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Cuaderno de ELEKTRA
Todo sobre el arte que DEBES comprar y sobre el que NO DEBES comprar...
Acerca de
Elektra ___________________ Aborrezco a Sorolla y a Fortuny, entre otros... Y me pirro por un Lucio Fontana o un Yves Klein. Pero esto puede cambiar...
Sindicación
 
TF
La exposición de Teresita Fernández ha gustado muy especialmente a la gente más esnob de toda la que conozco. Ellos, los que se asquean con la mayoría de la pintura –indiscriminadamente- y sólo se llevan la hoja de sala a casa si hace juego con su colección –nada de digerir elucubraciones insípidas-. Y lo que más me hiere de esta cuestión es reconocer –ahora- que a mí también me ha gustado esa exposición. ¿Creen ustedes que soy demasiado superficial? ¿Eso se adivina de lo poquito que me leen?

En teoría –en la teoría de los catálogos, sobre todo- la artista pergeña sus creaciones como interrelación de varios factores abstractos; la imagen mental como acto de habla, la naturaleza como construcción, lo arquitectónico como espacio y lugar de representación, y lo simbólico como experiencia del sujeto. Todas estas apelaciones al parecer son legibles en la instalación. Evidentemente, suelo leer los catálogos inmediatamente después de haber visitado el centro de arte, nunca antes. Me siento a la defensiva.

Es que, irremediablemente, y a pesar del profundísimo lenguaje en que nos habla Teresita –el de los conceptos absolutos-, sus obras nos resultan del todo chic en un remedo de los catálogos más límpidos de la decoración moderna. Probablemente tenga que ver lo sofisticadísimo de los materiales empleados y la pulcritud con que han sido tratados –con apariencia casi industrial de los acabados-.



Rodeando esa especie de fuego fatuo de hilos de seda, caminando al ritmo procesional que me hube impuesto para ajustar el inevitable clac-clac de los tacones al biorritmo propio de la llamarada, y puesto que la idea esencial del fuego apenas me conmueve (no recuerdo, y tocaremos madera, ningún episodio singular en que dicho elemento haya quebrantado un ápice de mi sosiego), acabé dilucidando si el traslúcido cilindro sería una buena elección junto a mi sofá –del que creo haberles hablado en alguna ocasión-. Forzosamente, un objeto de marca. De la fashionable TF.



Del mismo modo obré con las preciosas plataformas de aluminio pintado y recubiertas de bolitas de cristal –metáforas de la lava volcánica-, que irremediablemente imaginé un poco más altas, con unas tazas de café sobre ellas, alguna revista, un par de libros de meditación zen y un cenicero...



Los cubitos de vidrio que poblaban una de las paredes –en irradiación solar- terminaron de convencerme... Teresita Fernández, por más que verse de ideas primarias y comprensibles a todos, por más que trate de despertar un resorte que nos anima a desenterrar una visión eidética que hemos fabricado de cada pieza de la naturaleza cambiante, también se preocupa (y mucho, entiendo) de un acabado objetivamente glacial y suntuoso, quizá innecesario, pero que le augura como devotos y como clientes a los esclavos del estilismo.



Ante los lienzos que representan humo me extasié lentamente. El título original en ingles –smoke- me invitaba sensualmente a sentir placenteramente todo el sahumerio de un cigarrillo, casi a perfumarme interiormente como incensándome el alma... Lo peor vino cuando me arrimé a escasos centímetros de uno de los cuadros. Exquisitamente, Teresita confecciona sus pinturas a partir de pequeñas herramientas modulares, en este caso diminutos círculos que –tramados y superpuestos- conforman la textura etérea deseada. En un instante la visualicé probablemente realizando aquellos círculos con una herramienta apropiada, y pensé que al menos sabe hacer la “o” con un canuto. Ese pensamiento vulgar y casi obsceno –en el sanctasanctorum de Fernando Francés- me provocó una risa incontrolada y un desvarío extremo. Nada que no ahogue un café espeso como el que sirven en la cafetería del centro de arte.

No