me mudo a otro blog!!
Queridos, les aviso que durante un tiempo voy a publicar en dos blogs a la vez, aunque el definitivo será www.arte10.com/blogservatorio/index.php/elektra por invitación expresa de Arte10.com. Espero que les guste. Besos...
arte en la catedral / centro de arte caja de burgos / chillida en silos
arte en la catedral
miquel navarro / carmen calvo
En pos del gótico; y de sus secuelas. Con tan denodadas intenciones busqué alojamiento en Burgos para unos días en plena canícula. No sólo encontré un maravilloso hotel desparramado en una loma alta, ocupando un antiguo seminario, cuajado por todas partes de climatizadores y moquetas casi estrenadas; también descubrí que el calor parecía haberse marchado a otro lugar; es verdad que a las cuatro de la tarde todavía podía cocerse una bajo el implacable sol castellano, pero yo procesionaba en pos de mis tacones bien entradas las siete, como se dice, con la fresquita.
Había dedicado mi primera mañana a una hipnotizante sesión monográfica en la catedral -ya saben, colección de cálices y tumbas, mil retablos flamígeros con mil historias encaramadas a sus espaldas, mucha piedra y, en medio de todo, la tumba de las tumbas, la del Cid omnipresente en la ciudad-. Como entenderán, tras un repertorio polisémico tan saturado andaba necesitaba de una pizca de abstracción o, en su defecto, de algo más ligero.

El claustro de la catedral de Burgos acogía, para mi regocijo, una sarta de ciudades enteras ordenaditas pieza a pieza como en un maravilloso juego por mi urbanista preferido, Miquel Navarro. A esta altura de la película me cuesta imaginar a un cabildo catedralicio (y encima por estos lares) acogiendo en su seno a un arte anicónico y pseudopagano -no sé si B16 estará muy conforme con estos desatinos que pueden ir en detrimento del orden y la moral-. Pero allí estaban, en formación, todas esas esculturillas en tropel, invadiendo el microcosmos cerrado del patio pétreo; la ciudad de Dios -Hierosolima celeste fraguada con el sudor de muchos- encerrando otra mucho más caótica, más humana y hasta más carnal si cabe, del color del hierro rojizo que un Chillida hubiese sublimado.
En aquel claustro, en medio de la paz que cualquier docena de arcos ojivales aporta necesariamente al espíritu, un osado comparaba la instalación del bueno de Miquel con el día de las fuerzas armadas; y aunque en principio esa voz me irritó -parecía querer compartir sus apreciaciones con el respetable allí presente-, silenciosamente le otorgué algo de razón al buen hombre. Yo también vi unos misiles, unos cañones y hasta algo así como un campamento a la romana...
Los hombres no pueden olvidarse de la guerra, hasta el punto que la guerra misma parece ser nuestra ciudad, inevitable extensión tentacular de conflictos que un día lanzamos al aire y nos incomoda desde cualquier canal de televisión.
La sorpresa, sin embargo, estaba encerrada en una sugerente capilla que linda con el claustro. Allí se levantaba otra urbe, ésta toda argéntea -Dios sabe cómo se nublan mis entendederas con brillos y destellos varios, siempre empeñada en desayunar con diamantes-. Magnífico el pulimento del pavimento, que ejercía un poderoso reflejo -como una laguna estigia con una promesa de felicidad a flote- de la ciudad, sus edificios y sus cementerios. Edificada lingote a lingote, como de luna y nácar, contrapunto de la otra -herrumbrosa, oscura, desordenada-, un burgo moderno.

Y dos retablos. Quizá el verdadero reclamo de la exposición; el hecho de que Miquel Navarro y Carmen Calvo hayan ejecutado sendas tablas de altar que habrán de formar parte en el futuro del patrimonio catedralicio. Ambos creadores, puestos de acuerdo, deciden dimensiones y materiales a emplear. Adoro que se decantaran finalmente por la madera dorada, como antaño. Ahora pienso que es una lástima que el oro dejara de formar parte tan pronto de la nobleza del arte. Klimt, por ejemplo, y aunque era un kitsch de su tiempo, lo utilizaba a granel para ostentación de los coleccionistas.
Estas piezas en sí son menos sugerentes que el resto de producción que se exhibía allí. Al anacronismo de hacer retablos en tiempos de laicismo galopante se une una patente inexperiencia en iconografía religiosa. No nos queda muy clara, por ejemplo, la caótica relación entre la cuchillería del retablo de Carmen y el apostolado. La estructura arquitectónica que plantea Miquel, por su parte, resulta del todo abstracta, sin apuntar una dirección clara en su lectura. Estos retablos son, más que nada, vistosos, y desde luego encajan bien en el espacio de la capilla. Aunque yo no suela conformarme con el arte resultón.

Las pseudoarqueológicas vitrinas de Carmen, sin embargo, atestadas de reliquias y fósiles, con tanto tiempo encerrado, tantos sentimientos encapsulados, hacían de la galería circundante un maravilloso museo del desencuentro emocional. Por no hablar de sus fotografías retocadas sutilísimamente, provocándonos a un tiempo una sabia ironía sobre los roles sociales establecidos desde los rituales y una inquietante sensación de misterio.
[publicado en lafresa]
centro de arte caja de burgos
Tras una fresca y hermosa noche burgalesa, la mañana se prestó propicia para el paseo. Burgos se ha europeizado rápido; las calles del centro histórico, muy decimonónicas, elegantonas, invitan a andar de acá para allá tonteando. Después de un simbólico desayuno en la plaza mayor -un pellizco a un croissant diminuto y un expresso con muchísimo hielo-, me apetecía visitar el CAB. Iba perfecta para la ocasión -toda de pistacho y complementos vainilla-, y hasta me había puesto mis brazaletes semifenicios labrados por Guillermo Pérez Villalta...
No pensaba que me iba a aburrir tanto con la pintura monocorde de Pedro Calapez. Él recibe elogios por todas partes, pero a mí me parece soso. Había unos cubos de aluminio con la pintura encerrada en el interior; una locura, un desfase. No sólo es de una incomodidad manifiesta el asomarse al interior de los cubos para disfrutar de la pintura; es inevitable encontrarla llena de polvo apenas pasados unos días...

Pero el edificio me compensaba con creces. Tras agotarme irremediablemente con su anodina exhibición de la permanente, acudí a deslumbrarme a la terraza, donde las afiladas agujas de la catedral -como si hubiesen sido colocadas ex profeso a un centenar de pasos para aderezar y no a la inversa- jugaban a la seducción perversa con los volúmenes prismáticos del museo. Allí, saboreando un poco de jazz lejano proviniente de alguna de las azoteas, decidía que la mañana siguiente partiría hacia algún remanso de paz.
[publicado en lafresa]
chillida en silos
Arribé a Silos temprano, convencida de que hallaría la bonanza ansiada... Pagué religiosamente mi ticket -allí debe hacerse todo religiosamente- y dejé para más tarde hacerme con algunos botes de miel de los monjes -auténtica delicatessen para escanciar en contenidas dosis sobre otros placeres-. Quería examinar cuidadosamente todos los capiteles del claustro, cansada de reconocer siempre las mismas fotografías de las rancias enciclopedias. Pero no esperaba toparme de frente con una terrible visita guiada, gritada sin pudor por una inocente estudiante en prácticas que salmodiaba lo aprendido con ahínco.
Tras el martirio llego el remanso. Con las palmas y los estigmas del sufrimiento en mis martilleadas sienes, llegué sin pensarlo a un extremo del claustro, donde se abría una escalera descendente hacia el auténtico éxtasis. Una inesperada exposición de Chillida.

Lurras y alabastros y, sobre todo, ligeras gravitaciones de papel rasgado. Para el caso habían sido seleccionadas, sobre todo, aquellas piezas relacionadas con la austera espiritualidad de Juan de la Cruz.
Lástima que la muestra se desarrollara discretamente en un espacio neutro y moderno habilitado al efecto; seguramente habría sido delicioso ver aquellas exquisiteces junto a las sirenas, los grifos y otras criaturas del imaginario románico. No obstante fue como azúcar para mí. Y cuando regresaba, conduciendo sola por esos parajes, envuelta en algo de chill -perfecto para el atardecer-, alabé todos mis aciertos y até fuerte a mi memoria todos aquellos hallazgos.
[publicado en lafresa]

besos
miquel navarro / carmen calvo
En pos del gótico; y de sus secuelas. Con tan denodadas intenciones busqué alojamiento en Burgos para unos días en plena canícula. No sólo encontré un maravilloso hotel desparramado en una loma alta, ocupando un antiguo seminario, cuajado por todas partes de climatizadores y moquetas casi estrenadas; también descubrí que el calor parecía haberse marchado a otro lugar; es verdad que a las cuatro de la tarde todavía podía cocerse una bajo el implacable sol castellano, pero yo procesionaba en pos de mis tacones bien entradas las siete, como se dice, con la fresquita.
Había dedicado mi primera mañana a una hipnotizante sesión monográfica en la catedral -ya saben, colección de cálices y tumbas, mil retablos flamígeros con mil historias encaramadas a sus espaldas, mucha piedra y, en medio de todo, la tumba de las tumbas, la del Cid omnipresente en la ciudad-. Como entenderán, tras un repertorio polisémico tan saturado andaba necesitaba de una pizca de abstracción o, en su defecto, de algo más ligero.

El claustro de la catedral de Burgos acogía, para mi regocijo, una sarta de ciudades enteras ordenaditas pieza a pieza como en un maravilloso juego por mi urbanista preferido, Miquel Navarro. A esta altura de la película me cuesta imaginar a un cabildo catedralicio (y encima por estos lares) acogiendo en su seno a un arte anicónico y pseudopagano -no sé si B16 estará muy conforme con estos desatinos que pueden ir en detrimento del orden y la moral-. Pero allí estaban, en formación, todas esas esculturillas en tropel, invadiendo el microcosmos cerrado del patio pétreo; la ciudad de Dios -Hierosolima celeste fraguada con el sudor de muchos- encerrando otra mucho más caótica, más humana y hasta más carnal si cabe, del color del hierro rojizo que un Chillida hubiese sublimado.
En aquel claustro, en medio de la paz que cualquier docena de arcos ojivales aporta necesariamente al espíritu, un osado comparaba la instalación del bueno de Miquel con el día de las fuerzas armadas; y aunque en principio esa voz me irritó -parecía querer compartir sus apreciaciones con el respetable allí presente-, silenciosamente le otorgué algo de razón al buen hombre. Yo también vi unos misiles, unos cañones y hasta algo así como un campamento a la romana...
Los hombres no pueden olvidarse de la guerra, hasta el punto que la guerra misma parece ser nuestra ciudad, inevitable extensión tentacular de conflictos que un día lanzamos al aire y nos incomoda desde cualquier canal de televisión.
La sorpresa, sin embargo, estaba encerrada en una sugerente capilla que linda con el claustro. Allí se levantaba otra urbe, ésta toda argéntea -Dios sabe cómo se nublan mis entendederas con brillos y destellos varios, siempre empeñada en desayunar con diamantes-. Magnífico el pulimento del pavimento, que ejercía un poderoso reflejo -como una laguna estigia con una promesa de felicidad a flote- de la ciudad, sus edificios y sus cementerios. Edificada lingote a lingote, como de luna y nácar, contrapunto de la otra -herrumbrosa, oscura, desordenada-, un burgo moderno.

Y dos retablos. Quizá el verdadero reclamo de la exposición; el hecho de que Miquel Navarro y Carmen Calvo hayan ejecutado sendas tablas de altar que habrán de formar parte en el futuro del patrimonio catedralicio. Ambos creadores, puestos de acuerdo, deciden dimensiones y materiales a emplear. Adoro que se decantaran finalmente por la madera dorada, como antaño. Ahora pienso que es una lástima que el oro dejara de formar parte tan pronto de la nobleza del arte. Klimt, por ejemplo, y aunque era un kitsch de su tiempo, lo utilizaba a granel para ostentación de los coleccionistas.
Estas piezas en sí son menos sugerentes que el resto de producción que se exhibía allí. Al anacronismo de hacer retablos en tiempos de laicismo galopante se une una patente inexperiencia en iconografía religiosa. No nos queda muy clara, por ejemplo, la caótica relación entre la cuchillería del retablo de Carmen y el apostolado. La estructura arquitectónica que plantea Miquel, por su parte, resulta del todo abstracta, sin apuntar una dirección clara en su lectura. Estos retablos son, más que nada, vistosos, y desde luego encajan bien en el espacio de la capilla. Aunque yo no suela conformarme con el arte resultón.

Las pseudoarqueológicas vitrinas de Carmen, sin embargo, atestadas de reliquias y fósiles, con tanto tiempo encerrado, tantos sentimientos encapsulados, hacían de la galería circundante un maravilloso museo del desencuentro emocional. Por no hablar de sus fotografías retocadas sutilísimamente, provocándonos a un tiempo una sabia ironía sobre los roles sociales establecidos desde los rituales y una inquietante sensación de misterio.
[publicado en lafresa]
centro de arte caja de burgos
Tras una fresca y hermosa noche burgalesa, la mañana se prestó propicia para el paseo. Burgos se ha europeizado rápido; las calles del centro histórico, muy decimonónicas, elegantonas, invitan a andar de acá para allá tonteando. Después de un simbólico desayuno en la plaza mayor -un pellizco a un croissant diminuto y un expresso con muchísimo hielo-, me apetecía visitar el CAB. Iba perfecta para la ocasión -toda de pistacho y complementos vainilla-, y hasta me había puesto mis brazaletes semifenicios labrados por Guillermo Pérez Villalta...
No pensaba que me iba a aburrir tanto con la pintura monocorde de Pedro Calapez. Él recibe elogios por todas partes, pero a mí me parece soso. Había unos cubos de aluminio con la pintura encerrada en el interior; una locura, un desfase. No sólo es de una incomodidad manifiesta el asomarse al interior de los cubos para disfrutar de la pintura; es inevitable encontrarla llena de polvo apenas pasados unos días...

Pero el edificio me compensaba con creces. Tras agotarme irremediablemente con su anodina exhibición de la permanente, acudí a deslumbrarme a la terraza, donde las afiladas agujas de la catedral -como si hubiesen sido colocadas ex profeso a un centenar de pasos para aderezar y no a la inversa- jugaban a la seducción perversa con los volúmenes prismáticos del museo. Allí, saboreando un poco de jazz lejano proviniente de alguna de las azoteas, decidía que la mañana siguiente partiría hacia algún remanso de paz.
[publicado en lafresa]
chillida en silos
Arribé a Silos temprano, convencida de que hallaría la bonanza ansiada... Pagué religiosamente mi ticket -allí debe hacerse todo religiosamente- y dejé para más tarde hacerme con algunos botes de miel de los monjes -auténtica delicatessen para escanciar en contenidas dosis sobre otros placeres-. Quería examinar cuidadosamente todos los capiteles del claustro, cansada de reconocer siempre las mismas fotografías de las rancias enciclopedias. Pero no esperaba toparme de frente con una terrible visita guiada, gritada sin pudor por una inocente estudiante en prácticas que salmodiaba lo aprendido con ahínco.
Tras el martirio llego el remanso. Con las palmas y los estigmas del sufrimiento en mis martilleadas sienes, llegué sin pensarlo a un extremo del claustro, donde se abría una escalera descendente hacia el auténtico éxtasis. Una inesperada exposición de Chillida.

