birth, tres minutos

Habría procurado hacerme con esos tres minutos en que la mirada de la Kidman queda absolutamente enfrentada al ojo impertérrito de la cámara, esos tres minutos de ópera en que mil y una aciagas ocurrencias perturban su ligera expresión de incomodidad.
Tres minutos, después de haber hecho levantarse a toda una fila de encorsetados burgueses, para amargar en hiel cada dulce recuerdo.
Tres minutos para que podamos disolvernos como agua en un par de cejas góticas -casi ojivales- y un par de nubladas sombras junto a los párpados.
Tres minutos -más o menos- de muerte, de laguna espesa, de remar intramuros, de buscar el reflejo no devuelto en el agua.
Tres minutos que habría querido apresar y no pude.
Siempre nos quedará el dvd.
PD: ¿Alguien sabe quién traduce birth por reencarnación tan alegremente?
PD2: El grano sucio a conciencia de la fotografía, el filtro color arena de las escenas más densas, los silencios, el sonido levísimo de la nieve, la densa presencia del amor y de la muerte, la oscuridad, la quietud necesaria de los primerísimos planos, las esperas, las escenas que no hemos visto pero que todos hemos temido... Iba a entretenerme, de veras no esperaba algo así.
sin pasado
Me parece maravilloso el fotógrafo que busca con su cámara aquellos objetos y lugares que no tenían un pasado en su corazón.
Hoy directamente le robo las intenciones a Enrique y que él os lleve a una bonita colección de postales luminosas...
Besos...
Hoy directamente le robo las intenciones a Enrique y que él os lleve a una bonita colección de postales luminosas...
Besos...
BADABOUM
Ayer escuché algo precioso en la tele (miradas, la 2); un joven pintor, con pinta de normal de la vida humana -nada de uniformes de alternativo-, se refería a su pintura como una onomatopeya. Se rebelaba ante el comentario insistente de los que quieren ver en su pintura paisajes (yo misma había visto algo así como un atardecer extraño aunque calmo sobre una pradera irlandesa, cruzada por el estertor final de un sol anaranjado)...
(Inevitablemente, había que repetir foto) Obra de Nico Munuera.
Y su pintura -que no contiene historias ni vistas a ninguna parte- es sólo un estallido sonoro de tramas y color. Algo muy digno de respeto, por otro lado, en un tiempo en que se requiere del artista que posea un magnífico discurso filosófico para acompañar su obra... Tan conceptuales los queremos...
La pintura, una onomatopeya... Imaginen "plaf", "splash", "clic"...
O Badaboum, como es el caso.
Un sencillo impacto. Me estoy enamorando de ese cuadro; lo triste es que ya es imposible hacerme con él. Ayer mismo le dedicaba unas rancias y desabridas palabras. Hoy me estoy reconciliando por momentos...
Por Dios, si alguien puede concertarme una cena o al menos un café con Nico Munuera, que contacte urgentemente conmigo. Necesito encargarle un duplicado de su maravilloso cuadro verde, y de paso lo entrevisto para mi maravillosa revista...

No sé, hoy me siento feliz.
(Inevitablemente, había que repetir foto) Obra de Nico Munuera.Y su pintura -que no contiene historias ni vistas a ninguna parte- es sólo un estallido sonoro de tramas y color. Algo muy digno de respeto, por otro lado, en un tiempo en que se requiere del artista que posea un magnífico discurso filosófico para acompañar su obra... Tan conceptuales los queremos...
La pintura, una onomatopeya... Imaginen "plaf", "splash", "clic"...
O Badaboum, como es el caso.
Un sencillo impacto. Me estoy enamorando de ese cuadro; lo triste es que ya es imposible hacerme con él. Ayer mismo le dedicaba unas rancias y desabridas palabras. Hoy me estoy reconciliando por momentos...
Por Dios, si alguien puede concertarme una cena o al menos un café con Nico Munuera, que contacte urgentemente conmigo. Necesito encargarle un duplicado de su maravilloso cuadro verde, y de paso lo entrevisto para mi maravillosa revista...

