Miedo
He leído cuatro veces la novela de W.P. Blatty "El Exorcista". Me declaro abiertamente fan de esa película. La ví a escondidas de mi madre, y bajo la protección de mi hermano mayor. Reconozco que las películas de miedo, no me dan miedo. Me gustan, me dan subidones de adrenalina, me encojo en el sillón o en la butaca, pero reconozco que una buena peli de miedo es lo que más me hace disfrutar. Así ha habido películas que forman parte de mi adolescencia: "El Exorcista", "La profecía", "Al final de la escalera", "Poltergeist", "Hellreiser"... Nunca he sentido verdadero miedo ante ellas.
Mis miedos, como los de la gran mayoría, supongo, son mucho más triviales y cotidianos. El gran miedo que me corta la respiración a veces, es la extraña sensación de desamparo que siento cuando compruebo lo solitaria que se levanta mi cama los domingos por las mañanas; y me da pánico comprobar que a veces mi vida se va trenzando de una espinosa soledad, que no lleva tatuada un triple seis, pero que espanta tanto como si así fuera. Me aterra pensar en la ausencia y en el abandono, en el dolor de pecho que se te pone, que te sube por la garganta, y vas viendo como el aire se niega a entrar en tí, cuando contemplas la espalda de alguien a quien has entregado tanto sentimiento, y sabes, con certeza de sabio, que su rostro, a partir de ahora, te queda vedado. Me niego a enfrentarme, de puro pavor, al dolor y al sufrimiento, no tanto al físico, sino al emocional, a este que te causan, y que no hay forma de sanar, esas heridas que no curan con agua oxigenada ni con mercromina, sólo con tiempo, siempre demasiado.
Pero mi gran miedo, el que paraliza mi cuerpo, el que hace que mis sentido fallen, es el que siento cuando me dan amor, ternura o cariño. A veces me he visto mendigando minutos, abrazos, caricias..., pero a la vez me aterra que alguien me quiera, que se desviva por mí, que me brinde su amistad. P. Guerra dice en una bella canción "tiene miedo a que le quiera, y a no saber amar". Ese es mi miedo. Así es mi noche de muertes vivientes.
Mis miedos, como los de la gran mayoría, supongo, son mucho más triviales y cotidianos. El gran miedo que me corta la respiración a veces, es la extraña sensación de desamparo que siento cuando compruebo lo solitaria que se levanta mi cama los domingos por las mañanas; y me da pánico comprobar que a veces mi vida se va trenzando de una espinosa soledad, que no lleva tatuada un triple seis, pero que espanta tanto como si así fuera. Me aterra pensar en la ausencia y en el abandono, en el dolor de pecho que se te pone, que te sube por la garganta, y vas viendo como el aire se niega a entrar en tí, cuando contemplas la espalda de alguien a quien has entregado tanto sentimiento, y sabes, con certeza de sabio, que su rostro, a partir de ahora, te queda vedado. Me niego a enfrentarme, de puro pavor, al dolor y al sufrimiento, no tanto al físico, sino al emocional, a este que te causan, y que no hay forma de sanar, esas heridas que no curan con agua oxigenada ni con mercromina, sólo con tiempo, siempre demasiado.

Pero mi gran miedo, el que paraliza mi cuerpo, el que hace que mis sentido fallen, es el que siento cuando me dan amor, ternura o cariño. A veces me he visto mendigando minutos, abrazos, caricias..., pero a la vez me aterra que alguien me quiera, que se desviva por mí, que me brinde su amistad. P. Guerra dice en una bella canción "tiene miedo a que le quiera, y a no saber amar". Ese es mi miedo. Así es mi noche de muertes vivientes.
Extraños
"Eran sólo dos extraños concediéndose deseos como dos enamorados..." Así empieza la canción que nunca llegaste oír, y que siempre habita en mi cabeza. Nos fundimos en un abrazo largo, imaginándonos únicos en el mundo, capaces de perpetuar un amor que no existía, que nos estábamos inventando, que salía de tus deseos de no estar solo, de mis ansías de tu piel. Un amor condenado a la pena de muerte, y que me sentencia a ser un muerto en pena, que susurra tu nombre en cada sueño, que intenta atraparte en cada recuerdo.