Lurras y alabastros y, sobre todo, ligeras gravitaciones de papel rasgado. Para el caso habían sido seleccionadas, sobre todo, aquellas piezas relacionadas con la austera espiritualidad de Juan de la Cruz.
Lástima que la muestra se desarrollara discretamente en un espacio neutro y moderno habilitado al efecto; seguramente habría sido delicioso ver aquellas exquisiteces junto a las sirenas, los grifos y otras criaturas del imaginario románico. No obstante fue como azúcar para mí. Y cuando regresaba, conduciendo sola por esos parajes, envuelta en algo de chill -perfecto para el atardecer-, alabé todos mis aciertos y até fuerte a mi memoria todos aquellos hallazgos.
[publicado en lafresa]

besos
Liam Gillick - McNamara Motel
"Es que es arte conceptual; el arte conceptual es así"...
No basta con el disgusto de ver la exposición de Liam Gillick y quedarse a dos velas; encima hay que soportar ese tipo de sentencias en medio del cátering de inauguración de boca nada menos que de una comisaria de exposiciones. En mi opinión el término comisario siempre ha ido un poco desajustado a su función. Podría interpretarse que esa figura tiene la misión de vigilarlo todo, incluso los posibles desmanes del artista.
Al menos un comisario debe tenerlo todo controlado.
Liam Gillick, un ser extraño que se deleita inverosímilmente con el fútbol a mansalva, ha seleccionado arbitrariamente frases y frasecillas de algún guión que nunca llego a ser película -McNamara Motel- y las ha esparcido simpáticamente por las diáfanas paredes de la sala central del centro de arte.
Liam reconoce que estas frases no guardan relación, que la intención es imposible de vislumbrar. Pretende que nos sentemos en unas bancadas circulares instaladas al efecto y nos dediquemos a buscar sus frasecillas entre las obras completas. Nadie lo hará. Nadie en su sano juicio, quiero decir.
Han pegado letras de vinilo sobre el blanco muro, quieren que nos sintamos como dentro de un libro. Yo sólo siento que faltan cosas... He visto otras actuaciones de Liam Gillick en libros, por ahí, menos conceptuales... Siento decir que en este caso más me parece que ha faltado presupuesto, que no había para cortar al agua sentencias de aluminio, por ejemplo, y suspenderlas del techo. Habría estado más mono, eso seguro, más agradable de ver.
Yo entiendo que todo esto tiene que ver con un tipo de arte autorreferencial, vamos, que alude al ombliguismo:
"Soy una obra de arte porque tengo conciencia de serlo, no pretendan que mi discurso se encuentre fuera, en la linde, ni en el argumento -tan etéreo, tan disipado, tan inexistente-, por surrealista que parezca. Mi discurso está en mi misma presencia, molestándole a usted con mi austeridad fría y rácana. Usted piensa que mi esencia inmaterial -apenas un archivo word que manosean y reenvían de un lado a otro-, tímidamente plasmada sobre el plástico adhesivo final, no puede ser tomada como presencia artística. Piense lo que quiera. Me ha hecho un señor muy honorable desde que alguien en los premios Turner le acusó de ser una mierda. Formo parte de la gran incongruencia británica, ensalzada por Saatchi y mil acólitos. Presumo de incoherencia y antidiscurso, ¿qué más se me ha de exigir?"
Pueden ver la obra de Liam Gillick en Cacmálaga hasta el 6 de noviembre de 2005. Que les aproveche...
Declaración de intenciones
Comenzaré por preguntarme para qué he ido a parar a un lugar como este...

Septiembre es idóneo, tanto o más que el siete de enero, para recapitular en ejercicio zen, despojarme -en sentido figurado- de los lastres remotos y dejar que una fina corriente me embargue. Quizá deba preguntarme por qué siempre he aborrecido a Sorolla -de la mano de Fortuny-, visceralmente, y de la misma forma -desde las tripas, como dice mi Nacho Albert- me he lanzado a otras piscinas, comprando compulsivamente el oro de Klein y las brechas de Fontana.
Las respuestas llegarán goteando, o no llegarán nunca.
photoespaña 2005
"10:45. Tras una exasperante labor -a la caza de una plaza de aparcamiento- y haberme convencido de que ni mucho menos conozco Madrid como creo, decido mezclarme con la vida intensa de la ciudad. Eso supone, incluso, viajar en un multitudinario vagón de metro. Cómo es media mañana, la climatización aún es posible en el interior de los trenes y ello me hace sonreír positiva..."
¿Quieren saber lo que hice hasta las 21:00 h? Les recomiendo pues este enlace...
Este veranito los de lafresa me han dado carta blanca y me han concedido todo un suplemento para mí sola, casi 10000 píxeles de largo toditos de mis ocurrencias. Espero que les guste.

besos
¿Quieren saber lo que hice hasta las 21:00 h? Les recomiendo pues este enlace...
Este veranito los de lafresa me han dado carta blanca y me han concedido todo un suplemento para mí sola, casi 10000 píxeles de largo toditos de mis ocurrencias. Espero que les guste.

besos
TF
La exposición de Teresita Fernández ha gustado muy especialmente a la gente más esnob de toda la que conozco. Ellos, los que se asquean con la mayoría de la pintura –indiscriminadamente- y sólo se llevan la hoja de sala a casa si hace juego con su colección –nada de digerir elucubraciones insípidas-. Y lo que más me hiere de esta cuestión es reconocer –ahora- que a mí también me ha gustado esa exposición. ¿Creen ustedes que soy demasiado superficial? ¿Eso se adivina de lo poquito que me leen?
En teoría –en la teoría de los catálogos, sobre todo- la artista pergeña sus creaciones como interrelación de varios factores abstractos; la imagen mental como acto de habla, la naturaleza como construcción, lo arquitectónico como espacio y lugar de representación, y lo simbólico como experiencia del sujeto. Todas estas apelaciones al parecer son legibles en la instalación. Evidentemente, suelo leer los catálogos inmediatamente después de haber visitado el centro de arte, nunca antes. Me siento a la defensiva.
Es que, irremediablemente, y a pesar del profundísimo lenguaje en que nos habla Teresita –el de los conceptos absolutos-, sus obras nos resultan del todo chic en un remedo de los catálogos más límpidos de la decoración moderna. Probablemente tenga que ver lo sofisticadísimo de los materiales empleados y la pulcritud con que han sido tratados –con apariencia casi industrial de los acabados-.

Rodeando esa especie de fuego fatuo de hilos de seda, caminando al ritmo procesional que me hube impuesto para ajustar el inevitable clac-clac de los tacones al biorritmo propio de la llamarada, y puesto que la idea esencial del fuego apenas me conmueve (no recuerdo, y tocaremos madera, ningún episodio singular en que dicho elemento haya quebrantado un ápice de mi sosiego), acabé dilucidando si el traslúcido cilindro sería una buena elección junto a mi sofá –del que creo haberles hablado en alguna ocasión-. Forzosamente, un objeto de marca. De la fashionable TF.

Del mismo modo obré con las preciosas plataformas de aluminio pintado y recubiertas de bolitas de cristal –metáforas de la lava volcánica-, que irremediablemente imaginé un poco más altas, con unas tazas de café sobre ellas, alguna revista, un par de libros de meditación zen y un cenicero...

Los cubitos de vidrio que poblaban una de las paredes –en irradiación solar- terminaron de convencerme... Teresita Fernández, por más que verse de ideas primarias y comprensibles a todos, por más que trate de despertar un resorte que nos anima a desenterrar una visión eidética que hemos fabricado de cada pieza de la naturaleza cambiante, también se preocupa (y mucho, entiendo) de un acabado objetivamente glacial y suntuoso, quizá innecesario, pero que le augura como devotos y como clientes a los esclavos del estilismo.

Ante los lienzos que representan humo me extasié lentamente. El título original en ingles –smoke- me invitaba sensualmente a sentir placenteramente todo el sahumerio de un cigarrillo, casi a perfumarme interiormente como incensándome el alma... Lo peor vino cuando me arrimé a escasos centímetros de uno de los cuadros. Exquisitamente, Teresita confecciona sus pinturas a partir de pequeñas herramientas modulares, en este caso diminutos círculos que –tramados y superpuestos- conforman la textura etérea deseada. En un instante la visualicé probablemente realizando aquellos círculos con una herramienta apropiada, y pensé que al menos sabe hacer la “o” con un canuto. Ese pensamiento vulgar y casi obsceno –en el sanctasanctorum de Fernando Francés- me provocó una risa incontrolada y un desvarío extremo. Nada que no ahogue un café espeso como el que sirven en la cafetería del centro de arte.
En teoría –en la teoría de los catálogos, sobre todo- la artista pergeña sus creaciones como interrelación de varios factores abstractos; la imagen mental como acto de habla, la naturaleza como construcción, lo arquitectónico como espacio y lugar de representación, y lo simbólico como experiencia del sujeto. Todas estas apelaciones al parecer son legibles en la instalación. Evidentemente, suelo leer los catálogos inmediatamente después de haber visitado el centro de arte, nunca antes. Me siento a la defensiva.
Es que, irremediablemente, y a pesar del profundísimo lenguaje en que nos habla Teresita –el de los conceptos absolutos-, sus obras nos resultan del todo chic en un remedo de los catálogos más límpidos de la decoración moderna. Probablemente tenga que ver lo sofisticadísimo de los materiales empleados y la pulcritud con que han sido tratados –con apariencia casi industrial de los acabados-.

Rodeando esa especie de fuego fatuo de hilos de seda, caminando al ritmo procesional que me hube impuesto para ajustar el inevitable clac-clac de los tacones al biorritmo propio de la llamarada, y puesto que la idea esencial del fuego apenas me conmueve (no recuerdo, y tocaremos madera, ningún episodio singular en que dicho elemento haya quebrantado un ápice de mi sosiego), acabé dilucidando si el traslúcido cilindro sería una buena elección junto a mi sofá –del que creo haberles hablado en alguna ocasión-. Forzosamente, un objeto de marca. De la fashionable TF.

Del mismo modo obré con las preciosas plataformas de aluminio pintado y recubiertas de bolitas de cristal –metáforas de la lava volcánica-, que irremediablemente imaginé un poco más altas, con unas tazas de café sobre ellas, alguna revista, un par de libros de meditación zen y un cenicero...

Los cubitos de vidrio que poblaban una de las paredes –en irradiación solar- terminaron de convencerme... Teresita Fernández, por más que verse de ideas primarias y comprensibles a todos, por más que trate de despertar un resorte que nos anima a desenterrar una visión eidética que hemos fabricado de cada pieza de la naturaleza cambiante, también se preocupa (y mucho, entiendo) de un acabado objetivamente glacial y suntuoso, quizá innecesario, pero que le augura como devotos y como clientes a los esclavos del estilismo.

Ante los lienzos que representan humo me extasié lentamente. El título original en ingles –smoke- me invitaba sensualmente a sentir placenteramente todo el sahumerio de un cigarrillo, casi a perfumarme interiormente como incensándome el alma... Lo peor vino cuando me arrimé a escasos centímetros de uno de los cuadros. Exquisitamente, Teresita confecciona sus pinturas a partir de pequeñas herramientas modulares, en este caso diminutos círculos que –tramados y superpuestos- conforman la textura etérea deseada. En un instante la visualicé probablemente realizando aquellos círculos con una herramienta apropiada, y pensé que al menos sabe hacer la “o” con un canuto. Ese pensamiento vulgar y casi obsceno –en el sanctasanctorum de Fernando Francés- me provocó una risa incontrolada y un desvarío extremo. Nada que no ahogue un café espeso como el que sirven en la cafetería del centro de arte.
Burgos y los retablos más fashion del mundo
Leo con fruición en una de las escasas revistas de arte que consigo -aquí apenas me llegan dos y con dificultad- que religión y arte se aunan de nuevo bajo el inefable prisma de la modernidad. El cofre maravilloso que albergará el encuentro, la catedral de Burgos; los artistas afortunados por la comitencia, Carmen Calvo -no nuestra flamante ministra, que parece hacer de su propia existencia una obra de arte- y Miquel Navarro, de quien precisamente he tenido la ocasión de hablar hace muy poco...
En cuanto al lugar del evento, diré con entusiasmo que cierto afán desinfectante ha devuelto a su carcasa una falsa pátina de pulcritud que el edificio nunca tuvo (si tenemos en cuenta los lapsos de tiempo en que fue construida y reformada la catedral de Burgos, no tardaremos en apreciar que el tono de su piel jamás fue uniforme, de lo cual se deduce que el níveo esplendor que ahora luce es una desconcertante ilusión). Restaurar se está convirtiendo en decidir un nuevo aspecto para las cosas, el color con que nos sentiremos más cómodos, mejor todo reluciente y que de nuevo la cruel deidad castrante lo vaya barnizando todo de mugrienta historia, pero de un deseable modo uniforme...
Decía, o mejor empiezo a decir, que el cabildo catedralicio burgalés -y gracias al fuerte empeño de la caja de ahorros local, acreedora de un competitivo centro de arte contemporáneo- encargó -al modo de aquellos mecenas acaudalados, pero sin verdadera pasión- dos retablos a estos modernos artistas españoles.
Ya en sí parece una broma lo de encargar retablos a estas alturas; al fin y al cabo es la propia Iglesia la que ha renegado de ellos, como se reniega de un hijo proscrito y decepcionante que sólo ha proporcionado quebraderos de cabeza. Leyendo la noticia a secas, y tras el gran chiste pintado por Kiko en la Almudena, tiemblo como un calcetín escualido tendido a su suerte en un cordel bajo la inhóspita noche ventosa de marzo...
Luego veo las deslumbrantes fotos del reportaje; sendos artistas posando afables ante sus extraños retablos, que fueron concebidos en una escala más bien modesta y poco deudora de lo que nuestra deformada y barroca percepción entiende por el vocablo "retablo".
De un primer vistazo deduzco que son agradables a la vista, cuanto menos. Y pienso que no desentonan vilmente con las tablas góticas de cualquier catedral decente... El pan de oro, que todo lo que viste lo trastoca y lo utima, es el elemento dominante. Al fin y al cabo, antes que tirarlo al río -como el chalado de Yves, que hizo lo propio en el Sena en su momento conceptual más fanático- bien está el oro en las iglesias, simbolizando una y mil veces más la luz divina de la que el hombre de hoy se ha olvidado.

Sin embargo, y de miradas postreras -ojo, en la revista, que con el calor que hace no paso por Burgos así de alegremente-, me decepciona un poco el discurso de estas límpidas tablas de altar. Y concluyo que Miquel debe seguir a lo suyo, con las maravillosas maquetitas despiezadas, y Carmen, tres cuartos de lo mismo, a hacer vudú en fotos viejas de mercadillo y a acumular basurilla familiar en vitrinas reconfortantes. Y que estos comentarios no sirvan para hacer pensar a nadie, ni siquiera a la buena de Julia (vaya aquí una sonrisa), que no admiro a los susodichos. De buena gana me compraba alguna cosita para el museo que pienso abrir algún día.
Simplemente no me los creo. A Carmen, tan ordenada, situando en cuadrícula inerte tanta cuchillería enmohecida -primero se me vino a las mientes que aquello era un nuevo viacrucis imposible, y no obstante era un caótico y críptico apostolado-. Me horroriza la forma tan pulcra en que está todo dispuesto, como un muestrario, tan lejana a lo que esos instrumentos de la pasión debieran inspirar.

A Miquel no le perdono como trabaja la madera, en una suerte de planchas recortadas en plano que le desdicen del todo habida cuenta de lo que sabe hacer con el metal o la piedra. Parece hecho con desgana, y que me perdone el artista. Y desde luego me resisto a encontrar la simbología en sus casitas y casazas, son un pretexto para evitar sumergirse en el catolicismo triunfante.
Mi conclusión es que todo esto es una excusa para llevar gente a la exposición en el veranito desapacible de Castilla, y apenas algo más. Un invento pergeñado con el merchandising más fino, hilado con astucia de serpientes, y que arrastrará mis tacones hasta allí muy a pesar de mis pensamientos. Pues una acaba sucumbiendo ante las cosas más raras, aunque sea sólo para comprobar in situ si la cosa funciona, y de camino castigarme un poco en el Mesón del Cid con yantares excesivos y caldos exquisitos.
A ver si hago propósito de enmienda y me reconcilio con todos, que últimamente toda la corriente me viene de cara. Besazos.
En cuanto al lugar del evento, diré con entusiasmo que cierto afán desinfectante ha devuelto a su carcasa una falsa pátina de pulcritud que el edificio nunca tuvo (si tenemos en cuenta los lapsos de tiempo en que fue construida y reformada la catedral de Burgos, no tardaremos en apreciar que el tono de su piel jamás fue uniforme, de lo cual se deduce que el níveo esplendor que ahora luce es una desconcertante ilusión). Restaurar se está convirtiendo en decidir un nuevo aspecto para las cosas, el color con que nos sentiremos más cómodos, mejor todo reluciente y que de nuevo la cruel deidad castrante lo vaya barnizando todo de mugrienta historia, pero de un deseable modo uniforme...
Decía, o mejor empiezo a decir, que el cabildo catedralicio burgalés -y gracias al fuerte empeño de la caja de ahorros local, acreedora de un competitivo centro de arte contemporáneo- encargó -al modo de aquellos mecenas acaudalados, pero sin verdadera pasión- dos retablos a estos modernos artistas españoles.
Ya en sí parece una broma lo de encargar retablos a estas alturas; al fin y al cabo es la propia Iglesia la que ha renegado de ellos, como se reniega de un hijo proscrito y decepcionante que sólo ha proporcionado quebraderos de cabeza. Leyendo la noticia a secas, y tras el gran chiste pintado por Kiko en la Almudena, tiemblo como un calcetín escualido tendido a su suerte en un cordel bajo la inhóspita noche ventosa de marzo...
Luego veo las deslumbrantes fotos del reportaje; sendos artistas posando afables ante sus extraños retablos, que fueron concebidos en una escala más bien modesta y poco deudora de lo que nuestra deformada y barroca percepción entiende por el vocablo "retablo".
De un primer vistazo deduzco que son agradables a la vista, cuanto menos. Y pienso que no desentonan vilmente con las tablas góticas de cualquier catedral decente... El pan de oro, que todo lo que viste lo trastoca y lo utima, es el elemento dominante. Al fin y al cabo, antes que tirarlo al río -como el chalado de Yves, que hizo lo propio en el Sena en su momento conceptual más fanático- bien está el oro en las iglesias, simbolizando una y mil veces más la luz divina de la que el hombre de hoy se ha olvidado.

