Hablar de la Marcha
El año pasado salí por primera vez a un desfile de maricas, lo llamo así, porque así solían llamar a la marcha mis amigos homosexuales en nuestras reuniones privadas.
Yo, por supuesto, nunca había ido a una, no porque no creyera en la importancia de hacerlo, sino porque el camino nunca me llevaba a manifestarme como quien soy y quien no tengo vergüenza de ser; de manera pública y en mitad de la calle de la carrera…
Y vinieron los tiempos, y vinieron las nuevas amistades femeninas, activistas, demócratas, culturalmente preocupadas, o simples desocupadas, que me impulsaron a ver, de que se trataba lo de salir a una marcha.
Terminé entonces, en domingo, caminando un rato con ellas; terminé, pancarta en mano pasando la 19, terminé, terminada la fiesta, en foto sonriente con bandera, en la página de las lesbianas bogotanas; la pasé de lujo, no lo niego, caminé entre la gente, grité las consignas, viví un mundo diverso, un gran carnaval, una algarabía, me sentí plena.
También viví, en carne y hueso, lo que es ser una de las personas contando quienes somos y que derechos queremos en la vida, en mitad de una plaza pública; regresé a casa con gusto en el alma, y quise contarlo todo y mostrarlo en una pantalla; quise contar, como se hace una marcha…
Me metí en el cuento desde marzo, más o menos, y ahora, cuando veo que la marcha es sólo un piñón del engranaje, me gusto a mi misma y me gustan mis nuevas amistades, me gusta que el mundo se abra, que se expanda el horizonte…
Me gusta poder soñar un mundo mejor para todos, incluso y no sólo incluso, sino mucho más para aquellos quienes siendo, no son capaces de hacer sonar su voz para hacer de ella una campana.