arte en la catedral / centro de arte caja de burgos / chillida en silos
arte en la catedral
miquel navarro / carmen calvo
En pos del gótico; y de sus secuelas. Con tan denodadas intenciones busqué alojamiento en Burgos para unos días en plena canícula. No sólo encontré un maravilloso hotel desparramado en una loma alta, ocupando un antiguo seminario, cuajado por todas partes de climatizadores y moquetas casi estrenadas; también descubrí que el calor parecía haberse marchado a otro lugar; es verdad que a las cuatro de la tarde todavía podía cocerse una bajo el implacable sol castellano, pero yo procesionaba en pos de mis tacones bien entradas las siete, como se dice, con la fresquita.
Había dedicado mi primera mañana a una hipnotizante sesión monográfica en la catedral -ya saben, colección de cálices y tumbas, mil retablos flamígeros con mil historias encaramadas a sus espaldas, mucha piedra y, en medio de todo, la tumba de las tumbas, la del Cid omnipresente en la ciudad-. Como entenderán, tras un repertorio polisémico tan saturado andaba necesitaba de una pizca de abstracción o, en su defecto, de algo más ligero.

El claustro de la catedral de Burgos acogía, para mi regocijo, una sarta de ciudades enteras ordenaditas pieza a pieza como en un maravilloso juego por mi urbanista preferido, Miquel Navarro. A esta altura de la película me cuesta imaginar a un cabildo catedralicio (y encima por estos lares) acogiendo en su seno a un arte anicónico y pseudopagano -no sé si B16 estará muy conforme con estos desatinos que pueden ir en detrimento del orden y la moral-. Pero allí estaban, en formación, todas esas esculturillas en tropel, invadiendo el microcosmos cerrado del patio pétreo; la ciudad de Dios -Hierosolima celeste fraguada con el sudor de muchos- encerrando otra mucho más caótica, más humana y hasta más carnal si cabe, del color del hierro rojizo que un Chillida hubiese sublimado.
En aquel claustro, en medio de la paz que cualquier docena de arcos ojivales aporta necesariamente al espíritu, un osado comparaba la instalación del bueno de Miquel con el día de las fuerzas armadas; y aunque en principio esa voz me irritó -parecía querer compartir sus apreciaciones con el respetable allí presente-, silenciosamente le otorgué algo de razón al buen hombre. Yo también vi unos misiles, unos cañones y hasta algo así como un campamento a la romana...
Los hombres no pueden olvidarse de la guerra, hasta el punto que la guerra misma parece ser nuestra ciudad, inevitable extensión tentacular de conflictos que un día lanzamos al aire y nos incomoda desde cualquier canal de televisión.
La sorpresa, sin embargo, estaba encerrada en una sugerente capilla que linda con el claustro. Allí se levantaba otra urbe, ésta toda argéntea -Dios sabe cómo se nublan mis entendederas con brillos y destellos varios, siempre empeñada en desayunar con diamantes-. Magnífico el pulimento del pavimento, que ejercía un poderoso reflejo -como una laguna estigia con una promesa de felicidad a flote- de la ciudad, sus edificios y sus cementerios. Edificada lingote a lingote, como de luna y nácar, contrapunto de la otra -herrumbrosa, oscura, desordenada-, un burgo moderno.

Y dos retablos. Quizá el verdadero reclamo de la exposición; el hecho de que Miquel Navarro y Carmen Calvo hayan ejecutado sendas tablas de altar que habrán de formar parte en el futuro del patrimonio catedralicio. Ambos creadores, puestos de acuerdo, deciden dimensiones y materiales a emplear. Adoro que se decantaran finalmente por la madera dorada, como antaño. Ahora pienso que es una lástima que el oro dejara de formar parte tan pronto de la nobleza del arte. Klimt, por ejemplo, y aunque era un kitsch de su tiempo, lo utilizaba a granel para ostentación de los coleccionistas.
Estas piezas en sí son menos sugerentes que el resto de producción que se exhibía allí. Al anacronismo de hacer retablos en tiempos de laicismo galopante se une una patente inexperiencia en iconografía religiosa. No nos queda muy clara, por ejemplo, la caótica relación entre la cuchillería del retablo de Carmen y el apostolado. La estructura arquitectónica que plantea Miquel, por su parte, resulta del todo abstracta, sin apuntar una dirección clara en su lectura. Estos retablos son, más que nada, vistosos, y desde luego encajan bien en el espacio de la capilla. Aunque yo no suela conformarme con el arte resultón.

