Burgos y los retablos más fashion del mundo
Leo con fruición en una de las escasas revistas de arte que consigo -aquí apenas me llegan dos y con dificultad- que religión y arte se aunan de nuevo bajo el inefable prisma de la modernidad. El cofre maravilloso que albergará el encuentro, la catedral de Burgos; los artistas afortunados por la comitencia, Carmen Calvo -no nuestra flamante ministra, que parece hacer de su propia existencia una obra de arte- y Miquel Navarro, de quien precisamente he tenido la ocasión de hablar hace muy poco...
En cuanto al lugar del evento, diré con entusiasmo que cierto afán desinfectante ha devuelto a su carcasa una falsa pátina de pulcritud que el edificio nunca tuvo (si tenemos en cuenta los lapsos de tiempo en que fue construida y reformada la catedral de Burgos, no tardaremos en apreciar que el tono de su piel jamás fue uniforme, de lo cual se deduce que el níveo esplendor que ahora luce es una desconcertante ilusión). Restaurar se está convirtiendo en decidir un nuevo aspecto para las cosas, el color con que nos sentiremos más cómodos, mejor todo reluciente y que de nuevo la cruel deidad castrante lo vaya barnizando todo de mugrienta historia, pero de un deseable modo uniforme...
Decía, o mejor empiezo a decir, que el cabildo catedralicio burgalés -y gracias al fuerte empeño de la caja de ahorros local, acreedora de un competitivo centro de arte contemporáneo- encargó -al modo de aquellos mecenas acaudalados, pero sin verdadera pasión- dos retablos a estos modernos artistas españoles.
Ya en sí parece una broma lo de encargar retablos a estas alturas; al fin y al cabo es la propia Iglesia la que ha renegado de ellos, como se reniega de un hijo proscrito y decepcionante que sólo ha proporcionado quebraderos de cabeza. Leyendo la noticia a secas, y tras el gran chiste pintado por Kiko en la Almudena, tiemblo como un calcetín escualido tendido a su suerte en un cordel bajo la inhóspita noche ventosa de marzo...
Luego veo las deslumbrantes fotos del reportaje; sendos artistas posando afables ante sus extraños retablos, que fueron concebidos en una escala más bien modesta y poco deudora de lo que nuestra deformada y barroca percepción entiende por el vocablo "retablo".
De un primer vistazo deduzco que son agradables a la vista, cuanto menos. Y pienso que no desentonan vilmente con las tablas góticas de cualquier catedral decente... El pan de oro, que todo lo que viste lo trastoca y lo utima, es el elemento dominante. Al fin y al cabo, antes que tirarlo al río -como el chalado de Yves, que hizo lo propio en el Sena en su momento conceptual más fanático- bien está el oro en las iglesias, simbolizando una y mil veces más la luz divina de la que el hombre de hoy se ha olvidado.

Sin embargo, y de miradas postreras -ojo, en la revista, que con el calor que hace no paso por Burgos así de alegremente-, me decepciona un poco el discurso de estas límpidas tablas de altar. Y concluyo que Miquel debe seguir a lo suyo, con las maravillosas maquetitas despiezadas, y Carmen, tres cuartos de lo mismo, a hacer vudú en fotos viejas de mercadillo y a acumular basurilla familiar en vitrinas reconfortantes. Y que estos comentarios no sirvan para hacer pensar a nadie, ni siquiera a la buena de Julia (vaya aquí una sonrisa), que no admiro a los susodichos. De buena gana me compraba alguna cosita para el museo que pienso abrir algún día.
Simplemente no me los creo. A Carmen, tan ordenada, situando en cuadrícula inerte tanta cuchillería enmohecida -primero se me vino a las mientes que aquello era un nuevo viacrucis imposible, y no obstante era un caótico y críptico apostolado-. Me horroriza la forma tan pulcra en que está todo dispuesto, como un muestrario, tan lejana a lo que esos instrumentos de la pasión debieran inspirar.

