Mudanzas
La amiga del amigo de un amigo relataba su flirteo con un casado, padre de una niña, de su empresa. A ella al principio le tocaba más las narices que el corazón, pero ahora reconoce que se pone guapa para que él la vea por las mañanas, y se intercambian e-mails con retales de Pessoa. Todos se rien con o de ella, vete tú a saber. A mí no me hace gracia, me entristece esta historia, como todas las historias condenadas a la nada. El amigo de mi amigo, le dice, y lleva más razón que un santo: "Déjate de tonterias, que ya estamos en edad de romper matrimonios".
A esta edad, en la que sólo cuentas tú para ti mismo, en la que llega un momento en que te da lo mismo ocho que ochenta, a esta edad ya no se respeta nada, en ocasiones ni a uno mismo. No hay matrimonio que se ponga por medio. Porque ya tenemos una edad en que nos lo merecemos todo.
Mientras todos reían con los chistes de la amiga del amigo de mi amigo, yo pensaba en que como siga por ese camino lo tiene chungo. Me vienen a la cabeza esos momentos en que no te ahorras una ilusión, en que desgranas las frases más bonitas, en que te miras varias veces al espejo por la mañana. Yo pensaba en el final, en las camas vacías. En mi cama. Mi cama solitaria. Y mientras pensaba en aquello, ha salido del cedé la voz de María Jiménez, y era como si todas las frases que escribió Sabina las dijera yo. Estoy haciendo las maletas. Me mudo. Todavía no sé muy bien a donde, sólo sé que a esta edad me toca vivir solo.
"Con dos camas vacías" (Joaquín Sabina)
Ni tú bordas pañuelos ni yo rompo contratos,
ni yo mato por celos ni tú mueres por mí,
y antes de que me quieras como se quiere a un gato
me largo con cualquiera que se parezca a ti.
De par en par te abro las puertas que me cierras,
me cuentan que el olvido no te sienta tan mal,
la paz que has elegido es peor que mi guerra,
lo que pudo haber sido, lo que nunca será.
Yo, en cambio, nunca supe ir a favor del viento
que muerde las esquinas de esta ciudad impía,
pobre aprendiz de brujo que escupe al firmamento
desde un hotel de lujo, con dos camas vacías.
¿Quién hará mi trabajo debajo de tu falda?
la boca que era mía, ¿de qué boca será?
el roto de tu ombligo ya no me da la espalda
cuando pierdo contigo las ganas de ganar.
Aunque nunca me callo, guardo un par de secretos,
lo digo de hombre a hombre, de mujer a mujer.
Ni me caso con nadie, ni me pongo amuletos,
por no tener no tengo ni edad de merecer.
Maldita sea la tinta que empapa mis papeles,
maldita la tercera persona del plural,
las uñas que se clavan allí donde más duele,
el rimel que se corre cuando toca llorar.
Como pago al contado nunca me falta un beso,
siempre que me confieso me doy la absolución,
ya no cierro los bares ni hago tantos excesos,
cada vez son más tristes las canciones de amor.
A esta edad, en la que sólo cuentas tú para ti mismo, en la que llega un momento en que te da lo mismo ocho que ochenta, a esta edad ya no se respeta nada, en ocasiones ni a uno mismo. No hay matrimonio que se ponga por medio. Porque ya tenemos una edad en que nos lo merecemos todo.
Mientras todos reían con los chistes de la amiga del amigo de mi amigo, yo pensaba en que como siga por ese camino lo tiene chungo. Me vienen a la cabeza esos momentos en que no te ahorras una ilusión, en que desgranas las frases más bonitas, en que te miras varias veces al espejo por la mañana. Yo pensaba en el final, en las camas vacías. En mi cama. Mi cama solitaria. Y mientras pensaba en aquello, ha salido del cedé la voz de María Jiménez, y era como si todas las frases que escribió Sabina las dijera yo. Estoy haciendo las maletas. Me mudo. Todavía no sé muy bien a donde, sólo sé que a esta edad me toca vivir solo.
"Con dos camas vacías" (Joaquín Sabina)
Ni tú bordas pañuelos ni yo rompo contratos,
ni yo mato por celos ni tú mueres por mí,
y antes de que me quieras como se quiere a un gato
me largo con cualquiera que se parezca a ti.
De par en par te abro las puertas que me cierras,
me cuentan que el olvido no te sienta tan mal,
la paz que has elegido es peor que mi guerra,
lo que pudo haber sido, lo que nunca será.
Yo, en cambio, nunca supe ir a favor del viento
que muerde las esquinas de esta ciudad impía,
pobre aprendiz de brujo que escupe al firmamento
desde un hotel de lujo, con dos camas vacías.
¿Quién hará mi trabajo debajo de tu falda?
la boca que era mía, ¿de qué boca será?
el roto de tu ombligo ya no me da la espalda
cuando pierdo contigo las ganas de ganar.
Aunque nunca me callo, guardo un par de secretos,
lo digo de hombre a hombre, de mujer a mujer.
Ni me caso con nadie, ni me pongo amuletos,
por no tener no tengo ni edad de merecer.
Maldita sea la tinta que empapa mis papeles,
maldita la tercera persona del plural,
las uñas que se clavan allí donde más duele,
el rimel que se corre cuando toca llorar.
Como pago al contado nunca me falta un beso,
siempre que me confieso me doy la absolución,
ya no cierro los bares ni hago tantos excesos,
cada vez son más tristes las canciones de amor.
Mejor
A veces uno cualquiera, de muestra un botón: yo mismo, se encierra en un solipsístico círculo de tiza, y repite una y otra vez "pena, pena, pena". Y cuando ya se queda con el dedo pelado, y no puede seguir escribiendo, ve que no puede escapar de la pena que a sí mismo se da. Hay fronteras, muros, diques que nosotros nos construimos. La pena es difícil de tragar, ni en caldo, ni con pan.
A veces uno, y no tengo que irme muy lejos, quiere una cosa y, a la vez, justamente la contraria. Y tanto miedo nos da tener que elegir, que al final nos quedamos paralizados, y como dice la actriz, presos de la "nopueditis". Muchas dudas y decisiones, dicotomías y caminos bifurcados. Estar sentado muerto del aburrimiento, y sentir un cosquilleo en la puntas de los dedos de los pies. ¿Qué será más poderoso?
"De pequeña yo quise ser monja (uy ésto va ser que me suena), porque las monjas vivían muy bien, con mucha paz interior. Ellas tenían una Verdad Absoluta, y cuando se tiene una verdad absoluta a la que agarrarse no se puede tener ansiedad". Cuando las verdades absolutas no sólo se vuelven relativas, sino que se convierten en mentiras y falacias, empieza a tambalearse el mundo. A falta de algo Absoluto en lo que creer, y por si las moscas, hay que tener a mano Rivotril (o cualquier variante: lexatin, orfidal...), que no hay nada peor que tener ansiedad y no estar en paz con uno mismo.
Hay cicatrices que, según donde te las hayan hecho, hasta quedan bonitas. "¿Por qué cojones tengo que ser feliz?", nos grita la actriz. Uno empieza a serlo cuando deja de preguntárselo y de aparentarlo. "Mañana me curo y seguro que estoy mejorcita (o) de lo mío". ¡Ea!