Me prometiste toda la vida, y me aseguré de creer cada promesa. Me dijiste te quiero, y me condené el eco de las palabras vacías. Nos creimos amantes, pero ha pasado un año, y no te conozco. A pesar de ello me sé tu rostro de memoria, porque lo aprendí con la yema de mis dedos; me impregné de tu perfume, y me clavé los besos y las caricias en el cuerpo, las que me diste, y las que aún espero.
"Y pensaron los dos que habrá tras tu mirada, que tanto oculta y tanto da..." Y un día decidiste irte, extranjero en mi vida como en mi país. Ajeno al dolor que me causabas, al surco que dejabas en mi pecho, a la herida roja de pena que me hacías. Y te fuiste para volver cada cierto tiempo, para recordarme que eres el señor de mi vida, y que debo aprender a desterrarte, a matar tus minutos, el calor que todavía desprende mi cama. Y te fuiste para echarme en cara la soledad, la necesidad de otro amor, que no sea como tú, pero que se parezca a ti.
"...vuelve a la cama a soñar, que amor que mucho piensa, verás como comienza, y entonces pronto acabará...", y al pensar en la posibilidad de este amor, no me di cuenta, pero lo estaba matando. "...la flor de la mañana, sembraste en mi ventana, fingiendo que fingías..., que me amabas..." Y ahora sufro al ver que hemos vuelto a ser lo que hace un año fuimos: dos extraños.
Me prometiste toda la vida, y me aseguré de creer cada promesa. Me dijiste te quiero, y me condené el eco de las palabras vacías. Nos creimos amantes, pero ha pasado un año, y no te conozco. A pesar de ello me sé tu rostro de memoria, porque lo aprendí con la yema de mis dedos; me impregné de tu perfume, y me clavé los besos y las caricias en el cuerpo, las que me diste, y las que aún espero.
"Y pensaron los dos que habrá tras tu mirada, que tanto oculta y tanto da..." Y un día decidiste irte, extranjero en mi vida como en mi país. Ajeno al dolor que me causabas, al surco que dejabas en mi pecho, a la herida roja de pena que me hacías. Y te fuiste para volver cada cierto tiempo, para recordarme que eres el señor de mi vida, y que debo aprender a desterrarte, a matar tus minutos, el calor que todavía desprende mi cama. Y te fuiste para echarme en cara la soledad, la necesidad de otro amor, que no sea como tú, pero que se parezca a ti.
"...vuelve a la cama a soñar, que amor que mucho piensa, verás como comienza, y entonces pronto acabará...", y al pensar en la posibilidad de este amor, no me di cuenta, pero lo estaba matando. "...la flor de la mañana, sembraste en mi ventana, fingiendo que fingías..., que me amabas..." Y ahora sufro al ver que hemos vuelto a ser lo que hace un año fuimos: dos extraños.

Teresa
No me gusta que escribas sobre mí". Este es el reproche que el personaje de Manuela le hace a su hijo en "Todo sobre mi madre". Para empezar, y así explico el nombre de mi espacio internáutico, mi madre se llama Teresa, y también mi hermana. Quizá algunos psicólogos tengan razón, y mi madre puede haber sido el origen y desencadenante de todos mis traumas infatiles y adolescentes, tal vez ella tenga mucho que ver con la forma de ser que tengo, tan independiente, arisca y reacia al cariño, pero a la vez tan necesitada de caricias, de abrazos y de gestos de amor. Mi madre, bien es verdad que lo puede ser todo menos cariñosa, que rara vez se le escapa un beso, pero yo la entiendo, se casó a los quince años con un señor (que luego pasó a ser mi padre) once años mayor que ella. A los dieciseis tuvo su primera, y única, hija, y a los treinta y siete ya tenia en su colección siete hijos.