No sé, hoy me siento feliz.
Qué sentimos
¿Qué ocurriría si les dijera a cada uno de mis renglones lo que deberían sentir? Yo les voy adelantando si van a sentir estupor, indignación, complicidad, fascinación... Luego, en paralelo a la lectura de mis renglones, van comprobando obedientes que efectivamente sienten precisamente eso.
A mí, desde luego, prefiero que me provoquen las sensaciones y punto. Nada de dirigismos, toda esa técnica me asusta.
Les pongo en situación. Al lado de un cuadro -que no necesariamente provoca sentimientos fulgurantes en el espectador- colgado de una blanca pared, se ofrecen hojas de sala para distribución gratuita. Invitan al merodeador de turno con su seducción silenciosa -"llévame contigo", "léeme"-... Tan complacida por la que creo una generosa atención, me hago con el modesto folio y leo:
Obra de Nico Munuera, "La Grosse Badaboum 18.2"
"Qué sentimos: Una inmediata atracción por la belleza plástica de la obra. La armoniosa gradación del color parece alcanzarse a través de una retícula de líneas horizontales que..." bla bla bla...
Luego compruebo que hay una hoja de sala similar para cada una de las obras artíticas que Caja Madrid ha reconocido con su adquisición o premiado-seleccionado de alguna manera, en el certamen Generación 2005. Las hojas de sala son la reafirmación segura, una palmadita en la espalda hacia aquellas obras que merece la pena sean vistas con detenimiento.
Lo que más me agota, aparte del lenguaje redundante y pesado -sé que el mío también puede ser pastoso, pero sólo soy una bloguera novata- es que el crítico iluminado ni siquiera ha acertado en firmar sus discursos paternalistas.
Qué vemos, Qué sentimos, De qué podría estar hablando, Por qué plantea este tema, Por qué usa este medio, De dónde viene y qué normas rompe, Qué diría el experto de la obra...
Esos exactamente eran los epígrafes que aparecían abriendo cada párrafo didáctico. Yo particularmente me siento ofendida con esas actitudes amables; aconsejo que guarden las hojas de sala para cuando se produzcan visitas de estudiantes de selectividad, que seguro que andan mucho más nerviosos ante cómo afrontar el hablar de una obra de arte sin tener nada que decir.

PD: No sean malos y léanme en lafresa, acabamos de sacar el monográfico sobre ARCO, hay unas fotos maravillosas de Lucas Gómez...
A mí, desde luego, prefiero que me provoquen las sensaciones y punto. Nada de dirigismos, toda esa técnica me asusta.
Les pongo en situación. Al lado de un cuadro -que no necesariamente provoca sentimientos fulgurantes en el espectador- colgado de una blanca pared, se ofrecen hojas de sala para distribución gratuita. Invitan al merodeador de turno con su seducción silenciosa -"llévame contigo", "léeme"-... Tan complacida por la que creo una generosa atención, me hago con el modesto folio y leo:
Obra de Nico Munuera, "La Grosse Badaboum 18.2""Qué sentimos: Una inmediata atracción por la belleza plástica de la obra. La armoniosa gradación del color parece alcanzarse a través de una retícula de líneas horizontales que..." bla bla bla...
Luego compruebo que hay una hoja de sala similar para cada una de las obras artíticas que Caja Madrid ha reconocido con su adquisición o premiado-seleccionado de alguna manera, en el certamen Generación 2005. Las hojas de sala son la reafirmación segura, una palmadita en la espalda hacia aquellas obras que merece la pena sean vistas con detenimiento.
Lo que más me agota, aparte del lenguaje redundante y pesado -sé que el mío también puede ser pastoso, pero sólo soy una bloguera novata- es que el crítico iluminado ni siquiera ha acertado en firmar sus discursos paternalistas.
Qué vemos, Qué sentimos, De qué podría estar hablando, Por qué plantea este tema, Por qué usa este medio, De dónde viene y qué normas rompe, Qué diría el experto de la obra...
Esos exactamente eran los epígrafes que aparecían abriendo cada párrafo didáctico. Yo particularmente me siento ofendida con esas actitudes amables; aconsejo que guarden las hojas de sala para cuando se produzcan visitas de estudiantes de selectividad, que seguro que andan mucho más nerviosos ante cómo afrontar el hablar de una obra de arte sin tener nada que decir.

