Derrota

Sin ningún motivo aparente he llegado a tu casa, con cierta
aceleración de los pasos y del pulso. No era la primera vez que me invitabas, pero al menos aquella vez hubo un pacto establecido. Tal vez el deseo se me ha ido amontonando, y la necesidad se me cuela por la piel. He esperado detrás de tu puerta, intentando recordar las facciones que la última vez vi al cerrarse el enigma de madera. No me siento defraudado. Todo lo contrario.
He lanzado globos sondas disfrazados de besos que se escapan, de roces sibilinos y miradas que se pierden por las paredes ávidas de pintura. La cruel respuesta a mi torpe pregunta me deja sin asideros, despeñándome en el vacío de la vergüenza, huyendo de tus ojos, y necesitando a la vez que ellos me confirmen la verdad.
La frustración empala mi deseo, y mis manos ya no saben que hacer consigo mismas. Me quedo allí, frente a tí, un desconocido casi, explorador circunstancial de mis huecos. Leo en tus ojos la antítesis de tus labios, y ahora pronuncias las palabras que me llevan a buscarte a través de la tela. La frustración no se va, porque los motivos no estaban claros, y las razones siguen confundidas y confusas. Pero tu sonrisa, y tus manos, me aportan la tranquilidad suficiente; tus ojos han querido jugar, y donde dije digo, digo un beso complice, un guiño.
Cierras la puerta, y quizá nunca más se abra para que yo la traspase, pero ese no es mi apetito. La sed se me acumula en la boca, y un ligero sabor a derrota se me queda en el pecho. ¿He conseguido mi propósito? Quizá la respuesta me la de tu alfombra, si acaso vuelve a sentir el peso de misropas.
Puede (una rima fácil)
Puede que el llanto haga surcos por tu cara,
también puede que las lágrimas te aclaren la mirada.
Puede que las penas se almacenen en el alma,
también puede que lo sufrido te fortalezca las alas.
Puede que ayer noche no habitaras en el sueño,
también puede que la vida te reclame estar despierto.
Puede que estar solo se me antoje un abismo,
también puede que no haya nadie mejor que yo mismo.
Puede que las prisas no den buenos consejos,
también puede que las tortugas no lleguen demasiado lejos.
Puede que haya horizontes que cuesten por verticales,
también puede que estar tumbado sea un vértigo agradable.
Puede que yo me ausente a veces de tu mirada,
también puede que necesite reencontrarme con mis causas.
Puede que tú divagues por el limbo de mis besos,
también puede que yo me aferre al calor que hay en tu pecho.
Puede,
y pudiendo ser cualesquiera de estas cosas,
que necesite ser, a la vez,
el tallo y la rosa.

también puede que las lágrimas te aclaren la mirada.
Puede que las penas se almacenen en el alma,
también puede que lo sufrido te fortalezca las alas.
Puede que ayer noche no habitaras en el sueño,
también puede que la vida te reclame estar despierto.
Puede que estar solo se me antoje un abismo,
también puede que no haya nadie mejor que yo mismo.
Puede que las prisas no den buenos consejos,
también puede que las tortugas no lleguen demasiado lejos.
Puede que haya horizontes que cuesten por verticales,
también puede que estar tumbado sea un vértigo agradable.
Puede que yo me ausente a veces de tu mirada,
también puede que necesite reencontrarme con mis causas.
Puede que tú divagues por el limbo de mis besos,
también puede que yo me aferre al calor que hay en tu pecho.
Puede,
y pudiendo ser cualesquiera de estas cosas,
que necesite ser, a la vez,
el tallo y la rosa.