Las pseudoarqueológicas vitrinas de Carmen, sin embargo, atestadas de reliquias y fósiles, con tanto tiempo encerrado, tantos sentimientos encapsulados, hacían de la galería circundante un maravilloso museo del desencuentro emocional. Por no hablar de sus fotografías retocadas sutilísimamente, provocándonos a un tiempo una sabia ironía sobre los roles sociales establecidos desde los rituales y una inquietante sensación de misterio.
[publicado en lafresa]
centro de arte caja de burgos
Tras una fresca y hermosa noche burgalesa, la mañana se prestó propicia para el paseo. Burgos se ha europeizado rápido; las calles del centro histórico, muy decimonónicas, elegantonas, invitan a andar de acá para allá tonteando. Después de un simbólico desayuno en la plaza mayor -un pellizco a un croissant diminuto y un expresso con muchísimo hielo-, me apetecía visitar el CAB. Iba perfecta para la ocasión -toda de pistacho y complementos vainilla-, y hasta me había puesto mis brazaletes semifenicios labrados por Guillermo Pérez Villalta...
No pensaba que me iba a aburrir tanto con la pintura monocorde de Pedro Calapez. Él recibe elogios por todas partes, pero a mí me parece soso. Había unos cubos de aluminio con la pintura encerrada en el interior; una locura, un desfase. No sólo es de una incomodidad manifiesta el asomarse al interior de los cubos para disfrutar de la pintura; es inevitable encontrarla llena de polvo apenas pasados unos días...

Pero el edificio me compensaba con creces. Tras agotarme irremediablemente con su anodina exhibición de la permanente, acudí a deslumbrarme a la terraza, donde las afiladas agujas de la catedral -como si hubiesen sido colocadas ex profeso a un centenar de pasos para aderezar y no a la inversa- jugaban a la seducción perversa con los volúmenes prismáticos del museo. Allí, saboreando un poco de jazz lejano proviniente de alguna de las azoteas, decidía que la mañana siguiente partiría hacia algún remanso de paz.
[publicado en lafresa]
chillida en silos
Arribé a Silos temprano, convencida de que hallaría la bonanza ansiada... Pagué religiosamente mi ticket -allí debe hacerse todo religiosamente- y dejé para más tarde hacerme con algunos botes de miel de los monjes -auténtica delicatessen para escanciar en contenidas dosis sobre otros placeres-. Quería examinar cuidadosamente todos los capiteles del claustro, cansada de reconocer siempre las mismas fotografías de las rancias enciclopedias. Pero no esperaba toparme de frente con una terrible visita guiada, gritada sin pudor por una inocente estudiante en prácticas que salmodiaba lo aprendido con ahínco.
Tras el martirio llego el remanso. Con las palmas y los estigmas del sufrimiento en mis martilleadas sienes, llegué sin pensarlo a un extremo del claustro, donde se abría una escalera descendente hacia el auténtico éxtasis. Una inesperada exposición de Chillida.

Lurras y alabastros y, sobre todo, ligeras gravitaciones de papel rasgado. Para el caso habían sido seleccionadas, sobre todo, aquellas piezas relacionadas con la austera espiritualidad de Juan de la Cruz.
Lástima que la muestra se desarrollara discretamente en un espacio neutro y moderno habilitado al efecto; seguramente habría sido delicioso ver aquellas exquisiteces junto a las sirenas, los grifos y otras criaturas del imaginario románico. No obstante fue como azúcar para mí. Y cuando regresaba, conduciendo sola por esos parajes, envuelta en algo de chill -perfecto para el atardecer-, alabé todos mis aciertos y até fuerte a mi memoria todos aquellos hallazgos.
[publicado en lafresa]