PD: No sean malos y léanme en lafresa, acabamos de sacar el monográfico sobre ARCO, hay unas fotos maravillosas de Lucas Gómez...
Bill VIOLA
Aún no he tenido tiempo de intercambiar impresiones con ustedes sobre ARCO. Tanta expectativa, tanto que insistí en lo excitada que me encontraba -compréndanme, en Málaga apenas se inaugura algo decente cada tres meses y también estoy hasta el último pelo de Picasso, porque ahora todo es picassiano-... Sin embargo voy a empezar por el final.
Comenzaré por lo último que hice en Madrid antes de regresar a Atocha con mi terrible billete de clase turista -lo prometo, la última vez que viajo en esas angostas condiciones, me sentía una garza enjaulada-.
Sin duda fue una de las cosas más provechosas que hice ese fin de semana pleno de contrastes. Pasé unos veinte minutos de cola en la inhóspita calle Serrano, que se me antojó fantasmal en domingo y a esas horas del mediodía. Mientras tanto, leí con fruición el díptico informativo que amablemente nos ofrecieron a la entrada.
Todo lo que vino a continuación fue esencialmente religioso.
La oscuridad del vestíbulo, la oscuridad espesa que se respiró en adelante sala a sala. Casí sentí que todo esto ocurría por primera vez. Luego mi amigo Silvestro me bajó de la nube y me confirmó que él había visto un montaje mucho más espectacular en el Guggenheim de Bilbao, así que nada de sorpresa, como le había prometido.

Resumiendo mucho, donde de verdad quedé acongojada fue ante la proyección "Emergence" (Aparición), una hermosa paráfrasis sobre los descendimientos, las piedades, las mortajas y las resurrecciones que por cientos han pintado nuestros más sobresalientes góticos.
Nunca les he confesado la debilidad que siento por las catedrales góticas y sus derivados. Monasterios, capillas, colegiatas y cualquier cosa que tenga un claustro decente y bóvedas de crucería rematándolo todo. Hace mucho tiempo que me reconozco un poco gótica en todos sus sentidos, incluso en el más cinematográfico del término.
Una de las cosas que más agradecí, ante las pantallas planísimas en las que Viola exhibe su talento minucioso, fue el silencio. El silencio religioso que sólo recuerdo en la muchedumbre de alguna procesión zamorana -Dios, qué cerca está la Semana Santa y con ella todos sus excesos-. El silencio y la penumbra que acolchaba las sensaciones.
Después de tanto ruido en ARCO -no sólo ruido sonoro, también tanto arte/ruido- agradecí como ejercicio espiritual esta exposición en la Fundación la Caixa. Habría sido ideal en el Prado y contrastando las pantallas con una tabla de Van der Weyden o Bartolomé Bermejo. Déjenme soñar.

Comenzaré por lo último que hice en Madrid antes de regresar a Atocha con mi terrible billete de clase turista -lo prometo, la última vez que viajo en esas angostas condiciones, me sentía una garza enjaulada-.
Sin duda fue una de las cosas más provechosas que hice ese fin de semana pleno de contrastes. Pasé unos veinte minutos de cola en la inhóspita calle Serrano, que se me antojó fantasmal en domingo y a esas horas del mediodía. Mientras tanto, leí con fruición el díptico informativo que amablemente nos ofrecieron a la entrada.
Todo lo que vino a continuación fue esencialmente religioso.
La oscuridad del vestíbulo, la oscuridad espesa que se respiró en adelante sala a sala. Casí sentí que todo esto ocurría por primera vez. Luego mi amigo Silvestro me bajó de la nube y me confirmó que él había visto un montaje mucho más espectacular en el Guggenheim de Bilbao, así que nada de sorpresa, como le había prometido.

Resumiendo mucho, donde de verdad quedé acongojada fue ante la proyección "Emergence" (Aparición), una hermosa paráfrasis sobre los descendimientos, las piedades, las mortajas y las resurrecciones que por cientos han pintado nuestros más sobresalientes góticos.
Nunca les he confesado la debilidad que siento por las catedrales góticas y sus derivados. Monasterios, capillas, colegiatas y cualquier cosa que tenga un claustro decente y bóvedas de crucería rematándolo todo. Hace mucho tiempo que me reconozco un poco gótica en todos sus sentidos, incluso en el más cinematográfico del término.
Una de las cosas que más agradecí, ante las pantallas planísimas en las que Viola exhibe su talento minucioso, fue el silencio. El silencio religioso que sólo recuerdo en la muchedumbre de alguna procesión zamorana -Dios, qué cerca está la Semana Santa y con ella todos sus excesos-. El silencio y la penumbra que acolchaba las sensaciones.
Después de tanto ruido en ARCO -no sólo ruido sonoro, también tanto arte/ruido- agradecí como ejercicio espiritual esta exposición en la Fundación la Caixa. Habría sido ideal en el Prado y contrastando las pantallas con una tabla de Van der Weyden o Bartolomé Bermejo. Déjenme soñar.