Tal vez a mi madre tampoco le gustaría que yo escribiese sobre ella. Da igual, porque mi madre no sabe leer. Pero sí sabe luchar, y quizá la imagen que más grabada tengo de ella es en la que la veo apoyada sobre el ataud de mi padre, sin derramar una lágrima, pero rota por dentro (y yo siempre dudé de que ellos se quisieran). Jamás tendré mayor ejemplo de amor que esa imagen. También de desamparo y de súbita soledad. Mi madre viste estigmatizada, con un luto perpétuo, por fuera y por dentro. Yo a veces también me visto de negro.
Mi hermana no sólo heredó el nombre, también el semblante triste de quien tiene que madurar antes de tiempo. A los catorce años dejó de estudiar para limpiar casas y así aportar algo de dinero, cosa que nunca hemos hecho los varones de la casa, interrumpir nuestra vida.
Por eso no me importa no tener nombre entre las vecinas, y ser simplemente conocido como Elhijolateresa, así todo junto, sin pararse a respirar. No sé si quiero o no mucho a mi madre, sólo se que la admiro. No sé que llego a sentir por mi hermana, sólo sé que aprendí a mirar el mundo desde sus ojos, y a escucharlo a través de las canciones de Ana Belén, Aute, Mocedades...
En mi familia hay pocas mujeres, a pesar de todo yo me quedo con ellas; y como escucho en una canción reciente... "Teresa dime el secreto, no se lo cuento a nadie..., te lo prometo". El secreto de ellas no lo sé, pero lo intuyo: encarar la vida con esa resignación de mujeres sin historia, pero que hacen historia.
Esto es lo más largo que he escrito en este espacio..., perdón, pero ellas se lo merecen.
Tal vez a mi madre tampoco le gustaría que yo escribiese sobre ella. Da igual, porque mi madre no sabe leer. Pero sí sabe luchar, y quizá la imagen que más grabada tengo de ella es en la que la veo apoyada sobre el ataud de mi padre, sin derramar una lágrima, pero rota por dentro (y yo siempre dudé de que ellos se quisieran). Jamás tendré mayor ejemplo de amor que esa imagen. También de desamparo y de súbita soledad. Mi madre viste estigmatizada, con un luto perpétuo, por fuera y por dentro. Yo a veces también me visto de negro.
Mi hermana no sólo heredó el nombre, también el semblante triste de quien tiene que madurar antes de tiempo. A los catorce años dejó de estudiar para limpiar casas y así aportar algo de dinero, cosa que nunca hemos hecho los varones de la casa, interrumpir nuestra vida.
Por eso no me importa no tener nombre entre las vecinas, y ser simplemente conocido como Elhijolateresa, así todo junto, sin pararse a respirar. No sé si quiero o no mucho a mi madre, sólo se que la admiro. No sé que llego a sentir por mi hermana, sólo sé que aprendí a mirar el mundo desde sus ojos, y a escucharlo a través de las canciones de Ana Belén, Aute, Mocedades...
En mi familia hay pocas mujeres, a pesar de todo yo me quedo con ellas; y como escucho en una canción reciente... "Teresa dime el secreto, no se lo cuento a nadie..., te lo prometo". El secreto de ellas no lo sé, pero lo intuyo: encarar la vida con esa resignación de mujeres sin historia, pero que hacen historia.
Esto es lo más largo que he escrito en este espacio..., perdón, pero ellas se lo merecen.
Cosquillas
Es en la parte externa de mi tronco, allí donde las células nerviosas mejor se lo pasan, en esa región de mi cuerpo, donde me siento vendido a cualquier roce, a las manos que decidan explorar mi sensibilidad. La planta de los píes, y el ancho y el largo de mi espalda. El nacimiento del cuello, y los labios. Las cosquillas me persiguen, me acorralan, me dejan desnudo e indefenso ante el juego de la piel.
Las cosquillas me recuerdan las mañanas de sábado, y a mi hermana despertándome a base de caricias puñeteras que con la insistencia derivaban en pellizcos. Las cosquillas me aligeran los malos ratos, me hacen sacar la parte más payasa de mi mismo, que por alguna extraña razón se queda en el fondo (estoy dispuesto a sacar del armario toda la tontería y el pavo adolescente que casi ya había arrinconado) de vete tu a saber que baúl del sótano de mi casa del pueblo. Las cosquillas me revelan inseguro, y por tanto humano, me hacen vestir de gala las sonrisas de mis labios, víctimas también de las maravillosas hormigas. Doy gracias por ser un manojo de terminalidades nerviosas, por disfrutar de los roces, y vibrar del gustillo y de la risa, que se deriva de ser un saco de cosquillas.