Maletas

Hacer las maletas siempre me ha parecido un ejercicio doloroso, un esfuerzo titánico. Esperar las maletas en la cinta transportadora del aeropuerto me llena de ansiedad: por si no la reconozco, por si alguien se confunde, por si se perdió en medio de las nubes. Viajar con una maleta me destroza las manos, se me clavan las asas, y el trayecto se me hace estigma. Por eso me cambié a las prácticas y delatadoras ruedas.
Ante una maleta vacía me sucede como con las páginas en blanco de los cuadernos: me mareo de puro vértigo; siempre tengo miedo a que se me olvide algo, y siempre se me acaba despistando lo más necesario. A veces mi maleta está vacía, pero no por ello me siento ligero en el viaje; otras, rebosa de cachivaches, de inservibles utensilios y de dudas (por si hace frío, por si hace calor, por si hay que ponerse elegante...).
Después de un viaje deshago rápido la maleta y la guardo en el armario, como si la sola visión de la maleta desocupada me doliera igual que un ataúd. No quiero que nada me recuerde ese periplo, ese viaje. Lavo mi ropa sucia y catalogo los regalos, condeno mi maleta a la oscuridad.
Llevo haciendo, sin embargo, las maletas demasiado tiempo. Tengo la maña de un artesano, de ese turista accidental que vagabundea por los rincones sin llegar a diferenciarlos. A pesar de todo "... llevo el sol en la maleta por si el frío me agarraba sin saber a donde ir...", y tengo la sensación de que viajar por mi vida me cuesta un poco menos. Tal vez, y gracias al sol, hayan florecido un par de ilusiones.
Lejos
Vía 6 de la estación de Atocha. Desciendo por las escaleras mecánicas aferrándome con inusual fuerza a los bordes (de la escalera, de mis sentimientos). Piso fuerte, no vaya a ser que me tiemblen los recuerdos y me bailen las piernas. Ese tren, que cojo por circunstancias ajenas, me llevó tantas veces a tí. Ese tren me catapulta lejos. Tu casa quedaba lejos, en el espacio, en el tiempo. Por suerte, también tú quedas lejos, en el espacio, en el tiempo, en la memoria. Ya no recuerdo del todo el timbre de tu voz, ni tu olor a armario y a cajón cerrado (no soporto la naftalina, me da ganas de vomitar), ni esa sonrisa demasiado perfecta para ser cierta. Lejos están los días en que rezaba para que el tren fuera rápido, raudo. Lejos queda el camino a tu cama, y me sorprendo al descubrir la fealdad de las calles de tu ciudad: periférica y marrón, como tus besos.

Paso por delante de tu puerta, de tu ventana. Me cuesta identificarla. Recuerdo la última vez que estuve allí, y el frío que pasé, y la sensación de rotura que se me quedó en el alma. Pero tú no estabas, a las cinco de la mañana, y tú no estabas. Te habías ido mucho antes. ¿Dónde? No lo sé. Supongo que lejos.
Lejos, pero todavía veo las marcas, están las lágrimas y las mañanas de levantarme culpándome, de no saber caminar. Lejos queda ya el echarte de menos. Me río entre dientes, y me miro desde fuera: ironías de la vida, que nos hace desear, hasta hacernos daño en las manos y en el seso, lo que no está cerca. Tu amor fue eso, sentirte distante, ausente, marchito, y a pesar de rozarnos con el cuerpo, saber que existe un abismo entre las sábanas, que me condenaba a tu amor desde lejos.
Me ilusiono de nuevo. Necesito que suene el teléfono. Una espejismo también teñido de lejanía, del color de la distancia. Y sin embargo, no me importa, yo sé lo que gano en las distancias cortas. Oigo una risa tenue, entrecortada por las ondas..., me gusta la cercanía de su eco.