Sin embargo, y de miradas postreras -ojo, en la revista, que con el calor que hace no paso por Burgos así de alegremente-, me decepciona un poco el discurso de estas límpidas tablas de altar. Y concluyo que Miquel debe seguir a lo suyo, con las maravillosas maquetitas despiezadas, y Carmen, tres cuartos de lo mismo, a hacer vudú en fotos viejas de mercadillo y a acumular basurilla familiar en vitrinas reconfortantes. Y que estos comentarios no sirvan para hacer pensar a nadie, ni siquiera a la buena de Julia (vaya aquí una sonrisa), que no admiro a los susodichos. De buena gana me compraba alguna cosita para el museo que pienso abrir algún día.
Simplemente no me los creo. A Carmen, tan ordenada, situando en cuadrícula inerte tanta cuchillería enmohecida -primero se me vino a las mientes que aquello era un nuevo viacrucis imposible, y no obstante era un caótico y críptico apostolado-. Me horroriza la forma tan pulcra en que está todo dispuesto, como un muestrario, tan lejana a lo que esos instrumentos de la pasión debieran inspirar.

A Miquel no le perdono como trabaja la madera, en una suerte de planchas recortadas en plano que le desdicen del todo habida cuenta de lo que sabe hacer con el metal o la piedra. Parece hecho con desgana, y que me perdone el artista. Y desde luego me resisto a encontrar la simbología en sus casitas y casazas, son un pretexto para evitar sumergirse en el catolicismo triunfante.
Mi conclusión es que todo esto es una excusa para llevar gente a la exposición en el veranito desapacible de Castilla, y apenas algo más. Un invento pergeñado con el merchandising más fino, hilado con astucia de serpientes, y que arrastrará mis tacones hasta allí muy a pesar de mis pensamientos. Pues una acaba sucumbiendo ante las cosas más raras, aunque sea sólo para comprobar in situ si la cosa funciona, y de camino castigarme un poco en el Mesón del Cid con yantares excesivos y caldos exquisitos.
A ver si hago propósito de enmienda y me reconcilio con todos, que últimamente toda la corriente me viene de cara. Besazos.
atención
Por Dios, no vayan ustedes a esquivar el comentario de Julia acerca de mi artículo anterior; no tiene desperdicio...
Es lo más apasionado, lo más visceral y probablemente incluso de lo más artístico que me han escrito en todo este tiempo. Vaya desde aquí mi encendido agradecimiento a la buena de Julia; esto y no otras soserías es lo que mantiene encendido el interés por el arte y la cultura.
Se me olvidaba; un beso.

Es lo más apasionado, lo más visceral y probablemente incluso de lo más artístico que me han escrito en todo este tiempo. Vaya desde aquí mi encendido agradecimiento a la buena de Julia; esto y no otras soserías es lo que mantiene encendido el interés por el arte y la cultura.
Se me olvidaba; un beso.

el British burlado
El British es un lugar repugnante. No tengo ganas de poner límites a mi lengua, queridos; sólo el olor a fritanga, que bulle por todas las salas, ya hace merecedor a este museo del calificativo empleado. La cafetería del British, al menos hace relativamente poco tiempo, lo impregnaba todo, como espacio poroso e intercomunicado que es el museo...
Y en esa nauseabunda hediondez, como pez en el agua, las vulgares ordas campean a sus anchas por los pasillos, asiéndose familiarmente a cualquier bulto que les parece antiguo: un busto egipcio, un capitel armenio, da lo mismo. El caso es llevarse el souvenir virtual -una imagen digital de escaso coste encapsulada en un móvil de última generación, imagen por demás mal encuadrada y enfocada-, el turista dejando su impronta -su aroma axiláceo para siempre prendado a tesoros de la antigua Grecia-, una visita por demás desagradecida y un recuerdo imborrable.
Es evidente que no hay mucho tino en el modo en que se gestiona todo ese arte almacenado, sobre todo a la hora de garantizar su conservación.
No sé si es la democratización del Museo lo que nos ha llevado a tan deleznable situación. Pero la gente sale muy contenta y una, tan melindrosa, se escabulle horrorizada. Porque yo, amigos míos, encuentro una erótica fascinante en el no tocar y en el no acercarse demasiado, en las barreras invisibles, en el saberse vigilado durante el disfrute artístico... Toco sólo el arte que compro, y ello me produce un ingénuo placer secreto.
Si me hacen rememorar, hace algunos años que viví una experiencia más que extraordinaria -para mi acervo- en el Palacio Pitti de Florencia. En sus salas dedicadas a la pintura moderna -impresionistas y demás- habíase instalado un eficaz sistema de zumbidos agudos hasta niveles insufribles, que daban la voz siempre que el visitante se arrimaba a menos de tres palmos de cualquier pared. Los sensores eran increiblemente efectivos, tanto que propinaban un férreo dolor de cabeza al visitante. Una podía acostumbrarse -al tercer zumbido o así- a la distancia acordada; pero durante el resto de la visita seguía escuchando los postreros zumbidos que ocasionaban otros advenedizos más torpes...
Entiéndanme. Yo no abogo por esos sistemas que coaccionan la mirada (aquellos cuadros secundones eran todos muy pequeños y forzosamente debía acercarme). Pero, ante el libertinaje observado en el British Museum, no puedo menos que regocijarme por la última trastada de Banksy.

Para quien no esté al tanto, Banksy es un graffitero presuntuoso que de seguro está inscrito en el movimiento anti-globalización con todas las de la ley. Alguien que ostenta en su currículum diversas acciones de terrorismo artístico -como afinan los más alarmistas- en los museos más prestigiosos del mundo civilizado... Llega, cuela la obrita en cuestión, la fija en el muro vete a saber con qué, coloca la omnipresente cartela, y se va tan pancho. Y a veces tiene el gustazo de convocar un concursillo para que algún avispado vaya y se fotografíe junto a la intrusa pieza.
No habrá que esperar mucho para ver como se le dedica a esta pandillita un capitulito en el Summa Artis; dentro de nada se catalogará como una eminente manera de arte accionista, y entonces, por fin, ese arte dejará de tener sentido. Y poblará nuestros centros de arte, para nuestras maravilladas entendederas.
Yo, por supuesto, no es que aplauda al artista. Lo de colar una tontería en un lugar serio de exposiciones queda desfasado desde el famosísimo orinal que todos conocemos -un icono influyente hasta el paroxismo, según los rankins más severos-. Y además no hace tanto de otro engreído que hizo lo propio en el Guggenheim. Pero que sirva por lo menos para evidenciar el descuido, oiga.

Yendo al objeto de nuestra cólera, diremos que nos parece por demás una pamplina lo del señor con carrito comprando bisontes en un supermercado del mesolítico. Ni críticas al capitalismo/consumismo ni pamemas. Y lo de la valentía, algo más que discutible en un mercadillo persa como el British.

Escribo solamente por revancha.
Y en esa nauseabunda hediondez, como pez en el agua, las vulgares ordas campean a sus anchas por los pasillos, asiéndose familiarmente a cualquier bulto que les parece antiguo: un busto egipcio, un capitel armenio, da lo mismo. El caso es llevarse el souvenir virtual -una imagen digital de escaso coste encapsulada en un móvil de última generación, imagen por demás mal encuadrada y enfocada-, el turista dejando su impronta -su aroma axiláceo para siempre prendado a tesoros de la antigua Grecia-, una visita por demás desagradecida y un recuerdo imborrable.
Es evidente que no hay mucho tino en el modo en que se gestiona todo ese arte almacenado, sobre todo a la hora de garantizar su conservación.
No sé si es la democratización del Museo lo que nos ha llevado a tan deleznable situación. Pero la gente sale muy contenta y una, tan melindrosa, se escabulle horrorizada. Porque yo, amigos míos, encuentro una erótica fascinante en el no tocar y en el no acercarse demasiado, en las barreras invisibles, en el saberse vigilado durante el disfrute artístico... Toco sólo el arte que compro, y ello me produce un ingénuo placer secreto.
Si me hacen rememorar, hace algunos años que viví una experiencia más que extraordinaria -para mi acervo- en el Palacio Pitti de Florencia. En sus salas dedicadas a la pintura moderna -impresionistas y demás- habíase instalado un eficaz sistema de zumbidos agudos hasta niveles insufribles, que daban la voz siempre que el visitante se arrimaba a menos de tres palmos de cualquier pared. Los sensores eran increiblemente efectivos, tanto que propinaban un férreo dolor de cabeza al visitante. Una podía acostumbrarse -al tercer zumbido o así- a la distancia acordada; pero durante el resto de la visita seguía escuchando los postreros zumbidos que ocasionaban otros advenedizos más torpes...
Entiéndanme. Yo no abogo por esos sistemas que coaccionan la mirada (aquellos cuadros secundones eran todos muy pequeños y forzosamente debía acercarme). Pero, ante el libertinaje observado en el British Museum, no puedo menos que regocijarme por la última trastada de Banksy.

Para quien no esté al tanto, Banksy es un graffitero presuntuoso que de seguro está inscrito en el movimiento anti-globalización con todas las de la ley. Alguien que ostenta en su currículum diversas acciones de terrorismo artístico -como afinan los más alarmistas- en los museos más prestigiosos del mundo civilizado... Llega, cuela la obrita en cuestión, la fija en el muro vete a saber con qué, coloca la omnipresente cartela, y se va tan pancho. Y a veces tiene el gustazo de convocar un concursillo para que algún avispado vaya y se fotografíe junto a la intrusa pieza.
No habrá que esperar mucho para ver como se le dedica a esta pandillita un capitulito en el Summa Artis; dentro de nada se catalogará como una eminente manera de arte accionista, y entonces, por fin, ese arte dejará de tener sentido. Y poblará nuestros centros de arte, para nuestras maravilladas entendederas.
Yo, por supuesto, no es que aplauda al artista. Lo de colar una tontería en un lugar serio de exposiciones queda desfasado desde el famosísimo orinal que todos conocemos -un icono influyente hasta el paroxismo, según los rankins más severos-. Y además no hace tanto de otro engreído que hizo lo propio en el Guggenheim. Pero que sirva por lo menos para evidenciar el descuido, oiga.

Yendo al objeto de nuestra cólera, diremos que nos parece por demás una pamplina lo del señor con carrito comprando bisontes en un supermercado del mesolítico. Ni críticas al capitalismo/consumismo ni pamemas. Y lo de la valentía, algo más que discutible en un mercadillo persa como el British.

Escribo solamente por revancha.
the new barbarians
Esperábamos basura. Como lo oyen. En tantos cafés con las que tejen los tejemanejes (vaya redundancia horrorosa; si no retrocedo y borro es por lo de la frescura que tiene que respirarse en un blog, o eso he leído por ahí) del centro de arte se nos prometían montañas de basura.
No al estilo de Thomas Hirschorn -a saber si lo he escrito bien; no tengo el catálogo a mano-, que usa la basura como arma comprometida contra el difícil mundo este que nos tocó poblar... Más bien como pretexto para bonitos autorretratos. Tim Noble y Sue Webster solían componer megalómanas acumulaciones de resíduos propios -que insistencia en la basurilla de artista, la culpa la tiene el que enlató su propia mierda, con perdón- sobre las que, proyectando los convenientes haces de luz en un recinto lóbrego, se construían hábiles sombras que se materializaban, chinescas y asombrosas, en la pared de fondo...
No obstante, llegado el momento del desembarco, arriba también la decepción. La pareja de artistas quiere exponer dos esculturas ocupando una espaciosa sala inmaculada iluminada de modo hiriente para nuestras córneas. Nada de misterio, de sombras chinescas ni de artificio alguno con que destapar las bocas de la chiquillería y airear los "ohes" inminentes...

Penetro en la sala, tras oxigenarme con los lienzos panorámicos de Álex Katz -¿han leido mi último bocado en lafresa?-, y freno irremediablemente -desafiando el equilibrio, como siempre, sobre un modelo ultimísimo de sandalias/torre anudadas todo lo largo del espinillar-. En presencia de una más que aburrida señorita de sala -parece que lee una novela de bolsillo que la tiene desesperada, nunca se le acaba- dos homínidos lampiños y extrañados caminan sobre el lecho frío y níveo que se ha instalado para la ocasión.

Tienen esa apariencia hiperrealista tan plastificada que quieren ostentar todos estos nuevos escultores, preocupados por mostrarnos un virtuosismo sistemático que aniquile cualquier duda acerca de la categoría de la obra. Policroman sus imágenes dotándolas de un soplo vital casi religioso, y nos las plantan en el tableau vivant de las salas de exposiciones, a falta de una carroza o paso procesional... (ya les gustaría a ellos sacarlas a la calle, ya...)
Inevitablemente -porque ellos llevan media vida empeñados en autorreproducirse y ser tan conocidos como Gilbert & George-, los propios rostros de los artistas son los que ostentan las en cierto sentido repugnantes figuras. Lo de repugnante va sin tono asqueado, más bien en una gélida objetividad de la que hago gala cada mañana cuando me levanto, que conste.
Un matrimonio entre la perplejidad y la astucia; el reparto de roles vuelve a asignar a ella -la mona más bajita- el papel de quedarse alucinada sin más, mientras a él -el mono de quijada más prominente- se le adjudica la propiedad de arropar/proteger al género complementario. Todo ello en medio de un paisaje ¿desolador? Si una sala de arte puede ser desoladora, pues eso. Parece que hayan escapado de un holocausto, dicen algunos, o que no les quede nadie en este mundo o yo qué se...
Leo muchas cosas en la hoja de sala y en el catálogo, pero ante estos preciosos ninots -no se confundan, no tiene por qué arder nada... es que me recuerdan un poco a los ninots con ese barniz- me quedo tan en blanco como el suelo. Eso sí, la estampa me obliga a permanecer más tiempo del acostumbrado en pie, y a pensar que deberíamos proponer un final para esa historia...
¿Cuál se les ocurre?

No al estilo de Thomas Hirschorn -a saber si lo he escrito bien; no tengo el catálogo a mano-, que usa la basura como arma comprometida contra el difícil mundo este que nos tocó poblar... Más bien como pretexto para bonitos autorretratos. Tim Noble y Sue Webster solían componer megalómanas acumulaciones de resíduos propios -que insistencia en la basurilla de artista, la culpa la tiene el que enlató su propia mierda, con perdón- sobre las que, proyectando los convenientes haces de luz en un recinto lóbrego, se construían hábiles sombras que se materializaban, chinescas y asombrosas, en la pared de fondo...
No obstante, llegado el momento del desembarco, arriba también la decepción. La pareja de artistas quiere exponer dos esculturas ocupando una espaciosa sala inmaculada iluminada de modo hiriente para nuestras córneas. Nada de misterio, de sombras chinescas ni de artificio alguno con que destapar las bocas de la chiquillería y airear los "ohes" inminentes...

Penetro en la sala, tras oxigenarme con los lienzos panorámicos de Álex Katz -¿han leido mi último bocado en lafresa?-, y freno irremediablemente -desafiando el equilibrio, como siempre, sobre un modelo ultimísimo de sandalias/torre anudadas todo lo largo del espinillar-. En presencia de una más que aburrida señorita de sala -parece que lee una novela de bolsillo que la tiene desesperada, nunca se le acaba- dos homínidos lampiños y extrañados caminan sobre el lecho frío y níveo que se ha instalado para la ocasión.