Y a mí por favor, que me las saquen, sí todas, de golpe o poco a poco, pero todas fueras, de paseo, a cosquillear. Porque menos mal que todavía me quedan las cosquillas, una larga lista, que si empiezo no termino. Espero adoptar nuevo estilo vital: masturbación a base de caricias.
Las cosquillas me recuerdan las mañanas de sábado, y a mi hermana despertándome a base de caricias puñeteras que con la insistencia derivaban en pellizcos. Las cosquillas me aligeran los malos ratos, me hacen sacar la parte más payasa de mi mismo, que por alguna extraña razón se queda en el fondo (estoy dispuesto a sacar del armario toda la tontería y el pavo adolescente que casi ya había arrinconado) de vete tu a saber que baúl del sótano de mi casa del pueblo. Las cosquillas me revelan inseguro, y por tanto humano, me hacen vestir de gala las sonrisas de mis labios, víctimas también de las maravillosas hormigas. Doy gracias por ser un manojo de terminalidades nerviosas, por disfrutar de los roces, y vibrar del gustillo y de la risa, que se deriva de ser un saco de cosquillas.
Y a mí por favor, que me las saquen, sí todas, de golpe o poco a poco, pero todas fueras, de paseo, a cosquillear. Porque menos mal que todavía me quedan las cosquillas, una larga lista, que si empiezo no termino. Espero adoptar nuevo estilo vital: masturbación a base de caricias.
Mentir
¿Qué le pasa a una persona cuando se da cuenta de que ha construído su vida sobre una mentira?, ¿qué extraña forma de ser se genera cuando vives desde el ocultamiento y desde la falsedad?
Tengo, casi, 26 años, y he estado mintiendo, y en muchas ocasiones aún lo sigo haciendo, hasta los 21. Fue en un bar de la calle Mayor donde confesé por primera vez la gran verdad que había generado mi mentira. Me sentí libre. A la vez todas las lágrimas se resbalaron por los barrotes de la celda de todos aquellos días. Eran lágrimas de muy diversos sabores: lágrimas de rabia, de alegría, de desahogo, de tristeza, de alivio..., todas ellas amargas, pero con poso de dulzura. Todas ellas contenidas desde vete tú a saber cuando.
El día que asumí la realidad de mi vida, de mi forma de sentir las cosas y las personas, y de enfrentarme al mundo..., desde ese momento me adelgazó el espíritu, a la vez que se me llenaba el alma de aire fresco. Y ahora, cuando asumo que soy sensible, que tengo miedo a quedarme solo, que soy difícil, que he vivido ocultando los deseos, tragándome los besos como un faquir se come las chinchetas y los clavos, arrancándome las caricias que me quemaban los dedos, recordándome los comentarios maliciosos y los insultos soterrados, convenciéndome de que es mejor no ser así..., cuando hago este repaso, me da pena del tiempo que malgasté mintiendo. Y me pregunto, ¿pagará la seguridad social tanto desperfecto mental como me han causado las mentiras que me han obligado a creer?
Tengo, casi, 26 años, y he estado mintiendo, y en muchas ocasiones aún lo sigo haciendo, hasta los 21. Fue en un bar de la calle Mayor donde confesé por primera vez la gran verdad que había generado mi mentira. Me sentí libre. A la vez todas las lágrimas se resbalaron por los barrotes de la celda de todos aquellos días. Eran lágrimas de muy diversos sabores: lágrimas de rabia, de alegría, de desahogo, de tristeza, de alivio..., todas ellas amargas, pero con poso de dulzura. Todas ellas contenidas desde vete tú a saber cuando.
