Atravesar el desierto entre Delhi y la aldea 16 ps no es lo que yo me imaginaba
La primera vez que emprendí esa aventura, tenía 14 años e iba a visitar al Gordo a su casa; siempre me había imaginado ese viaje pues mi madre lo hacía una vez al año, en Diciembre y cuando llegaba al Dorado traía cajas gigantes de juguetes, dulces de chocolate y parchad.
Siempre nos contaba sus historias, hasta tarde, mencionando desde la comida en el avión hasta el aterrizaje forzoso en los emiratos árabes, pisando alfombras mullidas y gigantes, pasando por los enredos de pista en Holanda y el sentirse pisando nieve en la pista en Alemania.
Lo primero que noté en el viaje de bus es que el desierto no era tan desértico, muy por el contrario, el verde florece por muchos lados; fruto de los canales que los ingleses impusieron un siglo atrás.
Lo había leído en un libro de un hijo de ingleses que me prestó alguien en el avión y que hablaba de la colonia en India y la revolución pacífica de Gandhi, lo comprobé en el viaje de 12 horas, por carretera.
Un busecito medio antiguo, medio moderno, con poncheritas de onces para todos los pasajeros y ventiladores enanos y empolvados, que hacía paradas exóticas y palaciegas para hacer pipí en letrinas fantásticas de cuerda al techo para soltar el agua y luego de lavarnos las manos con vasija, llenarnos el buche de alimentos picantes de colores y sabores raros.
Yo, asomada a la ventana en los últimos puestos del bus, veía pasar de la mañana a la tarde los distintos paisajes de la tierra de oriente, los pueblitos pequeños amarillos y negros llenos de anuncios en un idioma extraño, como de cuento, al lado de mal pintadas baterías de carro y amortiguadores de marcas desconocidas.
Pueblitos donde al dar vuelta en alguna estrecha esquina se ven grandes canastos con esencias variadas y coloridas y tiendas de telas y sillitas bajas, donde hombres de turbante fuman en pipas de agua.
Luego, entradita la mañana, los campos y las chozas, los olores, las plantas, las vacas por todos lados, las familias en camas de madera y lazo a orillas de la carretera, mientras yo, al paso del busecito voy viviendo sus vidas sin paredes.
De repente el paso de camellos transportando carretadas de algodón llaman la cámara o el maromero acto de un escobita barriendo la calzada desde un elefante adornado como para príncipes hace darse la vuelta y comentar con los otros viajeros.
Las carreteras indias son un sin fin de pobreza larga y bien llevada, en cada parada la gente nos ofrece baratijas de lo más elaboradas que compramos al final por una quinta parte o menos de lo que nos pedían al principio, y por puro cansancio del acoso.
Luego del almuerzo en un hotel del camino, donde hay fuentes y estrellas doradas y guirnaldas naranja para todos, con abrazos de oso y paseos de cuadra en dromedarios y paquidermos, llegamos al ashram.
Una finca bien cuidada donde todo está en sus sitio y de la cual ya he hablado.
Namastes para todos lados, manos juntas y vestidos de algodón, mientras las niñas mas bonitas, con los ojos más llamativos me miran, se sonríen y empezamos a comunicarnos por señas y en inglés, otra gran influencia de los de las casacas en la tierra de los santos.





