El agua de mi casa
El calentador se ha reventado por última vez, no se por que tenía la mala costumbre de reventarse, si yo lo trataba con tanto cariño, lo apagaba en la mañana y lo prendía en la noche para que no viviera tan cansado y dejara de reventarse.
Ya sabemos, vivo eternamente en economía de supervivencia y las reventadas de calentador son ambas cosas, tanto costosas como engorrosas de manejar, pero el bendito se dañó por última vez, mi hermana compró uno nuevo y lustroso que es de paso, por lo que no hay que andar apagándolo y siempre nos provee del amoroso líquido caliente a la hora que se nos ocurra, bendita mi hermana.
Pero claro, los dramas del liquido no se acaban en el calentador y las inundaciones varias, provocadas principalmente por ducha y lavadora, recuérdese el daño que hizo la mamá de la dicha del hogar, y la llave del lavaplatos que ésta mañana decidió colapsar de nuevo, karma que no termina de finiquitarse.
Y vino el señor que tiene apellido de presidente mejicano (debí suponer por el apellido no más que sería como siempre un malandrín, pero como los mejicanos… le sigo creyendo, aunque se cambie de partido, 20 por un repuesto que no sirve y un trabajo que no hizo).
Viene para acá el señor de la tarjeta que ya otras veces arregló calentador y fuga, viene con un nuevo mezclador (si hubiera comprado uno nuevo desde el principio no andará en las mismas, pero bueno, esa es la vida), esperar, mientras decido si me baño con agua fría para no recibirlo en pijama alas 2:30 pm.
Ah, pero sobreponiéndome a las vicisitudes, escribo y ruego al cielo por que no llueva, por que tengo una cita en la tarde y prefiero el baño empelota que toda vestida.





