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para abrirte el corazón
Trocitos de mí mismo, jirones de lo que llevo dentro.
Acerca de
Hoy no hace ni frío ni calor, no corre fuerte el viento, no hay nada especial que me haga reintentar esta aventura, sólo el deseo de volcarme... y cada verso es un jirón de piel.
Sindicación
 
Fácil
Despedirse de ti es fácil. Eso pensó mientras habitaban la cama por última vez, mientras repasaban con cierta ironía los momentos cotidianos que les habían unido. Ya no veré más la estantería al despertar. Ya no desayunaré más aquí. Todo fue fácil. Fácil fue conocerse, fácil besarse, fácil que se quedara a dormir. Todo sencillo, como si siempre hubiesen estado haciendo lo mismo. No hubo grandes escenas, ni cálidas bienvenidas, ni fogosas despedidas.

Despedirse fue fácil. Se evitaron las palabras, las que incomodan, las que prometen, las que atan. Pero fue todo tan fácil..., por eso el piso se quedó de repente frio. Lavó las sábanas y las toallas, para volver a una normalidad de la que, sin pensarlo mucho, se había alejado. No hubo velas, ni cena romántica. No hubo abrazos que pudieran servir de ancla. Tan fácil fue todo, que en algún momento fue aséptico, convirtiendo los apenas cuarenta metros cuadrados en un quirófano.

Decirte adiós ha sido fácil, sencillamente no te lo he dicho. Estamos en contacto..., en contacto..., sin tocarnos, a través de los hilos telefónicos, que en tantas ocasiones separan más que unen. Todo fácil, sencillo, como los guiones de las películas de dibujos animados, donde todo encaja para que los niños no se pierdan.

Fue fácil recoger el piso, los restos de un mes extraño. A la media hora todo estaba en su sitio, como si nada hubiese sucedido. Ni siquiera tristeza. Todo limpio, en orden. Como un robot que vuelve a su mecánica vida, a su programado mundo, con la misma facilidad que salió de él, sin hacerse la mínima ilusión. Dando gracias porque despedirse fue fácil.


 
Distancias
Hace poco leí en un libro un problema de lógica (materia para la que cada vez estoy más convencido de no estar preparado). Este problema me hizo pensar, fue como la solución, la bombilla que se te encendería encima de tu cabeza si fueses un dibujo animado. En el problema de lógica se la pedía a una alumna que diera su opinión sobre lo siguiente:

"Supongamos que entre dos personas A y B, hay dos metros de distancia. Y A quiere acercarse a B, pero en cada paso ha de cubrir exactamente la mitad de la distancia total que le resta para alcanzar a B. El primer paso es de un metro, el segundo de medio metro, el tercero de un cuarto de metro. Cada paso de A hacia B será más pequeño, y la distancia se irá reduciendo en una progresión eterna, pero lo sorprendente del caso es que, manteniendo la premisa de que cada paso sea equivalente a la mitad de la distancia total que los separa, por más que avance, A nunca llegará a B".

¿Fatalidad? ¿Lógica aplastante? A veces la distancia es un abismo. Hay grietas que, por muy cerca que uno crea estar, son longitudes insalvables. Al menos queda el consuelo, como al final de la película (después de décadas de andar dando pasos para no estar nunca juntos), en que Robert le dice a Barbra: "estás estupenda, te has vuelto a dejar el pelo rizado", y ella, con una mueca que se debate entre la resignación y la tristeza, apela: "así es como lo llevo cuando puedo ser yo misma". Se dan la espalda y desandan todos sus pasos. El abismo sigue estando en medio, la perspectiva, una mínima, pero insondable distancia.
 
Mudanzas
La amiga del amigo de un amigo relataba su flirteo con un casado, padre de una niña, de su empresa. A ella al principio le tocaba más las narices que el corazón, pero ahora reconoce que se pone guapa para que él la vea por las mañanas, y se intercambian e-mails con retales de Pessoa. Todos se rien con o de ella, vete tú a saber. A mí no me hace gracia, me entristece esta historia, como todas las historias condenadas a la nada. El amigo de mi amigo, le dice, y lleva más razón que un santo: "Déjate de tonterias, que ya estamos en edad de romper matrimonios".

A esta edad, en la que sólo cuentas tú para ti mismo, en la que llega un momento en que te da lo mismo ocho que ochenta, a esta edad ya no se respeta nada, en ocasiones ni a uno mismo. No hay matrimonio que se ponga por medio. Porque ya tenemos una edad en que nos lo merecemos todo.

Mientras todos reían con los chistes de la amiga del amigo de mi amigo, yo pensaba en que como siga por ese camino lo tiene chungo. Me vienen a la cabeza esos momentos en que no te ahorras una ilusión, en que desgranas las frases más bonitas, en que te miras varias veces al espejo por la mañana. Yo pensaba en el final, en las camas vacías. En mi cama. Mi cama solitaria. Y mientras pensaba en aquello, ha salido del cedé la voz de María Jiménez, y era como si todas las frases que escribió Sabina las dijera yo. Estoy haciendo las maletas. Me mudo. Todavía no sé muy bien a donde, sólo sé que a esta edad me toca vivir solo.

