Cafe, puro y copa
Ya estábamos los dos tortolitos disfrutando de nuestras viandas recién servidas en nuestra mesa, cuando apareció él. Parecía el clásico abuelillo jubilado que después de comer en horario europeo va a tomarse su cafetito al bar del pueblo a las dos de la tarde. Era uno de esos personajes que te hace dudar sobre si quieres que la esperanza de vida se alargue y que te hace plantearte dudas como “¿terminaré yo así?” a lo que respondes sin dudar “Oh Dios mío, espero que no!!!!”. El hombre se aproximó a la barra y después de despachar unas palabras con el encargado se hizo con lo que venía buscando: un café, una copa de licor y un puro que ya lo querría para si la mismísima Sara Montiel. De todo un local semivacío el hombre decide acercarse a nosotros y nos pregunta que si la única silla desocupada que nos acompañaba en la mesa estaba libre, a lo que nosotros, chicos educados en colegios de pago, respondimos casi al unísono con un “si por supuesto puede cogerla”. Y desde luego que lo hizo, sin mediar palabra cogió su café, copa y puro y los situó sobre nuestra mesa después de haber apartado nuestras aún rebosantes raciones, vasos, panes…, para hacerse un sitio. Impulsados por el sonido de su profundo respirar a lo Darth Vader, el tremendo hedor a café y licor rancio que desprendía su añeja boca y asfixiados por la chimenea de humo que arrojaba el asqueroso puro que situó en el cenicero, pensamos en la bendita eutanasia, en el por qué se había escapado este espécimen de “Prados Soleados” y si aquel sujeto no tendría mejores amiguitos de su edad para pasar la tarde. Hartos de la situación provocada por su enorme egoísmo y armados de valor sin arrepentimiento en nuestro actuar sólo pudimos decir valientemente con voz firme, pero educada: “….¿Podría apagar el puro?”
Ahy señorito!....que mal está el servicio
Si Gracita levantara la cabeza!!!. ¿Dónde vamos a para si tomar un simple te con leche supone un revés de considerables dimensiones a la reconciliación entre el mundo real y la, mas que discutible, profesionalidad?
Cuatro de la tarde, un pequeño café, una pequeña localidad (misma provincia del lugar de correrias de "Blood stab"). Una "heidi" rural, sin mas ocupación, al frente de la barra como única mandataria del local.
-"Que importante responsabilidad"´, -debía repetir su maltrecho cerebro una y otra vez.
Allí, como por casualidad, fuimos a caer mis amigos, mi pareja y yo. Cómo para gusto están hechos los colores, cada cual pidió a Heidi su consumición. Si, lo reconozco, soy la Sally que encontró un día a su Harry y me gusta pedir las cosas de manera diferente, pero tampoco era tan complicado.
-"Dos tés con leche, la leche fría, aparte".
No hay palabras para describir el rostro de la joven Heidi. Parecía que alguien, en este caso yo, hubiera proferido insultos a todos los ascendentes de su árbol, tal vez arbusto, genealógico. El susto, el terror, la demencia senil prematura, todo refelejado en un solo instante.
- "¿Cómo?" dijo pálida ante la visión de un mundo ajeno a sus escasos conocimientos.
Yo, como lorito tropical, repito lo que desean mis acompañantes y finalizo con la sentencia, esta vez parece que de muerte, que había provocado en su ser la desidia y la desazón
- "...y dos tés con leche, la leche fría, aparte"
Abrió tanto sus ojos que creí que éstos caerían sobre nosotros provocando de todo menos gusto.
- "No entiendo", dijo la seguramente recien iniciada novicia en hosteleria.
Ese fue el momento en el que comprendí que su desdicha era fruto de las ocho palabras que mi cerebro había hilado sin malicia, sin meditación previa alguna, expresando simplemente un deseo insatisfecho que busca consolación: "dos tés con leche, la leche fría, aparte"
- "¿Cómo me dices que quieres los tés?", preguntó la incauta, expresando con gestos que lo demás había sido comprendido a la perfección.
