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para abrirte el corazón
Trocitos de mí mismo, jirones de lo que llevo dentro.
Acerca de
Hoy no hace ni frío ni calor, no corre fuerte el viento, no hay nada especial que me haga reintentar esta aventura, sólo el deseo de volcarme... y cada verso es un jirón de piel.
Sindicación
 
Rincones
 
Madrid
Atardece en los miradores del Templo de Debod. A la derecha el ruído que llega del paseo de Rosales, los coches que fluyen camino del fin de este día; a la izquierda las cúpulas y los tejados, por este orden, el Palacio Real, la Catedral de la Almudena, y al fondo, majestuosa, San Francisco el Grande; de frente la inmensidad de la Casa de Campo, donde ya se congregan las putas para empezar ellas su jornada. Atardece, y me siento sobrecogido por este templo forastero, que pudo ser anegado por el agua, pero que piedra a piedra se reconstruye en esta ciudad. Yo, como el Templo de Debod, forasteros.

Hoy paseo por el barrio de Las Letras, leyendo los fragmentos que adoquinan el suelo. Vengo desde la Bolsa y voy a la Filmoteca a recoger el programa del mes de octubre. Este mes quiero ir algo más, y más barato al cine. Me tomo un café con un trocito de tarta de chocolate. Subo Atocha hasta la Puerta del Sol, todo está en obras, Madrid está levantada, aspira a ser una ciudad moderna, pero se está convirtiendo en un ser incómodo.

Me encanta la Gran Vía, llena de gente, de teatros, de fashion victims, de gays que se sueltan de la mano justo cuando salen de Hortaleza, como si el reducto de la libertad se acabara justo en la calle más cosmopolita de toda la ciudad. Más putas. Estoy en Montera. Red de San Luís, y cojo el 3, Puerta de Toledo-Plaza de San Amaro, super cómodo, me deja justo detrás de casa. Subo Hortaleza, plaza de Santa Bárbara, Santa Engracia, Cuatro Caminos..., y tachán, estamos en Bravo Murillo, la gran ciudad vuelve a ser consumista. Tiendas, gente, gente y gente. Suramericanos, negritos zumbones y moriscos varios empedran la calle, desde el Mercado de Maravillas hasta Tetuán, más allá la Plaza de Castilla (Puerta de Europa) y sus juzgados, por si acaso mejor no llegar tan lejos. Yo me quedo antes, en Estrecho, en mi barrio, donde está mi casa..., porque casi desde siempre mi vida se circunscribe al otro barrio, al de Argüelles. Punto de referencia: El Corte Inglés de Princesa, aunque desde hace un tiempo me bajo en Moncloa, me pilla más cerca del curro.

Madrid bulle, y eso me gusta. También me da miedo. Última parada, San Amaro y me bajo. Ya estoy en casa. Cuando empiece a llover todo será más romántico, y también más caluroso, maravillas de la calefacción central.

Mañana fiesta en Legazpi..., a ver si abren el metro de una vez en aquella parada. Luego paseíto por Chueca, como mandan los viernes. El sábado me apetece el Retiro, y todo el barrio del Museo del Prado y los Jerónimos, Barrio de Salamanca..., añorando las casa en las que nunca viviré. El domingo no estaría mal el Rastro, de Cascorro a Delicias. Por supuesto, a mediodía en La Latina, en la Plaza de la Paja, que maravilla de sitio...

Me paro en la Plaza de España, y miro al Quijote, tan típico de esta ciudad como yo mismo, sin ser ninguno de los dos de aquí..., es lo que tiene La Mancha, que nos pilla cerca de la capital. Yo ya me siento autóctono, aunque como buen madrileño, no me ubico de ningún lado.

Repito con Pereza..., eres tú mi rincón favorito de Madrid....

 
Entretiempo
Llevo todo el día cargando con una chaquetilla (me encanta como suena esta palabra), y sólo me la he puesto el breve trayecto de la puerta de casa a la boca del metro. Pensé, como muchas mañanas desde hace días, que ya por fin el frío se había adueñado de las calles, que tendría que ir ventilando los jerseys y las mangas largas, los calcetines de lana y los cuellos vueltos. Pero no. Sigo sudando al poco de moverme; el sol pica con menos intensidad, pero con más rabia, como cuando de pequeño te enfadas, y sabías que con el enfado no conseguías nada, pero te ponías a gritar hasta que las cuerdas vocales hacían crac..., pues así de enfurecido está el rey de los astros.

No me gusta el entretiempo, lo siento. Algunos dicen que es lo mejor, que ni frío ni calor, y yo pienso, que también ni chica ni limoná. Llevo con este catarrillo tonto desde que bajaron cuatro grados las temperaturas, y cargo con la ropa ligera como los sin techo cargan con sus cuatro trapos, con el miedo a dejarme olvidada la cazadora vaquera (prenda de entretiempo por excelencia) en el vagón del metro, rezando para que por favor haga algo de fresquito y tenga sentido la estúpida penitencia de cargar con camiseta de manga larga o el jersey fino.

Sin embargo, tiene su encanto el entretiempo, el preludio del verano y del invierno, la extraña sensación de fresquillo que se cuela por dentro en septiembre, los primeros sofocos de mayo o junio. Quizá por eso hoy, sienta que por alguna extraña razón al morir septiembre agoniza una etapa de mi vida. Me debato entre dos tiempos; tengo la pequeña zozobra, ni siquiera inquietud o certidumbre, de que algo se marcha, de que algo viene..., tal vez me esté haciendo mayor (el carnet joven tiene los días contados), y me aferre a lo de antes, a lo de siempre.

Sin duda alguna, y como cantan los Presuntos, el entretiempo se hace un hueco en mi interior....
 
Oleada
Una vez me susurraron al oído las palabras más tristes que jamás he escuchado, y hoy afloran a mi recuerdo, y no sé bien por qué.

"Ten cuidado, no vaya a ser que te enamores de mí". Cada vez que rememoro esas once palabras, se me sube del estómago a la boca un sabor ácido que ya confundo, y que no sé bien si es el gusto de la pena o el de la tristeza. Tal vez sean el mismo.

Pienso en lo doloroso que es el que te nieguen la oportunidad de querer. Que de golpe, y con un porrazo, te recuerden que tu corazón vuela rápido, y que no, que no, que no debes dejar que sienta. Tuve que sentir entonces con el cuerpo, y el sentimiento perdió el sentido, fue una ola, la que me llevó al llanto, una oleada de pena, de vergüenza y de rabia la que desterró a la playa vacía de no saber como querer.

Si hoy me pongo a escribir, si dejo que las yemas de los dedos se arrastren por las letras, si pongo por escrito la prohibición, es con el ánimo de sentir, de compartir.

Y no, no quisiera detener esta oleada que me lleva...