the new barbarians
Esperábamos basura. Como lo oyen. En tantos cafés con las que tejen los tejemanejes (vaya redundancia horrorosa; si no retrocedo y borro es por lo de la frescura que tiene que respirarse en un blog, o eso he leído por ahí) del centro de arte se nos prometían montañas de basura.
No al estilo de Thomas Hirschorn -a saber si lo he escrito bien; no tengo el catálogo a mano-, que usa la basura como arma comprometida contra el difícil mundo este que nos tocó poblar... Más bien como pretexto para bonitos autorretratos. Tim Noble y Sue Webster solían componer megalómanas acumulaciones de resíduos propios -que insistencia en la basurilla de artista, la culpa la tiene el que enlató su propia mierda, con perdón- sobre las que, proyectando los convenientes haces de luz en un recinto lóbrego, se construían hábiles sombras que se materializaban, chinescas y asombrosas, en la pared de fondo...
No obstante, llegado el momento del desembarco, arriba también la decepción. La pareja de artistas quiere exponer dos esculturas ocupando una espaciosa sala inmaculada iluminada de modo hiriente para nuestras córneas. Nada de misterio, de sombras chinescas ni de artificio alguno con que destapar las bocas de la chiquillería y airear los "ohes" inminentes...

Penetro en la sala, tras oxigenarme con los lienzos panorámicos de Álex Katz -¿han leido mi último bocado en lafresa?-, y freno irremediablemente -desafiando el equilibrio, como siempre, sobre un modelo ultimísimo de sandalias/torre anudadas todo lo largo del espinillar-. En presencia de una más que aburrida señorita de sala -parece que lee una novela de bolsillo que la tiene desesperada, nunca se le acaba- dos homínidos lampiños y extrañados caminan sobre el lecho frío y níveo que se ha instalado para la ocasión.

Tienen esa apariencia hiperrealista tan plastificada que quieren ostentar todos estos nuevos escultores, preocupados por mostrarnos un virtuosismo sistemático que aniquile cualquier duda acerca de la categoría de la obra. Policroman sus imágenes dotándolas de un soplo vital casi religioso, y nos las plantan en el tableau vivant de las salas de exposiciones, a falta de una carroza o paso procesional... (ya les gustaría a ellos sacarlas a la calle, ya...)
Inevitablemente -porque ellos llevan media vida empeñados en autorreproducirse y ser tan conocidos como Gilbert & George-, los propios rostros de los artistas son los que ostentan las en cierto sentido repugnantes figuras. Lo de repugnante va sin tono asqueado, más bien en una gélida objetividad de la que hago gala cada mañana cuando me levanto, que conste.
Un matrimonio entre la perplejidad y la astucia; el reparto de roles vuelve a asignar a ella -la mona más bajita- el papel de quedarse alucinada sin más, mientras a él -el mono de quijada más prominente- se le adjudica la propiedad de arropar/proteger al género complementario. Todo ello en medio de un paisaje ¿desolador? Si una sala de arte puede ser desoladora, pues eso. Parece que hayan escapado de un holocausto, dicen algunos, o que no les quede nadie en este mundo o yo qué se...
Leo muchas cosas en la hoja de sala y en el catálogo, pero ante estos preciosos ninots -no se confundan, no tiene por qué arder nada... es que me recuerdan un poco a los ninots con ese barniz- me quedo tan en blanco como el suelo. Eso sí, la estampa me obliga a permanecer más tiempo del acostumbrado en pie, y a pensar que deberíamos proponer un final para esa historia...
¿Cuál se les ocurre?

No al estilo de Thomas Hirschorn -a saber si lo he escrito bien; no tengo el catálogo a mano-, que usa la basura como arma comprometida contra el difícil mundo este que nos tocó poblar... Más bien como pretexto para bonitos autorretratos. Tim Noble y Sue Webster solían componer megalómanas acumulaciones de resíduos propios -que insistencia en la basurilla de artista, la culpa la tiene el que enlató su propia mierda, con perdón- sobre las que, proyectando los convenientes haces de luz en un recinto lóbrego, se construían hábiles sombras que se materializaban, chinescas y asombrosas, en la pared de fondo...
No obstante, llegado el momento del desembarco, arriba también la decepción. La pareja de artistas quiere exponer dos esculturas ocupando una espaciosa sala inmaculada iluminada de modo hiriente para nuestras córneas. Nada de misterio, de sombras chinescas ni de artificio alguno con que destapar las bocas de la chiquillería y airear los "ohes" inminentes...

Penetro en la sala, tras oxigenarme con los lienzos panorámicos de Álex Katz -¿han leido mi último bocado en lafresa?-, y freno irremediablemente -desafiando el equilibrio, como siempre, sobre un modelo ultimísimo de sandalias/torre anudadas todo lo largo del espinillar-. En presencia de una más que aburrida señorita de sala -parece que lee una novela de bolsillo que la tiene desesperada, nunca se le acaba- dos homínidos lampiños y extrañados caminan sobre el lecho frío y níveo que se ha instalado para la ocasión.

Tienen esa apariencia hiperrealista tan plastificada que quieren ostentar todos estos nuevos escultores, preocupados por mostrarnos un virtuosismo sistemático que aniquile cualquier duda acerca de la categoría de la obra. Policroman sus imágenes dotándolas de un soplo vital casi religioso, y nos las plantan en el tableau vivant de las salas de exposiciones, a falta de una carroza o paso procesional... (ya les gustaría a ellos sacarlas a la calle, ya...)
Inevitablemente -porque ellos llevan media vida empeñados en autorreproducirse y ser tan conocidos como Gilbert & George-, los propios rostros de los artistas son los que ostentan las en cierto sentido repugnantes figuras. Lo de repugnante va sin tono asqueado, más bien en una gélida objetividad de la que hago gala cada mañana cuando me levanto, que conste.
Un matrimonio entre la perplejidad y la astucia; el reparto de roles vuelve a asignar a ella -la mona más bajita- el papel de quedarse alucinada sin más, mientras a él -el mono de quijada más prominente- se le adjudica la propiedad de arropar/proteger al género complementario. Todo ello en medio de un paisaje ¿desolador? Si una sala de arte puede ser desoladora, pues eso. Parece que hayan escapado de un holocausto, dicen algunos, o que no les quede nadie en este mundo o yo qué se...
Leo muchas cosas en la hoja de sala y en el catálogo, pero ante estos preciosos ninots -no se confundan, no tiene por qué arder nada... es que me recuerdan un poco a los ninots con ese barniz- me quedo tan en blanco como el suelo. Eso sí, la estampa me obliga a permanecer más tiempo del acostumbrado en pie, y a pensar que deberíamos proponer un final para esa historia...
¿Cuál se les ocurre?