Obra: "Mejorcita de lo mío", en la Sala Triángulo, Lavapiés.
Compañía: http://www.laescapista.com/
A veces uno, y no tengo que irme muy lejos, quiere una cosa y, a la vez, justamente la contraria. Y tanto miedo nos da tener que elegir, que al final nos quedamos paralizados, y como dice la actriz, presos de la "nopueditis". Muchas dudas y decisiones, dicotomías y caminos bifurcados. Estar sentado muerto del aburrimiento, y sentir un cosquilleo en la puntas de los dedos de los pies. ¿Qué será más poderoso?
"De pequeña yo quise ser monja (uy ésto va ser que me suena), porque las monjas vivían muy bien, con mucha paz interior. Ellas tenían una Verdad Absoluta, y cuando se tiene una verdad absoluta a la que agarrarse no se puede tener ansiedad". Cuando las verdades absolutas no sólo se vuelven relativas, sino que se convierten en mentiras y falacias, empieza a tambalearse el mundo. A falta de algo Absoluto en lo que creer, y por si las moscas, hay que tener a mano Rivotril (o cualquier variante: lexatin, orfidal...), que no hay nada peor que tener ansiedad y no estar en paz con uno mismo.
Hay cicatrices que, según donde te las hayan hecho, hasta quedan bonitas. "¿Por qué cojones tengo que ser feliz?", nos grita la actriz. Uno empieza a serlo cuando deja de preguntárselo y de aparentarlo. "Mañana me curo y seguro que estoy mejorcita (o) de lo mío". ¡Ea!

