadas de rojo, y alrededor de los ojos, de amarillo, con un corazón trazado en el centro de cada mejilla. Los pocos cabellos que tenía aparecían tintos en blanco, vestía piel de animal, cosida sutilmente en las juntas."
El capitán Magallanes llamó a los indios "Patagones".
Fue visto, a los seis días, un gigante, pintado y vestido de igual suerte, por algunos que hacían leña. Empuñaba arco y flechas [...] Este era más alto aún y mejor constituido que los demás, y tan tratable y simpático. Frecuentemente bailaba, y, al hacerlo, más de una vez hundía los pies en tierra hasta un palmo [...]
Los españoles llaman patudo o patón al individuo de pies grandes. En su Historia de las Indias decía Oviedo y Valdés en 1535 que "...nuestros españoles les llaman patagones por sus grandes pies» y análogamente dice López de Gomara en1552: .... que tienen disformes los pies, por lo cual les llaman patagones
El origen del vocablo podría provenir del siglo XV de un fabuloso monstruo con cabeza de perro llamado «Pathagon», de la novela "Primaleón". Salamanca en 1512, o también con el título de Libro segundo de Palmerín, obra de Fsco.Vázquez vecino de Ciudad Rodrigo. No entendemos a Magallanes como lector de este tipo de novela de caballerías, la obra relata la vida y aventuras caballerescas de Primaleón, hijo primogénito de Palmerín de Oliva y la Emperatriz Polinarda, y su amor por la esquiva Gridonia, hija del Duque de Ormedes, así como los hechos de su medio hermano Polendos, hijo de Palmerín y de la Reina de Tarsi, y los amores de su hermana Flérida con Don Duardos, Príncipe de Inglaterra.
El protagonista curiosamente llega a una isla apartada, en cuyo interior habita el monstruo Patagón:
"Mas todo es nada con un hombre que agora ay entr'ellos que se llama Patagón. Patagón dizen que lo engendró un animal que ay en aquellas montañas, qu'es el más dessemejado que ay en el mundo, salvo que tiene mucho entendimiento y es muy amigo de las mugeres."
Pero en la misma novelita encontramos el verdadero significado que le da el autor
"Y dizen que ovo que aver con una de aquellas patagonas, que ansí las llamamos nosotros por salvajes."
Esta criatura deforme, de "gran fealdad" y "vista espantosa" recuerda al Ardán Canileo el Temido rey gigantesco "que apenas fallava cavallo que lo traer pudiesse" del Amadís de Gaula. La asociación lingüística se le habría ocurrido a Pigaffeta al recordar el texto caballeresco y constatar en la realidad, la extraña figura de aquellos hombres de enormes proporciones y estado salvaje, tan solo comparables al furioso gigante de la novela "el rostro avia grande y romo de la fechura de can, y por esta semejança le llamaban Canileo".O bien de los indios de Angaman que describe Marco Polo.
"Angaman es una isla muy grande, sin ley ni rey. Son idólatras, viven como los animales salvajes. Y tenemos que apuntar en el libro una extraña visión de estas gentes. En esta isla los hombres tienen cabeza y dientes de perro, y en su fisonomía parecen enormes mastines. Son muy crueles y antropófagos y se comen cuantos hombres prenden que no sean de sus gentes. Tienen especias variadas en abundancia. Se alimentan de arroz, leche y toda clase de carnes."
Literaturas aparte me inclino por el origen etnográfico. La mayor parte de los autores ha sostenido que Magallanes puso el nombre de ‘patagones’ a aquellos moradores que encontró en las tierras del sur por las grandes huellas que dejaban en la nieve (‘pata grande’). La explicación al respecto resulta sencilla: para resguardarse del frío los tehuelches cubrían sus pies con unas sandalias de piel de guanaco que hacían que sus huellas fueran descomunales a los ojos de los españoles.
J. L. Borges, dijo una vez sobre la Patagonia: "allí no se encuentra nada... no hay nada" (....). ¿Qué vio realmente? .
Pero llegará el día en que me convierta en tu nagual y de golpe encuentres un hueco nuevo a lado tuyo jugando con los grillos del alba sin percibir el silencio entre abrazo y abrazo y descubras que el placer es como una matrioshka que se abre una y aparece otra....hasta que estallas; cuando descubramos las manías mutuas y te andes quitando las huellas del peso de la noche y por la mañana vuelvas al trabajo con mi olor pegado, mientras tanto toma apunte: te huelo a clementina el cuello te mangomastico te papayeo te cartografío a ciegas, muéstrame ya donde tu rompeolas tu bahía íntima tu zozobra, mi naufragio.
