Me clavas tu mirada...
La vida te sorprende continuamente. Cuando piensas que has visto todo lo que tenías por ver, siempre hay una nueva vuelta de tuerca.
Hoy un amigo me ha recordado a una persona que conocí hace unos días... Javier.
Javier tiene unos 50 años y vive en una sucursal sevillana del BBVA. Su presencia pasa desapercibida para todos aunque para él conseguir mantener una pequeña conversación con cualquiera que le preste un ratito supone toda una hazaña. Bajo la espesa niebla que nos sorprendió el domingo pasado, Javier se acercó a nosotros y nos hizo mirarle a los ojos. Entre acertijos y problemas de lógica que fuimos incapaces de resolver, nos dio toda una lección sobre la vida, la vida real que tanto me asusta pero a la que he de enfrentarme con ganas. Nos contó que estaba enfermo y que para él ya no había oportunidades pero que para nosotros todo un futuro estaba por delante. Confesó que pasaba mucho frío pero la directora de la sucursal le deja dormir con sus cartones junto al cajero. Pocas cosas me parecen tan paradójicas como que una persona que no tiene nada pase cada noche junto a una de esas máquinas llenas de billetes a los que no puede acceder... nunca- Esos ojos azules, cansados, profundos... no se me olvidan. Mucha suerte JAvier. Y buenas noches.
Hoy un amigo me ha recordado a una persona que conocí hace unos días... Javier.
Javier tiene unos 50 años y vive en una sucursal sevillana del BBVA. Su presencia pasa desapercibida para todos aunque para él conseguir mantener una pequeña conversación con cualquiera que le preste un ratito supone toda una hazaña. Bajo la espesa niebla que nos sorprendió el domingo pasado, Javier se acercó a nosotros y nos hizo mirarle a los ojos. Entre acertijos y problemas de lógica que fuimos incapaces de resolver, nos dio toda una lección sobre la vida, la vida real que tanto me asusta pero a la que he de enfrentarme con ganas. Nos contó que estaba enfermo y que para él ya no había oportunidades pero que para nosotros todo un futuro estaba por delante. Confesó que pasaba mucho frío pero la directora de la sucursal le deja dormir con sus cartones junto al cajero. Pocas cosas me parecen tan paradójicas como que una persona que no tiene nada pase cada noche junto a una de esas máquinas llenas de billetes a los que no puede acceder... nunca- Esos ojos azules, cansados, profundos... no se me olvidan. Mucha suerte JAvier. Y buenas noches.
Comentario:
Son las "causalidades" de la vida.
Cuando pretendes huir egoistamente de cualquier noticia triste como lo acontecido en Asia para no entorpecer el bienestar y sosiego de las Navidades, llega un ángel de ojos claros, de multitud de pintitas azules dispersas sobre un fondo celeste blanquecino de una mañana de primavera en Sevilla y te situa en el mundo.
Un ángel caido, tirado en cartones que daba gracias a Dios porque pensaba que lo que sucedía en Filipinas sí era en verdad una desgracia.
Yo miraba a un mendigo y encontré una persona, una vida como la mia.Tenía la necesidad de saber su nombre para poder decir al día siguiente que hablé con Javier y no con un pobre.
Le avergonzaba pedir para un café para el desayuno delante de tres señoritas y antes de que yo terminara de acompañarlas hasta el soportal me llamó para pedirmelo entre hombres sin saber que yo quería seguir hablando con él.
Volví después de cerrar el portón y seguimos charlando. Me invitó a pasar adentro, al cajero, a su casa.Eché la mano a la cartera y le di lo que me había sobrado de haber ido antes al cine con remordimiento de no tener más, incluso desprecié en ese instante el rato tan agradable de la pelicula por evitar poder darle una mayor cantidad.
Pero claro, Javier se molestó porque me miró como alguién a quién pedirle algo de dinero y encontró un amigo.
Sólo aceptaba el dinero a cambio de que yo hiciera lo mismo con un obsequio por su parte, un pequeño monedero cuadrado de cuero en color rojo de los hipis de la Plaza Velazquez, agrietado y ablandado por el tiempo.
Aguanté las lágrimas que ya asomaban inestables como las gotas de rocío que se agolpan en el cristal frío a la calle, por lo menos hasta meterme en el coche para volver a mi casa.
Fue entonces cuando abrí la mano y pude observar el regalo que me hizo y ya sin poder contener el rocío de los cristales me di cuenta que esa noche yo recibí más que él.
Si te cuento esto, Rocío, es porque no me veo con el derecho de quedarme sólo para mí ese regalo que encontré como un tesoro y que reecontraeré cada vez que vea ese monedero rojo de cuero.
Espero mantenerlo siempre abierto y no olvidar lo que guarda en su interior, que ya no es sólo mio, sino de quién lea esto gracias a que no he querido que sea un escrito efímero, ¿verdad?
Cuando pretendes huir egoistamente de cualquier noticia triste como lo acontecido en Asia para no entorpecer el bienestar y sosiego de las Navidades, llega un ángel de ojos claros, de multitud de pintitas azules dispersas sobre un fondo celeste blanquecino de una mañana de primavera en Sevilla y te situa en el mundo.
Un ángel caido, tirado en cartones que daba gracias a Dios porque pensaba que lo que sucedía en Filipinas sí era en verdad una desgracia.
Yo miraba a un mendigo y encontré una persona, una vida como la mia.Tenía la necesidad de saber su nombre para poder decir al día siguiente que hablé con Javier y no con un pobre.
Le avergonzaba pedir para un café para el desayuno delante de tres señoritas y antes de que yo terminara de acompañarlas hasta el soportal me llamó para pedirmelo entre hombres sin saber que yo quería seguir hablando con él.
Volví después de cerrar el portón y seguimos charlando. Me invitó a pasar adentro, al cajero, a su casa.Eché la mano a la cartera y le di lo que me había sobrado de haber ido antes al cine con remordimiento de no tener más, incluso desprecié en ese instante el rato tan agradable de la pelicula por evitar poder darle una mayor cantidad.
Pero claro, Javier se molestó porque me miró como alguién a quién pedirle algo de dinero y encontró un amigo.
Sólo aceptaba el dinero a cambio de que yo hiciera lo mismo con un obsequio por su parte, un pequeño monedero cuadrado de cuero en color rojo de los hipis de la Plaza Velazquez, agrietado y ablandado por el tiempo.
Aguanté las lágrimas que ya asomaban inestables como las gotas de rocío que se agolpan en el cristal frío a la calle, por lo menos hasta meterme en el coche para volver a mi casa.
Fue entonces cuando abrí la mano y pude observar el regalo que me hizo y ya sin poder contener el rocío de los cristales me di cuenta que esa noche yo recibí más que él.
Si te cuento esto, Rocío, es porque no me veo con el derecho de quedarme sólo para mí ese regalo que encontré como un tesoro y que reecontraeré cada vez que vea ese monedero rojo de cuero.
Espero mantenerlo siempre abierto y no olvidar lo que guarda en su interior, que ya no es sólo mio, sino de quién lea esto gracias a que no he querido que sea un escrito efímero, ¿verdad?