A Miquel no le perdono como trabaja la madera, en una suerte de planchas recortadas en plano que le desdicen del todo habida cuenta de lo que sabe hacer con el metal o la piedra. Parece hecho con desgana, y que me perdone el artista. Y desde luego me resisto a encontrar la simbología en sus casitas y casazas, son un pretexto para evitar sumergirse en el catolicismo triunfante.
Mi conclusión es que todo esto es una excusa para llevar gente a la exposición en el veranito desapacible de Castilla, y apenas algo más. Un invento pergeñado con el merchandising más fino, hilado con astucia de serpientes, y que arrastrará mis tacones hasta allí muy a pesar de mis pensamientos. Pues una acaba sucumbiendo ante las cosas más raras, aunque sea sólo para comprobar in situ si la cosa funciona, y de camino castigarme un poco en el Mesón del Cid con yantares excesivos y caldos exquisitos.
A ver si hago propósito de enmienda y me reconcilio con todos, que últimamente toda la corriente me viene de cara. Besazos.
En cuanto al lugar del evento, diré con entusiasmo que cierto afán desinfectante ha devuelto a su carcasa una falsa pátina de pulcritud que el edificio nunca tuvo (si tenemos en cuenta los lapsos de tiempo en que fue construida y reformada la catedral de Burgos, no tardaremos en apreciar que el tono de su piel jamás fue uniforme, de lo cual se deduce que el níveo esplendor que ahora luce es una desconcertante ilusión). Restaurar se está convirtiendo en decidir un nuevo aspecto para las cosas, el color con que nos sentiremos más cómodos, mejor todo reluciente y que de nuevo la cruel deidad castrante lo vaya barnizando todo de mugrienta historia, pero de un deseable modo uniforme...
Decía, o mejor empiezo a decir, que el cabildo catedralicio burgalés -y gracias al fuerte empeño de la caja de ahorros local, acreedora de un competitivo centro de arte contemporáneo- encargó -al modo de aquellos mecenas acaudalados, pero sin verdadera pasión- dos retablos a estos modernos artistas españoles.
Ya en sí parece una broma lo de encargar retablos a estas alturas; al fin y al cabo es la propia Iglesia la que ha renegado de ellos, como se reniega de un hijo proscrito y decepcionante que sólo ha proporcionado quebraderos de cabeza. Leyendo la noticia a secas, y tras el gran chiste pintado por Kiko en la Almudena, tiemblo como un calcetín escualido tendido a su suerte en un cordel bajo la inhóspita noche ventosa de marzo...
Luego veo las deslumbrantes fotos del reportaje; sendos artistas posando afables ante sus extraños retablos, que fueron concebidos en una escala más bien modesta y poco deudora de lo que nuestra deformada y barroca percepción entiende por el vocablo "retablo".
De un primer vistazo deduzco que son agradables a la vista, cuanto menos. Y pienso que no desentonan vilmente con las tablas góticas de cualquier catedral decente... El pan de oro, que todo lo que viste lo trastoca y lo utima, es el elemento dominante. Al fin y al cabo, antes que tirarlo al río -como el chalado de Yves, que hizo lo propio en el Sena en su momento conceptual más fanático- bien está el oro en las iglesias, simbolizando una y mil veces más la luz divina de la que el hombre de hoy se ha olvidado.

Sin embargo, y de miradas postreras -ojo, en la revista, que con el calor que hace no paso por Burgos así de alegremente-, me decepciona un poco el discurso de estas límpidas tablas de altar. Y concluyo que Miquel debe seguir a lo suyo, con las maravillosas maquetitas despiezadas, y Carmen, tres cuartos de lo mismo, a hacer vudú en fotos viejas de mercadillo y a acumular basurilla familiar en vitrinas reconfortantes. Y que estos comentarios no sirvan para hacer pensar a nadie, ni siquiera a la buena de Julia (vaya aquí una sonrisa), que no admiro a los susodichos. De buena gana me compraba alguna cosita para el museo que pienso abrir algún día.
Simplemente no me los creo. A Carmen, tan ordenada, situando en cuadrícula inerte tanta cuchillería enmohecida -primero se me vino a las mientes que aquello era un nuevo viacrucis imposible, y no obstante era un caótico y críptico apostolado-. Me horroriza la forma tan pulcra en que está todo dispuesto, como un muestrario, tan lejana a lo que esos instrumentos de la pasión debieran inspirar.

A Miquel no le perdono como trabaja la madera, en una suerte de planchas recortadas en plano que le desdicen del todo habida cuenta de lo que sabe hacer con el metal o la piedra. Parece hecho con desgana, y que me perdone el artista. Y desde luego me resisto a encontrar la simbología en sus casitas y casazas, son un pretexto para evitar sumergirse en el catolicismo triunfante.
Mi conclusión es que todo esto es una excusa para llevar gente a la exposición en el veranito desapacible de Castilla, y apenas algo más. Un invento pergeñado con el merchandising más fino, hilado con astucia de serpientes, y que arrastrará mis tacones hasta allí muy a pesar de mis pensamientos. Pues una acaba sucumbiendo ante las cosas más raras, aunque sea sólo para comprobar in situ si la cosa funciona, y de camino castigarme un poco en el Mesón del Cid con yantares excesivos y caldos exquisitos.
A ver si hago propósito de enmienda y me reconcilio con todos, que últimamente toda la corriente me viene de cara. Besazos.





