<?xml version="1.0" encoding="ISO-8859-1" ?><rdf:RDF xmlns:sy="http://purl.org/rss/1.0/modules/syndication/" xmlns:ti="http://purl.org/rss/1.0/modules/textinput/" xmlns:dc="http://purl.org/dc/elements/1.1/" xmlns:co="http://purl.org/rss/1.0/modules/company/" xmlns:rdf="http://www.w3.org/1999/02/22-rdf-syntax-ns#" xmlns="http://purl.org/rss/1.0/"><channel rdf:about="http://blogs.ya.com/eldesvandelasideas/rss20.xml"><title><![CDATA[El Desván de las Ideas]]></title><link><![CDATA[http://blogs.ya.com/eldesvandelasideas/rss20.xml]]></link><description><![CDATA[Historias de la ciudad...]]></description><dc:publisher><![CDATA[Publisher]]></dc:publisher><dc:creator><![CDATA[creator]]></dc:creator><dc:rights><![CDATA[rights]]></dc:rights><dc:date><![CDATA[12/12/2004]]></dc:date><sy:updatePeriod><![CDATA[hour]]></sy:updatePeriod><sy:updateFrequency><![CDATA[123]]></sy:updateFrequency><sy:updateBase><![CDATA[BASE]]></sy:updateBase><items><rdf:Seq><rdf:li resource="http://blogs.ya.com/eldesvandelasideas/c_14.htm"/><rdf:li resource="http://blogs.ya.com/eldesvandelasideas/c_13.htm"/><rdf:li resource="http://blogs.ya.com/eldesvandelasideas/c_11.htm"/><rdf:li resource="http://blogs.ya.com/eldesvandelasideas/c_10.htm"/><rdf:li resource="http://blogs.ya.com/eldesvandelasideas/c_9.htm"/><rdf:li resource="http://blogs.ya.com/eldesvandelasideas/c_8.htm"/><rdf:li resource="http://blogs.ya.com/eldesvandelasideas/c_3.htm"/><rdf:li resource="http://blogs.ya.com/eldesvandelasideas/c_2.htm"/><rdf:li resource="http://blogs.ya.com/eldesvandelasideas/c_1.htm"/></rdf:Seq></items></channel><item rdf:about="http://blogs.ya.com/eldesvandelasideas/c_14.htm"><title><![CDATA[Puente]]></title><link><![CDATA[http://blogs.ya.com/eldesvandelasideas/c_14.htm]]></link><description><![CDATA[¿Qué es eso? <br/>Todo el mundo lleva un semana diciéndome: “Una ofertita para el puente...” <br/>¡Que puente! <br/>Hoy es viernes, trece de octubre, y aquí estoy, trabajando. Viendo pasar a la gente por la cristalera y mirando la pantalla del ordenador desesperada, por que los segundos han empezado a multiplicarse en las horas, y los minutos pasan lentos, eternos y agonizantes. Mis amigos están en San Sebastián, esa hermosa ciudad tocada por las hadas donde se han ido a pasar el día y no necesito usar mucha imaginación para saber lo que estarán haciendo ahora. Sólo con cerrar los ojos puedo observar la concha, en un día radiante como hoy, con la brisa del mar barriendo las olas y el sol, en un cielo azul turquesa, iluminando toda la ciudad. No hace falta silencio para oír las olas, las he escuchado tantas veces que se multiplican en mis recuerdos. No hace falta estar con ellos para saber las bromas que se gastaran, para poder intuir su conversación, para saber en que bares van a parar e incluso para averiguar que pincho tomaran en cada uno de ellos. Una brocheta de setas... Otra de sepia... Una baguette de jamón y queso... Todo ello acompañado por cerveza, coca-cola o un frío chacolí. Se que después hacia las tres con el estomago lleno y bien regado se sentarán en una terraza a tomar un café o un helado, si hace calor, y disfrutaran del paseo, del puerto, del boulevard... ¡Y yo aquí! Encerrada en las paredes blandengues de un centro comercial. No os equivoquéis. Me gusta mi trabajo.  Vendo viajes pero en cierto modo vendo ilusiones. Me encanta hablar del destino con mis clientes, que vayan y unos días después de su vuelta, sin premeditación, simplemente por que pasan ante mi puerta, la abran me sonrían y desde allí mismo, sin ni siquiera entrar me digan que todo ha ido de maravilla. Sólo eso consigue resarcirme de las mayoristas que confirman un precio y cobran otro, de las compañías aéreas que cambian vuelos y horarios en una extraña danza que nadie a parte de ellos entiende, y de los hoteles que no cumplen con lo prometido en la publicidad. Lo bueno es que todas estas molestias son casos puntuales y que tengo más clientes que vuelven y abren mi puerta con una sonrisa, que de los que llaman a quejarse.  