Montaña.

Caminando entre valles al pie de la montaña, me perdia intencionadamente por rincones que no estaban en el mapa. Veia una era, con la mies recogida, formando rodillas, a lo lejos, parecian ovejas, grandecitas, eso si. Poca gente, mucho calor en el campo. Me refugié en una umbria junto a un arroyo abundante de agua fresca. La sensación era agradabilisima. Allí estabamos yo y mi circunstancia disfrutando de la jornad.
Mi ojo se disparaba a través de la cámara. Queria probarla y probarme a mi. Hay tanta belleza en la vida. Sólo hay que saber mirar.
Y el Pedraforca, desde arriba, dominandolo todo, ajeno a todo, por encima de todo, con su piedra blanca y su tartera por donde han bajado todo tipo de gente. Y sigue entera, sin gastarse, haciendo disfrutar a la gente que sube agotada y maldiciendo y se extasia cuando llega a la cumbre y observa los valles. Magnifica vista.
Años atrás varias veces la disfruté yo, ahora me conformo con estar a su alrededor, con que me tenga en su falda, como una abuela cariñosa, disfrutando en el refugio de la gente cansada, alegre, sudada, que buscan cobijo en su interior. Niños y adolescentes que empiezan a admirarla. Adultos como yo, que la queremos con devoción.