Tienen esa apariencia hiperrealista tan plastificada que quieren ostentar todos estos nuevos escultores, preocupados por mostrarnos un virtuosismo sistemático que aniquile cualquier duda acerca de la categoría de la obra. Policroman sus imágenes dotándolas de un soplo vital casi religioso, y nos las plantan en el tableau vivant de las salas de exposiciones, a falta de una carroza o paso procesional... (ya les gustaría a ellos sacarlas a la calle, ya...)
Inevitablemente -porque ellos llevan media vida empeñados en autorreproducirse y ser tan conocidos como Gilbert & George-, los propios rostros de los artistas son los que ostentan las en cierto sentido repugnantes figuras. Lo de repugnante va sin tono asqueado, más bien en una gélida objetividad de la que hago gala cada mañana cuando me levanto, que conste.
Un matrimonio entre la perplejidad y la astucia; el reparto de roles vuelve a asignar a ella -la mona más bajita- el papel de quedarse alucinada sin más, mientras a él -el mono de quijada más prominente- se le adjudica la propiedad de arropar/proteger al género complementario. Todo ello en medio de un paisaje ¿desolador? Si una sala de arte puede ser desoladora, pues eso. Parece que hayan escapado de un holocausto, dicen algunos, o que no les quede nadie en este mundo o yo qué se...
Leo muchas cosas en la hoja de sala y en el catálogo, pero ante estos preciosos ninots -no se confundan, no tiene por qué arder nada... es que me recuerdan un poco a los ninots con ese barniz- me quedo tan en blanco como el suelo. Eso sí, la estampa me obliga a permanecer más tiempo del acostumbrado en pie, y a pensar que deberíamos proponer un final para esa historia...
¿Cuál se les ocurre?

al cementerio de webs
Ojalá tenga esa voluntad, esa actitud política de la que habla mi querido enriquito, para actualizar...
Qué cosa más triste cuando una web con gracia cae irreversiblemente en el abandono, da uno o dos estertores y, finalmente, muere en silencio.
No se imaginan cómo me ha embargado la pena esta noche cuando, después de más tiempo del deseable, escribí www.ubicarte.com en la barra de navegación. Encontré un remedo moderno de la esquela tradicional, donde apenas un ligero lamento se despedía sin ganas de todos nosotros.
Era una web con gracia; para enterarse de las cuatro cosas que se deben saber dentro de la oficialidad. También para reirse un mucho leyendo las convocatorias de arte (no saben hasta qué punto me divierto con las cláusulas que emiten, un día tenemos que hablar de ello) y todo en un modo sencillo y correcto. Sin tener que esperar interminables presentaciones en flash, ese tedioso invento que sólo sirve para demorar lo interesante (si es que hay algo interesante; muchas presentaciones espectaculares son cortinones de humo tupido que nos drogan para que casi no nos percatemos de la ausencia de contenidos...).
Yo soy más bien parca en navegación; no pierdo eones remando de acá para allá en modo convulso... Tenía mis tres o cuatro webs favoritas y con poco más me basta, porque luego me apetece mucho la vida real -anda que no estoy callejera últimamente-. Ahora tengo que encontrar una que me sustituya a ubicarte, como quien busca un perrillo parecido al que atropellaron para encontrar a la par consuelo... Se aceptan sugerencias.
Vaya una lágrima por ella.
Qué cosa más triste cuando una web con gracia cae irreversiblemente en el abandono, da uno o dos estertores y, finalmente, muere en silencio.
No se imaginan cómo me ha embargado la pena esta noche cuando, después de más tiempo del deseable, escribí www.ubicarte.com en la barra de navegación. Encontré un remedo moderno de la esquela tradicional, donde apenas un ligero lamento se despedía sin ganas de todos nosotros.
Era una web con gracia; para enterarse de las cuatro cosas que se deben saber dentro de la oficialidad. También para reirse un mucho leyendo las convocatorias de arte (no saben hasta qué punto me divierto con las cláusulas que emiten, un día tenemos que hablar de ello) y todo en un modo sencillo y correcto. Sin tener que esperar interminables presentaciones en flash, ese tedioso invento que sólo sirve para demorar lo interesante (si es que hay algo interesante; muchas presentaciones espectaculares son cortinones de humo tupido que nos drogan para que casi no nos percatemos de la ausencia de contenidos...).
Yo soy más bien parca en navegación; no pierdo eones remando de acá para allá en modo convulso... Tenía mis tres o cuatro webs favoritas y con poco más me basta, porque luego me apetece mucho la vida real -anda que no estoy callejera últimamente-. Ahora tengo que encontrar una que me sustituya a ubicarte, como quien busca un perrillo parecido al que atropellaron para encontrar a la par consuelo... Se aceptan sugerencias.
Vaya una lágrima por ella.
S/T
Decirles a ustedes por qué no hubo ganas de blog desde que me descalcé los tacones aquella tarde sería una retahíla nauseabunda. Hablaría un poco de esa Semana Santa que inevitablemente me droga y de los efectos inevitables de la extraña primavera de heladas que dejamos atrás, incluso de ocupaciones varias.
En realidad estuve, sencillamente, desconectada. O para ser más exactos, en stand by. Apenas pendiente de las cosas pero con un minúsculo pilotito encendido; una lucecilla desganada que hoy me ha empujado a las punchi de la noche a decirles algo. A sabiendas de que ya no queda casi nadie de quienes me leían porque se han aburrido a la segunda o tercera vez que pasaron por aquí.
Bueno, pues hablando para mí misma, más preocupada por mantener este cuaderno con vida que de decir algo coherente.
A estas alturas hace un calor incomprensible; hoy unos amigos míos, futuro matrimonio, discutían por la necesidad o no de instalar el aire acondicionado en el salón de su nueva casa... Yo, que tanto me he quejado este invierno desagradable por los fríos no solicitados, ahora me relamo de pensar en la sola posibilidad de situar mi pequeño loft en dieciséis grados groenlandeses de un solo clic...
A lo mejor ese frío nuevo, falso y puñetero, me recoloca otra vez.
En realidad estuve, sencillamente, desconectada. O para ser más exactos, en stand by. Apenas pendiente de las cosas pero con un minúsculo pilotito encendido; una lucecilla desganada que hoy me ha empujado a las punchi de la noche a decirles algo. A sabiendas de que ya no queda casi nadie de quienes me leían porque se han aburrido a la segunda o tercera vez que pasaron por aquí.
Bueno, pues hablando para mí misma, más preocupada por mantener este cuaderno con vida que de decir algo coherente.
A estas alturas hace un calor incomprensible; hoy unos amigos míos, futuro matrimonio, discutían por la necesidad o no de instalar el aire acondicionado en el salón de su nueva casa... Yo, que tanto me he quejado este invierno desagradable por los fríos no solicitados, ahora me relamo de pensar en la sola posibilidad de situar mi pequeño loft en dieciséis grados groenlandeses de un solo clic...
A lo mejor ese frío nuevo, falso y puñetero, me recoloca otra vez.
S/T
Toda la tarde de galerías. Tras la depresión inevitable -nada que me inquietara lo suficiente- no ha habido más opción que acabar en el supermercado cutre de mi calle, arrasar con el salmón ahumado y el sucedáneo de caviar, hacerme con un biberón de cava brut nature, dejarme caer toda teatro en mi sillón rojo luis XV, descalzarme de las agujas tardogóticas y, finalmente, suspirar rendida.
birth, tres minutos

Habría procurado hacerme con esos tres minutos en que la mirada de la Kidman queda absolutamente enfrentada al ojo impertérrito de la cámara, esos tres minutos de ópera en que mil y una aciagas ocurrencias perturban su ligera expresión de incomodidad.
Tres minutos, después de haber hecho levantarse a toda una fila de encorsetados burgueses, para amargar en hiel cada dulce recuerdo.
Tres minutos para que podamos disolvernos como agua en un par de cejas góticas -casi ojivales- y un par de nubladas sombras junto a los párpados.
Tres minutos -más o menos- de muerte, de laguna espesa, de remar intramuros, de buscar el reflejo no devuelto en el agua.
Tres minutos que habría querido apresar y no pude.
Siempre nos quedará el dvd.
PD: ¿Alguien sabe quién traduce birth por reencarnación tan alegremente?
PD2: El grano sucio a conciencia de la fotografía, el filtro color arena de las escenas más densas, los silencios, el sonido levísimo de la nieve, la densa presencia del amor y de la muerte, la oscuridad, la quietud necesaria de los primerísimos planos, las esperas, las escenas que no hemos visto pero que todos hemos temido... Iba a entretenerme, de veras no esperaba algo así.
sin pasado
Me parece maravilloso el fotógrafo que busca con su cámara aquellos objetos y lugares que no tenían un pasado en su corazón.
Hoy directamente le robo las intenciones a Enrique y que él os lleve a una bonita colección de postales luminosas...
Besos...
Hoy directamente le robo las intenciones a Enrique y que él os lleve a una bonita colección de postales luminosas...
Besos...
BADABOUM
Ayer escuché algo precioso en la tele (miradas, la 2); un joven pintor, con pinta de normal de la vida humana -nada de uniformes de alternativo-, se refería a su pintura como una onomatopeya. Se rebelaba ante el comentario insistente de los que quieren ver en su pintura paisajes (yo misma había visto algo así como un atardecer extraño aunque calmo sobre una pradera irlandesa, cruzada por el estertor final de un sol anaranjado)...
(Inevitablemente, había que repetir foto) Obra de Nico Munuera.
Y su pintura -que no contiene historias ni vistas a ninguna parte- es sólo un estallido sonoro de tramas y color. Algo muy digno de respeto, por otro lado, en un tiempo en que se requiere del artista que posea un magnífico discurso filosófico para acompañar su obra... Tan conceptuales los queremos...
La pintura, una onomatopeya... Imaginen "plaf", "splash", "clic"...
O Badaboum, como es el caso.
Un sencillo impacto. Me estoy enamorando de ese cuadro; lo triste es que ya es imposible hacerme con él. Ayer mismo le dedicaba unas rancias y desabridas palabras. Hoy me estoy reconciliando por momentos...
Por Dios, si alguien puede concertarme una cena o al menos un café con Nico Munuera, que contacte urgentemente conmigo. Necesito encargarle un duplicado de su maravilloso cuadro verde, y de paso lo entrevisto para mi maravillosa revista...

No sé, hoy me siento feliz.
(Inevitablemente, había que repetir foto) Obra de Nico Munuera.Y su pintura -que no contiene historias ni vistas a ninguna parte- es sólo un estallido sonoro de tramas y color. Algo muy digno de respeto, por otro lado, en un tiempo en que se requiere del artista que posea un magnífico discurso filosófico para acompañar su obra... Tan conceptuales los queremos...
La pintura, una onomatopeya... Imaginen "plaf", "splash", "clic"...
O Badaboum, como es el caso.
Un sencillo impacto. Me estoy enamorando de ese cuadro; lo triste es que ya es imposible hacerme con él. Ayer mismo le dedicaba unas rancias y desabridas palabras. Hoy me estoy reconciliando por momentos...
Por Dios, si alguien puede concertarme una cena o al menos un café con Nico Munuera, que contacte urgentemente conmigo. Necesito encargarle un duplicado de su maravilloso cuadro verde, y de paso lo entrevisto para mi maravillosa revista...

No sé, hoy me siento feliz.
Qué sentimos
¿Qué ocurriría si les dijera a cada uno de mis renglones lo que deberían sentir? Yo les voy adelantando si van a sentir estupor, indignación, complicidad, fascinación... Luego, en paralelo a la lectura de mis renglones, van comprobando obedientes que efectivamente sienten precisamente eso.
A mí, desde luego, prefiero que me provoquen las sensaciones y punto. Nada de dirigismos, toda esa técnica me asusta.
Les pongo en situación. Al lado de un cuadro -que no necesariamente provoca sentimientos fulgurantes en el espectador- colgado de una blanca pared, se ofrecen hojas de sala para distribución gratuita. Invitan al merodeador de turno con su seducción silenciosa -"llévame contigo", "léeme"-... Tan complacida por la que creo una generosa atención, me hago con el modesto folio y leo:
Obra de Nico Munuera, "La Grosse Badaboum 18.2"
"Qué sentimos: Una inmediata atracción por la belleza plástica de la obra. La armoniosa gradación del color parece alcanzarse a través de una retícula de líneas horizontales que..." bla bla bla...
Luego compruebo que hay una hoja de sala similar para cada una de las obras artíticas que Caja Madrid ha reconocido con su adquisición o premiado-seleccionado de alguna manera, en el certamen Generación 2005. Las hojas de sala son la reafirmación segura, una palmadita en la espalda hacia aquellas obras que merece la pena sean vistas con detenimiento.
Lo que más me agota, aparte del lenguaje redundante y pesado -sé que el mío también puede ser pastoso, pero sólo soy una bloguera novata- es que el crítico iluminado ni siquiera ha acertado en firmar sus discursos paternalistas.
Qué vemos, Qué sentimos, De qué podría estar hablando, Por qué plantea este tema, Por qué usa este medio, De dónde viene y qué normas rompe, Qué diría el experto de la obra...
Esos exactamente eran los epígrafes que aparecían abriendo cada párrafo didáctico. Yo particularmente me siento ofendida con esas actitudes amables; aconsejo que guarden las hojas de sala para cuando se produzcan visitas de estudiantes de selectividad, que seguro que andan mucho más nerviosos ante cómo afrontar el hablar de una obra de arte sin tener nada que decir.

PD: No sean malos y léanme en lafresa, acabamos de sacar el monográfico sobre ARCO, hay unas fotos maravillosas de Lucas Gómez...
A mí, desde luego, prefiero que me provoquen las sensaciones y punto. Nada de dirigismos, toda esa técnica me asusta.
Les pongo en situación. Al lado de un cuadro -que no necesariamente provoca sentimientos fulgurantes en el espectador- colgado de una blanca pared, se ofrecen hojas de sala para distribución gratuita. Invitan al merodeador de turno con su seducción silenciosa -"llévame contigo", "léeme"-... Tan complacida por la que creo una generosa atención, me hago con el modesto folio y leo:
Obra de Nico Munuera, "La Grosse Badaboum 18.2""Qué sentimos: Una inmediata atracción por la belleza plástica de la obra. La armoniosa gradación del color parece alcanzarse a través de una retícula de líneas horizontales que..." bla bla bla...
Luego compruebo que hay una hoja de sala similar para cada una de las obras artíticas que Caja Madrid ha reconocido con su adquisición o premiado-seleccionado de alguna manera, en el certamen Generación 2005. Las hojas de sala son la reafirmación segura, una palmadita en la espalda hacia aquellas obras que merece la pena sean vistas con detenimiento.
Lo que más me agota, aparte del lenguaje redundante y pesado -sé que el mío también puede ser pastoso, pero sólo soy una bloguera novata- es que el crítico iluminado ni siquiera ha acertado en firmar sus discursos paternalistas.
Qué vemos, Qué sentimos, De qué podría estar hablando, Por qué plantea este tema, Por qué usa este medio, De dónde viene y qué normas rompe, Qué diría el experto de la obra...
Esos exactamente eran los epígrafes que aparecían abriendo cada párrafo didáctico. Yo particularmente me siento ofendida con esas actitudes amables; aconsejo que guarden las hojas de sala para cuando se produzcan visitas de estudiantes de selectividad, que seguro que andan mucho más nerviosos ante cómo afrontar el hablar de una obra de arte sin tener nada que decir.

PD: No sean malos y léanme en lafresa, acabamos de sacar el monográfico sobre ARCO, hay unas fotos maravillosas de Lucas Gómez...
Bill VIOLA
Aún no he tenido tiempo de intercambiar impresiones con ustedes sobre ARCO. Tanta expectativa, tanto que insistí en lo excitada que me encontraba -compréndanme, en Málaga apenas se inaugura algo decente cada tres meses y también estoy hasta el último pelo de Picasso, porque ahora todo es picassiano-... Sin embargo voy a empezar por el final.
Comenzaré por lo último que hice en Madrid antes de regresar a Atocha con mi terrible billete de clase turista -lo prometo, la última vez que viajo en esas angostas condiciones, me sentía una garza enjaulada-.
Sin duda fue una de las cosas más provechosas que hice ese fin de semana pleno de contrastes. Pasé unos veinte minutos de cola en la inhóspita calle Serrano, que se me antojó fantasmal en domingo y a esas horas del mediodía. Mientras tanto, leí con fruición el díptico informativo que amablemente nos ofrecieron a la entrada.
Todo lo que vino a continuación fue esencialmente religioso.
La oscuridad del vestíbulo, la oscuridad espesa que se respiró en adelante sala a sala. Casí sentí que todo esto ocurría por primera vez. Luego mi amigo Silvestro me bajó de la nube y me confirmó que él había visto un montaje mucho más espectacular en el Guggenheim de Bilbao, así que nada de sorpresa, como le había prometido.

Resumiendo mucho, donde de verdad quedé acongojada fue ante la proyección "Emergence" (Aparición), una hermosa paráfrasis sobre los descendimientos, las piedades, las mortajas y las resurrecciones que por cientos han pintado nuestros más sobresalientes góticos.
Nunca les he confesado la debilidad que siento por las catedrales góticas y sus derivados. Monasterios, capillas, colegiatas y cualquier cosa que tenga un claustro decente y bóvedas de crucería rematándolo todo. Hace mucho tiempo que me reconozco un poco gótica en todos sus sentidos, incluso en el más cinematográfico del término.
Una de las cosas que más agradecí, ante las pantallas planísimas en las que Viola exhibe su talento minucioso, fue el silencio. El silencio religioso que sólo recuerdo en la muchedumbre de alguna procesión zamorana -Dios, qué cerca está la Semana Santa y con ella todos sus excesos-. El silencio y la penumbra que acolchaba las sensaciones.
Después de tanto ruido en ARCO -no sólo ruido sonoro, también tanto arte/ruido- agradecí como ejercicio espiritual esta exposición en la Fundación la Caixa. Habría sido ideal en el Prado y contrastando las pantallas con una tabla de Van der Weyden o Bartolomé Bermejo. Déjenme soñar.

Comenzaré por lo último que hice en Madrid antes de regresar a Atocha con mi terrible billete de clase turista -lo prometo, la última vez que viajo en esas angostas condiciones, me sentía una garza enjaulada-.
Sin duda fue una de las cosas más provechosas que hice ese fin de semana pleno de contrastes. Pasé unos veinte minutos de cola en la inhóspita calle Serrano, que se me antojó fantasmal en domingo y a esas horas del mediodía. Mientras tanto, leí con fruición el díptico informativo que amablemente nos ofrecieron a la entrada.
Todo lo que vino a continuación fue esencialmente religioso.
La oscuridad del vestíbulo, la oscuridad espesa que se respiró en adelante sala a sala. Casí sentí que todo esto ocurría por primera vez. Luego mi amigo Silvestro me bajó de la nube y me confirmó que él había visto un montaje mucho más espectacular en el Guggenheim de Bilbao, así que nada de sorpresa, como le había prometido.