Excepto hoy. Hoy no tengo ningún tipo de cliente. Parece que mi puerta se ha soldado a su marco ya que nadie la abre, nadie. Y sólo han pasado veinte minutos desde que me he puesto a escribir. Y sigo teniendo un exceso de población en los segundos que me faltan para irme a casa...]]></description></item><item rdf:about="http://blogs.ya.com/eldesvandelasideas/c_13.htm"><title><![CDATA[Tarde.]]></title><link><![CDATA[http://blogs.ya.com/eldesvandelasideas/c_13.htm]]></link><description><![CDATA[Tarde, siempre llego tarde. Soy como el conejito blanco de Alicia en el País de las Maravillas, con una tardanza crónica metida bajo la piel como un rasgo más de mi inestable personalidad. ¿Qué deciros a los que me leísteis el año pasado? ¿Qué deciros a los que me leéis por primera vez para explicar este salto de casi un año? A los primeros deciros que os he buscado y por desgracia no os he encontrado. Si por una extraña casualidad, por un toque de suerte del destino, pasáis por aquí otra vez, hacédmelo saber. Me gustaría averiguar que tal va vuestra vida. A los segundos, los que por primera vez me leéis, pediros disculpas de antemano porque la constancia no es uno de mis rasgos más destacados. Soy un cofre lleno de buenas intenciones que revolotean un instante y chocan contra la realidad quedándose sin alas. Es muy duro arrastrarse por el suelo y sobre todo, lento o sea que paciencia. Quizás esta sea la última vez que escribo en el blog, no porque me vaya a pasar nada malo, no seamos agoreros, si no porque nunca se lo que me va a apetecer al día siguiente. Ni siquiera se con que animo me voy a levantar. Puedo ser la más optimista de las mujeres o sumergirme en un mar de autocompasión y sentir que de verdad me arrastro a ras de suelo, arañándome con todos los restos que los demás arrojáis de vuestro perfecto mundo. No lo se, de verdad que no. Ahora mis intenciones son claras; Retomar el desván que tan feliz me hizo el año pasado, cuando más lo necesitaba, y seguir lanzando al vacío mis ideas peregrinas pero ¡Quien sabe! Quizás mañana, pasado o la semana que viene esa buena intención se haya diluido o simplemente quizás no tenga tiempo. La vida es muy prosaica. O sea que a todos gracias y espero que nos veamos pronto.]]></description></item><item rdf:about="http://blogs.ya.com/eldesvandelasideas/c_11.htm"><title><![CDATA[Cambios en el Desván]]></title><link><![CDATA[http://blogs.ya.com/eldesvandelasideas/c_11.htm]]></link><description><![CDATA[¡Hola a todos! Como veis me he decidido a dedicarle un poco de tiempo al desván y he empezado por cambiar el diseño. ¡Espero que os guste! Desde aquí agradecer a Azulica que nos permita a los blogeros de ya.com disfrutar de sus increíbles plantillas. ¡Eso es arte!]]></description></item><item rdf:about="http://blogs.ya.com/eldesvandelasideas/c_10.htm"><title><![CDATA[El bus...]]></title><link><![CDATA[http://blogs.ya.com/eldesvandelasideas/c_10.htm]]></link><description><![CDATA[Todos los días para acudir al trabajo cojo el bus. Todos los días espero en la parada o corro hacia ella si ya está allí con las puertas abiertas. Ese hecho rutinario es el que marca el comienzo de todas mis jornadas y ya lo realizo como una máquina bien engrasada. Subo, pago con la tarjeta, busco un sitio donde sentarme, miro por la ventanilla, solicito la parada, me bajo y me olvido de ese pequeño trayecto de unos quince minutos que realizo invariablemente. Todos los días son iguales. Da igual que