El Señor de las tres torres
Corríamos y gritábamos por los pasillos como orates, nos gustaba subir y bajar por ascensores y escaleras de las torres mientras los vigilantes, entonces más jóvenes y rozagantes nos perseguían.
Tiempos aquellos de conciertos y rumbas en la quinta… cuando el solo nombre de Salmona asustaba al más valiente de los corredores, al fin y al cabo éramos niños jugando a ser bándalos.
Un día le presenté a mis sobrinos rubios, ya estaba pidiendo pista y sentado en en su bastón, le salió un _Hey Do de despedida, conocía la lengua por premios recibidos en esas tierras…
Cada fragmento de su historia que conozco hace pensar que era un buen hombre, momentos de pacillo circunspecto de vecino y comentarios simples del noveno al uno.
Ayer, el edificio donde vivía parecía más gris, los saludos de la mañana eran torpes, con todo y que siguieran los oficios cotidianos de sacar la perra y regar las plantas y recibir los correos, las miradas condolentes de: - Se murió el maestro. En la garganta había un leve malestar de haberlo visto tantos años seguidos…
Algún comentario con la señora del gato que nunca me habla, un ojo aguado en el conserje cuando con la mirada sabemos que el lo recuerda más que yo y la pregunta de donde está, hasta que hora y todo eso.
No fui a velación ni entierro, pero un pesar me quedó de golpe… por que hay en el mundo gentes que hacen cosas bonitas por otras gentes y es bonito recordarles.