Resumiendo mucho, donde de verdad quedé acongojada fue ante la proyección "Emergence" (Aparición), una hermosa paráfrasis sobre los descendimientos, las piedades, las mortajas y las resurrecciones que por cientos han pintado nuestros más sobresalientes góticos.
Nunca les he confesado la debilidad que siento por las catedrales góticas y sus derivados. Monasterios, capillas, colegiatas y cualquier cosa que tenga un claustro decente y bóvedas de crucería rematándolo todo. Hace mucho tiempo que me reconozco un poco gótica en todos sus sentidos, incluso en el más cinematográfico del término.
Una de las cosas que más agradecí, ante las pantallas planísimas en las que Viola exhibe su talento minucioso, fue el silencio. El silencio religioso que sólo recuerdo en la muchedumbre de alguna procesión zamorana -Dios, qué cerca está la Semana Santa y con ella todos sus excesos-. El silencio y la penumbra que acolchaba las sensaciones.
Después de tanto ruido en ARCO -no sólo ruido sonoro, también tanto arte/ruido- agradecí como ejercicio espiritual esta exposición en la Fundación la Caixa. Habría sido ideal en el Prado y contrastando las pantallas con una tabla de Van der Weyden o Bartolomé Bermejo. Déjenme soñar.

tildes
No me creerán si les digo que llevo más de una semana sin escribir porque no encontraba la forma de poner la tilde a las palabras. Algún maldito entuerto dentro del estrecho habitáculo de este detestable portátil me lo impedía.
Y es que no hay nada como el hogar, acariciar el amplio teclado frente a la más que generosa pantalla, abrigada a la sombra de una recia torre. Todavía no se ha hecho el portátil que me haga cambiar de hábitos.
Que conste que les escribo desde este maldito portátil; misteriosamente los obstáculos han desaparecido de la noche a la mañana. Nadie hay que pueda explicarme algo semejante.
Ahora puedo acentuar tranquila.
Y sin embargo, no tengo fuerzas para hablarles de una sola de las muchas cosas que guardo en mi retina apresadora.
Y es que no hay nada como el hogar, acariciar el amplio teclado frente a la más que generosa pantalla, abrigada a la sombra de una recia torre. Todavía no se ha hecho el portátil que me haga cambiar de hábitos.
Que conste que les escribo desde este maldito portátil; misteriosamente los obstáculos han desaparecido de la noche a la mañana. Nadie hay que pueda explicarme algo semejante.
Ahora puedo acentuar tranquila.
Y sin embargo, no tengo fuerzas para hablarles de una sola de las muchas cosas que guardo en mi retina apresadora.
clasismo
Noto a la actual directora de ARCO un poco irritada. El éxito de público, lejos de satisfacer, la inquieta por aquello de la masa descontrolada.
Rosina Gómez-Baeza, la agobiada directora de ARCO.
En la intención de que la gente se aglomere un poquito menos ha subido los precios de entrada -una especie de selección censitaria- y ha asignado tarifas diferentes en función de cuándo desea estar más tranquila. El jueves, el viernes y el sábado son, por ello, más caros que el domingo o el lunes. Hasta ahí razonable.
Lo que me enerva un poco es el comentario con tufillo clasista: "No queremos que la feria se convierta en un espectáculo, sino estimular la visita de gente interesada genuinamente por el arte. La misión didáctica de atraer a las masas es de los museos" (El Mundo, 10 febrero 2005, no encuentro la versión web del artículo).
No creo que haga falta recordar otros momentos en los que esta feria se publicitaba para todos los públicos. Ahora se dan cuenta de que esta feria, como dice mi querido Fernando Francés, no está a la altura de las grandes ferias. Pues lo sentimos, queridos, eso es a lo que se ha llegado. Prefiero un pais en que la gente se moviliza en masa para ver arte contemporáneo a recintos cerrados para las élites que pueden comprar.
Esta es la feria que habéis inventado, en la que no soportáis a la gentuza que come bocadillos en los chillouts -cada vez hay menos espacio para el picnic, que error-, la gentuza que fuma en los pasillos al lado de los cuadros o la gentuza que se ríe descaradamente de algunas instalaciones absurdas. Porque no soportáis que el arte se mezcle con la vida, aunque esa debe ser su función última.
Una solución para estos descarnados opinadores podría ser ofrecer a la entrada unos tickets de diversos precios, que incluyan lo que una más o menos podría gastarse en lienzos o fotografías... Como en muchos bares de copas, que cobran por adelantado la consumición.
Ya que billete mínimo seria impagable para novecientosnoventaynueve de cada mil, estarían más que aburridos los cinco días que dura el negocio. Y a ver luego si echan mano de la masa o no...

besos, a pesar de todo
Rosina Gómez-Baeza, la agobiada directora de ARCO.En la intención de que la gente se aglomere un poquito menos ha subido los precios de entrada -una especie de selección censitaria- y ha asignado tarifas diferentes en función de cuándo desea estar más tranquila. El jueves, el viernes y el sábado son, por ello, más caros que el domingo o el lunes. Hasta ahí razonable.
Lo que me enerva un poco es el comentario con tufillo clasista: "No queremos que la feria se convierta en un espectáculo, sino estimular la visita de gente interesada genuinamente por el arte. La misión didáctica de atraer a las masas es de los museos" (El Mundo, 10 febrero 2005, no encuentro la versión web del artículo).
No creo que haga falta recordar otros momentos en los que esta feria se publicitaba para todos los públicos. Ahora se dan cuenta de que esta feria, como dice mi querido Fernando Francés, no está a la altura de las grandes ferias. Pues lo sentimos, queridos, eso es a lo que se ha llegado. Prefiero un pais en que la gente se moviliza en masa para ver arte contemporáneo a recintos cerrados para las élites que pueden comprar.
Esta es la feria que habéis inventado, en la que no soportáis a la gentuza que come bocadillos en los chillouts -cada vez hay menos espacio para el picnic, que error-, la gentuza que fuma en los pasillos al lado de los cuadros o la gentuza que se ríe descaradamente de algunas instalaciones absurdas. Porque no soportáis que el arte se mezcle con la vida, aunque esa debe ser su función última.
Una solución para estos descarnados opinadores podría ser ofrecer a la entrada unos tickets de diversos precios, que incluyan lo que una más o menos podría gastarse en lienzos o fotografías... Como en muchos bares de copas, que cobran por adelantado la consumición.
Ya que billete mínimo seria impagable para novecientosnoventaynueve de cada mil, estarían más que aburridos los cinco días que dura el negocio. Y a ver luego si echan mano de la masa o no...

besos, a pesar de todo
Museo del peatón
Reconozco que me siento inquieta. A pesar de las muchísimas cosas que tengo que hacer no hago más que dejarme el índice derecho en este ratón que ya mismo olerá a chamusquina. Busco todo lo que tenga que ver con el fin de semana que me espera. Porque cuando la Aizpuru inventa algo -bueno, menos la aburrida bienal de Sevilla-, allá que me presento toda entaconada.
Si mañana no encuentro billete para el talgo -no, a Málaga todavía no nos llega el Ave- no me quedará más opción que lanzarme a Madrid encapsulada en mi precioso citröen nuevo color aceituna-la-española, a riesgo de perderme otra vez.
Pero, por Dios, el sábado allí me tienen, con mi invitación lustrosa en el baguette, a zamparme todo lo más terrible que tengan. Como no me dará tiempo a mucho, me veré el hemisferio más descorazonado, la mitad de ARCO que todavía nos revuelve un poco las tripas -la mitad de la izquierda no me da vidilla, conpréndanme-.
Y rezo para que me quede un hueco en el weekend para ver a Bill Viola y el Passerby Museum.
Del primero, si al final consigo soportarlo enterito, ya les hablaré.

Del Passerby Museum (museo del peatón) decir que me parece una idea encantadora. Un par de artistas, espero que con no demasiadas cosas que decirnos, montan una sucursal de un museo más que inexistente en el Paseo de Recoletos. Allí, a la guisa de azafatos superdiscretos, nos reciben a la espera, sobre todo, de que donemos una pieza para su coleción, que exhiben plastificada en bolsitas monodosis.
Lo más maravilloso del asunto es esa capacidad para seguir convenciendo de la importancia de almacenar basurilla. Parece que los museos sean eso, depósitos de cosas que no se deben reciclar, pues siempre habrá alguien para mirarlas. Yo soy una maniática de la clasificación del inmundo desperdicio, puede ser que me venga por deformación profesional.
En el departamento de Historia del Arte me enseñaron, hace ya algunos diluvios, que no se debe etiquetar y compartimentar el arte; lo hicieron a través de estructurados diaporamas que se enmarcaban en capítulos que se enmarcaban en temas que se enmarcaban en categorías artísticas. Ejemplo: La talla pétrea en los capiteles del románico segoviano.
Ahora prenso cada tetra de leche, cada envoltorio acartonado, cada deleznable revista de propaganda de muebles horribles o electrodomésticos indómitos. Separo frascos y botellas de tapones y etiquetas, divorcio impunemente cada elemento de su carcasa...
El problema estriba a estas alturas en qué elegiré para regalar el sábado a María Alós y Nicolás Dumit Estévez, los listillos con cara de listillos. Debe ser algo que pueda llevar conmigo discretamente. Debe parecer casual, nada de objetos espectaculares. Debe parecer recién encontrado, casi olvidado, recuperado del fondo de mi baguette. Debe ser ligero, fortuito; y un poco sofisticado, sin resultar caro, como para aportar algo de mi pretendido charming air...
Parecía que el dilema estaría en el equipaje; está, sin embargo, en una cosa minúscula.
Se aceptan sugerencias.

Si mañana no encuentro billete para el talgo -no, a Málaga todavía no nos llega el Ave- no me quedará más opción que lanzarme a Madrid encapsulada en mi precioso citröen nuevo color aceituna-la-española, a riesgo de perderme otra vez.
Pero, por Dios, el sábado allí me tienen, con mi invitación lustrosa en el baguette, a zamparme todo lo más terrible que tengan. Como no me dará tiempo a mucho, me veré el hemisferio más descorazonado, la mitad de ARCO que todavía nos revuelve un poco las tripas -la mitad de la izquierda no me da vidilla, conpréndanme-.
Y rezo para que me quede un hueco en el weekend para ver a Bill Viola y el Passerby Museum.
Del primero, si al final consigo soportarlo enterito, ya les hablaré.

Del Passerby Museum (museo del peatón) decir que me parece una idea encantadora. Un par de artistas, espero que con no demasiadas cosas que decirnos, montan una sucursal de un museo más que inexistente en el Paseo de Recoletos. Allí, a la guisa de azafatos superdiscretos, nos reciben a la espera, sobre todo, de que donemos una pieza para su coleción, que exhiben plastificada en bolsitas monodosis.
Lo más maravilloso del asunto es esa capacidad para seguir convenciendo de la importancia de almacenar basurilla. Parece que los museos sean eso, depósitos de cosas que no se deben reciclar, pues siempre habrá alguien para mirarlas. Yo soy una maniática de la clasificación del inmundo desperdicio, puede ser que me venga por deformación profesional.
En el departamento de Historia del Arte me enseñaron, hace ya algunos diluvios, que no se debe etiquetar y compartimentar el arte; lo hicieron a través de estructurados diaporamas que se enmarcaban en capítulos que se enmarcaban en temas que se enmarcaban en categorías artísticas. Ejemplo: La talla pétrea en los capiteles del románico segoviano.
Ahora prenso cada tetra de leche, cada envoltorio acartonado, cada deleznable revista de propaganda de muebles horribles o electrodomésticos indómitos. Separo frascos y botellas de tapones y etiquetas, divorcio impunemente cada elemento de su carcasa...
El problema estriba a estas alturas en qué elegiré para regalar el sábado a María Alós y Nicolás Dumit Estévez, los listillos con cara de listillos. Debe ser algo que pueda llevar conmigo discretamente. Debe parecer casual, nada de objetos espectaculares. Debe parecer recién encontrado, casi olvidado, recuperado del fondo de mi baguette. Debe ser ligero, fortuito; y un poco sofisticado, sin resultar caro, como para aportar algo de mi pretendido charming air...
Parecía que el dilema estaría en el equipaje; está, sin embargo, en una cosa minúscula.
Se aceptan sugerencias.

S/T
Ha relegado mis vestiduras a un rincón, ha asido mi frágil cuerpo, me ha impregnado de un color que dice haber inventado, me obliga a bailar para él, acabo de terminar uno de sus lienzos, no soporté lo suficientemente callada esa insistente música de casi menos de un tono; lo que menos he aguantado es la infinidad de miradas clavadas en mi pescuezo y en mis senos, toda esa muchedumbre sedienta; dicen que han dado oro.
Mañana volvería a hacerlo.
Mañana volvería a hacerlo.
los 3351 cristales
Paranoicamente convulsa, hoy he venido del kiosko como una loca maravillosa niña con zapatos nuevos coleccionista empedernida... Me hice con los suplementos culturales y con la única revista de arte que es fácil de comprar en todas partes. Esta, a su vez, se suplementaba con otro numerito de los cuadernos del IVAM, un DVD -hoy todo trae un DVD plastificado- que normalmente colecciono y no tengo tiempo de visionar (para repasar el mudéjar estoy yo ahora) y un precioso cuadernito de presentación del MUSAC, el Museo de Arte Contemporáneo de Castilla y León.
Escribo precisamente para referirme a esto último, una revistita de color rosa fashionable al máximo, con estética de revista alternativa de diseño o pequeño catálogo de moda primavera-verano. Por supuesto, de aplauso el diseño de CIRCUS by ACRYLICK, un placer para mis sentidos que le ha quitado hierro al a veces sesudo asunto del arte.

Del museo en cuestión, que cuenta los días para abrirse a nosotros, me encanta sobre todo y por encima de todo el aspecto fabuloso de su exterior, que me recuerda la tabla periódica de los elementos pero a lo grande y sin siglas que memorizar (por momentos he recordado aquellos días de recitado junto a la pétrea monja que nos adiestraba).
3351 cristales tintados de hasta 37 colores distintos que quieren remedar alguno de los espectaculares vitrales de la catedral de León, la ciudad donde se levanta el centro expositivo. A veces, una retahila de cifras bien estimula al público potencial, así que también mencionaremos los 3400 m2 de superficie expositiva. O sea, un parque temático en toda regla, como un IKEA pero con mucho más estilazo todavía. Pasar el día comprando rarezas en la tienda, almorzando un de seguro sofisticadísimo menú en su cafetería, y entre col y col, una flor -es decir, vagar decididamente por sus salas-.
Para colmo de bienes, promete ser un museo del siglo XXI, nada de aburrirnos ahora con la consabida lección de las vanguardias -las primeras y las segundas- a base de obras segundonas. Ni siquiera tienen el afán de ordenarlo todo más de la cuenta; nada de cronologías ni escuelas. Habrá una mera clasificación por afinidades conceptuales en unas seis categorías. Vamos, que al final los curadores meterán lo que ellos crean oportuno y a juego con otras cositas monas alrededor.
Y a mí esa idea de museo me gusta. Porque representa fielmente lo que hoy es el tema este para casi todos. Un espectáculo-mercado-diversión al que nadie quiere escapar. Y si no, esperemos este año al sábado de ARCO, no quiero ni remotamente recordar las aglomeraciones familiares del año pasado y el ceño megafruncido de la Aizpuru -que odia las multitudes-.
Como ya tendremos tiempo de ir cuando lo abran en Abril, no voy a seguir con la letanía de halagos. Nos morderemos los labios para conciliar la espera. Todo llega.

PD: Un besazo a todos. Les recomiendo que me lean también en lafresa, hoy hemos publicado un nuevo número.
Escribo precisamente para referirme a esto último, una revistita de color rosa fashionable al máximo, con estética de revista alternativa de diseño o pequeño catálogo de moda primavera-verano. Por supuesto, de aplauso el diseño de CIRCUS by ACRYLICK, un placer para mis sentidos que le ha quitado hierro al a veces sesudo asunto del arte.

