De Boyacá: Los campos…
Esas montañas espectaculares, con sus retazos verdes de todos los tonos, el lila de la flor de papa, el amarillo de la mostacilla, tan buena para los pulmones, y los cachetes sonrosados de las mujeres de trenza, sombrero y ruana, caminando a orillas de la carretera mientras arrean vacas de manchones negros; a mi, Boyacá me encanta, la finca está divina, el maíz es mas alto que yo y las habas crecen a su vera con todo descaro, uchuvas por montones, no caben en los bolsillos y se harta uno de tan exquisito sabor y las flores rojas de puntitas que se ven por todo el palo, anunciando una cosecha portentosa de freijoas, o los duraznitos pequeñitos y peludos que parecen de mentiras, precisos para el dulce de octubre… creo.
La verdad, yo del campo no se mucho, lo malo es que se me nota, lo bueno que estoy aprendiendo; siempre he sido citadina, de niña, cuando íbamos a los llanos, el gran chiste era llevar aire impuro de la ciudad para respirar más tranquila… pero ahora, con los años y las pocas posibilidades de visitar sabanas y caños me dedico a la pureza de montaña, al paisaje siempre conmovedor de las tierras ancestrales, una maravilla existencial, un descanso.
Los paseitos como el de ésta mañana a la escuela rural donde trabaja la hija de yayita, son un contento, saber que los niños en todo el país se educan y se echan sus buenas patoneadas para aprender me hace no se, sentirme bien por ellos.
Comer arepas preparadas en laja y aprender de amasijos y de recetas para quitarse los mil pies del brazo, ver al señor que soba arreglarle la cadera a una niña de 3 años, todo eso me hace feliz… me hace, volver a casa.
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