tildes
No me creerán si les digo que llevo más de una semana sin escribir porque no encontraba la forma de poner la tilde a las palabras. Algún maldito entuerto dentro del estrecho habitáculo de este detestable portátil me lo impedía.
Y es que no hay nada como el hogar, acariciar el amplio teclado frente a la más que generosa pantalla, abrigada a la sombra de una recia torre. Todavía no se ha hecho el portátil que me haga cambiar de hábitos.
Que conste que les escribo desde este maldito portátil; misteriosamente los obstáculos han desaparecido de la noche a la mañana. Nadie hay que pueda explicarme algo semejante.
Ahora puedo acentuar tranquila.
Y sin embargo, no tengo fuerzas para hablarles de una sola de las muchas cosas que guardo en mi retina apresadora.
Y es que no hay nada como el hogar, acariciar el amplio teclado frente a la más que generosa pantalla, abrigada a la sombra de una recia torre. Todavía no se ha hecho el portátil que me haga cambiar de hábitos.
Que conste que les escribo desde este maldito portátil; misteriosamente los obstáculos han desaparecido de la noche a la mañana. Nadie hay que pueda explicarme algo semejante.
Ahora puedo acentuar tranquila.
Y sin embargo, no tengo fuerzas para hablarles de una sola de las muchas cosas que guardo en mi retina apresadora.
clasismo
Noto a la actual directora de ARCO un poco irritada. El éxito de público, lejos de satisfacer, la inquieta por aquello de la masa descontrolada.
Rosina Gómez-Baeza, la agobiada directora de ARCO.
En la intención de que la gente se aglomere un poquito menos ha subido los precios de entrada -una especie de selección censitaria- y ha asignado tarifas diferentes en función de cuándo desea estar más tranquila. El jueves, el viernes y el sábado son, por ello, más caros que el domingo o el lunes. Hasta ahí razonable.
Lo que me enerva un poco es el comentario con tufillo clasista: "No queremos que la feria se convierta en un espectáculo, sino estimular la visita de gente interesada genuinamente por el arte. La misión didáctica de atraer a las masas es de los museos" (El Mundo, 10 febrero 2005, no encuentro la versión web del artículo).
No creo que haga falta recordar otros momentos en los que esta feria se publicitaba para todos los públicos. Ahora se dan cuenta de que esta feria, como dice mi querido Fernando Francés, no está a la altura de las grandes ferias. Pues lo sentimos, queridos, eso es a lo que se ha llegado. Prefiero un pais en que la gente se moviliza en masa para ver arte contemporáneo a recintos cerrados para las élites que pueden comprar.
Esta es la feria que habéis inventado, en la que no soportáis a la gentuza que come bocadillos en los chillouts -cada vez hay menos espacio para el picnic, que error-, la gentuza que fuma en los pasillos al lado de los cuadros o la gentuza que se ríe descaradamente de algunas instalaciones absurdas. Porque no soportáis que el arte se mezcle con la vida, aunque esa debe ser su función última.
Una solución para estos descarnados opinadores podría ser ofrecer a la entrada unos tickets de diversos precios, que incluyan lo que una más o menos podría gastarse en lienzos o fotografías... Como en muchos bares de copas, que cobran por adelantado la consumición.
Ya que billete mínimo seria impagable para novecientosnoventaynueve de cada mil, estarían más que aburridos los cinco días que dura el negocio. Y a ver luego si echan mano de la masa o no...