Yo, harto de explicar, primero en mi adolescencia cuando preparaba a jóvenes estudiantes en clases particulares, y ahora en mi trabajo a maduritos y no tan maduritos sus derechos y deberes en relación a sus seguros sociales, no comprendía en que parte de la frase se había perdido la chiquilla, pero recompuse mi petición diciendo:
- "Haces los tés normales y aparte nos traes la leche fría"
- "Pero" -comenzó a decir la muchacha, ante el asombro de su público-, "la máquína sólo da leche caliente"
Ahora eran nuestros ojos los que querían salir disparados de sus órbitas. "Oh Dios mío" replicaban nuestros cerebros ante tal evento. Aquel local tenía una cafetera y no era una cafetera cualquiera....
- "Ah, ¿pero tenéis una cafetera lechera?", dije casi sin querer y desde luego sin ánimo de ofender.
Ante nosotros se instauró el silencio por respuesta y su cara denotaba el esfuerzo de su mente por descifrar el misterio. Yo, incómodo por las risitas de mis acompañantes, y por qué no decirlo de las mías propias, concreté:
- "¿No puedes traer simplemente una jarra de leche fría aparte?"
El raciocinio pareció, al fin, hacer acto de presencia cuando la joven dijo:
- "Bueno, puedo darle al botón de la leche fría, ¿no?"
- "A nosotros qué nos preguntas gilipollas" pensé de inmediato, pero al fin sólo dije: "pues,...supongo que si"
- "Ahh, vale", dijo Heidi con ademanes de haber encontrado el camino hacía la luz.
Pasados unos minutos, que mas bien parecieron horas, llega Heidi con una bandeja llena de tacitas, jarritas, cucharitas y azucarillos. Se la veía dichosa, orgullosa de la labor bien hecha, segura del éxito en la tarea encomendada y tal vez recompensada pecuniariamente. Poco a poco, y doy fe de ello, fue depositando la carga mientras sus labios parecían repetir lo que a cada momento cortaba de la bandeja y pegaba sobre la mesa.
Ante mi, dos preciosas jarras con tapa de porcelana, además de mi tacita, mi cucharita y mi azucarillo. El lector pensará que aquí felízmente finaliza mi relato, pero Heidi nos tenía reservada una nueva sorpresa. Mi complacido tacto comprobó que la mas cercana estaba fría lo que hacía suponer que Heidi había encontrado el botón adecuado, pero resultaba mas difícil de entender el por qué la otra jarra irradiaba frío en lugar de calor. Fue entonces cuando nos percatamos que de ambas jarras sobresalía un hilo en cuyo final un cartón rezaba "Lipton Tea"
- "¿Se puede ser mas zopenca?", pensé. Esta tía debía estar en el museo de la estulticia. ¿Cómo coño piensa que se hace el te?
Antes de que pudiera solicitarle que corrigiera su enésimo error, ella satisfecha había corrido hacia su guarida (la barra). Como podréis suponer no estaba dispuesto a tomarme un vaso de leche fría con una bolsa de te dentro, así que le hice una señal para que se acercara. No quiero aburrir al personal con los cinco minutos que me llevó explicarle su error, pero si finalizaré diciendo que hasta me ofrecí a acompañarla a la barra para preparlo yo mismo.
En fin, que cuando al fin tuvimos nuestras consumiciones ya era demasíado tarde para disfrutarlas con tiempo y acompañadas de una amena conversación, así que bebimos, pagamos y nos fuimos atropelladamente para comentar "que mal está el servicio, ahy señorito".
Cuatro de la tarde, un pequeño café, una pequeña localidad (misma provincia del lugar de correrias de "Blood stab"). Una "heidi" rural, sin mas ocupación, al frente de la barra como única mandataria del local.
-"Que importante responsabilidad"´, -debía repetir su maltrecho cerebro una y otra vez.
Allí, como por casualidad, fuimos a caer mis amigos, mi pareja y yo. Cómo para gusto están hechos los colores, cada cual pidió a Heidi su consumición. Si, lo reconozco, soy la Sally que encontró un día a su Harry y me gusta pedir las cosas de manera diferente, pero tampoco era tan complicado.
-"Dos tés con leche, la leche fría, aparte".
No hay palabras para describir el rostro de la joven Heidi. Parecía que alguien, en este caso yo, hubiera proferido insultos a todos los ascendentes de su árbol, tal vez arbusto, genealógico. El susto, el terror, la demencia senil prematura, todo refelejado en un solo instante.
- "¿Cómo?" dijo pálida ante la visión de un mundo ajeno a sus escasos conocimientos.