Del museo en cuestión, que cuenta los días para abrirse a nosotros, me encanta sobre todo y por encima de todo el aspecto fabuloso de su exterior, que me recuerda la tabla periódica de los elementos pero a lo grande y sin siglas que memorizar (por momentos he recordado aquellos días de recitado junto a la pétrea monja que nos adiestraba).
3351 cristales tintados de hasta 37 colores distintos que quieren remedar alguno de los espectaculares vitrales de la catedral de León, la ciudad donde se levanta el centro expositivo. A veces, una retahila de cifras bien estimula al público potencial, así que también mencionaremos los 3400 m2 de superficie expositiva. O sea, un parque temático en toda regla, como un IKEA pero con mucho más estilazo todavía. Pasar el día comprando rarezas en la tienda, almorzando un de seguro sofisticadísimo menú en su cafetería, y entre col y col, una flor -es decir, vagar decididamente por sus salas-.
Para colmo de bienes, promete ser un museo del siglo XXI, nada de aburrirnos ahora con la consabida lección de las vanguardias -las primeras y las segundas- a base de obras segundonas. Ni siquiera tienen el afán de ordenarlo todo más de la cuenta; nada de cronologías ni escuelas. Habrá una mera clasificación por afinidades conceptuales en unas seis categorías. Vamos, que al final los curadores meterán lo que ellos crean oportuno y a juego con otras cositas monas alrededor.
Y a mí esa idea de museo me gusta. Porque representa fielmente lo que hoy es el tema este para casi todos. Un espectáculo-mercado-diversión al que nadie quiere escapar. Y si no, esperemos este año al sábado de ARCO, no quiero ni remotamente recordar las aglomeraciones familiares del año pasado y el ceño megafruncido de la Aizpuru -que odia las multitudes-.
Como ya tendremos tiempo de ir cuando lo abran en Abril, no voy a seguir con la letanía de halagos. Nos morderemos los labios para conciliar la espera. Todo llega.

PD: Un besazo a todos. Les recomiendo que me lean también en lafresa, hoy hemos publicado un nuevo número.
S/T
Me llega una densa vaharada de perfume, pesa tanto como un tapiz que se desploma lentamente. Rojo, tejido de jirones. Es tal el mareo que no puedo por más que quiera desocupar este yerto agujero. Me duermo dulcemente, porque sé que está aquí otra vez.
¿belleza robada?
Cuando unos despiadados tuvieron tan fácil la saña alevosa de hurtar el grito más lacerante que conozco, lloré muy secamente hacia dentro. Hube de anular la que hubiera sido mi placentera excursión en canoa a una pequeña isla llamada Svenska Hogarna. Desde allí pensaba fletar mi corazón en pos de uno de los cuadros pintados en la más apacible de las tormentas.
Hoy otros se lamentan por las cifras escandalosas que encarnan unas esculturas de bronce y unos grabados sustraidos en una galería de Amberes. Después del despiadado año que nos han dado y de visitar una terrible exposición con las supuestas esculturas dalinianas -nunca el arte del volumen me resultó tan muerto- mi válvula no emite sonido alguno.

Algunos, los que ya me conocen, piensan en este preciso instante acerca de mi estulticia; lo siento. Hoy, de pura casualidad, he releido el manifiesto futurista de Marinetti; menos escandalizada que la primera vez, he imaginado la vorágine destructiva de unos ladrones locos hacia las rancias figuritas del ampurdanés, una diversión chapmaniana para mejorar y corregir.

Hoy otros se lamentan por las cifras escandalosas que encarnan unas esculturas de bronce y unos grabados sustraidos en una galería de Amberes. Después del despiadado año que nos han dado y de visitar una terrible exposición con las supuestas esculturas dalinianas -nunca el arte del volumen me resultó tan muerto- mi válvula no emite sonido alguno.

Algunos, los que ya me conocen, piensan en este preciso instante acerca de mi estulticia; lo siento. Hoy, de pura casualidad, he releido el manifiesto futurista de Marinetti; menos escandalizada que la primera vez, he imaginado la vorágine destructiva de unos ladrones locos hacia las rancias figuritas del ampurdanés, una diversión chapmaniana para mejorar y corregir.

S/T
Desde que me asestó su fino golpe sin palabras, he tenido que deshacerme de todo. He desnudado mi vida, he regalado todos mis desatinos, creo que resta barrer un poco. Ahora espero sentada en el suelo alguna señal de que realmente todo es mejor así.
La recta intención
Hoy he caminado sobre las aguas. Estaba en mitad de cuatro paredes que formaban un trapezoide irregular, el horizonte y la suave marea eran blancas; lívidos palafitos apenas sostenidos en pies de junco de un metal frío y ligero jalonaban mi caminar sosegado.
El leve murmullo de una pequeña barcaza, casi un hogar.
Hoy he recordado que "menos es más" no es un eslogan estúpido de estilos compartimento, es una máxima por la cual debemos despojarnos de todo deseo. El deseo conduce al dolor. Cuando consigamos evitar desear las cosas de las que queremos estar rodeados seremos felices.
El recto camino, la recta intención.

Exposición VÂSTU de José Noguero, en el cacmalaga.
besos
El leve murmullo de una pequeña barcaza, casi un hogar.
Hoy he recordado que "menos es más" no es un eslogan estúpido de estilos compartimento, es una máxima por la cual debemos despojarnos de todo deseo. El deseo conduce al dolor. Cuando consigamos evitar desear las cosas de las que queremos estar rodeados seremos felices.
El recto camino, la recta intención.

Exposición VÂSTU de José Noguero, en el cacmalaga.
besos
S/T
En noches tan frías como esta, bien vale un sueño despiadado. Él, con sus manazas de madera astillada, el alma desgajada en chorreones, el corazón puesto a secar en una sábana... Se cansa de pintar y, sin limpiarse las manos con disolvente, viene a por mí.


Una tarde de domingo cualquiera
Hace relativamente poco estuve en una exposición un poco escatológica. Como estaba en un Centro de Arte de factura reciente, es de esperar que las cosas sean más o menos así.
Lo más delicioso estaba por llegar cuando yo apenas dejaba la primera sala, muy divertida por toda aquella emulsión de flujos. Tras el suave murmullo de las puertas deslizantes -hay unos delicados microsensores incorporados a la altura conveniente- hace su ingreso una familia decorosa. Creo que necesito otro párrafo para describirlos con detenimiento:
Él, quien sin duda conducía su prole hasta allí, iba bien pertrechado del uniforme que le hace sentir más seguro, apenas unas bonitas señas de identidad; no pude distinguir un cocodrilo o un caballito, como recatada dama discretamente observadora no me acerqué lo suficiente. Pero su terrible bufanda de cuadros blanquinegros sobre fondo beige le delataba. Rápidamente concluí que debía ser asíduo del centro desde que se inauguró -lo anunciaba en su sonrisa de satisfacción- e incluso benefactor; también dí por sentado que decoraba su casa con arte minimalista pagado a plazos, una garantía de éxito.
Ella (disculpen si empiezo a necesitar demasiados párrafos) no era sino la compañía perfecta. En sus tristes ojos comprobé que era mucho más inteligente que él, puesto que se percató del craso error apenas puso un pie en la sala de exposiciones.
La prole, una parejita enfundada en abrigos azules de paño -qué tristeza de invierno- que no sobrepasaban la edad de las catequesis, fue mucho más avispada de lo que sus progenitores habrían querido. Antes de que el patriarca hubiese podido siquiera leer un par de las cartelas identificativas (siempre he creido que eso debe hacerse después y no antes de ver la obra) los deliciosos niños ya estaban señalando penes en los cuadros. Estos penes eran mucho más evidentes para ellos, que no están dotados aún de la sana visión de conjunto que lo hace todo más amable. El cabeza de familia estaba todavía digiriendo los títulos y asimilando el nauseabundo y descuidado estilo del artista.
No hubo tiempo de mucho más. Ni siquiera pasaron a una segunda sala. Con regocijo, recogí del suelo la bufanda para devolverla a su dueño -a tanta premura les obligó el hallazgo-, que casi se encontraba huyendo a dos manzanas de allí prometiendo una merienda razonable.
Me inquieta que fueran tan silenciosos, tan discretos, ni una palabra acompañó la deserción.

Lo más delicioso estaba por llegar cuando yo apenas dejaba la primera sala, muy divertida por toda aquella emulsión de flujos. Tras el suave murmullo de las puertas deslizantes -hay unos delicados microsensores incorporados a la altura conveniente- hace su ingreso una familia decorosa. Creo que necesito otro párrafo para describirlos con detenimiento:
Él, quien sin duda conducía su prole hasta allí, iba bien pertrechado del uniforme que le hace sentir más seguro, apenas unas bonitas señas de identidad; no pude distinguir un cocodrilo o un caballito, como recatada dama discretamente observadora no me acerqué lo suficiente. Pero su terrible bufanda de cuadros blanquinegros sobre fondo beige le delataba. Rápidamente concluí que debía ser asíduo del centro desde que se inauguró -lo anunciaba en su sonrisa de satisfacción- e incluso benefactor; también dí por sentado que decoraba su casa con arte minimalista pagado a plazos, una garantía de éxito.
Ella (disculpen si empiezo a necesitar demasiados párrafos) no era sino la compañía perfecta. En sus tristes ojos comprobé que era mucho más inteligente que él, puesto que se percató del craso error apenas puso un pie en la sala de exposiciones.
La prole, una parejita enfundada en abrigos azules de paño -qué tristeza de invierno- que no sobrepasaban la edad de las catequesis, fue mucho más avispada de lo que sus progenitores habrían querido. Antes de que el patriarca hubiese podido siquiera leer un par de las cartelas identificativas (siempre he creido que eso debe hacerse después y no antes de ver la obra) los deliciosos niños ya estaban señalando penes en los cuadros. Estos penes eran mucho más evidentes para ellos, que no están dotados aún de la sana visión de conjunto que lo hace todo más amable. El cabeza de familia estaba todavía digiriendo los títulos y asimilando el nauseabundo y descuidado estilo del artista.
No hubo tiempo de mucho más. Ni siquiera pasaron a una segunda sala. Con regocijo, recogí del suelo la bufanda para devolverla a su dueño -a tanta premura les obligó el hallazgo-, que casi se encontraba huyendo a dos manzanas de allí prometiendo una merienda razonable.
Me inquieta que fueran tan silenciosos, tan discretos, ni una palabra acompañó la deserción.

FRÍO (II)
Acaban de descongelar la exposición de Jane Simpson aquí al lado. Para ello no han tenido más remedio que desenchufar cada obra -una a una- y esperar a que toda esa hermosa escarcha desaparezca.

La primera vez que la ví, sinceramente me dejó fría. Luego me planteé si no era demasiado un frío artificial recreado en medio de este frío húmedo. Aterida como en otras ocasiones, aterrada ante el aviso de la nueva ola de frío polar -no creo que lo supere, llevo dos días drogada con sobres anticatarrales-, hoy lamento la descongelación inevitable.


La primera vez que la ví, sinceramente me dejó fría. Luego me planteé si no era demasiado un frío artificial recreado en medio de este frío húmedo. Aterida como en otras ocasiones, aterrada ante el aviso de la nueva ola de frío polar -no creo que lo supere, llevo dos días drogada con sobres anticatarrales-, hoy lamento la descongelación inevitable.

La hora del té
Para poner las cosas un poquito más difíciles, no basta con que los coches vayan por la izquierda, con que los volantes estén en el asiento del copiloto, con que se pague la gasolina en libras esterlinas o con que haya de calcularse la equivalencia entre millas y kilómetros para poder respetar cristianamente las señales de advertencia... (Creo haber oido algo acerca de ese asunto, hoy empiezan a mutar discos de prohibido en Irlanda, se adaptan al sistema métrico).
Caso de acarrear como souvenir una bonita obra británica, la cosa puede ponerse aún más fea. Alguna lumbrera del partido conservador quiere impedir, por ejemplo, que el tiburón sumergido en formol de Damien Hirst emigre a un museo de Nueva York previo religioso abono sustancioso. Y eso que al coleccionista Saatchi las cosas le huelen a cuerno quemado desde hace meses; al pobre no le pasan ni una, aun con la sana intención de reactivar su bolsillo para empezar de cero y auyentar los fantasmas del incendio que acabó con una buena parte de su fabulosa colección.

Obra de Damien Hirst
En teoría pretenden salvar para la nación -el imperio- obras de arte "que nunca deberían salir", y así preservar el legado cultural británico. A mí particularmente me escama que estos filántropos se interesen por tiburones en formol o alguna guarrería similar; es más, pensando mal y acertando, para mí que se regodearon cuando vieron reducido a cenizas ese arte vulgar y obsceno de los YBA. A ellos el arte conceptual les interesa tanto como a mí el naif en Cuenca.
Con esta actitud pueden empujar a los propios artistas a tomarse unas vacaciones sin billete de vuelta, a no ser que estén dispuestos a darles todo lo que pidan. El tiburoncito de marras es una obra denominada "La Imposibilidad Física de la Muerte en la Mente de Alguien Vivo"; acerca del arte en general, me parece imposible físicamente la muerte de su sentido universal, en la mente de alguien vivo el arte se saltará todas las barreras para migrar a la patria que le apetezca. Cómo aborrezco eso de las patrias, cómo me repugnan todas las banderas ...

PD: Bueno, bueno, ya será menos, si es un Jasper Johns podemos hacer una excepción.
Caso de acarrear como souvenir una bonita obra británica, la cosa puede ponerse aún más fea. Alguna lumbrera del partido conservador quiere impedir, por ejemplo, que el tiburón sumergido en formol de Damien Hirst emigre a un museo de Nueva York previo religioso abono sustancioso. Y eso que al coleccionista Saatchi las cosas le huelen a cuerno quemado desde hace meses; al pobre no le pasan ni una, aun con la sana intención de reactivar su bolsillo para empezar de cero y auyentar los fantasmas del incendio que acabó con una buena parte de su fabulosa colección.

Obra de Damien Hirst
En teoría pretenden salvar para la nación -el imperio- obras de arte "que nunca deberían salir", y así preservar el legado cultural británico. A mí particularmente me escama que estos filántropos se interesen por tiburones en formol o alguna guarrería similar; es más, pensando mal y acertando, para mí que se regodearon cuando vieron reducido a cenizas ese arte vulgar y obsceno de los YBA. A ellos el arte conceptual les interesa tanto como a mí el naif en Cuenca.
Con esta actitud pueden empujar a los propios artistas a tomarse unas vacaciones sin billete de vuelta, a no ser que estén dispuestos a darles todo lo que pidan. El tiburoncito de marras es una obra denominada "La Imposibilidad Física de la Muerte en la Mente de Alguien Vivo"; acerca del arte en general, me parece imposible físicamente la muerte de su sentido universal, en la mente de alguien vivo el arte se saltará todas las barreras para migrar a la patria que le apetezca. Cómo aborrezco eso de las patrias, cómo me repugnan todas las banderas ...

PD: Bueno, bueno, ya será menos, si es un Jasper Johns podemos hacer una excepción.
Un muñeco para los CHAPMAN
¡Sigo adorando a los Chapman! Todavía destila un poco mi lagrimal cuando avivo en mi memoria la exposición del año pasado y lo maravillosa que me sentí, invitación de papel satinado en ristre, toda destellos, cuando pude ver de cerca al más guapo de los dos hermanos, a Dinos Chapman.
Casi empezaba a añorarlos -siento una religiosa debilidad por las barbaridades que cometen-, cuando llega a mis ojos otra inequívoca señal de su buen gusto. Un diario local ofrecía hoy en su contraportada el irónico titular:
"El muñeco feísimo que gustó a los Chapman"
La noticia hace referencia a una especie de brainstorming colectivo que fue convocado por los graciosos Jake y Dinos en torno a una de sus instalaciones ("The Rape of Creativity" -"La violación de la creatividad"). Los visitantes del Centro de Arte, atraidos por la ruidosa publicidad de los grabados de Goya manipulados y todo ese rollo escandalizante, debían pintar al modo tradicional, en caballete, una especie de retrato lo más realista posible de la escultura femenina que se erigía como motivo central de la compleja instalación.

Premiarían al mejor cuadro con uno de sus grabados que seguro puede canjearse en una subasta por un kilo de los antiguos. Lo que más me fascina es que han premiado lo más zarrapastroso de lo que se colgó -que no fue poco-: Una especie de Medusa nazi que me recuerda -salvando las distancias- al enigmático idolillo oculado neolítico encontrado en el poblado de los Millares. La autora, María Rodríguez, no sin cahondeo, reconoce: "Mi cuadro es el más feo de todos. Pinte un muñeco feísimo, como una representación de la muerte. Usé negro, rojo y blanco; los ojos tienen como órbitas en blanco y negro y le cae una pasta roja; con muchos pelos." (¡¡ !!) Sencillamente delicioso, sin desperdicio. Los Chapman han premiado la suprema inmundicia artística, la representación más que descuidada de un ser malévolo que todo el mundo parece convenir en llamar "muñeco".
Un muñeco del que pueden presumir los hermanitos como trofeo de guerra. Y nada impide que lo incluyan en otra instalación abominable. Ahora me lamento de no haber esperado mi turno aquel día para pintar; a veces debería conceder más importancia a ciertas cosas, en detrimento de la integridad de mis uñas recién esmaltadas...
Imagino que ni la aficionada pintora ni los cronistas de nuestros periódicos aprecian nada salvable en este pequeño lienzo. Yo a veces me siento como los Chapman, muy incomprendida porque me gustan los desechos del arte y la inevitable belleza de cierta clase de fealdad consentida. Tan saturada está una a estas alturas de marinas, bodegones y desnudos con espejos...