llueva, nieve o haga sol. Da igual lo que lleve puesto, que lleve el discman o no. Ese pequeño periodo de tiempo, que suelo dedicar a repasar las cosas que tengo pendientes, enorme lista que nunca deja de crecer, nunca varía pero hoy, al venir, me he dado cuenta de una cosa muy importante. Al levantar la mirada de lo que estaba leyendo, un panfleto de un banco de colores chillones cuya única utilidad era entretener esa espera, mis ojos se han cruzado con los de la persona que estaba sentada enfrente. Él ha sonreído y, sin ni siquiera ser conciente de ello, me he encontrado sonriéndole a mi vez. Y me ha sentado muy bien. Durante el resto del trayecto le he observado con discreción. Era un hombre de unos cincuenta años, bien vestido, que miraba hacía la ventanilla tarareando una canción que no he llegado a reconocer. En sus manos un anillo de casado y una cartera oscura. ¿Por qué me ha sonreído? No lo sé. Quizás era pura educación, quizás le recordaba a una de sus hijas, pero ese pequeño gesto me ha hecho pensar y mientras caminaba desde la parada a mi trabajo, he tomado una decisión. A partir de ahora, cuando suba a un bus donde todo el mundo evita la mirada de los otros, lee, observa la ciudad o simplemente duerme para eludir ese contacto, que en la sociedad actual nos da miedo, voy a ser sincera con mi mirada. No voy a esquivar los otros pares de ojos que se crucen en mi camino y si alguno se detiene un instante en los míos voy a sonreír. Y sé que esa persona me corresponderá por que es instintivo el responder con una sonrisa sincera a otra sonrisa sincera. Y de ese modo mis trayectos en los transportes públicos se verán recompensados con sonrisas casuales que de otro modo nunca recibiría. Puede que luego me miren de modo extraño y sé, que si lo hacen, bajaré mi mirada y una vez más, como hacemos todos los días, me difuminaré en la masa humana, que como hormigas bien entrenadas se mueve en una sola dirección cada mañana. Pero da igual, no me importa esa pequeña cobardía por qué con mi mirada habré provocado una sonrisa y ese será mi mejor desayuno. Hoy lo ha sido.]]></description></item><item rdf:about="http://blogs.ya.com/eldesvandelasideas/c_9.htm"><title><![CDATA[Mis Tempranos Despertares]]></title><link><![CDATA[http://blogs.ya.com/eldesvandelasideas/c_9.htm]]></link><description><![CDATA[<img src="http://blogs.ya.com/eldesvandelasideas/http://blogs.ya.com/eldesvandelasideas/files/images1.jpg" alt="" align="left" border="0" width="120" height="90"/>    Nunca he sido una persona madrugadora. Nunca me ha estimulado levantarme pronto para ver un amanecer que ocurre todos los días. Las pocas auroras que he disfrutado han sido las que marcaban el final de una larga noche de fiesta cuando el sueño y el cansancio me hacían observarlas en silencio, la imaginación perdida en la calidez de las sábanas. Es curioso que yo ahora por circunstancias de la vida, un trabajo que no por bueno deja de ser agotador, deba levantarme con la luz de las farolas y mi despertador sólo conozca una hora; las cinco.<br/>Los primeros días se pierden en una neblina de horas oscuras y frías. En las primeras jornadas las cinco eran una hora maldita cuyo resplandor en rojo y sonido intermitente la convertían en el peor recuerdo de la mañana. Las primeras horas de mis días se mezclaban y confundían con los últimos instantes de mis noches, los sueños y la realidad juntos en un caldo del que nunca conseguía captar su sabor. De todos modos dicen que el hombre se acostumbra a todo y debe de ser cierto por que cuando el tiempo fue pasando los límites de la realidad se fueron haciendo más claros y los primeros minutos de mis mañanas dejaron de confundirse en mi mente con un sueño vago y efímero. Día tras día cuando