Libertad de Expresión
Recuerdo cuando tenía que coleccionar las partes del mapa político de Colombia que venían en el periódico El Espectador, uno de los días en que me acerque a la mujer del TIEEEEMPO, ESPECTADORRRRR para pedir mi ejemplar decía muy primera plana, que el min justicia había muerto a manos de sicario y yo ignorante pensé que hablaban de un super héroe de alguna clase.
Con los años he entendido las repercusiones que tuvo ese asesinato y las del de el señor que por entonces dirigía el periódico de los mapas, una de ellas, positiva, fue que en su nombre se inventaron un premio para periodistas sacrificados en el cumplimiento de su deber.
Yo quería ser periodista, lo quise desde que visité la Gorgona con mi padre cuando tenía 13 años, pero mira, que da vueltas la vida y me quedé en un limbo maravilloso de buenas causas y tiempos fluidos.
De haber sido periodista me hubiera gustado meter el dedo en la llaga, como me dijera en su tiempo el gordito de barba, “las bombas que tenemos son nuestros lapiceros y nuestros lápices, con ellos podemos hacer la vida de alguien, o destruirla”.
A mi modo, lejos de los grandes medios, he sido fiel a la libre expresión, tiempos aquellos en que las muchachas se insultaban en un grupo de msn llamado Lesbianas Bogotá (y olé por la chica de la moto) y me tomaba la palabra para decir que tenían derecho a decirse lo que a bien tuvieran, saludo a Pizarnik si aquí me lee.
Pues bien, se me alborota la sangre y quiere a veces salirse de su cause cuando ocurren cosas como las de Venezuela, que a mi Chávez me cae bien, pero lo de silenciar al cuarto poder, no, no, bruscos no.