Obra: "Mejorcita de lo mío", en la Sala Triángulo, Lavapiés.
Compañía: http://www.laescapista.com/
Sucedáneos
De chico pensé que la vida sería siempre dulce. En la casa de mis vecinas, donde había televisión en color y se podía leer el Fotogramas, las cosas eran siempre maravillosas. Tenían un corral inmenso donde yo era el único niño que existía, allí jugaba a representar los argumentos que leía en las revistas. Una vida edulcorada, fascinante. Con el tiempo, la vida dejó de ser un guión de cine, amargó un poco, pero existía el teatro, un lugar donde refugiarse, personajes inventados, una media verdad más, un mundo cuadrado como aquel corral.
La vida dejó de ser dulce. "Nunca creí en la felicidad, a veces algo se le parece, pero es pura casualidad". Pues sí. Será verdad aquello de que la vida es como una caja de bombones, pero al guionista se le olvidó decir que algunos están verdaderamente amargos.
La vida perdió el sabor a azúcar. "No es un arte fácil prometer, dame al menos el tiempo de despedirme". Y llegó Madrid, y Hacienda, y los pisos por las nubes, y el apasionante mundo laboral, y el corazón que se rompe cada dos años (o menos), y ya no sé como encajar las piezas. Y uno sigue buscando la dulzura, el sabor a chocolate, la emoción de los cuentos de hadas.
La vida se llenó de cosas parecidas, de sabores similares, de momentos semejantes, pero que no eran verdad. Me he llevado en cada viaje el corral cuadriculado de mis vecinas, la televisión a color y todos los números atrasados del Fotogramas. La vida se parece a algo que un día me imaginé que pudiese ser, y quizá ya no lo sea. La Pepsi y el Nesquik desterraron a las burbujas y al verdadero chocolate. Y la vida ya nunca supo a lo que sabía de pequeño. El viento del norte que te traía y te llevaba como en la película dejó de soplar.
"...amor te digo y soy testigo de lo que se pierde, y voy a acostumbrarme aunque me cueste...".

La vida dejó de ser dulce. "Nunca creí en la felicidad, a veces algo se le parece, pero es pura casualidad". Pues sí. Será verdad aquello de que la vida es como una caja de bombones, pero al guionista se le olvidó decir que algunos están verdaderamente amargos.
La vida perdió el sabor a azúcar. "No es un arte fácil prometer, dame al menos el tiempo de despedirme". Y llegó Madrid, y Hacienda, y los pisos por las nubes, y el apasionante mundo laboral, y el corazón que se rompe cada dos años (o menos), y ya no sé como encajar las piezas. Y uno sigue buscando la dulzura, el sabor a chocolate, la emoción de los cuentos de hadas.
La vida se llenó de cosas parecidas, de sabores similares, de momentos semejantes, pero que no eran verdad. Me he llevado en cada viaje el corral cuadriculado de mis vecinas, la televisión a color y todos los números atrasados del Fotogramas. La vida se parece a algo que un día me imaginé que pudiese ser, y quizá ya no lo sea. La Pepsi y el Nesquik desterraron a las burbujas y al verdadero chocolate. Y la vida ya nunca supo a lo que sabía de pequeño. El viento del norte que te traía y te llevaba como en la película dejó de soplar.
"...amor te digo y soy testigo de lo que se pierde, y voy a acostumbrarme aunque me cueste...".

Expectativas
El primer trabajo que conseguí en mi vida fue por enchufe. En el proceso de selección mi nombre figuraba subrayado, y no tuve ningún problema para empezar a trabajar en aquella horrible cadena de supermercados donde todo estaba sucio. A pesar de las recomendaciones, sólo duré tres meses, no superé el periodo de prueba. Dudo ahora. Tal vez fuera que no cobré alguna que otra bolsa; posiblemente no fui lo suficientemente borde o desagradable con la clientela; puede que no entonara adecuadamente el "¿alguien va a pagar con cinco mil?"; tal vez mis colas en la caja eran demasiado largas, y por más que expliqué que yo prefería cuadrar la caja en aquella tumultuosa época de la transición al euro, no me creyeron. Prescindieron de mí. Yo no cumplí sus expectativas. La razón que me dieron fue: "No eres productivo". ¡Arrea! Al menos hubo una motivo.
Con el tiempo he ido descubriendo lo que es fallar a las expectativas que otros se hacen de ti. A veces que si estas demasiado gordo, otras por ser delgado. Unas por hablar, otras por callar. Mucha gente ha puesto cara de "pues vaya..." cuando me ha visto, y yo he tenido que controlarme para no pegarles una patada en su bajo vientre y echar a correr. No me gusta verme obligado a cumplir las expectativas de otros, no me gusta ver sus caras de chasco, no me gusta que sean condescendientes conmigo y se crean que por enviar un mensaje de texto han sido sinceros. Me niego a vivir mi vida (emocional) como si de un continuo control se tratara; y si van a evaluarme, que me digan qué criterios van a utilizar para ello, porque a lo mejor no me presento al examen.