la costumbre logró derrotar a la pereza comencé a apreciar mis tempranos despertares. Poco a poco comencé a formar parte de esa raza de gentes madrugadoras que antes observaba en la televisión en algún reportaje melancólico con un punto de admiración al verles sonreír y bromear en la penumbra de la mañana. Ahora cuando alguno de mis conocidos cambia de turno, de horario, de trabajo, escucho sus quejas con la sonrisa franca de quien antes se quejó por lo mismo y la vida se encargó de enseñar. Me sonrió y mis labios forman una sola frase:<br/>-&#9;Ya verás como te acostumbras e incluso te llegará a gustar.<br/>Y ellos me miran sus ojos abiertos de horror y escepticismo, negándose a creer que un día puedan apreciar esas salidas tormentosas de la cama cuando el suelo está frío, el aire está frío... Negándose a sí mismos el pertenecer a esa raza oscura de colores pálidos y saludos hechos de susurros. Negándose a adoptar su uniforme, guantes oscuros, abrigos gruesos, pasos rápidos y programas de radio matinales. Negándose a aceptar que se pueda encontrar la felicidad en un día de invierno en las calles oscuras, frías y silenciosas de una ciudad aún dormida. Despreciando, desde su ignorancia, la tranquilidad de un metro medio vacío, de una calle que sólo recorres tú y el viento. La tremenda suerte de poder observar un amanecer que ocurre todos los días y que pronto aprendes que nunca es igual. Poder ver como los colores oscuros declinan hacia el oeste escapando de aquellos que horas más tarde dañaran nuestros ojos. Poder ser la primera persona en escuchar los trinos de los pájaros alegres por que la noche escapa ya avergonzada y el sol, el astro rey, extiende su capa dorada por el firmamento y con sus alegres risas despierta al mundo.<br/>Tal vez a todos nos asuste cambiar de vida y no las horas más tempranas. Tal vez nuestro enfado no sea debido a la pereza sino al miedo de variar en algo nuestra rutina equivocándonos al creer que la vida es una serie de hechos que se repiten invariablemente. Si algo he aprendido en mis tempranos despertares es que nunca un amanecer es igual a otro, nunca un día se repite, por que siempre a nuestro alrededor hay algo nuevo. Tal vez deberíamos aprender a captar esas pequeñas variantes de la vida diaria y así la palabra rutina pasaría a designar algo que realmente nunca ha existido.]]></description></item><item rdf:about="http://blogs.ya.com/eldesvandelasideas/c_8.htm"><title><![CDATA[Otoño...]]></title><link><![CDATA[http://blogs.ya.com/eldesvandelasideas/c_8.htm]]></link><description><![CDATA[<img src="http://blogs.ya.com/eldesvandelasideas/http://blogs.ya.com/eldesvandelasideas/files/Arbres28_th1.jpg" alt="" align="left" border="0" width="149" height="112"/> Hoy he acudido a mi trabajo con el ánimo un poco tocado por la presencia, ya masiva, de las hojas de los árboles en las aceras. En mi ciudad, ha llovido mucho los dos últimos días, y eso ha hecho que el otoño haya aparecido, arrebatándonos de golpe los últimos y cálidos días del verano.  Como siempre no hemos podido despedirnos de nuestras ropas cortas y claras y resignados hemos corrido presurosos hacia el armario para devolver a nuestras vidas las cazadoras y los jerséis, los guantes de lana y las bufandas de colores vivos. Como último recuerdo de estos meses ya pasados quedarán por un tiempo indefinido las camisetas de manga corta que con triste melancolía llevaremos unos días bajo los jerséis manteniendo la absurda esperanza de que el verano dolorido y agonizante, pueda resurgir de sus cenizas, y nos brinde aún la oportunidad de disfrutar del calor. Pero eso nunca ocurre. En mi ciudad el otoño es el rey de estos meses y se disfraza de invierno en el corto transcurrir de unas pocas