besos, a pesar de todo
Rosina Gómez-Baeza, la agobiada directora de ARCO.En la intención de que la gente se aglomere un poquito menos ha subido los precios de entrada -una especie de selección censitaria- y ha asignado tarifas diferentes en función de cuándo desea estar más tranquila. El jueves, el viernes y el sábado son, por ello, más caros que el domingo o el lunes. Hasta ahí razonable.
Lo que me enerva un poco es el comentario con tufillo clasista: "No queremos que la feria se convierta en un espectáculo, sino estimular la visita de gente interesada genuinamente por el arte. La misión didáctica de atraer a las masas es de los museos" (El Mundo, 10 febrero 2005, no encuentro la versión web del artículo).
No creo que haga falta recordar otros momentos en los que esta feria se publicitaba para todos los públicos. Ahora se dan cuenta de que esta feria, como dice mi querido Fernando Francés, no está a la altura de las grandes ferias. Pues lo sentimos, queridos, eso es a lo que se ha llegado. Prefiero un pais en que la gente se moviliza en masa para ver arte contemporáneo a recintos cerrados para las élites que pueden comprar.
Esta es la feria que habéis inventado, en la que no soportáis a la gentuza que come bocadillos en los chillouts -cada vez hay menos espacio para el picnic, que error-, la gentuza que fuma en los pasillos al lado de los cuadros o la gentuza que se ríe descaradamente de algunas instalaciones absurdas. Porque no soportáis que el arte se mezcle con la vida, aunque esa debe ser su función última.
Una solución para estos descarnados opinadores podría ser ofrecer a la entrada unos tickets de diversos precios, que incluyan lo que una más o menos podría gastarse en lienzos o fotografías... Como en muchos bares de copas, que cobran por adelantado la consumición.
Ya que billete mínimo seria impagable para novecientosnoventaynueve de cada mil, estarían más que aburridos los cinco días que dura el negocio. Y a ver luego si echan mano de la masa o no...

besos, a pesar de todo
Museo del peatón
Reconozco que me siento inquieta. A pesar de las muchísimas cosas que tengo que hacer no hago más que dejarme el índice derecho en este ratón que ya mismo olerá a chamusquina. Busco todo lo que tenga que ver con el fin de semana que me espera. Porque cuando la Aizpuru inventa algo -bueno, menos la aburrida bienal de Sevilla-, allá que me presento toda entaconada.
Si mañana no encuentro billete para el talgo -no, a Málaga todavía no nos llega el Ave- no me quedará más opción que lanzarme a Madrid encapsulada en mi precioso citröen nuevo color aceituna-la-española, a riesgo de perderme otra vez.
Pero, por Dios, el sábado allí me tienen, con mi invitación lustrosa en el baguette, a zamparme todo lo más terrible que tengan. Como no me dará tiempo a mucho, me veré el hemisferio más descorazonado, la mitad de ARCO que todavía nos revuelve un poco las tripas -la mitad de la izquierda no me da vidilla, conpréndanme-.
Y rezo para que me quede un hueco en el weekend para ver a Bill Viola y el Passerby Museum.
Del primero, si al final consigo soportarlo enterito, ya les hablaré.

Del Passerby Museum (museo del peatón) decir que me parece una idea encantadora. Un par de artistas, espero que con no demasiadas cosas que decirnos, montan una sucursal de un museo más que inexistente en el Paseo de Recoletos. Allí, a la guisa de azafatos superdiscretos, nos reciben a la espera, sobre todo, de que donemos una pieza para su coleción, que exhiben plastificada en bolsitas monodosis.
Lo más maravilloso del asunto es esa capacidad para seguir convenciendo de la importancia de almacenar basurilla. Parece que los museos sean eso, depósitos de cosas que no se deben reciclar, pues siempre habrá alguien para mirarlas. Yo soy una maniática de la clasificación del inmundo desperdicio, puede ser que me venga por deformación profesional.
En el departamento de Historia del Arte me enseñaron, hace ya algunos diluvios, que no se debe etiquetar y compartimentar el arte; lo hicieron a través de estructurados diaporamas que se enmarcaban en capítulos que se enmarcaban en temas que se enmarcaban en categorías artísticas. Ejemplo: La talla pétrea en los capiteles del románico segoviano.
Ahora prenso cada tetra de leche, cada envoltorio acartonado, cada deleznable revista de propaganda de muebles horribles o electrodomésticos indómitos. Separo frascos y botellas de tapones y etiquetas, divorcio impunemente cada elemento de su carcasa...
El problema estriba a estas alturas en qué elegiré para regalar el sábado a María Alós y Nicolás Dumit Estévez, los listillos con cara de listillos. Debe ser algo que pueda llevar conmigo discretamente. Debe parecer casual, nada de objetos espectaculares. Debe parecer recién encontrado, casi olvidado, recuperado del fondo de mi baguette. Debe ser ligero, fortuito; y un poco sofisticado, sin resultar caro, como para aportar algo de mi pretendido charming air...
Parecía que el dilema estaría en el equipaje; está, sin embargo, en una cosa minúscula.
Se aceptan sugerencias.