Enfrascados en el maremagnum de un bosque de lengas en sus ramas y troncos es común toparnos con "nudos" (agallas) consecuencia de la acción de hongos como el pan de indio (Cyttaria darwinii), era alimento para los yaganes y el llao-llao (Cyttaria hariotti) muy consumido por roedores. Estos hongos provocan un nudo en la madera, a menudo vistoso y es aprovechado ornamentalmente. Los troncos pueden estar recubiertos por epifíticas del género Usnea sp. liquen comúnmente llamado "barba de viejo", debido a su forma de largas cintas que cuelgan de los troncos. De a poco que removamos el suelo nos encontramos con el Caballito (Aegorhinus vitulus) coleóptero curculiónido. Los onas de Tierra del Fuego lo consideraban sagrado (reencarnación de hechicero). Evitaban pisarlo y procuraban moverlo del camino (sigamos su ejemplo). Comen corteza de lengas, ñires y coihues (los adultos tienen fuertes mandíbulas). Su cabeza alargada recuerda un caballo (de ahí su nombre). El Farolito: Myzodendron punctulatum o Velo de novia como el muérdago nuestro, la succión de la savia bruta de la planta la realiza por medio de haustorios (raicillas), de forma globular y color amarillo, o verdoso vivaz. Exhiben inflorescencias frecuentadas por insectos. Sus frutos parecen "pelos", dispersados por el viento. El Taladro (Adalbus crassicornis) otro escarabajo cerambícido que perfora las cortezas, favoreciendo el ataque de hongos. Los árboles responden acumulando taninos que tienden a evitar estos ataques. Los inconfundibles pájaros carpinteros magallánicos (Campephilus magellanicus) controlan sus larvas con su largo pico, el macho destaca con su espectacular cabeza roja y cuerpecito negro.
Los arbustos espinosos como el calafate, la chaura, y el michay - de flores anaranjadas-, crecen en el sotobosque. En los suelos más húmedos se desarrolla la frutilla del diablo Gunnera magellanica , sus hojas son grandes y carnosas, durante el verano el sotobosque patagónico se cubre con su frutilla de color rojizo.
El género Nothofagus forma parte de la familia de las Fagáceas, estrechamente emparentadas con las “nuestras hayas europeas” del género Fagus, bien conocidas en el Hemisferio Norte. De hecho, su nombre en latín significa “falsa haya”. Con un total de 40 especies en el mundo este género, en América encontramos 9 especies, todas ellas conforman el bosque andino patagónico que comparten la Argentina y Chile. Los bosques de ñires, lengas y coihues toman un tono característico cuando llega el otoño y dando a los árboles una gama multicolor, desde el rojo intenso pasando por los matices del dorado al anaranjado.
Otros montañeros amantes de los hielos como el padre salesiano Alberto De Agostini (1883-1960) se maravillaba también de estas paredes "Centenares de picos, de cándidos macizos caprichosamente revestidos de hielo, osadas agujas de granito y de esquistos arcillosos" pero yo no sabía que me fascinaban más si las montañas cargadas de hielo u observarte detenidamente cuando posabas para la cámara, doble fascinación.
Cosas que si llegué a conservar. De los pocos objetos que atesoro en mi casa de Madrid de aquel viaje una reproducción de una máscara Ona de las dos que traje, la otra se quebró en un traslado, un tronquito de guindo parasitado por el hongo dando forma a una especie de variz extravagante, un bloque negro de piedra pulida con la silueta de un cormorán en el envés pintada a mano y luego pulida además de un puñado de piedras del borde del litoral fueguino, (estas últimas me fueron casi esquilmadas por una inesperada visita amorosa pero ese otro tema del que hablaré en otro momento), un corazón desbordado y unas ganas locas de volver.
Recordé las palabras leídas de Darwin cuando estudiaba mi primer año de Biológicas en Madrid, éste escribía en" El viaje del Beagle":
"Al evocar imágenes del pasado, frecuentemente cruzan ante mis ojos las planicies de la Patagonia; sin embargo, todos las califican de horribles e inútiles. Entonces. ¿Por qué esas áridas extensiones se han aferrado a mi memoria con tanta firmeza?",
en aquél entonces guardé la sensación que algún día estaría donde estuvo Darwin y ahora se está cumpliendo mi sueño. Alternando con los bosques patagónicos encontramos las turberas o túrbales, áreas anegadizas ocupadas por musgos del género Sphagnum magellanicum, son un rasgo característico del paisaje de Tierra del Fuego. La turba está constituida por restos de vegetales, principalmente de musgos del género Sphagnum y de algunas gramíneas y juncáceas acumulados y comprimidos en depresiones del relieve.