El día que asumí la realidad de mi vida, de mi forma de sentir las cosas y las personas, y de enfrentarme al mundo..., desde ese momento me adelgazó el espíritu, a la vez que se me llenaba el alma de aire fresco. Y ahora, cuando asumo que soy sensible, que tengo miedo a quedarme solo, que soy difícil, que he vivido ocultando los deseos, tragándome los besos como un faquir se come las chinchetas y los clavos, arrancándome las caricias que me quemaban los dedos, recordándome los comentarios maliciosos y los insultos soterrados, convenciéndome de que es mejor no ser así..., cuando hago este repaso, me da pena del tiempo que malgasté mintiendo. Y me pregunto, ¿pagará la seguridad social tanto desperfecto mental como me han causado las mentiras que me han obligado a creer?
Humo
"Mi vida ha sido sólo eso, humo". Así explica el personaje de Huma Rojo la razón de su nombre. El humo apenas pesa, pero necesita que en los edificios se le haga expresamente una salida. El humo es aire, un aire pesado y lleno de olor, de mal olor... Ese mal olor que se te queda en la ropa depués de una noche de fiesta. Ese mal olor, que se tu cuela en el cerebro después de un incendio. Ese olor que no se te olvida, que te obsesiona, que intentas descubrir, delatar...
Nunca me he fumado un cigarro, a pesar de ello he llenado, como la actriz, mi vida de humo. Una humareda basada en sacar la mejor nota, en no defraudar, en ser bueno, cuando lo que más te apetece es ser incorrecto, saltarte todas las normas, y ser capaz de no sufrir dolores de cabeza y de conciencia por no haber estudiado. He llenado de humo mi vida, porque siempre fui el alma de la
fiesta, porque nadie contaba chistes como yo, aunque en el fondo me moría de pena, porque se me negaba la capacidad de amar, de sentir. El humo salió de mi cabeza, porque siempre antepuse mi voluntad a mis deseos, porque intenté demostrar a quien no me lo pedía todo lo que yo era capaz de hacer. Y de tanto forzar la madera con la que estoy hecho, acabé quemado, y ardiendo. Y todo yo, se hizo humo.
Algo positivo habrá que sacar a tanta quemazón. El humo también sirve para hacer señales, para pedir auxilio. Algunos supieron entender mis gritos de humo, asfixiados, pero todavía audibles. Y aunque siga habiendo humo, me empeño, y dejo abiertas la ventanas para que se oreé mi habitación.
Nunca me he fumado un cigarro, a pesar de ello he llenado, como la actriz, mi vida de humo. Una humareda basada en sacar la mejor nota, en no defraudar, en ser bueno, cuando lo que más te apetece es ser incorrecto, saltarte todas las normas, y ser capaz de no sufrir dolores de cabeza y de conciencia por no haber estudiado. He llenado de humo mi vida, porque siempre fui el alma de la
fiesta, porque nadie contaba chistes como yo, aunque en el fondo me moría de pena, porque se me negaba la capacidad de amar, de sentir. El humo salió de mi cabeza, porque siempre antepuse mi voluntad a mis deseos, porque intenté demostrar a quien no me lo pedía todo lo que yo era capaz de hacer. Y de tanto forzar la madera con la que estoy hecho, acabé quemado, y ardiendo. Y todo yo, se hizo humo.Algo positivo habrá que sacar a tanta quemazón. El humo también sirve para hacer señales, para pedir auxilio. Algunos supieron entender mis gritos de humo, asfixiados, pero todavía audibles. Y aunque siga habiendo humo, me empeño, y dejo abiertas la ventanas para que se oreé mi habitación.
Fe
Escucho la canción de Julieta Venegas, "hago todo por recordar, quién cometió la falta de fe"... La fe. Una palabra tremendamente corta, pero tan cargada, tan llena. Sé que cuando me falte la fe, ya nada me hará volver a sonreír. A punto he estado de perderla, la sonrisa y la fe.
Asumo que cuando la fe ya no esté, mi vida se llenará de ausencias. A veces me paro y pienso, si lo que realmente ha ido cuajando mi vida no habrán sido los ausentes, los que se iban; tal vez por eso, ya no me importa despedirme. Una despedida, en el fondo, no deja de ser una falta de fe, un saber que el adiós y la distancia pesarán más.