besos
miquel navarro / carmen calvo
En pos del gótico; y de sus secuelas. Con tan denodadas intenciones busqué alojamiento en Burgos para unos días en plena canícula. No sólo encontré un maravilloso hotel desparramado en una loma alta, ocupando un antiguo seminario, cuajado por todas partes de climatizadores y moquetas casi estrenadas; también descubrí que el calor parecía haberse marchado a otro lugar; es verdad que a las cuatro de la tarde todavía podía cocerse una bajo el implacable sol castellano, pero yo procesionaba en pos de mis tacones bien entradas las siete, como se dice, con la fresquita.
Había dedicado mi primera mañana a una hipnotizante sesión monográfica en la catedral -ya saben, colección de cálices y tumbas, mil retablos flamígeros con mil historias encaramadas a sus espaldas, mucha piedra y, en medio de todo, la tumba de las tumbas, la del Cid omnipresente en la ciudad-. Como entenderán, tras un repertorio polisémico tan saturado andaba necesitaba de una pizca de abstracción o, en su defecto, de algo más ligero.

El claustro de la catedral de Burgos acogía, para mi regocijo, una sarta de ciudades enteras ordenaditas pieza a pieza como en un maravilloso juego por mi urbanista preferido, Miquel Navarro. A esta altura de la película me cuesta imaginar a un cabildo catedralicio (y encima por estos lares) acogiendo en su seno a un arte anicónico y pseudopagano -no sé si B16 estará muy conforme con estos desatinos que pueden ir en detrimento del orden y la moral-. Pero allí estaban, en formación, todas esas esculturillas en tropel, invadiendo el microcosmos cerrado del patio pétreo; la ciudad de Dios -Hierosolima celeste fraguada con el sudor de muchos- encerrando otra mucho más caótica, más humana y hasta más carnal si cabe, del color del hierro rojizo que un Chillida hubiese sublimado.
En aquel claustro, en medio de la paz que cualquier docena de arcos ojivales aporta necesariamente al espíritu, un osado comparaba la instalación del bueno de Miquel con el día de las fuerzas armadas; y aunque en principio esa voz me irritó -parecía querer compartir sus apreciaciones con el respetable allí presente-, silenciosamente le otorgué algo de razón al buen hombre. Yo también vi unos misiles, unos cañones y hasta algo así como un campamento a la romana...
Los hombres no pueden olvidarse de la guerra, hasta el punto que la guerra misma parece ser nuestra ciudad, inevitable extensión tentacular de conflictos que un día lanzamos al aire y nos incomoda desde cualquier canal de televisión.
La sorpresa, sin embargo, estaba encerrada en una sugerente capilla que linda con el claustro. Allí se levantaba otra urbe, ésta toda argéntea -Dios sabe cómo se nublan mis entendederas con brillos y destellos varios, siempre empeñada en desayunar con diamantes-. Magnífico el pulimento del pavimento, que ejercía un poderoso reflejo -como una laguna estigia con una promesa de felicidad a flote- de la ciudad, sus edificios y sus cementerios. Edificada lingote a lingote, como de luna y nácar, contrapunto de la otra -herrumbrosa, oscura, desordenada-, un burgo moderno.

Y dos retablos. Quizá el verdadero reclamo de la exposición; el hecho de que Miquel Navarro y Carmen Calvo hayan ejecutado sendas tablas de altar que habrán de formar parte en el futuro del patrimonio catedralicio. Ambos creadores, puestos de acuerdo, deciden dimensiones y materiales a emplear. Adoro que se decantaran finalmente por la madera dorada, como antaño. Ahora pienso que es una lástima que el oro dejara de formar parte tan pronto de la nobleza del arte. Klimt, por ejemplo, y aunque era un kitsch de su tiempo, lo utilizaba a granel para ostentación de los coleccionistas.
Estas piezas en sí son menos sugerentes que el resto de producción que se exhibía allí. Al anacronismo de hacer retablos en tiempos de laicismo galopante se une una patente inexperiencia en iconografía religiosa. No nos queda muy clara, por ejemplo, la caótica relación entre la cuchillería del retablo de Carmen y el apostolado. La estructura arquitectónica que plantea Miquel, por su parte, resulta del todo abstracta, sin apuntar una dirección clara en su lectura. Estos retablos son, más que nada, vistosos, y desde luego encajan bien en el espacio de la capilla. Aunque yo no suela conformarme con el arte resultón.