El proceso de formación de turba sólo es posible en ambientes húmedos, donde se registran bajas temperaturas que impiden la descomposición de la materia orgánica. De este modo, bajo presión y en un ambiente sin oxígeno y ácido, se produce una lenta acumulación y compresión de las plantas que mueren, produciendo la turba. Los turbales tienen una enorme capacidad para la retención de agua y ello se debe a las propiedades absorbentes del musgo Sphagnum. Por tanto, los turbales son activos creadoras de la humedad ambiental.
Cuanto más permanezco en el Sur más me acuerdo la novela que escribió Julio Verne, "Le Phare du bout du Monde". En su libro, Verne cuenta una historia de piratas en la Isla de los Estados: los torreros argentinos Vázquez, Moriz y Felipe, que llegaban al comienzo de la novela a custodiar aquel territorio, deben enfrentarse a una banda de delincuentes refugiada en una caverna de aquel inhóspito lugar. Los piratas eran doce. Su trabajo era saquear los barcos que tenían la desgracia de naufragar frente a las costas de la isla. Cuando son descubiertos, se enfrentan salvajemente con los torreros argentinos y matan a dos de ellos (Moriz y Felipe), mientras que Vázquez sigue de cerca los movimientos de la banda. Estos reparan una goleta para huir con el botín hacia el Pacífico. En tanto, se produce un nuevo naufragio. El único sobreviviente del mismo, es John Davis, que es asistido por Vázquez, con quién logra derrotar a los piratas. Navíos argentinos vienen en busca de los torreros y logran llevar cautivos algunos de los piratas, luego de una persecución por toda la isla (capítulo en el que el escritor describe casi con exactitud las características geográficas de la Isla). Sobre el final de la historia y mientras los bandidos que quedan mueren de hambre, aterrado ante su inminente captura y traslado para ser juzgado y castigado en Buenos Aires, el jefe de la banda se suicida en frente al Faro del fin del Mundo. Trágico final que hacía soñar mi mente juvenil. Este faro era la única luz que tenían los navegantes en el mar austral y también la última antes de lo desconocido. Era común que las naves naufragaran víctimas de las feroces tormentas, las inmensas olas y las rocas de la zona. Fue guía de una infinita cantidad de barcos que, a partir de su emplazamiento, vieron facilitado el camino a través del Pasaje de Drake hacia el Océano Pacífico.
La vida tiene caprichosas trampas nos lleva de aquí a allá y aquí estamos finalmente donde el círculo de la tierra se cierra sobre nosotros, donde los meridianos confluyen en el círculo polar antártico. “Nunca he conocido a nadie que se haya visto tan diametralmente opuesto a sus deseos”, escribió Roald Amundsen. “Desde niño he soñado con llegar al Polo Norte, y heme aquí, en el Polo Sur”. Eran aquellas historias de navegantes y travesías por los mares del mundo que devoraba cuando no existía la televisión y mi único alimento eran los libros y la radio.
Estoy en la punta sur del continente americano. Allí se extiende la Patagonia, una tierra de extremos, de frío y calor alternos, de lluvias torrenciales y ásperos vientos, de desiertos helados y montañas salvajes, que atrajo a aventureros de toda especie y condición: pistoleros míticos, aviadores, héroes, villanos, locos y hombres que quisieron ser reyes y dignos anarquistas que defendieron su vida contra las injusticias sociales. Más allá, en la Tierra de Fuego, se unen las dos masas de agua más grandes del planeta, el océano Atlántico y el Pacífico, empeñados en desgarrar ese remate del continente americano hasta convertirlo en una maraña de canales, glaciares y montañas. Es un paisaje hermoso y torturado, sojuzgado por huracanes continuos y temibles tormentas. Una tierra de contrastes categóricos: en ningún otro lugar del planeta, ni siquiera durante las tormentas monzónicas en el Himalaya, se padecen los infinitos cambios de la naturaleza que sacuden esta región del fin del mundo. La lluvia y el viento, las nubes y el sol, se suceden como en el juego de ruleta. El mar furioso que bate estos arrecifes recuerda el coraje de aquellos grandes navegantes que se atrevieron a cruzar estos mares: el portugués Magallanes, los españoles Ladrillero y Sarmiento de Gamboa, el pirata inglés Drake.