semanas. Dentro de unos días ni siquiera recordaremos lo que es sentir la suave caricia del sol sobre nuestros brazos y enfrentaremos el mundo oscuro, frío y lluvioso que siempre nos regalan estos meses. El paraguas se hará el compañero infatigable de nuestras salidas, los guantes reclamarán su sitio en nuestros bolsillos y todos recordaremos con una sonrisa, en el momento de ponernos la bufanda, a nuestras madres, muchos años atrás, envolviéndonos en ellas como si fuéramos pequeños paquetes sorpresa preparados con cuidado para la fiesta de un gigante. Y aunque antes no lo sabíamos, ese gigante, para el que nos preparaban con tanto primor, era el invierno que ya ahora empieza a asomar por las cumbres de nuestras casas. El otoño es melancolía, ligeros tiritones y lágrimas furtivas. Es una estación donde la belleza nos rodea brindándonos el calor que no nos da el clima. El otoño son los naranjas, los verdes, los amarillos sublimes que nos asaltan por doquier. Es el reencuentro en los colegios, los crujidos de las hojas bajo nuestros pies, la lluvia enfurecida que se cuela bajo las puertas… El otoño es una anciana de pelo cano que contempla desde su ventana como las hojas de los árboles caen rendidas al suelo. El otoño es su sonrisa desdentada, sus arrugas profundas y la gran sabiduría que reflejan sus pupilas gastadas. Es el recuerdo constante de que el tiempo pasa inclemente, la invitación suave, que nos regala la naturaleza, a no luchar contra él, a reconocer la belleza de nuestras arrugas, la sabiduría de nuestros años, y la inmortalidad que siempre rodea nuestra alma…]]></description></item><item rdf:about="http://blogs.ya.com/eldesvandelasideas/c_3.htm"><title><![CDATA[¿No creéis que tanta tecnología nos está volviendo un poco inútiles?]]></title><link><![CDATA[http://blogs.ya.com/eldesvandelasideas/c_3.htm]]></link><description><![CDATA[Instrucciones para beber un vaso de agua.<br/>Queridos discípulos. En el día de hoy vamos a aprender una lección tan importante como útil que nos librará de esa sensación extraña y desagradable que todos sentimos de tener la boca pastosa. Lo conseguiremos introduciendo agua en nuestros cuerpos ya que es la bebida esencial para nuestra supervivencia. No quiero que se asusten, pero tanto la bebida como la comida, que durante todos estos días les hemos ido suministrando por esos tubos que surgen de sus brazos, pueden conseguirse fuera de nuestra academia y, además, deben ser introducidas en nuestro cuerpo por la boca, esa abertura que describimos en nuestras primeras lecciones y que hasta ahora consideraban inútil. Tranquilos, sé que esto es algo impactante pero puedo asegurarles que su cuerpo se les ha suministrado con estas capacidades que tras unos días de práctica realizarán automáticamente. Confíen en nosotros. Ustedes son poseedores del modelo Sapiens’3000, el más alto exponente de nuestra fábrica, y no tienen nada que temer. Por precaución y hasta que tengan experiencia seguiremos con nuestro sistema de tubos pero poco a poco les serán retirados. Continuemos.<br/>Primero debemos aprender qué es el agua y para qué sirve. El agua es esa sustancia líquida y transparente que discurre por lo que llamamos ríos y mares,  –elementos que aprenderemos a reconocer la semana próxima–, y cae del cielo en un fenómeno denominado lluvia.  Hace unos días varios de ustedes me llamaron asustados porque del cielo, esa tapa azul, gris o negra que tenemos encima nuestro todo el día, caían cosas que hacían que su ropa cambiara de textura y color, y que por su piel corriera en líneas irregulares una sensación nueva que acordamos llamar humedad. Pues bien, eso, señores y señoras, es el agua. ¿Sorprendidos? Hay muchas maneras de clasificarla pero nos basaremos en dos: dulce y salada. Ambas aguas se diferencian tanto en su composición como en su sabor pero para la clase de hoy baste decir que la dulce es la que corre por los ríos y cae del cielo y la salada es la que forma los mares. Una vez aprendido lo que es podemos pasar a la parte práctica de la lección no sin antes advertirles de algo muy importante. La única agua que beberemos es la dulce. Nunca la salada.  <br/>El agua es introducida en nuestras casas por medio de complicados mecanismos que estudiaremos más adelante. Para nuestra lección la traemos almacenada en esos recipientes alargados y con tapa que tienen en sus mesas llamados botellas. Al lado de ellos verán unos recipientes del mismo material, más pequeños y sin tapa. Esos son los vasos que sirven para acercar el agua a nuestras bocas. Nunca acercaremos la botella a la boca, para eso están los vasos. Tanto las botellas, como los vasos deben ser manipulados con mucho cuidado ya que son frágiles. El primer paso es abrir la botella, para ello la agarraremos por el tercio superior con la mano izquierda, salvo los alumnos que eligieran el modelo zurdo que la agarraran con la derecha. Seguidamente con la mano que nos queda libre giraremos la tapa con un suave movimiento de muñeca alejándola de ustedes. Muy bien, ¿ven como no es tan difícil? Una vez abierta la cogeremos con la mano dominante, según modelo suministrado, manteniéndola en posición vertical. Con la mano libre agarraremos en la misma posición el vaso. Aquí viene la parte más importante de nuestra lección ya que hemos de coordinar el movimiento de ambas manos. Con sumo cuidado giraremos la botella hasta ponerla en posición horizontal, de manera que la abertura por la que sale el agua coincida en la misma vertical en la que se encuentra el vaso. Eso es, dejen que la gravedad trabaje y no se preocupen si se mojan, su cuerpo es impermeable. Una vez depositada el agua en el vaso, dejaremos la botella y acercaremos éste a nuestra cara apoyándolo suavemente en la parte inferior de la boca, sobre los labios. Tengan cuidado. Ahora viene la parte más difícil de nuestro ejercicio. Despacio, vayan elevando la parte posterior del vaso, mientras éste continúa apoyado en sus labios. Abran la boca y dejen que el agua entre en ella. Tranquilos, no puede hacerles daño. Ahora, cerrando los labios, mantengan el agua en sus bocas unos instantes. Es importante que se acostumbren a esta sensación. Recuerden ustedes que pueden y deben respirar por la nariz. Siempre con la boca cerrada, eleven la lengua para desplazar el agua hacia la parte posterior de la boca. Una vez hecho esto deben confiar en sus cuerpos. Notarán como el agua desciende por el primer tercio de su garganta y luego desaparecerá. Eso es, con suavidad y sin miedo. ¡Muy bien, señores! Acaban ustedes de beber su primer trago de agua. Continúen practicando hasta terminar sus vasos, mañana continuaremos con la lección con otro tipo de líquidos aptos para nuestro cuerpo. Muchas gracias por su atención. <br/><br/>]]></description></item><item rdf:about="http://blogs.ya.com/eldesvandelasideas/c_2.htm"><title><![CDATA[Llueve]]></title><link><![CDATA[http://blogs.ya.com/eldesvandelasideas/c_2.htm]]></link><description><![CDATA[Llueve. Los truenos retumban a lo lejos y las gotas caen sobre la tierra como una fina cortina. Miro a través de la ventana. La naturaleza está triste. Yo estoy triste. Siempre me pregunté que sentiría cuando esto ocurriese. Siempre me lo pregunté y ahora que ha pasado sigo sin saber la respuesta. Sólo se que llueve. Solo se que te has ido, que estoy sola y llueve. A través del cristal veo como la gente corre al cruzar la carretera con los paraguas abiertos como único aliado contra la tormenta. Un trueno hace temblar