Con el tiempo he ido descubriendo lo que es fallar a las expectativas que otros se hacen de ti. A veces que si estas demasiado gordo, otras por ser delgado. Unas por hablar, otras por callar. Mucha gente ha puesto cara de "pues vaya..." cuando me ha visto, y yo he tenido que controlarme para no pegarles una patada en su bajo vientre y echar a correr. No me gusta verme obligado a cumplir las expectativas de otros, no me gusta ver sus caras de chasco, no me gusta que sean condescendientes conmigo y se crean que por enviar un mensaje de texto han sido sinceros. Me niego a vivir mi vida (emocional) como si de un continuo control se tratara; y si van a evaluarme, que me digan qué criterios van a utilizar para ello, porque a lo mejor no me presento al examen.

Realidad
Dicen los alemanes de la Gestalt que para percibir la realidad que existe fuera de nosotros utilizamos unas leyes que nos hacen apreciar el conjunto. Por eso, en ocasiones es difícil parcelar(nos). El psicoanálisis diría que "divide y vencerás". El relativismo, en todas sus vertientes, dice aquello de que "todo depende del cristal con el que se mira". No digo yo que no. Y muchos otros dicen otras muchas cosas, y no seré yo el que las desmienta.
El caso es que hay ocasiones en que tienes que plantearte hasta que punto vives dentro de la realidad, o en la periferia de la misma. Me pasa a mí a veces, y quiero creer que a mucha gente, que de tanto anhelar te creas ese mundo paralelo en el que la ficción tiene poco de ficticio. Pajas mentales al fin y al cabo.
La (i)realidad muchas veces es de silicona, anatómicamente perfecta, con los rasgos tremendamente logrados; una mera copia, pero un buen sucedáneo, que tapa los miedos y las inseguridades. Yo tengo cierta costumbre de creerme lo que no es, y ver cosas donde no las hay. Mi realidad la diseño a la medida de mis deseos y también de mis frustraciones. Mi realidad, como en la canción de The Cramberries está construida "Just my imagination". Esto no me convierte en un loco, no tengo delirios ni alucinaciones, sino sólo una necesidad imperiosa de redifinir las cosas que me pasan, la vida que me toca. Como Bianca (o el oso de peluche o los transformes) en la película, existen objetos transicionales que nos preparan para afrontar el siguiente paso.
"¿Cómo te diste cuenta de que ya eras un hombre?", pregunta Lars, el prota de la peli. La solución quizá sea fácil, durilla, pero fácil: cuando asumes tu realidad, cuando no la disfrazas ni la maquillas, cuando tiras a la basura tus muletas para enfrentarte al mundo, mucho menos hostil de lo que uno se imagina.
No quiero ver cosas donde no las hay (propósito de todos los años nuevos desde que tengo uso de razón), pero tampoco quiero dejar de ilusionarme. La realidad es arriesgarse. La realidad es saber fracasar. Y los triunfos, también son reales, que si no que vida más perra.
Propósito para este sábado: sé realista, pide lo imposible, y moléstate en esperar.

El caso es que hay ocasiones en que tienes que plantearte hasta que punto vives dentro de la realidad, o en la periferia de la misma. Me pasa a mí a veces, y quiero creer que a mucha gente, que de tanto anhelar te creas ese mundo paralelo en el que la ficción tiene poco de ficticio. Pajas mentales al fin y al cabo.
La (i)realidad muchas veces es de silicona, anatómicamente perfecta, con los rasgos tremendamente logrados; una mera copia, pero un buen sucedáneo, que tapa los miedos y las inseguridades. Yo tengo cierta costumbre de creerme lo que no es, y ver cosas donde no las hay. Mi realidad la diseño a la medida de mis deseos y también de mis frustraciones. Mi realidad, como en la canción de The Cramberries está construida "Just my imagination". Esto no me convierte en un loco, no tengo delirios ni alucinaciones, sino sólo una necesidad imperiosa de redifinir las cosas que me pasan, la vida que me toca. Como Bianca (o el oso de peluche o los transformes) en la película, existen objetos transicionales que nos preparan para afrontar el siguiente paso.
"¿Cómo te diste cuenta de que ya eras un hombre?", pregunta Lars, el prota de la peli. La solución quizá sea fácil, durilla, pero fácil: cuando asumes tu realidad, cuando no la disfrazas ni la maquillas, cuando tiras a la basura tus muletas para enfrentarte al mundo, mucho menos hostil de lo que uno se imagina.
No quiero ver cosas donde no las hay (propósito de todos los años nuevos desde que tengo uso de razón), pero tampoco quiero dejar de ilusionarme. La realidad es arriesgarse. La realidad es saber fracasar. Y los triunfos, también son reales, que si no que vida más perra.
Propósito para este sábado: sé realista, pide lo imposible, y moléstate en esperar.