Paso por delante de tu puerta, de tu ventana. Me cuesta identificarla. Recuerdo la última vez que estuve allí, y el frío que pasé, y la sensación de rotura que se me quedó en el alma. Pero tú no estabas, a las cinco de la mañana, y tú no estabas. Te habías ido mucho antes. ¿Dónde? No lo sé. Supongo que lejos.
Lejos, pero todavía veo las marcas, están las lágrimas y las mañanas de levantarme culpándome, de no saber caminar. Lejos queda ya el echarte de menos. Me río entre dientes, y me miro desde fuera: ironías de la vida, que nos hace desear, hasta hacernos daño en las manos y en el seso, lo que no está cerca. Tu amor fue eso, sentirte distante, ausente, marchito, y a pesar de rozarnos con el cuerpo, saber que existe un abismo entre las sábanas, que me condenaba a tu amor desde lejos.
Me ilusiono de nuevo. Necesito que suene el teléfono. Una espejismo también teñido de lejanía, del color de la distancia. Y sin embargo, no me importa, yo sé lo que gano en las distancias cortas. Oigo una risa tenue, entrecortada por las ondas..., me gusta la cercanía de su eco.
Escorpión
R. y R. son expertos en esto de la astrología y el zodiaco. Yo la verdad es que me muestro bastante reticente. Según ellos, los scorpios somos personas de las que mantenerse alejados, dicen que nos caracterizamos por ser TENACES, DECIDIDOS, PRÁCTICOS y ENÉRGICOS. Estupendo. Pero también CALCULADORES y DISTANTES. ¡Toma! Con todo y con eso, yo les desconcierto; una vez sabido mi ascendente resulta que me da sagitario (la sonrisa en sus labios es evidente), todo está más claro, se ve que los del signo de las flechas son la pera limonera de buenos y simpáticos.
Por desgracia yo no soy así, por mucho ascendente del que descienda, y mi aguijón es demasiado puñetero: como buen scorpio soy IRRITABLE (mis mosqueos pueden llegar a ser antológicos, aunque duran lo que tardes en hacerme una caricia o en esborzarme una sonrisa), VANIDOSO (lo reconozco, como yo hago las cosas de bien nadie las hace, y si no es así, mi ego está a salvo: no lo pienso reconocer; aunque ésto está en proceso de ser cambiado, la humildad se me va colando), ENVIDIOSO (si me psicoanalizo no me queda más remedio que decir que sí, que me da rabia muchas veces lo que otros consiguen, pero lo voy canalizando hacia el adjetivo de sana, pero tiempo al tiempo señores), VENGATIVO (sí, he tramado el asesinato de todos los niños que me hicieron la vida imposible, y no veas lo sangriento que era en aquella época; mi venganza sin embargo fue mucho más sencilla, tan sencilla que ya no la recuerdo), pero lo mejor de todo es que llego a ser PELIGROSO COMO ENEMIGO (por dios, si soy un trocito de pan, aunque hay gente que tiene la teoría de que si me muerdo la lengua me enveneno, y la verdad, si llevan razón, para que desmentirles...).
Lo que más rabia me da de tener aguijón, es que tienes el arma del suicidio demasiado a mano, y para AUTODESTRUCTIVO ya me sobro y me basto yo. Si se trata de hacer daño a mi persona, ¿qué necesidad hay de que sea otro el que hiera?, y sobre todo si hablamos del amor, que es lo que interesa: INFIEL en potencia y paradojicamente CELOSO (quien me conozca se extrañará, yo que me conozco no me resulta rara esta afirmación), DIFICIL DE CONTENTAR y se DECEPCIONA facilmente con la persona que elige....; si yo te contara... Con tanta paradoja vital y sentimental, no me digas que no es para clavarse, no uno, sino cientos de miles de aguijones venenosos.
Hoy que finiquito un año más, a la vez que inauguro otro, me da por pensar en lo buen escorpión que soy. De casta le viene al galgo, pero realmente da igual, porque lo bueno y lo malo es lo que tengo, y con estos bueyes aro (una de mis triunfitas preferidas canta "...ser como soy la mejor forma de ser..."). Soy signo de agua, y si algo de bueno tiene ese elemento es que limpia, sana y es vital para la vida. Y como soy experto en abrir el grifo de mis ojos, pues me gusta ser de agua; y ser regido por Marte, que le voy a hacer si nací un poco marciano.