Desde siempre, el Sur ha ejercido una fascinación en mi psique. Del mismo modo que una aguja magnética señala al Norte, mi horizonte mental parece imantado por esas tierras que apenas son tierra, ese gran continente helado y misterioso donde el hombre apenas ha puesto el pie. Fueron los griegos –que no lo visitaron, ni tuvieron oportunidad alguna de visitarlos quienes lo bautizaron. En un armonioso ejercicio de simetría, supusieron que debía de existir una masa de tierra fría similar a la del norte (Arktós, el Ártico), pero en el polo opuesto de la Tierra. La denominaron Ant-Arktos: la Antártida.
La Antártida ese continente de los mayores superlativos: el más frío, el más desolado, el más inaccesible, el más remoto. Antes incluso que los griegos, el Libro de Job parecía referirse a la Antártida cuando escribió estos versos:
“¿De qué vientre sale el hielo? ¿Y la escarcha del cielo, quién la da a luz cuando las aguas se endurecen como piedra y se congela el haz del abismo?”.
Desde el Canal del Beagle me queda el gusto por el salto a la Antártida que queda todavía lejos pero está ahí esperándome enfrente, en lejanía, la grandeza de esos paisajes que, como dice el geógrafo Eduardo Martínez de Pisón, son “de antes o de después del hombre”, un lugar tan vasto y misterioso con la atracción de la cara oculta de la Luna, un desierto inmaculado, con el sol colgado eternamente del cielo y un frío que no parece de este mundo.
En ningún lugar como en la Antártida es visible esa contradicción que emana de los grandes espacios salvajes, la belleza y el peligro supremos, un ansia de pureza y de soledad que, tal vez, saque lo mejor de nosotros mismos. Recuerdo aquellas palabras de Mary Shelley que escribió en su Frankenstein:
“En vano trato de convencerme de que el Polo es un lugar de hielo y desolación: siempre se me aparece, en la imaginación, como un sitio de encanto y belleza. Allí el sol siempre es visible… ¿Qué puede ser imposible en una tierra de luz eterna?”.
En pocos lugares como en la Antártida la tierra donde uno debe alcanzar a comprender que, más que una geografía, es un espacio mental, el escenario de un sueño compuesto de líneas imaginarias, En los mapas no aparece más que una inmensa masa de hielo de 14 millones de kilómetros cuadrados (el tamaño de EE UU y México juntos) que en invierno prácticamente duplica su extensión al congelarse el mar que la circunda. La majestuosa danza de los icebergs, flotando sobre un océano increíblemente azul, da la impresión de un paisaje imposible, un espacio soñado únicamente por el poeta visionario del Libro de Job. El continente blanco, la Antártida, nos debe mostrar toda su despiadada desmesura, una suma viva de contradicciones absolutas (la belleza y el frío, la vida y la muerte) flotando entre los grandes témpanos a la deriva. De cuando en cuando, el chorro de una ballena o el vuelo de un albatros gigante me acompañan en la imaginación de la travesía. Si en el interior del continente nada se mueve, excepto el viento, en cambio, el mar que lo baña, el océano Antártico, es el más rico de todos los océanos del planeta: biológicamente es seis veces más productivo que el resto de los mares del mundo juntos. Espectáculo sobrecogedor; la visión de esas llanuras desoladas, recorridas por vientos feroces y defendidas por murallas de hielo, durante seis meses al año, el gran desierto helado yace cubierto por la oscuridad de la noche polar. Los otros seis meses, una fría claridad de acero lo ilumina sin descanso. La Antártida es sólo el quinto continente más extenso del planeta, pero, sin embargo, es el más alto, el más seco, el más frío y el más ventoso. Todo es desmesurado y hasta la ausencia de vida viene determinada por un elemento: el hielo. El 99% de su superficie está cubierta por el hielo y es culpable de la tremenda paradoja de que, a pesar de tener unas precipitaciones comparables al desierto del Sahara, atesore en sus entrañas la mayor reserva de agua dulce del planeta.
En ese momento Edurne se sintió abotargada, abandonó la lectura y se adormeció recalando en su estrecho asiento de turista. Edurne comenzaba a sentir el cambio de horarios. Pero no durmió demasiado, entre sueños se presentaban imágenes de su infancia junto a su padre, volvió a abrir los ojos, ya desvelada se levantó y fue a darse un paseo por el pasillo del avión, la gente dormitaba, se acercó a pedir algo de líquido a las azafatas, una vez estirado el cuerpo retomó el cuaderno y siguió leyendo cuyo título le llamó la atención.