los cristales. No consigo ver el rayo. Hoy no podré salir al jardín, no podré seguir mi rutina para intentar creer que nada ha cambiado. Pero la realidad es que tu partida ha cambiado todo y hasta que se ha producido no he sabido lo que podría significar. Te has ido con una pequeña maleta, una tímida sonrisa y una clara expresión de alivio. Lo que para mí supone una ida al infierno para ti es un regreso al paraíso. Sé que no tenía derecho a retenerte. Ella te ha perdonado. Ella te tuvo antes. Ella es tu mujer pero todo esto no tendría importancia, no sería nada más que un detalle si tú esta mañana no me hubieras confirmado lo que venia sospechando tiempo atrás. No sólo es la persona con la que has compartido los últimos quince años es algo más. Es lo más importante por que la quieres y a mí no. Nuestra relación no ha sido más que una pequeña travesura, como bien has dicho. Pero hay algo que no me cuadra por que en los pequeños disparates no hay culpables. No hay vencedores ni vencidos y en nuestro pequeño triángulo si los hay. Y yo he perdido. He perdido y llueve. Tras tu partida he comenzado a recoger todas las huellas has dejado en mi vida. No he parado hasta que la tormenta ha empezado. Desde entonces estoy sentada junto a la ventana mirando la lluvia caer. Hace frío. La lluvia siempre me da frío. Alargo la mano al sofá y me protejo con la manta. Las calles ahora están vacías. Es domingo. Salvo los más aventureros que se arriesgan a comprar el pan y el periódico en la tienda de la esquina no he visto a nadie más. Los coches cruzan la calle a toda velocidad esparciendo el agua de la calzada sobre la acera. Todo está tranquilo. El día es oscuro, oscuro y frío, y las ventanas de las casas están encendidas. Es un día para no hacer nada. Para regresar a casa, con una pequeña maleta, una expresión de alivio y una gran sonrisa. Intento comprender lo que sientes en este instante pero no lo consigo y me dedico a repasar mentalmente nuestra última conversación a pesar de saber que me hace daño. Entonces hacía sol. Era una jornada radiante y alegre. Ahora llueve. Es domingo. Un domingo oscuro y frío. Oscuro, frío y llueve. Mañana volverás a trabajar. Mañana retomarás tu vida perfecta en la que yo no he dejado marca. Mañana te veré atravesar el despacho apresurado por que tienes una reunión. Una reunión que preparaste conmigo y que te saldrá bien por que has retomado tu vida. De nuevo tienes las riendas y la fuerza arrolladora de saber que nada has perdido a pesar de arriesgarlo todo se transmitirá a tu presentación y lo lograrás. Lograrás ese ascenso que tanto has esperado y al que yo te he ayudado. Serás el nuevo director de planta y tu nuevo despacho se llenará de fotos de ella. Tu nuevo sueldo servirá para agasajarla y yo, seguiré mirando la lluvia dominical, y seguiré pensando en ti, deseando verte pasar apresurado a tu reunión. Cometí un error y ahora pago las consecuencias. Cometimos un error pero sólo pago yo. Y no es justo por que la conquista, la intimidad y el sexo lo comenzaste tú. Todo lo empezaste tú. Me siento sucia, utilizada dolida y vencida.  Ni siquiera la lluvia inclemente que sigue cayendo conseguiría quitarme el sabor a fracaso de mi boca. Tal vez, mañana será distinto. Tal vez, mañana no llueva. Me ducharé, me vestiré e iré a trabajar. Vigilaré desde mi ordenador el pequeño trecho de pasillo por que el que te veré pasar. ¿Me miraras? ¿Me ignoraras? Da igual. Seguiré tecleando datos como vengo haciendo los últimos diez años. Luego saldré. Vendré a casa y me sentaré a contemplar la lluvia. Aunque, tal vez mañana no llueva. Tal vez mañana…]]></description></item><item rdf:about="http://blogs.ya.com/eldesvandelasideas/c_1.htm"><title><![CDATA[Buenas noches, querido vacío...]]