Recuerdo las faltas de fe más hondas. Quizá sea casualidad, pero ambas han sido en el entorno de una estación de tren; un lugar privilegiado para decir adiós, para ausentarse. El rostro de mis hermanos, ojerosos, sin dormir, de repente mucho más mayores, con la gravedad de un gesto funesto. No hizo una falta una palabra. En sus ojos yo adiviné la noticia: la ausencia de mi padre. Pero más dolorosa fue aquella falta de fe que me dejo el corazón roto en las esquinas, con una verdad que me estalló en las manos, con unos ojos que se iban derramando, deshaciendo. Recuerdo sus ojos, mirándome de soslayo, descendiendo la escalera que conducía a los trenes de cercanías de Atocha, buscando mi perdón, pero alejándose. Con el extraño consuelo que da el mirar el futuro de forma expectante. La estación de Atocha, irremediablemente, estaba en obras. Mi vida, mi fe también.
No he dejado de creer, sigo aferrándome a mi fe. Pero cada vez me cerca más el miedo, a cometer, a ser víctima, a participar..., en mis propias, en las ajenas, faltas de fe. Me da miedo la ausencia. Me aterra desconfiar... De momento, sigo esbozando una sonrisa.
Asumo que cuando la fe ya no esté, mi vida se llenará de ausencias. A veces me paro y pienso, si lo que realmente ha ido cuajando mi vida no habrán sido los ausentes, los que se iban; tal vez por eso, ya no me importa despedirme. Una despedida, en el fondo, no deja de ser una falta de fe, un saber que el adiós y la distancia pesarán más.
Recuerdo las faltas de fe más hondas. Quizá sea casualidad, pero ambas han sido en el entorno de una estación de tren; un lugar privilegiado para decir adiós, para ausentarse. El rostro de mis hermanos, ojerosos, sin dormir, de repente mucho más mayores, con la gravedad de un gesto funesto. No hizo una falta una palabra. En sus ojos yo adiviné la noticia: la ausencia de mi padre. Pero más dolorosa fue aquella falta de fe que me dejo el corazón roto en las esquinas, con una verdad que me estalló en las manos, con unos ojos que se iban derramando, deshaciendo. Recuerdo sus ojos, mirándome de soslayo, descendiendo la escalera que conducía a los trenes de cercanías de Atocha, buscando mi perdón, pero alejándose. Con el extraño consuelo que da el mirar el futuro de forma expectante. La estación de Atocha, irremediablemente, estaba en obras. Mi vida, mi fe también.
No he dejado de creer, sigo aferrándome a mi fe. Pero cada vez me cerca más el miedo, a cometer, a ser víctima, a participar..., en mis propias, en las ajenas, faltas de fe. Me da miedo la ausencia. Me aterra desconfiar... De momento, sigo esbozando una sonrisa.
Pronto
Hoy empezaba un trabajo nuevo, sin ningún tipo de ganas ni motivación. Un horario penoso, un sueldo triste, y un no saber que es lo que tenía que hacer. Salgo de mi trabajo del mediodía para, en una hora, plantarme en el de la tarde, todavía por estrenar. De Moncloa a Manoteras no se llega en una hora, y más sabiendo que al barrio de Manoteras no llega ningún metro, algunos autobuses sí, pero ya se sabe..., Madrid en bus es un caos. Cojo el autobús 7 en la Plaza de Alonso Martínez, cabecera, para apearme en Manoteras, fin de trayecto; son las 15.30, y sólo me queda media hora. Me voy agobiando poco a poco, parada a parada. Me pregunto si realmente tengo necesidad de este cutre trabajo, me ronda la idea de bajarme, de no ir. No por favor, como puedo pensar eso... ¡Maldita sea!, pues lo pienso. A la altura de Concha Espina, de aquí a mi casa 10 minutos andando, al curro todavía me queda otra media hora, y ya son casi las cuatro, me da el pronto y me bajo.