Si mañana no encuentro billete para el talgo -no, a Málaga todavía no nos llega el Ave- no me quedará más opción que lanzarme a Madrid encapsulada en mi precioso citröen nuevo color aceituna-la-española, a riesgo de perderme otra vez.
Pero, por Dios, el sábado allí me tienen, con mi invitación lustrosa en el baguette, a zamparme todo lo más terrible que tengan. Como no me dará tiempo a mucho, me veré el hemisferio más descorazonado, la mitad de ARCO que todavía nos revuelve un poco las tripas -la mitad de la izquierda no me da vidilla, conpréndanme-.
Y rezo para que me quede un hueco en el weekend para ver a Bill Viola y el Passerby Museum.
Del primero, si al final consigo soportarlo enterito, ya les hablaré.

Del Passerby Museum (museo del peatón) decir que me parece una idea encantadora. Un par de artistas, espero que con no demasiadas cosas que decirnos, montan una sucursal de un museo más que inexistente en el Paseo de Recoletos. Allí, a la guisa de azafatos superdiscretos, nos reciben a la espera, sobre todo, de que donemos una pieza para su coleción, que exhiben plastificada en bolsitas monodosis.
Lo más maravilloso del asunto es esa capacidad para seguir convenciendo de la importancia de almacenar basurilla. Parece que los museos sean eso, depósitos de cosas que no se deben reciclar, pues siempre habrá alguien para mirarlas. Yo soy una maniática de la clasificación del inmundo desperdicio, puede ser que me venga por deformación profesional.
En el departamento de Historia del Arte me enseñaron, hace ya algunos diluvios, que no se debe etiquetar y compartimentar el arte; lo hicieron a través de estructurados diaporamas que se enmarcaban en capítulos que se enmarcaban en temas que se enmarcaban en categorías artísticas. Ejemplo: La talla pétrea en los capiteles del románico segoviano.
Ahora prenso cada tetra de leche, cada envoltorio acartonado, cada deleznable revista de propaganda de muebles horribles o electrodomésticos indómitos. Separo frascos y botellas de tapones y etiquetas, divorcio impunemente cada elemento de su carcasa...
El problema estriba a estas alturas en qué elegiré para regalar el sábado a María Alós y Nicolás Dumit Estévez, los listillos con cara de listillos. Debe ser algo que pueda llevar conmigo discretamente. Debe parecer casual, nada de objetos espectaculares. Debe parecer recién encontrado, casi olvidado, recuperado del fondo de mi baguette. Debe ser ligero, fortuito; y un poco sofisticado, sin resultar caro, como para aportar algo de mi pretendido charming air...
Parecía que el dilema estaría en el equipaje; está, sin embargo, en una cosa minúscula.
Se aceptan sugerencias.

S/T
Ha relegado mis vestiduras a un rincón, ha asido mi frágil cuerpo, me ha impregnado de un color que dice haber inventado, me obliga a bailar para él, acabo de terminar uno de sus lienzos, no soporté lo suficientemente callada esa insistente música de casi menos de un tono; lo que menos he aguantado es la infinidad de miradas clavadas en mi pescuezo y en mis senos, toda esa muchedumbre sedienta; dicen que han dado oro.
Mañana volvería a hacerlo.
Mañana volvería a hacerlo.
los 3351 cristales
Paranoicamente convulsa, hoy he venido del kiosko como una loca maravillosa niña con zapatos nuevos coleccionista empedernida... Me hice con los suplementos culturales y con la única revista de arte que es fácil de comprar en todas partes. Esta, a su vez, se suplementaba con otro numerito de los cuadernos del IVAM, un DVD -hoy todo trae un DVD plastificado- que normalmente colecciono y no tengo tiempo de visionar (para repasar el mudéjar estoy yo ahora) y un precioso cuadernito de presentación del MUSAC, el Museo de Arte Contemporáneo de Castilla y León.
Escribo precisamente para referirme a esto último, una revistita de color rosa fashionable al máximo, con estética de revista alternativa de diseño o pequeño catálogo de moda primavera-verano. Por supuesto, de aplauso el diseño de CIRCUS by ACRYLICK, un placer para mis sentidos que le ha quitado hierro al a veces sesudo asunto del arte.