></title><link><![CDATA[http://blogs.ya.com/eldesvandelasideas/c_1.htm]]></link><description><![CDATA[No deja de ser muy curioso que en la época del gran auge de las comunicaciones los hombres cada vez se sientan más solos. No es un slogan o una leyenda urbana a todos nos ha pasado alguna vez. Puede ser por la mañana, por la tarde o en la hora de las brujas… Puede ocurrirnos viendo la televisión, trabajando o haciendo unas compras, pero de repente y sin venir a cuento algo nos invade. Es un sentimiento que crece en nuestro interior como un alud imparable que paso a paso va haciéndose más grande hasta incluso impedirnos respirar. No es una sensación agradable la que nos asalta, todo lo contrario. Es un pensamiento que nos hace sentir miserables, abandonados y poca cosa. Una bomba contra nuestra autoestima que nos impele a buscar soluciones en cualquier medio que encontremos. Nos apuntamos a una actividad de grupo, enviamos miles de mensajes cortos, llamamos a una línea telefónica o el recurso más utilizado la siempre presente red de redes. Y es extraño porque en ese universo enorme, que es Internet, nuestra soledad navega pérdida, sin un mapa ni un gps que la guíen, rozando levemente las soledades de los demás hasta que encuentra un Chat, un foro o una lista de distribución donde agarrarse. Y ahí comienza a hacerse más pequeña. Ante cada nuevo mensaje que recibimos de la otra persona una parte de nuestra miseria escapa, huye asustada y nos sentimos bien, acompañados y comprendidos. Y compartimos con ese desconocido, hechos, pensamientos y sentimientos que a nadie de nuestro entorno comunicaríamos. Esa persona difusa, poco perfilada e ignota descubre más cosas de nosotros mismo que los seres que comparten nuestra vida. Esos seres a los que adoramos, acariciamos y saludamos con una sonrisa cada día, aquellos que por azar han sido destinados a compartir nuestro universo personal quedan relegados de nuestras confidencias por las prisas, el estrés o por nuestra ineptitud hacia la comunicación abierta y en un terreno personal. Nos es más fácil confesarnos a alguien por escrito que cara a cara obviando de ese modo la grata sensación que producen unos ojos atentos, una mano que se posa en la nuestra o una leve sonrisa dedicada exclusivamente para nosotros. Y así seguimos, recortando el tiempo que dedicamos a nuestra familia por charlar con esa soledad que un día chocó con la nuestra abriendo todo un mundo nuevo de posibilidades pero, a veces, en medio de toda esa vorágine de confidencias descubrimos en lo más profundo de nuestro interior una pequeña desazón que socava poco a poco ese sentimiento de bienestar que lográbamos con nuestros mensajes. Y una vez más, descubrimos con tristeza que seguimos sintiéndonos solos. Que Internet no es suficiente, y quedamos con nuestro desconocido atrayéndolo a nuestro círculo más íntimo, aquel en el que existe contacto físico, aquel que no nos fue suficiente cuando nos volcamos en la red. Y así de nuevo volvemos a empezar. Conocemos, queremos a alguien más, alguien que se preocupa por nosotros, nos observa y nos pone la mano sobre el hombro si lo necesitamos, alguien que con el tiempo nos reclamará más horas porque una oscura tarde de invierno, en la que no pudo estar a nuestro lado, nos sentimos solos y buscamos la solución más fácil. Pero de esa solución cómoda, de ese vacío virtual surgió una vez una amistad que nos llenó de orgullo, un amor que curó nuestras heridas, o unas palabras suaves que calmaron nuestro llanto… Ese vacío frío lleno de bits, descargas y virus nos brindó la oportunidad única de que nuestra soledad chocara con otra soledad así que… Buenas noches querido vacío… ¿Hay alguien ahí?]]></description></item></rdf:RDF>