No he llegado, no. Ha sido de repente, de pronto, algo que en cuestión de milésimas de segundos ha cambiado el rumbo de mi tarde, y mi vida. Ahora sólo ganaré 300 euros y poco, para sobrevivir en esta urbe. Sé que tengo en puertas otros trabajos, y quizá por eso bajé en la parada del Hospital de San Rafael, pero no tengo nada asegurado..., sólo que de pronto no quise, algo en mí se rebeló, se negó.
He llamado a la empresa para decir que no voy, que por sus 150 míseros euros me quedo en mi casa. Las voces y los insultos al otro lado del teléfono me estaban hiriendo. Por más que invitaba a ese energúmeno a la calma y a la tranquilidad, él nada, que si yo no era un profesional (que palabra tan grave), que qué falta de compromiso (ya te digo), que no me daba vergüenza llamarme educador (el curro era de actividades extraescolares en un colegio)..., y vete tú a saber cuantas cosas más.
Harto de ser insultado, de pronto he colgado el teléfono. Y de pronto me he sentido bien. Tranquilo. Hacía tanto que no me dejaba llevar por el corazón...
Sólo espero no morir de hambre... (aunque claro con 150 euros mensuales más, tampoco es que me diera pa mucho...).
No he llegado, no. Ha sido de repente, de pronto, algo que en cuestión de milésimas de segundos ha cambiado el rumbo de mi tarde, y mi vida. Ahora sólo ganaré 300 euros y poco, para sobrevivir en esta urbe. Sé que tengo en puertas otros trabajos, y quizá por eso bajé en la parada del Hospital de San Rafael, pero no tengo nada asegurado..., sólo que de pronto no quise, algo en mí se rebeló, se negó.
He llamado a la empresa para decir que no voy, que por sus 150 míseros euros me quedo en mi casa. Las voces y los insultos al otro lado del teléfono me estaban hiriendo. Por más que invitaba a ese energúmeno a la calma y a la tranquilidad, él nada, que si yo no era un profesional (que palabra tan grave), que qué falta de compromiso (ya te digo), que no me daba vergüenza llamarme educador (el curro era de actividades extraescolares en un colegio)..., y vete tú a saber cuantas cosas más.
Harto de ser insultado, de pronto he colgado el teléfono. Y de pronto me he sentido bien. Tranquilo. Hacía tanto que no me dejaba llevar por el corazón...
Sólo espero no morir de hambre... (aunque claro con 150 euros mensuales más, tampoco es que me diera pa mucho...).
Recuerdos
Tiene la piel tostada, y una seriedad en el rostro propia de la gente que madura de golpe, antes de tiempo. Sus ojos se aventuran hacía afuera, se rasgan, y esa característica hace que te des cuenta que él no es de aquí. Puede parecer inexpresivo, frío, distante..., pero cuando recuerdo sus caricias todo en mí se conmueve, mi cuerpo se convierte en un castillo de naipes derrumbándose con la prisa que experienta el que sufre cuando huye del dolor. Yo sé que lo suyo no es frío, porque es un torrente de lava cuando está conmigo. Yo sé que sus besos saben decirme cosas dulces, y tienen un sabor delicioso. Yo sé que él no está lejos, porque su cuerpo se fundía con el mío.
Dejó de soñar conmigo, e irremediablemente se ancló en todos y cada uno de mis sueños, y ya no se fue nunca. No derramé una sola lágrima, porque ya otro se las llevó todas, pero me quedé sin la capacidad de soñar con otra piel, con otro olor, con otro tacto... Mi vida se llenó de recuerdos, y de ángeles sin rostro humano, todos con su rostro de ángel.
Escucho una canción ("No me creas", el Efecto Mariposa), que dice algo así como que entretenerme en el recuerdo es el remedio que me queda de tu amor..., y así me siento, añorando tus días, tus manos, tu ojos, tu cielo... Coleccionando recuerdos, minutos, que tal vez no vuelvan, que estarán condenados a no repetirse, que se quedaron a medio camino, en un quiero y no puedo.
Y ahora, cuando lo vuelvo a ver..., el amor se me hace recuerdo.
Dejó de soñar conmigo, e irremediablemente se ancló en todos y cada uno de mis sueños, y ya no se fue nunca. No derramé una sola lágrima, porque ya otro se las llevó todas, pero me quedé sin la capacidad de soñar con otra piel, con otro olor, con otro tacto... Mi vida se llenó de recuerdos, y de ángeles sin rostro humano, todos con su rostro de ángel.