Casi empezaba a añorarlos -siento una religiosa debilidad por las barbaridades que cometen-, cuando llega a mis ojos otra inequívoca señal de su buen gusto. Un diario local ofrecía hoy en su contraportada el irónico titular:
"El muñeco feísimo que gustó a los Chapman"
La noticia hace referencia a una especie de brainstorming colectivo que fue convocado por los graciosos Jake y Dinos en torno a una de sus instalaciones ("The Rape of Creativity" -"La violación de la creatividad"). Los visitantes del Centro de Arte, atraidos por la ruidosa publicidad de los grabados de Goya manipulados y todo ese rollo escandalizante, debían pintar al modo tradicional, en caballete, una especie de retrato lo más realista posible de la escultura femenina que se erigía como motivo central de la compleja instalación.

Premiarían al mejor cuadro con uno de sus grabados que seguro puede canjearse en una subasta por un kilo de los antiguos. Lo que más me fascina es que han premiado lo más zarrapastroso de lo que se colgó -que no fue poco-: Una especie de Medusa nazi que me recuerda -salvando las distancias- al enigmático idolillo oculado neolítico encontrado en el poblado de los Millares. La autora, María Rodríguez, no sin cahondeo, reconoce: "Mi cuadro es el más feo de todos. Pinte un muñeco feísimo, como una representación de la muerte. Usé negro, rojo y blanco; los ojos tienen como órbitas en blanco y negro y le cae una pasta roja; con muchos pelos." (¡¡ !!) Sencillamente delicioso, sin desperdicio. Los Chapman han premiado la suprema inmundicia artística, la representación más que descuidada de un ser malévolo que todo el mundo parece convenir en llamar "muñeco".
Un muñeco del que pueden presumir los hermanitos como trofeo de guerra. Y nada impide que lo incluyan en otra instalación abominable. Ahora me lamento de no haber esperado mi turno aquel día para pintar; a veces debería conceder más importancia a ciertas cosas, en detrimento de la integridad de mis uñas recién esmaltadas...
Imagino que ni la aficionada pintora ni los cronistas de nuestros periódicos aprecian nada salvable en este pequeño lienzo. Yo a veces me siento como los Chapman, muy incomprendida porque me gustan los desechos del arte y la inevitable belleza de cierta clase de fealdad consentida. Tan saturada está una a estas alturas de marinas, bodegones y desnudos con espejos...

la edad de la INOCENCIA
Hoy acabo de enterarme de lo de esa chiquitusa estadounidense que vende abstractos a miles de dólares y que hasta firma muy bohemiamente con una "R" al revés (¿casualidad o táctica?), y de lo de esos preteenagers colombianos que hacen instalaciones para la Tate. Me siento un poco mareada, todo esto es maravilloso, en serio, pero no me quedan fuerzas para decirles a ustedes algo a propósito.
Vaticino una especie de OT con prodigiosos niños de la ESO que hacen performances, instalaciones y net-art. La Aizpuru, de presentadora, anunciando una innovadora bienal de yogourines.

Vaticino una especie de OT con prodigiosos niños de la ESO que hacen performances, instalaciones y net-art. La Aizpuru, de presentadora, anunciando una innovadora bienal de yogourines.

Un día ZEN
Hoy les escribo para hacerles una recomendación. Si tienen un día zen, si no saben qué hacer con una de las paredes inmaculadas de su comedor, si se sienten con el pulso firme, yo les invito al plagio. Puede resultar un ejercicio de lo más sanísimo como estrategia de meditación para los nuevos días del incipiente año, y si la paciencia les falla y por algún infortunio deben abandonar su tarea a medio empezar, nada debe preocuparles pues el resultado será igualmente encantador, asimétrico, non finito, y tendrán de seguro un salón mucho más confortable. Voy a darles las recomendaciones paso a paso, en una especie de receta.
1. Diríjanse a la Galería Carmen de la Calle (Madrid) antes del 30 de enero, y deléitense con la obra de Juan Carlos Bracho.

2. Compren un carboncillo o similar en la papelería más cercana.
3. Acomódense frente a una pared vacía, suficientemente despejado el radio de acción más inmediato.
4. Vacíen sus engranajes mentales, traten de apenas pensar en nada -pueden aderezar la tarde de recreo con alguna música repetitiva y monocorde, a ser posible oriental-.
5. Imaginen al aburrido recluso que apacienta sus días contándolos en la pared, y trate de resumir la vida de condena del susodicho en un sinfín de líneas verticales y paralelas. De su trazo y de la consistencia del carboncillo, del énfasis puesto en cada línea, de la textura nívea o rugosa de su pared; de todo ello dependerá el paisaje resultante.
6. Si en nada les parece lo que resulta un paisaje, no se alerten. Piensen que la abstracción es uno de los caminos más antiguos del arte, y que los Chinos -como diría Gustavo Torner- ya inventaron una exquisita manera de pintar muy a lo Fernando Zóbel.
No les voy a recomendar directamente que compren una obra del mencionado Juan Carlos Bracho porque el buen señor lo que expone en la galería son fotografías de gran formato en las que se representan sus rayados murales de consistencia etérea. A veces aparece el mismo artista, de espaldas, en plena faena. En otras, alguna silla o algún elemento que nos ubica espacialmente en el lugar de la fechoría. Dudo que puedan adquirir una de las paredes en las que él ha dibujado, y también dudo que obtengan un hueco en su agenda y que dibuje para ustedes directamente. Por eso les invito al plagio, que es al fin y al cabo en lo que consiste la Historia del Arte.

1. Diríjanse a la Galería Carmen de la Calle (Madrid) antes del 30 de enero, y deléitense con la obra de Juan Carlos Bracho.

2. Compren un carboncillo o similar en la papelería más cercana.
3. Acomódense frente a una pared vacía, suficientemente despejado el radio de acción más inmediato.
4. Vacíen sus engranajes mentales, traten de apenas pensar en nada -pueden aderezar la tarde de recreo con alguna música repetitiva y monocorde, a ser posible oriental-.
5. Imaginen al aburrido recluso que apacienta sus días contándolos en la pared, y trate de resumir la vida de condena del susodicho en un sinfín de líneas verticales y paralelas. De su trazo y de la consistencia del carboncillo, del énfasis puesto en cada línea, de la textura nívea o rugosa de su pared; de todo ello dependerá el paisaje resultante.
6. Si en nada les parece lo que resulta un paisaje, no se alerten. Piensen que la abstracción es uno de los caminos más antiguos del arte, y que los Chinos -como diría Gustavo Torner- ya inventaron una exquisita manera de pintar muy a lo Fernando Zóbel.
No les voy a recomendar directamente que compren una obra del mencionado Juan Carlos Bracho porque el buen señor lo que expone en la galería son fotografías de gran formato en las que se representan sus rayados murales de consistencia etérea. A veces aparece el mismo artista, de espaldas, en plena faena. En otras, alguna silla o algún elemento que nos ubica espacialmente en el lugar de la fechoría. Dudo que puedan adquirir una de las paredes en las que él ha dibujado, y también dudo que obtengan un hueco en su agenda y que dibuje para ustedes directamente. Por eso les invito al plagio, que es al fin y al cabo en lo que consiste la Historia del Arte.

Sentirse BASURA
Ser tratado como basura también proporciona momentos de gloria. Acabóse la sublimidad del arte, los tiempos en que la nobleza del material ya inyectaba la obra de esplendor. El bloque mudo de mármol, conteniendo un hálito de vida en su interior o una figura que solicita ser desvelada por mános más que hábiles.
Michael Beutler todavía se pellizcará por ser tan agraciado. Hace nada y menos que los servicios de limpieza del ayuntamiento de Frankfurt -yo que hacía tan modernos a los centroeuropeos- han sacrificado una de sus obras en una pira. Es decir, la han retirado de la vía pública y la han incinerado. Por desconocimiento, por error... Probablemente el amasijo de plásticos amarillos y estructuras metálicas esparcidos a causa del viento no les proporcionaba ningún deleite en especial.

Ahora el artista sonríe y aclara satisfecho que no hay motivo para la demanda, no hay enojo en su ser; está más que contento con que se discuta sobre si lo que él hace es basura o puede ser confundido como tal. Hay un contenido engreimiento, que yo aplaudo, tras saltar a la bendita palestra mediática en la que algunos devienen en famosos creadores. Estar entre los artistas basura, los indeseables, los odiados por el gran público, confiere un importante aura de autosuficiencia, asegura futuras presencias en bienales atrevidísimas, le incluye en una nómina extravagante pero que empieza a vulgarizarse.
A él, estoy segura, le habría gustado ser el primero. En el arte siempre se llega tarde. Recuerden aquella señora entrañable que adecentaba la Tate Britain -por Dios, asegúrense de aleccionar al personal- y acarreó una bolsa de basura extrañamente depositada en una de las salas. ¿Hasta que punto puede permitirse una institución como esta tener entre su personal de limpieza a una pobre desdichada que no conocía el significado del arte autodestructivo?
Si lo recuerdan, la bolsa de basura de Gustav Metzger fue retirada por la encantadora anciana al no estar acordonada, el artista ubicó en su lugar una nueva bolsa de basura recogida de otro lugar (no elaboró una escultura-bolsa si es lo que imaginan) y fue compensado económicamente por la Tate por la irreparable pérdida. Lo que nadie le ha reconocido a la señora ni a los operarios de Frankfurt es su meritorio acto acelerativo: la primera proporcionó una autodestrucción más segura; los segundos han encumbrado a Beutler a ser conocido en todo nuestro hemisferio. Pero sus nombres no entrarán en ningún catálogo de Taschen, es una pena.
Yo, que soy tan materialista y que no podría ni por asomo montar mi museo a base de obras tan efímeras, siempre preferiré una bolsa de basura de Gavin Turk. Al menos estas son de bronce y pesan quintales como para ser retiradas deliberadamente. Y no hay temor a fregonas ni electricistas insensibles al verdadero arte.

Un besazo, queridos.

Michael Beutler todavía se pellizcará por ser tan agraciado. Hace nada y menos que los servicios de limpieza del ayuntamiento de Frankfurt -yo que hacía tan modernos a los centroeuropeos- han sacrificado una de sus obras en una pira. Es decir, la han retirado de la vía pública y la han incinerado. Por desconocimiento, por error... Probablemente el amasijo de plásticos amarillos y estructuras metálicas esparcidos a causa del viento no les proporcionaba ningún deleite en especial.

Ahora el artista sonríe y aclara satisfecho que no hay motivo para la demanda, no hay enojo en su ser; está más que contento con que se discuta sobre si lo que él hace es basura o puede ser confundido como tal. Hay un contenido engreimiento, que yo aplaudo, tras saltar a la bendita palestra mediática en la que algunos devienen en famosos creadores. Estar entre los artistas basura, los indeseables, los odiados por el gran público, confiere un importante aura de autosuficiencia, asegura futuras presencias en bienales atrevidísimas, le incluye en una nómina extravagante pero que empieza a vulgarizarse.
A él, estoy segura, le habría gustado ser el primero. En el arte siempre se llega tarde. Recuerden aquella señora entrañable que adecentaba la Tate Britain -por Dios, asegúrense de aleccionar al personal- y acarreó una bolsa de basura extrañamente depositada en una de las salas. ¿Hasta que punto puede permitirse una institución como esta tener entre su personal de limpieza a una pobre desdichada que no conocía el significado del arte autodestructivo?
Si lo recuerdan, la bolsa de basura de Gustav Metzger fue retirada por la encantadora anciana al no estar acordonada, el artista ubicó en su lugar una nueva bolsa de basura recogida de otro lugar (no elaboró una escultura-bolsa si es lo que imaginan) y fue compensado económicamente por la Tate por la irreparable pérdida. Lo que nadie le ha reconocido a la señora ni a los operarios de Frankfurt es su meritorio acto acelerativo: la primera proporcionó una autodestrucción más segura; los segundos han encumbrado a Beutler a ser conocido en todo nuestro hemisferio. Pero sus nombres no entrarán en ningún catálogo de Taschen, es una pena.
Yo, que soy tan materialista y que no podría ni por asomo montar mi museo a base de obras tan efímeras, siempre preferiré una bolsa de basura de Gavin Turk. Al menos estas son de bronce y pesan quintales como para ser retiradas deliberadamente. Y no hay temor a fregonas ni electricistas insensibles al verdadero arte.

Un besazo, queridos.

FRÍO
He pasado un par de días aturdida-aterida por el viaje de retorno, reubicándome en este frío húmedo y desagradable que ya había olvidado. Un frío que no necesita descender bajo el cero porque el índice de hidrógeno eclipsa cualquier otra apreciación. Un frío que se combate mal y cala hasta la espina pues aquí no tenemos calefacción, por aquello de presumir estoicamente que "no tenemos invierno". Me encuentro aterrada-aterida, mi nariz se torna azul por momentos y temo que se produzcan estalagmitas cristalinas entre mi barbilla y mi pecho. Me siento como una instalación de Jane Simpson.


De la CUADRATURA sagrada
Ayer caí de bruces en un blog para mí insólito... Alguien con más paciencia que el santo Job se había propuesto explicarnos eso de la geometría en el arte. Como el encomiable autor incluye reproducciones, la visita a su rincón se hace más que llevadera. Y aunque me pareció que sobrevolaba muy rápido unos cuantos milenios de arte, como para llegar muy pronto a los mondrianes y demás (con lo cual intuyo que dentro de poco tendrá que hacer unos bonitos flasbacks o dejar el blog para meterse en otro), a mí que soy una nostálgica me hizo derramar alguna que otra lágrima simbólica esa cuidada devoción por la cuadratura de las cosas.
Imagino que ahora le queda mucho terreno que alisar por delante, dado el amplísimo campo que brinda hoy la cuadratura del píxel, mínima unidad de división casi atómica en que se divide y fragmenta todo en estas redes de redes... A veces me hace plantear si un futuro no muy lejano nos deparará unidades de medida más pequeñas, subpíxeles, o si una mente perturbadora se empeñará en conseguir algo así como el grano circular de la fotografía extrapolado a la pantalla... (¿Imaginan todas las imágenes digitales fragmentadas en una retícula de celditas hexagonales, cual colmena iridiscente?).

La razón de mi emoción repentina es que soy una fervorosa de los cuadrados monocromos. Hace muchos años ya me deleité con una blanquinegra fotografía del funeral de Kasimir Malevich en 1935. El susodicho quiso emplazar su féretro bajo la espesa negritud de su cuadrado suprematista, colgado como un icono ruso ortodoxo. Aquella sublimidad era pues su religión.

Hoy creo que ya ningún monocromo nos exalta, nos afecta. En parte, porque no hay vibración en ellos. Se suceden excesivamente planos, olvidando el cuidadoso empeño que llevase a antiguos pintores a pasar horas de lentitud deliciosa arrastrando su pincel -impregnado de un solo pigmento-... Hay oportunistas insensibles que pintan cuadrados monocromos adocenados, sin textura, piel ni latido.
Perdonad que sea muy insistente, pero hace poco alguien me preguntaba sobre el valor de todas aquellas obras azules que Yves Klein desarrolló con valiosa obsesión. Falta detenerse en la ingravidez templada de su superficie, la terrosa y casi selénea piel que asemeja el cuadro a un retazo de cráteres y resaltos orográficos sin otro tema que la delectación en una caricia interminable -Dios, empiezo a parecer una escritora de catálogos-.
El caso es que hoy desearía custodiar el cuadrado negro, y no me vale una reproducción facsímil. ¿Dónde voy a encontrar ese craquelado del tiempo sobre el óleo mal secado? ¿Dónde ese negro sucio, aparentemente inmaculado pero lleno de imperfecciones?
Definitivamente, lo quiero para edificarle una capilla.

Me da un poco de miedo ser de pronto tan necrófila, por idearme entre cuatro cirios y bajo el cuadrado sagrado, pero es que las navidades la dejan a una atontada. Besos.
Imagino que ahora le queda mucho terreno que alisar por delante, dado el amplísimo campo que brinda hoy la cuadratura del píxel, mínima unidad de división casi atómica en que se divide y fragmenta todo en estas redes de redes... A veces me hace plantear si un futuro no muy lejano nos deparará unidades de medida más pequeñas, subpíxeles, o si una mente perturbadora se empeñará en conseguir algo así como el grano circular de la fotografía extrapolado a la pantalla... (¿Imaginan todas las imágenes digitales fragmentadas en una retícula de celditas hexagonales, cual colmena iridiscente?).

La razón de mi emoción repentina es que soy una fervorosa de los cuadrados monocromos. Hace muchos años ya me deleité con una blanquinegra fotografía del funeral de Kasimir Malevich en 1935. El susodicho quiso emplazar su féretro bajo la espesa negritud de su cuadrado suprematista, colgado como un icono ruso ortodoxo. Aquella sublimidad era pues su religión.

