Algo que voy a leer
Este 29 de mayo lanza su libro “7 años secuestrado por las Farc”, editado por el sello Aguilar
Las marchas de Luis Eladio
Por: EL ESPECTADOR
Para que no se nos gastaran las pilas teníamos que prender el radio sólo para oír los titulares de las noticias y apagarlo, no sabíamos cuánto tiempo nos iban a durar. Cuando nos permitían tener radios nos renovaban las pilas periódicamente: nos daban cada mes y medio o cada dos meses un par de pilas, por supuesto había que tasarlas, no podíamos excedernos, y bueno, tampoco había forma de excederse, por el horario en que había señal.
Tuvimos que salir de este campamento por el riesgo que corríamos de un rescate o ataque militar. Desde el inicio fueron complicadas las cosas porque Íngrid se enfermó, no pudo caminar y la mayor parte del viaje lo hizo en hamaca. Lo mismo pasó después con el teniente Raimundo Malagón, que ya venía enfermo de una pierna y no pudo caminar más.
Fue una marcha muy difícil y aguantamos mucha hambre, pues habíamos salido de repente y llevábamos muy poca comida. Comíamos únicamente agua con arroz, una sola vez al día, normalmente a las once de la noche. Nos levantaban a las cuatro de la mañana y caminábamos hasta las cinco de la tarde, y cuando se acabó el arroz, después de 35 días, el hambre que sentimos fue brutal.
Además de estar marchando en esas condiciones, estábamos famélicos. Si hubiera habido una prueba de supervivencia en ese momento, no habría habido la menor duda de que éramos de Biafra, hubiera sido un espectáculo atroz, acabados, todos, los militares, los policías, todos. Y, claro, los guerrilleros, porque también estaban aguantando hambre.
En ese estado de desespero terminamos comiendo mico: no había nada más y llevábamos como tres días sin comer. Entonces mataron unos micos. Uno cayó herido frente a nosotros y nos miraba y nos mostraba la mano llena de sangre como pidiendo ayuda o como recriminándonos su herida. A las dos horas estábamos comiéndonos ese miquito. ¡Hasta dónde llega el sentido de supervivencia!
El cuerpo humano absorbe todo y más en esas condiciones. No nos enfermamos, pero sí nos quedamos con esa impresión que nos marcó. Sin duda esta marcha fue de lo más duro que tuve que vivir durante el cautiverio. Después de esta marcha nos separaron a todos, hicieron grupos y a los gringos se los llevaron para La Macarena.
Episodio macabro en La Macarena
La presión en los campamentos es bastante fuerte, más cuando están ubicados en zonas donde el diario vivir son los operativos militares. Eso lo vivieron los gringos cuando estaban en La Macarena y les tocó la política de erradicación de cultivos de la zona. Uno de los guerrilleros que los cuidaban, que era amable, les prestaba el radio. Entre otras cosas, estaba desesperado por el entorno, por estar huyendo permanentemente y también por las fricciones con el comandante.
Pues un día, delante de los tres, alrededor de las siete de la noche, cogió el fusil y se pegó un tiro en la barbilla. ¡Se mató delante de ellos! No aguantó más la presión. La reacción del comandante fue: ‘Rápido, rápido, quítele la ropa para que no se manche de sangre. Échenlo ahí al hueco’.
Lo echaron a una trinchera, le echaron tierra y al otro día cambiaron de campamento. El afán era que la ropa no se manchara de sangre y que no se ensuciara el arnés. Los tres norteamericanos estaban estupefactos viendo esa escena. Ninguno jamás se imaginó que eso pudiera verse en el mundo.
A ellos esto los marcó de por vida, lo contaban y lo narraban con un sentimiento y una inmensa pesadumbre. No imaginaban posible una situación de ésas, de pronto en una película, pero no en la realidad. Sin duda, fue una experiencia muy, muy fuerte, que refleja el grado de deshumanización de la guerrilla”.
Las marchas de Luis Eladio
Por: EL ESPECTADOR
Para que no se nos gastaran las pilas teníamos que prender el radio sólo para oír los titulares de las noticias y apagarlo, no sabíamos cuánto tiempo nos iban a durar. Cuando nos permitían tener radios nos renovaban las pilas periódicamente: nos daban cada mes y medio o cada dos meses un par de pilas, por supuesto había que tasarlas, no podíamos excedernos, y bueno, tampoco había forma de excederse, por el horario en que había señal.
Tuvimos que salir de este campamento por el riesgo que corríamos de un rescate o ataque militar. Desde el inicio fueron complicadas las cosas porque Íngrid se enfermó, no pudo caminar y la mayor parte del viaje lo hizo en hamaca. Lo mismo pasó después con el teniente Raimundo Malagón, que ya venía enfermo de una pierna y no pudo caminar más.
Fue una marcha muy difícil y aguantamos mucha hambre, pues habíamos salido de repente y llevábamos muy poca comida. Comíamos únicamente agua con arroz, una sola vez al día, normalmente a las once de la noche. Nos levantaban a las cuatro de la mañana y caminábamos hasta las cinco de la tarde, y cuando se acabó el arroz, después de 35 días, el hambre que sentimos fue brutal.
Además de estar marchando en esas condiciones, estábamos famélicos. Si hubiera habido una prueba de supervivencia en ese momento, no habría habido la menor duda de que éramos de Biafra, hubiera sido un espectáculo atroz, acabados, todos, los militares, los policías, todos. Y, claro, los guerrilleros, porque también estaban aguantando hambre.
En ese estado de desespero terminamos comiendo mico: no había nada más y llevábamos como tres días sin comer. Entonces mataron unos micos. Uno cayó herido frente a nosotros y nos miraba y nos mostraba la mano llena de sangre como pidiendo ayuda o como recriminándonos su herida. A las dos horas estábamos comiéndonos ese miquito. ¡Hasta dónde llega el sentido de supervivencia!
El cuerpo humano absorbe todo y más en esas condiciones. No nos enfermamos, pero sí nos quedamos con esa impresión que nos marcó. Sin duda esta marcha fue de lo más duro que tuve que vivir durante el cautiverio. Después de esta marcha nos separaron a todos, hicieron grupos y a los gringos se los llevaron para La Macarena.
Episodio macabro en La Macarena
La presión en los campamentos es bastante fuerte, más cuando están ubicados en zonas donde el diario vivir son los operativos militares. Eso lo vivieron los gringos cuando estaban en La Macarena y les tocó la política de erradicación de cultivos de la zona. Uno de los guerrilleros que los cuidaban, que era amable, les prestaba el radio. Entre otras cosas, estaba desesperado por el entorno, por estar huyendo permanentemente y también por las fricciones con el comandante.
Pues un día, delante de los tres, alrededor de las siete de la noche, cogió el fusil y se pegó un tiro en la barbilla. ¡Se mató delante de ellos! No aguantó más la presión. La reacción del comandante fue: ‘Rápido, rápido, quítele la ropa para que no se manche de sangre. Échenlo ahí al hueco’.
Lo echaron a una trinchera, le echaron tierra y al otro día cambiaron de campamento. El afán era que la ropa no se manchara de sangre y que no se ensuciara el arnés. Los tres norteamericanos estaban estupefactos viendo esa escena. Ninguno jamás se imaginó que eso pudiera verse en el mundo.
A ellos esto los marcó de por vida, lo contaban y lo narraban con un sentimiento y una inmensa pesadumbre. No imaginaban posible una situación de ésas, de pronto en una película, pero no en la realidad. Sin duda, fue una experiencia muy, muy fuerte, que refleja el grado de deshumanización de la guerrilla”.