Escucho una canción ("No me creas", el Efecto Mariposa), que dice algo así como que entretenerme en el recuerdo es el remedio que me queda de tu amor..., y así me siento, añorando tus días, tus manos, tu ojos, tu cielo... Coleccionando recuerdos, minutos, que tal vez no vuelvan, que estarán condenados a no repetirse, que se quedaron a medio camino, en un quiero y no puedo.
Y ahora, cuando lo vuelvo a ver..., el amor se me hace recuerdo.
Sexo
Pocas cosas duelen más que el vacío, y pocas cosas me dejan ya vacío, por eso he aprendido a no sufrir. La antigua y moralista dicotomía del sexo con o sin amor, rebota en la coraza de besos extraños que me he ido fabricando después de mucho proponerme convertirme en la quinta tortuga ninja. Ya nada me duele, ni el rechazo, ni el afecto fingido, ni la sublime interpretación que hago ante cada amante que desfila por los pliegues de las sábanas... Ya todo me da igual. El momento cumbre llega y desaparece con la misma rabia y con la misma intensidad. En ocasiones intento hacer durar los momentos, raptar los cuerpos sin nombre (o con nombre circunstancial y no siempre verdadero), con los que, vete tú a saber por qué razón, pretendes fingir el amor que no existe.
Rara vez los cuerpos repiten los roces. La urgencia suele ser la tercera en concordia, el deseo se acrecienta, asciende, y termina despeñado en el anonimato de dos extraños. Ya no queda nada, sólo un pegajoso recuerdo que, nuevamente la urgencia, hay que hacer desaparecer.
El olor a sudor y el nada que decir asumen el protagonismo. Las caricias inventadas ceden paso, se entreabren, pero no afloran con la intensidad de otras veces, se quedan en bocetos. Los besos de necesidad de hace unos minutos, son ahora testigos acusadores de la mentira. Ya no queda nada, sólo una espalda que apetece acariciar, robar, poseer..., una espalda que deja de serlo. La puerta chirría y acusa diciendo adiós, hasta nunca, a pesar de los mejores propósitos, y de las mentiras descubiertas.
El sexo, al igual que el parto, ha empezado ha convertirse en una experiencia humana sin dolor. A veces también sin sabor...
Anoche hablaba con E. de todo ésto..., de su vacío, de mis huecos..., de las mentiras..., de las urgencias... Dejamos la conversación a medias, un anónimo amante llamaba a la puerta. P. Guerra a los 21 supo de sexo..., yo ahora tomo conciencia...
E., tenemos que seguir conversando, abriendo el alma. Otra forma de sexo.
Rara vez los cuerpos repiten los roces. La urgencia suele ser la tercera en concordia, el deseo se acrecienta, asciende, y termina despeñado en el anonimato de dos extraños. Ya no queda nada, sólo un pegajoso recuerdo que, nuevamente la urgencia, hay que hacer desaparecer.
El olor a sudor y el nada que decir asumen el protagonismo. Las caricias inventadas ceden paso, se entreabren, pero no afloran con la intensidad de otras veces, se quedan en bocetos. Los besos de necesidad de hace unos minutos, son ahora testigos acusadores de la mentira. Ya no queda nada, sólo una espalda que apetece acariciar, robar, poseer..., una espalda que deja de serlo. La puerta chirría y acusa diciendo adiós, hasta nunca, a pesar de los mejores propósitos, y de las mentiras descubiertas.
El sexo, al igual que el parto, ha empezado ha convertirse en una experiencia humana sin dolor. A veces también sin sabor...
Anoche hablaba con E. de todo ésto..., de su vacío, de mis huecos..., de las mentiras..., de las urgencias... Dejamos la conversación a medias, un anónimo amante llamaba a la puerta. P. Guerra a los 21 supo de sexo..., yo ahora tomo conciencia...
E., tenemos que seguir conversando, abriendo el alma. Otra forma de sexo.





