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Habia una vez un faro
Pequeñas paranoias cotidianas.
Acerca de
Hombre de pensamiento siempre en movimiento anclado a un faro que pretende tener siempre iluminando, no se bien para que o para quién.
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Montaña.


Caminando entre valles al pie de la montaña, me perdia intencionadamente por rincones que no estaban en el mapa. Veia una era, con la mies recogida, formando rodillas, a lo lejos, parecian ovejas, grandecitas, eso si. Poca gente, mucho calor en el campo. Me refugié en una umbria junto a un arroyo abundante de agua fresca. La sensación era agradabilisima. Allí estabamos yo y mi circunstancia disfrutando de la jornad.
Mi ojo se disparaba a través de la cámara. Queria probarla y probarme a mi. Hay tanta belleza en la vida. Sólo hay que saber mirar.
Y el Pedraforca, desde arriba, dominandolo todo, ajeno a todo, por encima de todo, con su piedra blanca y su tartera por donde han bajado todo tipo de gente. Y sigue entera, sin gastarse, haciendo disfrutar a la gente que sube agotada y maldiciendo y se extasia cuando llega a la cumbre y observa los valles. Magnifica vista.
Años atrás varias veces la disfruté yo, ahora me conformo con estar a su alrededor, con que me tenga en su falda, como una abuela cariñosa, disfrutando en el refugio de la gente cansada, alegre, sudada, que buscan cobijo en su interior. Niños y adolescentes que empiezan a admirarla. Adultos como yo, que la queremos con devoción.
 
Pequeño cuento de amor.
Ella le hablaba siempre en verso, él le contestaba en prosa. La distancia los separaba y eso les unia. El soñarse y no tenerse, alzar los brazos y no tocarse, como seres puramente etéreos jugaban a buscarse. Ella le proponia un jeroglifico, él soltaba un paradigma. Corria detr´s de su ventana cuando sabia que no estaba. Ella, escondida detrás del matorral, soñaba con despertar.
A través de sueños y espacios inventaron seres y batracios. Grabaron sus nombres en las alas de las golondrinas y volando van y vienen y sueñan y se quieren.
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