"Con dos camas vacías" (Joaquín Sabina)

Ni tú bordas pañuelos ni yo rompo contratos,
ni yo mato por celos ni tú mueres por mí,
y antes de que me quieras como se quiere a un gato
me largo con cualquiera que se parezca a ti.
De par en par te abro las puertas que me cierras,
me cuentan que el olvido no te sienta tan mal,
la paz que has elegido es peor que mi guerra,
lo que pudo haber sido, lo que nunca será.

Yo, en cambio, nunca supe ir a favor del viento
que muerde las esquinas de esta ciudad impía,
pobre aprendiz de brujo que escupe al firmamento
desde un hotel de lujo, con dos camas vacías.
¿Quién hará mi trabajo debajo de tu falda?
la boca que era mía, ¿de qué boca será?
el roto de tu ombligo ya no me da la espalda
cuando pierdo contigo las ganas de ganar.

Aunque nunca me callo, guardo un par de secretos,
lo digo de hombre a hombre, de mujer a mujer.
Ni me caso con nadie, ni me pongo amuletos,
por no tener no tengo ni edad de merecer.
Maldita sea la tinta que empapa mis papeles,
maldita la tercera persona del plural,
las uñas que se clavan allí donde más duele,
el rimel que se corre cuando toca llorar.

Como pago al contado nunca me falta un beso,
siempre que me confieso me doy la absolución,
ya no cierro los bares ni hago tantos excesos,
cada vez son más tristes las canciones de amor.
 
Mejor
A veces uno cualquiera, de muestra un botón: yo mismo, se encierra en un solipsístico círculo de tiza, y repite una y otra vez "pena, pena, pena". Y cuando ya se queda con el dedo pelado, y no puede seguir escribiendo, ve que no puede escapar de la pena que a sí mismo se da. Hay fronteras, muros, diques que nosotros nos construimos. La pena es difícil de tragar, ni en caldo, ni con pan.

A veces uno, y no tengo que irme muy lejos, quiere una cosa y, a la vez, justamente la contraria. Y tanto miedo nos da tener que elegir, que al final nos quedamos paralizados, y como dice la actriz, presos de la "nopueditis". Muchas dudas y decisiones, dicotomías y caminos bifurcados. Estar sentado muerto del aburrimiento, y sentir un cosquilleo en la puntas de los dedos de los pies. ¿Qué será más poderoso?

"De pequeña yo quise ser monja (uy ésto va ser que me suena), porque las monjas vivían muy bien, con mucha paz interior. Ellas tenían una Verdad Absoluta, y cuando se tiene una verdad absoluta a la que agarrarse no se puede tener ansiedad". Cuando las verdades absolutas no sólo se vuelven relativas, sino que se convierten en mentiras y falacias, empieza a tambalearse el mundo. A falta de algo Absoluto en lo que creer, y por si las moscas, hay que tener a mano Rivotril (o cualquier variante: lexatin, orfidal...), que no hay nada peor que tener ansiedad y no estar en paz con uno mismo.

Hay cicatrices que, según donde te las hayan hecho, hasta quedan bonitas. "¿Por qué cojones tengo que ser feliz?", nos grita la actriz. Uno empieza a serlo cuando deja de preguntárselo y de aparentarlo. "Mañana me curo y seguro que estoy mejorcita (o) de lo mío". ¡Ea!



Obra: "Mejorcita de lo mío", en la Sala Triángulo, Lavapiés.
Compañía: http://www.laescapista.com/
 
Sucedáneos
De chico pensé que la vida sería siempre dulce. En la casa de mis vecinas, donde había televisión en color y se podía leer el Fotogramas, las cosas eran siempre maravillosas. Tenían un corral inmenso donde yo era el único niño que existía, allí jugaba a representar los argumentos que leía en las revistas. Una vida edulcorada, fascinante. Con el tiempo, la vida dejó de ser un guión de cine, amargó un poco, pero existía el teatro, un lugar donde refugiarse, personajes inventados, una media verdad más, un mundo cuadrado como aquel corral.

La vida dejó de ser dulce. "Nunca creí en la felicidad, a veces algo se le parece, pero es pura casualidad". Pues sí. Será verdad aquello de que la vida es como una caja de bombones, pero al guionista se le olvidó decir que algunos están verdaderamente amargos.

La vida perdió el sabor a azúcar. "No es un arte fácil prometer, dame al menos el tiempo de despedirme". Y llegó Madrid, y Hacienda, y los pisos por las nubes, y el apasionante mundo laboral, y el corazón que se rompe cada dos años (o menos), y ya no sé como encajar las piezas. Y uno sigue buscando la dulzura, el sabor a chocolate, la emoción de los cuentos de hadas.

La vida se llenó de cosas parecidas, de sabores similares, de momentos semejantes, pero que no eran verdad. Me he llevado en cada viaje el corral cuadriculado de mis vecinas, la televisión a color y todos los números atrasados del Fotogramas. La vida se parece a algo que un día me imaginé que pudiese ser, y quizá ya no lo sea. La Pepsi y el Nesquik desterraron a las burbujas y al verdadero chocolate. Y la vida ya nunca supo a lo que sabía de pequeño. El viento del norte que te traía y te llevaba como en la película dejó de soplar.

"...amor te digo y soy testigo de lo que se pierde, y voy a acostumbrarme aunque me cueste...".