Hoy creo que ya ningún monocromo nos exalta, nos afecta. En parte, porque no hay vibración en ellos. Se suceden excesivamente planos, olvidando el cuidadoso empeño que llevase a antiguos pintores a pasar horas de lentitud deliciosa arrastrando su pincel -impregnado de un solo pigmento-... Hay oportunistas insensibles que pintan cuadrados monocromos adocenados, sin textura, piel ni latido.
Perdonad que sea muy insistente, pero hace poco alguien me preguntaba sobre el valor de todas aquellas obras azules que Yves Klein desarrolló con valiosa obsesión. Falta detenerse en la ingravidez templada de su superficie, la terrosa y casi selénea piel que asemeja el cuadro a un retazo de cráteres y resaltos orográficos sin otro tema que la delectación en una caricia interminable -Dios, empiezo a parecer una escritora de catálogos-.
El caso es que hoy desearía custodiar el cuadrado negro, y no me vale una reproducción facsímil. ¿Dónde voy a encontrar ese craquelado del tiempo sobre el óleo mal secado? ¿Dónde ese negro sucio, aparentemente inmaculado pero lleno de imperfecciones?
Definitivamente, lo quiero para edificarle una capilla.

Me da un poco de miedo ser de pronto tan necrófila, por idearme entre cuatro cirios y bajo el cuadrado sagrado, pero es que las navidades la dejan a una atontada. Besos.
Sobre una bonita manera de COLECCIONAR
Yo ayer apurada, pidiendo las cosas por favor y con pleitesía; y toda una vida dejándome los cuartos en fondos de arte y clubs de amigos del museo... Honradamente, amontonando un granito sobre otro. Llega la inevitable mañana de reyes, me despierto más tarde de lo normal por el trasnoche de anoche -que va camino de quedarse corto con el trasnoche de esta noche-, y cuando miro ilusionada, nada.
Lo habitual -de toda la vida- ha sido para mí encontrar los regalos alrededor del árbol (natural por supuesto); pero ya os dije que por circunstancias ajenas a mí me veo en un pisito confortable de una ciudad que no es la mía, contando los días para hacer las maletas y salir escaleras abajo.
El caso es que ni Klein, ni Fontana, ni mucho menos los soldaditos Chapman; al final todo queda reducido en un triste folleto del vigésimoprimer (¡!) Supermercado del Arte, y mucho me temo que no los reyes sino alguna mano amiga (ejem) con bastante guasa lo situó sobre la mesa del salón.
Puedo lamentarme, puedo regocijarme en mi propia miseria -por supuesto yo nunca piso esos eventos despreciables donde envuelven acuarelas con plástico de cocina-. Pero no puedo cambiar nada.
Seguiré entrampada hasta que acabe de pagar el GuillermoPérezVillalta del que ya me he arrepentido -Dios, me lo dijeron, ya no se lleva nada!!, pero soy una fanática de los ochenta-. Es enorme, irritante, y me pone muy nerviosa la perspectiva esa descolocada que ha explotado hasta el paroxismo. Acabaré regalándolo invariablemente. Porque no sé si me lo van a pedir para exposiciones...
No acabo de depositar la cucharilla del café, hecha un marasmo, cuando observo que probablemente la misma mano amiga ha dejado consideradamente un diario local sobre la mesa. Abierto por una determinada página, de manera que leo el insólito documento:
"Comienza juicio contra amante del arte y ladrón de museos europeos"
El buen señor, que merece ingresar de cabeza en la Larousse, había reconocido robar 239 cuadros -qué precisión escalofriante-, y contaba con la inestimable ayuda de su madre, que ha acuchillado y martilleado algunos Watteau, Durero y Boucher, al temer que el peso de la justicia descubriera el escondrijo-museo donde guardaban tamaña colección. Stéphane Breitwieser, este coleccionista peculiar jovencísimo -tiene la edad de Cristo-, afirma con tranquilidad que robaba por su amor al arte y sólo lo que encajaba para completar su colección.
¡Menos mal! Ya que se apropia de lo ajeno, lo hace con criterio. Eso nos alivia a todos, pues de no haber sido descubierto, el museo resultante habría sido completo, muy didáctico y comprensible, y se habrían evitado las indeseables lagunas que en casi todos los museos existen. Qué lástima que el buen hombre no invirtiese el tiempo necesario en adiestrar a su pobre madre en clases teóricas con diapositivas. La habría sensibilizado y seguramente habría ardido ella con los cuadros, a lo bonzo y en plan mártir.

No hay ánimo para besos.
Lo habitual -de toda la vida- ha sido para mí encontrar los regalos alrededor del árbol (natural por supuesto); pero ya os dije que por circunstancias ajenas a mí me veo en un pisito confortable de una ciudad que no es la mía, contando los días para hacer las maletas y salir escaleras abajo.
El caso es que ni Klein, ni Fontana, ni mucho menos los soldaditos Chapman; al final todo queda reducido en un triste folleto del vigésimoprimer (¡!) Supermercado del Arte, y mucho me temo que no los reyes sino alguna mano amiga (ejem) con bastante guasa lo situó sobre la mesa del salón.
Puedo lamentarme, puedo regocijarme en mi propia miseria -por supuesto yo nunca piso esos eventos despreciables donde envuelven acuarelas con plástico de cocina-. Pero no puedo cambiar nada.
Seguiré entrampada hasta que acabe de pagar el GuillermoPérezVillalta del que ya me he arrepentido -Dios, me lo dijeron, ya no se lleva nada!!, pero soy una fanática de los ochenta-. Es enorme, irritante, y me pone muy nerviosa la perspectiva esa descolocada que ha explotado hasta el paroxismo. Acabaré regalándolo invariablemente. Porque no sé si me lo van a pedir para exposiciones...
No acabo de depositar la cucharilla del café, hecha un marasmo, cuando observo que probablemente la misma mano amiga ha dejado consideradamente un diario local sobre la mesa. Abierto por una determinada página, de manera que leo el insólito documento:
"Comienza juicio contra amante del arte y ladrón de museos europeos"
El buen señor, que merece ingresar de cabeza en la Larousse, había reconocido robar 239 cuadros -qué precisión escalofriante-, y contaba con la inestimable ayuda de su madre, que ha acuchillado y martilleado algunos Watteau, Durero y Boucher, al temer que el peso de la justicia descubriera el escondrijo-museo donde guardaban tamaña colección. Stéphane Breitwieser, este coleccionista peculiar jovencísimo -tiene la edad de Cristo-, afirma con tranquilidad que robaba por su amor al arte y sólo lo que encajaba para completar su colección.
¡Menos mal! Ya que se apropia de lo ajeno, lo hace con criterio. Eso nos alivia a todos, pues de no haber sido descubierto, el museo resultante habría sido completo, muy didáctico y comprensible, y se habrían evitado las indeseables lagunas que en casi todos los museos existen. Qué lástima que el buen hombre no invirtiese el tiempo necesario en adiestrar a su pobre madre en clases teóricas con diapositivas. La habría sensibilizado y seguramente habría ardido ella con los cuadros, a lo bonzo y en plan mártir.

No hay ánimo para besos.
A sus Majestades de Oriente
Son las punchi de la noche y no me puedo dormir, entre otras cosas porque hace menos de dos días que me he enterado de esto de los blogs, que todo el mundo dice que será un revulsivo para la aldea global o la sociedad de la información o la revolución digital...
Y aquí, conmovida por mi descubrimiento fortuito -increible, a raiz de agotarme en una insoportable web en flash sobre una película acerca de una serie de catastróficas desdichas (bonito título, ¿verdad?)-, araño el portátil prestado con conexión insoportable -descuelgue a cada ratito con riesgo de perder casi todo a medio camino- y caigo en la cuenta de que no he pedido nada este año a mis queridos Reyes Magos.
Este año es casi imposible que me traigan nada, porque estoy bien lejitos de mi casa y las circunstancias me tienen en una ciudad de interior que se escarcha por las mañanas y donde es imposible ver una exposición decente en muchos kilómetros a la redonda. Sin coche.
Pero como soy una obstinada, y me hace ilusión que al final existan un poco, a estas horas, que aunque ya es seis como no me he acostado es cinco, decido escribir mi carta:
Queridos Reyes Magos (Dios Mío, no escribía esto casi desde el año en que pedí la cassette de True Blue):
Como he sido todo lo buena que se puede ser teniendo en cuenta todo lo que hay que tener en cuenta... Y como por pedir que no quede, y como mantengo la ilusión de algún día abandonar el lugar en que me gano la nómina para montar un museíto coquetísimo en alguna avenida principal -de esas con señales de RED BÁSICA- de mi ciudad, donde ya mismo conviene abrir de todo porque va a haber hasta METRO... Como todo eso y más, pues empiezo a pedir:
(Voy a dejar los deseos de paz para el final, porque total para el caso que hacéis)
1. Siempre me ha hecho mucha ilusión una mesita de centro (para el café) teñida en azul Yves Klein. Si a juego me mandáis una lámpara estilizadísima para lectura pues para qué quiero más.
2. No me vendría mal una colcha mínimal monocroma en rojo cerezas y con una hermosa brecha en medio, así en diagonal, que sea reproducción a escala de algún Lucio Fontana; pondré sábanas negras debajo por lo de la sensación de concepto espacial y todo eso. Y prometo cuidarla al máximo y plancharla periódicamente para que los bordecitos de la brecha no se ricen indeseablemente.
3. Rezo para que me obsequiéis con los restos calcinados de aquellas preciosas maquetitas de los Chapman -creo que se llamaban Hell o algo así-; nunca superé lo del incendio del almacen de Saatchi y gozaría montando una especie de belén con feedback a base de soldadito mutante y un poco de espumillón de diseño.
4. Que no se me olvide un par de ánforas a lo Grayson Perry. Puesta a elegir, por favor traedme las más depravadas que en los ochenta compré demasiados abstractos y tengo el salón muy formal. Muchos me dicen que me hace falta un feng shui como el comer, porque no me reconocen en mi hábitat natural.
5. Un Giacometti, por Dios, un giacometti; pequeñito, no necesito nada ostentoso. No concreto mucho más porque soy consciente de la dificultad de mi demanda.
6. Hace tiempo que tengo capricho de una SagradaCena tipo Leonardo pero en alpaca plateada, como las antiguas; es una horterada pero a veces me siento muy congestionada de arte cool y emergente y eso es como de toda la vida y le proporciona a una esa sensación verdaderamente insustituible de "estar en casa". Si os resulta demasiado, no os preocupéis que la tendré a buen recaudo en un altillo y sólo la colgaré una vez cada olimpiada o mejor, cada vez que el forum tenga éxito de visitas.
7. Como el siete siempre me ha parecido un número precioso, me voy a plantar aquí: Deseo fervorosamente la paz en el mundo y vivir en un lugar más tranquilo, sin la sensación constante de que todo se va a acabar en un tres por cuatro. Y mientras tanto, que la dejen a una coleccionar a gusto.

Un beso noctámbulo, impregnado de resíduos de biotherm.
Y aquí, conmovida por mi descubrimiento fortuito -increible, a raiz de agotarme en una insoportable web en flash sobre una película acerca de una serie de catastróficas desdichas (bonito título, ¿verdad?)-, araño el portátil prestado con conexión insoportable -descuelgue a cada ratito con riesgo de perder casi todo a medio camino- y caigo en la cuenta de que no he pedido nada este año a mis queridos Reyes Magos.
Este año es casi imposible que me traigan nada, porque estoy bien lejitos de mi casa y las circunstancias me tienen en una ciudad de interior que se escarcha por las mañanas y donde es imposible ver una exposición decente en muchos kilómetros a la redonda. Sin coche.
Pero como soy una obstinada, y me hace ilusión que al final existan un poco, a estas horas, que aunque ya es seis como no me he acostado es cinco, decido escribir mi carta:
Queridos Reyes Magos (Dios Mío, no escribía esto casi desde el año en que pedí la cassette de True Blue):
Como he sido todo lo buena que se puede ser teniendo en cuenta todo lo que hay que tener en cuenta... Y como por pedir que no quede, y como mantengo la ilusión de algún día abandonar el lugar en que me gano la nómina para montar un museíto coquetísimo en alguna avenida principal -de esas con señales de RED BÁSICA- de mi ciudad, donde ya mismo conviene abrir de todo porque va a haber hasta METRO... Como todo eso y más, pues empiezo a pedir:
(Voy a dejar los deseos de paz para el final, porque total para el caso que hacéis)
1. Siempre me ha hecho mucha ilusión una mesita de centro (para el café) teñida en azul Yves Klein. Si a juego me mandáis una lámpara estilizadísima para lectura pues para qué quiero más.
2. No me vendría mal una colcha mínimal monocroma en rojo cerezas y con una hermosa brecha en medio, así en diagonal, que sea reproducción a escala de algún Lucio Fontana; pondré sábanas negras debajo por lo de la sensación de concepto espacial y todo eso. Y prometo cuidarla al máximo y plancharla periódicamente para que los bordecitos de la brecha no se ricen indeseablemente.
3. Rezo para que me obsequiéis con los restos calcinados de aquellas preciosas maquetitas de los Chapman -creo que se llamaban Hell o algo así-; nunca superé lo del incendio del almacen de Saatchi y gozaría montando una especie de belén con feedback a base de soldadito mutante y un poco de espumillón de diseño.
4. Que no se me olvide un par de ánforas a lo Grayson Perry. Puesta a elegir, por favor traedme las más depravadas que en los ochenta compré demasiados abstractos y tengo el salón muy formal. Muchos me dicen que me hace falta un feng shui como el comer, porque no me reconocen en mi hábitat natural.
5. Un Giacometti, por Dios, un giacometti; pequeñito, no necesito nada ostentoso. No concreto mucho más porque soy consciente de la dificultad de mi demanda.
6. Hace tiempo que tengo capricho de una SagradaCena tipo Leonardo pero en alpaca plateada, como las antiguas; es una horterada pero a veces me siento muy congestionada de arte cool y emergente y eso es como de toda la vida y le proporciona a una esa sensación verdaderamente insustituible de "estar en casa". Si os resulta demasiado, no os preocupéis que la tendré a buen recaudo en un altillo y sólo la colgaré una vez cada olimpiada o mejor, cada vez que el forum tenga éxito de visitas.
7. Como el siete siempre me ha parecido un número precioso, me voy a plantar aquí: Deseo fervorosamente la paz en el mundo y vivir en un lugar más tranquilo, sin la sensación constante de que todo se va a acabar en un tres por cuatro. Y mientras tanto, que la dejen a una coleccionar a gusto.

Un beso noctámbulo, impregnado de resíduos de biotherm.
Buenos propósitos de CHRISTO & JEAN CLAUDE para el año nuevo.

Me solivianta leer o escuchar tonterías de boca de los propios artistas, sobre todo cuando se palpa en el aire que mienten para resultar interesantes. Para que juzguen ustedes mismos, transcribo literalmente:
"Creamos trabajos de diversión y belleza. No creamos mensajes. No creamos símbolos. Creamos obras de arte. Ninguna obra de arte tiene significado, excepto ser una obra de arte".
Y no dice esto Jean Claude -inseparable de Christo desde que lo empaquetaban todo- ante un cuadrito pintado a medias, sino ante la inminencia de un proyectito digno de comentario. Hincar sietemilquinientas puertas amarillas en Central Park. No es que yo pretenda buscarles las cosquillas, ni mucho menos voy a gastar parte de mi tarde en destilar el complejo mensaje último de sus obras -o de esta en concreto-; pero al menos, y teniendo en cuenta la envergadura del proyecto, podían divertir a la concurrencia con otras declaraciones menos tajantes. Es que, más o menos, han venido a decir que su obrita no va servir para nada.
Que se justifiquen un poquito. Sobre todo porque el proyecto se lleva a cabo en uno de los lugares menos discretos del planeta, y está claro que la instalación -en sus cortas dos semanas de vida- eclipsará turísticamente a la zona cero y sus aledaños. Más que nada por respeto a los contribuyentes, a los que no se les consulta sobre lo oportuno de colgar banderolas azafran de los marcos de sietemilquinientas puertas... A nada del Tsunami.
Si por lo menos cada puerta simbolizara un alma, una víctima, un niño perdido, un grito... Pues estaríamos todos contentos.
A mí, lo confieso, es que me puede la sensación de no poder musear la obrita de marras. Y estos dos son especialistas en eso, en hacer cosas imposibles de proteger del polvo y de la humedad. Se empeñan en proporcionarnos vistas agradables y portadas de noticiarios durante unos cuantos días, y sólo nos van a dejar dibujitos y fotos. ¿Que el proceso creativo es parte de la obra? Que se lo cuenten al director del MOMA, a ver si piensa igual.

PD: Si me aprietan un poco, la verdad es que me encantaría retratarme delante de las sietemilquinientas puertas amarillas con mis taconazos y bolso baguette color albero y mi vestido verde-central-park. Pero es que para las fechas que son me va a ser imposible; de ahí mi rabia. Uf.