Del museo en cuestión, que cuenta los días para abrirse a nosotros, me encanta sobre todo y por encima de todo el aspecto fabuloso de su exterior, que me recuerda la tabla periódica de los elementos pero a lo grande y sin siglas que memorizar (por momentos he recordado aquellos días de recitado junto a la pétrea monja que nos adiestraba).
3351 cristales tintados de hasta 37 colores distintos que quieren remedar alguno de los espectaculares vitrales de la catedral de León, la ciudad donde se levanta el centro expositivo. A veces, una retahila de cifras bien estimula al público potencial, así que también mencionaremos los 3400 m2 de superficie expositiva. O sea, un parque temático en toda regla, como un IKEA pero con mucho más estilazo todavía. Pasar el día comprando rarezas en la tienda, almorzando un de seguro sofisticadísimo menú en su cafetería, y entre col y col, una flor -es decir, vagar decididamente por sus salas-.
Para colmo de bienes, promete ser un museo del siglo XXI, nada de aburrirnos ahora con la consabida lección de las vanguardias -las primeras y las segundas- a base de obras segundonas. Ni siquiera tienen el afán de ordenarlo todo más de la cuenta; nada de cronologías ni escuelas. Habrá una mera clasificación por afinidades conceptuales en unas seis categorías. Vamos, que al final los curadores meterán lo que ellos crean oportuno y a juego con otras cositas monas alrededor.
Y a mí esa idea de museo me gusta. Porque representa fielmente lo que hoy es el tema este para casi todos. Un espectáculo-mercado-diversión al que nadie quiere escapar. Y si no, esperemos este año al sábado de ARCO, no quiero ni remotamente recordar las aglomeraciones familiares del año pasado y el ceño megafruncido de la Aizpuru -que odia las multitudes-.
Como ya tendremos tiempo de ir cuando lo abran en Abril, no voy a seguir con la letanía de halagos. Nos morderemos los labios para conciliar la espera. Todo llega.

PD: Un besazo a todos. Les recomiendo que me lean también en lafresa, hoy hemos publicado un nuevo número.
Escribo precisamente para referirme a esto último, una revistita de color rosa fashionable al máximo, con estética de revista alternativa de diseño o pequeño catálogo de moda primavera-verano. Por supuesto, de aplauso el diseño de CIRCUS by ACRYLICK, un placer para mis sentidos que le ha quitado hierro al a veces sesudo asunto del arte.

Del museo en cuestión, que cuenta los días para abrirse a nosotros, me encanta sobre todo y por encima de todo el aspecto fabuloso de su exterior, que me recuerda la tabla periódica de los elementos pero a lo grande y sin siglas que memorizar (por momentos he recordado aquellos días de recitado junto a la pétrea monja que nos adiestraba).
3351 cristales tintados de hasta 37 colores distintos que quieren remedar alguno de los espectaculares vitrales de la catedral de León, la ciudad donde se levanta el centro expositivo. A veces, una retahila de cifras bien estimula al público potencial, así que también mencionaremos los 3400 m2 de superficie expositiva. O sea, un parque temático en toda regla, como un IKEA pero con mucho más estilazo todavía. Pasar el día comprando rarezas en la tienda, almorzando un de seguro sofisticadísimo menú en su cafetería, y entre col y col, una flor -es decir, vagar decididamente por sus salas-.
Para colmo de bienes, promete ser un museo del siglo XXI, nada de aburrirnos ahora con la consabida lección de las vanguardias -las primeras y las segundas- a base de obras segundonas. Ni siquiera tienen el afán de ordenarlo todo más de la cuenta; nada de cronologías ni escuelas. Habrá una mera clasificación por afinidades conceptuales en unas seis categorías. Vamos, que al final los curadores meterán lo que ellos crean oportuno y a juego con otras cositas monas alrededor.
Y a mí esa idea de museo me gusta. Porque representa fielmente lo que hoy es el tema este para casi todos. Un espectáculo-mercado-diversión al que nadie quiere escapar. Y si no, esperemos este año al sábado de ARCO, no quiero ni remotamente recordar las aglomeraciones familiares del año pasado y el ceño megafruncido de la Aizpuru -que odia las multitudes-.
Como ya tendremos tiempo de ir cuando lo abran en Abril, no voy a seguir con la letanía de halagos. Nos morderemos los labios para conciliar la espera. Todo llega.

PD: Un besazo a todos. Les recomiendo que me lean también en lafresa, hoy hemos publicado un nuevo número.
S/T
Me llega una densa vaharada de perfume, pesa tanto como un tapiz que se desploma lentamente. Rojo, tejido de jirones. Es tal el mareo que no puedo por más que quiera desocupar este yerto agujero. Me duermo dulcemente, porque sé que está aquí otra vez.