Yo, como lorito tropical, repito lo que desean mis acompañantes y finalizo con la sentencia, esta vez parece que de muerte, que había provocado en su ser la desidia y la desazón
- "...y dos tés con leche, la leche fría, aparte"
Abrió tanto sus ojos que creí que éstos caerían sobre nosotros provocando de todo menos gusto.
- "No entiendo", dijo la seguramente recien iniciada novicia en hosteleria.
Ese fue el momento en el que comprendí que su desdicha era fruto de las ocho palabras que mi cerebro había hilado sin malicia, sin meditación previa alguna, expresando simplemente un deseo insatisfecho que busca consolación: "dos tés con leche, la leche fría, aparte"
- "¿Cómo me dices que quieres los tés?", preguntó la incauta, expresando con gestos que lo demás había sido comprendido a la perfección.
Yo, harto de explicar, primero en mi adolescencia cuando preparaba a jóvenes estudiantes en clases particulares, y ahora en mi trabajo a maduritos y no tan maduritos sus derechos y deberes en relación a sus seguros sociales, no comprendía en que parte de la frase se había perdido la chiquilla, pero recompuse mi petición diciendo:
- "Haces los tés normales y aparte nos traes la leche fría"
- "Pero" -comenzó a decir la muchacha, ante el asombro de su público-, "la máquína sólo da leche caliente"
Ahora eran nuestros ojos los que querían salir disparados de sus órbitas. "Oh Dios mío" replicaban nuestros cerebros ante tal evento. Aquel local tenía una cafetera y no era una cafetera cualquiera....
- "Ah, ¿pero tenéis una cafetera lechera?", dije casi sin querer y desde luego sin ánimo de ofender.
Ante nosotros se instauró el silencio por respuesta y su cara denotaba el esfuerzo de su mente por descifrar el misterio. Yo, incómodo por las risitas de mis acompañantes, y por qué no decirlo de las mías propias, concreté:
- "¿No puedes traer simplemente una jarra de leche fría aparte?"
El raciocinio pareció, al fin, hacer acto de presencia cuando la joven dijo:
- "Bueno, puedo darle al botón de la leche fría, ¿no?"
- "A nosotros qué nos preguntas gilipollas" pensé de inmediato, pero al fin sólo dije: "pues,...supongo que si"
- "Ahh, vale", dijo Heidi con ademanes de haber encontrado el camino hacía la luz.
Pasados unos minutos, que mas bien parecieron horas, llega Heidi con una bandeja llena de tacitas, jarritas, cucharitas y azucarillos. Se la veía dichosa, orgullosa de la labor bien hecha, segura del éxito en la tarea encomendada y tal vez recompensada pecuniariamente. Poco a poco, y doy fe de ello, fue depositando la carga mientras sus labios parecían repetir lo que a cada momento cortaba de la bandeja y pegaba sobre la mesa.
Ante mi, dos preciosas jarras con tapa de porcelana, además de mi tacita, mi cucharita y mi azucarillo. El lector pensará que aquí felízmente finaliza mi relato, pero Heidi nos tenía reservada una nueva sorpresa. Mi complacido tacto comprobó que la mas cercana estaba fría lo que hacía suponer que Heidi había encontrado el botón adecuado, pero resultaba mas difícil de entender el por qué la otra jarra irradiaba frío en lugar de calor. Fue entonces cuando nos percatamos que de ambas jarras sobresalía un hilo en cuyo final un cartón rezaba "Lipton Tea"
- "¿Se puede ser mas zopenca?", pensé. Esta tía debía estar en el museo de la estulticia. ¿Cómo coño piensa que se hace el te?
Antes de que pudiera solicitarle que corrigiera su enésimo error, ella satisfecha había corrido hacia su guarida (la barra). Como podréis suponer no estaba dispuesto a tomarme un vaso de leche fría con una bolsa de te dentro, así que le hice una señal para que se acercara. No quiero aburrir al personal con los cinco minutos que me llevó explicarle su error, pero si finalizaré diciendo que hasta me ofrecí a acompañarla a la barra para preparlo yo mismo.
En fin, que cuando al fin tuvimos nuestras consumiciones ya era demasíado tarde para disfrutarlas con tiempo y acompañadas de una amena conversación, así que bebimos, pagamos y nos fuimos atropelladamente para comentar "que mal está el servicio, ahy señorito".