Las pseudoarqueológicas vitrinas de Carmen, sin embargo, atestadas de reliquias y fósiles, con tanto tiempo encerrado, tantos sentimientos encapsulados, hacían de la galería circundante un maravilloso museo del desencuentro emocional. Por no hablar de sus fotografías retocadas sutilísimamente, provocándonos a un tiempo una sabia ironía sobre los roles sociales establecidos desde los rituales y una inquietante sensación de misterio.
[publicado en lafresa]
centro de arte caja de burgos
Tras una fresca y hermosa noche burgalesa, la mañana se prestó propicia para el paseo. Burgos se ha europeizado rápido; las calles del centro histórico, muy decimonónicas, elegantonas, invitan a andar de acá para allá tonteando. Después de un simbólico desayuno en la plaza mayor -un pellizco a un croissant diminuto y un expresso con muchísimo hielo-, me apetecía visitar el CAB. Iba perfecta para la ocasión -toda de pistacho y complementos vainilla-, y hasta me había puesto mis brazaletes semifenicios labrados por Guillermo Pérez Villalta...
No pensaba que me iba a aburrir tanto con la pintura monocorde de Pedro Calapez. Él recibe elogios por todas partes, pero a mí me parece soso. Había unos cubos de aluminio con la pintura encerrada en el interior; una locura, un desfase. No sólo es de una incomodidad manifiesta el asomarse al interior de los cubos para disfrutar de la pintura; es inevitable encontrarla llena de polvo apenas pasados unos días...

Pero el edificio me compensaba con creces. Tras agotarme irremediablemente con su anodina exhibición de la permanente, acudí a deslumbrarme a la terraza, donde las afiladas agujas de la catedral -como si hubiesen sido colocadas ex profeso a un centenar de pasos para aderezar y no a la inversa- jugaban a la seducción perversa con los volúmenes prismáticos del museo. Allí, saboreando un poco de jazz lejano proviniente de alguna de las azoteas, decidía que la mañana siguiente partiría hacia algún remanso de paz.
[publicado en lafresa]
chillida en silos
Arribé a Silos temprano, convencida de que hallaría la bonanza ansiada... Pagué religiosamente mi ticket -allí debe hacerse todo religiosamente- y dejé para más tarde hacerme con algunos botes de miel de los monjes -auténtica delicatessen para escanciar en contenidas dosis sobre otros placeres-. Quería examinar cuidadosamente todos los capiteles del claustro, cansada de reconocer siempre las mismas fotografías de las rancias enciclopedias. Pero no esperaba toparme de frente con una terrible visita guiada, gritada sin pudor por una inocente estudiante en prácticas que salmodiaba lo aprendido con ahínco.
Tras el martirio llego el remanso. Con las palmas y los estigmas del sufrimiento en mis martilleadas sienes, llegué sin pensarlo a un extremo del claustro, donde se abría una escalera descendente hacia el auténtico éxtasis. Una inesperada exposición de Chillida.

Lurras y alabastros y, sobre todo, ligeras gravitaciones de papel rasgado. Para el caso habían sido seleccionadas, sobre todo, aquellas piezas relacionadas con la austera espiritualidad de Juan de la Cruz.
Lástima que la muestra se desarrollara discretamente en un espacio neutro y moderno habilitado al efecto; seguramente habría sido delicioso ver aquellas exquisiteces junto a las sirenas, los grifos y otras criaturas del imaginario románico. No obstante fue como azúcar para mí. Y cuando regresaba, conduciendo sola por esos parajes, envuelta en algo de chill -perfecto para el atardecer-, alabé todos mis aciertos y até fuerte a mi memoria todos aquellos hallazgos.
[publicado en lafresa]

besos