Para concluir, lo que más me gusta de este sino que me da mi signo: BUENOS AMANTES, APASIONADOS y ENTREGADOS. Y lo mejor..., y en consecuencia de todo lo anterior, SEXUALMENTE la CAÑA, no se me ocurre ninguna frase eufemística que adorne esta realidad..., pero, y como quiero vender caros mis besos..., hasta aquí puedo leer (o contar).
Por desgracia yo no soy así, por mucho ascendente del que descienda, y mi aguijón es demasiado puñetero: como buen scorpio soy IRRITABLE (mis mosqueos pueden llegar a ser antológicos, aunque duran lo que tardes en hacerme una caricia o en esborzarme una sonrisa), VANIDOSO (lo reconozco, como yo hago las cosas de bien nadie las hace, y si no es así, mi ego está a salvo: no lo pienso reconocer; aunque ésto está en proceso de ser cambiado, la humildad se me va colando), ENVIDIOSO (si me psicoanalizo no me queda más remedio que decir que sí, que me da rabia muchas veces lo que otros consiguen, pero lo voy canalizando hacia el adjetivo de sana, pero tiempo al tiempo señores), VENGATIVO (sí, he tramado el asesinato de todos los niños que me hicieron la vida imposible, y no veas lo sangriento que era en aquella época; mi venganza sin embargo fue mucho más sencilla, tan sencilla que ya no la recuerdo), pero lo mejor de todo es que llego a ser PELIGROSO COMO ENEMIGO (por dios, si soy un trocito de pan, aunque hay gente que tiene la teoría de que si me muerdo la lengua me enveneno, y la verdad, si llevan razón, para que desmentirles...).
Lo que más rabia me da de tener aguijón, es que tienes el arma del suicidio demasiado a mano, y para AUTODESTRUCTIVO ya me sobro y me basto yo. Si se trata de hacer daño a mi persona, ¿qué necesidad hay de que sea otro el que hiera?, y sobre todo si hablamos del amor, que es lo que interesa: INFIEL en potencia y paradojicamente CELOSO (quien me conozca se extrañará, yo que me conozco no me resulta rara esta afirmación), DIFICIL DE CONTENTAR y se DECEPCIONA facilmente con la persona que elige....; si yo te contara... Con tanta paradoja vital y sentimental, no me digas que no es para clavarse, no uno, sino cientos de miles de aguijones venenosos.
Hoy que finiquito un año más, a la vez que inauguro otro, me da por pensar en lo buen escorpión que soy. De casta le viene al galgo, pero realmente da igual, porque lo bueno y lo malo es lo que tengo, y con estos bueyes aro (una de mis triunfitas preferidas canta "...ser como soy la mejor forma de ser..."). Soy signo de agua, y si algo de bueno tiene ese elemento es que limpia, sana y es vital para la vida. Y como soy experto en abrir el grifo de mis ojos, pues me gusta ser de agua; y ser regido por Marte, que le voy a hacer si nací un poco marciano.

Para concluir, lo que más me gusta de este sino que me da mi signo: BUENOS AMANTES, APASIONADOS y ENTREGADOS. Y lo mejor..., y en consecuencia de todo lo anterior, SEXUALMENTE la CAÑA, no se me ocurre ninguna frase eufemística que adorne esta realidad..., pero, y como quiero vender caros mis besos..., hasta aquí puedo leer (o contar).
Nervios
"Si tengo que abrirle mi corazón prefiero estar cómoda". Así se dirige Pepa (Carmen Maura) al policía que tiene que interrogarla. Yo creo que es difícil ponerse cómodo cuando eres un puro nervio. Estando en el cine, siempre acabo sacando de quicio, soy de los que están todo el rato con el baile de san vito en la pierna, hasta que mi acompañante, ya desesperado, me sujeta con fuerza, y me dice "para, por favor". Soy de los que necesitan tener un boli en la mano con el que tamborilear, levantando las miradas de odio y desprecio de profesores y oradores. Siempre estoy haciendo algo, y cuando no hago nada, me dedico a devanarme los sesos con esa gimnasia masoquista que la práctica de los años me ha otorgado.
Vivo constantemente al borde de un ataque de nervios. Por eso no puedo acomodarme, ni a la vida, ni a mi vida. Siempre hay algo que me hace querer un poco más, cuando creo que todo esta bien, entonces empiezo a tirar de mis fantasmas, revuelvo por los cajones, y abro mi armario, siempre hay algún tema maravilloso para imposibilitarme la tranquilidad. ¡Qué de noches he pasado en vela llorando por cosas que pensé que ya estaban superadas, olvidadas..., muertas y enterradas! Menos mal que la amnesia matutina es tan efectiva como un vomitivo.
Hoy, en esta tarde, en la que me he comido una bolsa de palomitas de maíz, una de pipas con sabor tijuana, una de risquetos, una de trisquis y como media tienda de chucherías varias, en la que me siento culpable por introducir tanta basura y calorías en mi cuerpo, que mañana me pesaré y aumentaré en un kilo mi depresión...; en una tarde así, en vísperas de mi cumpleaños, el primero en que no tengo a ninguna media naranja (amarga) a la que invitar a cenar..., me siento nervioso, porque siento que no me acomodo a la vida, o que la vida es demasiado puñetera, y que me pongo nervioso de ver todo lo que me quejo.
Supongo que los que deambulan por la vida atacados de los nervios me entenderán. Pero el colmo al que me enfrento es, como en la butaca del cine, a la paradójica sensación de que mi comportamiento en ocasiones lleva a otros a un puro estado de nervios. Creo que me tengo que apuntar a yoga.

Vivo constantemente al borde de un ataque de nervios. Por eso no puedo acomodarme, ni a la vida, ni a mi vida. Siempre hay algo que me hace querer un poco más, cuando creo que todo esta bien, entonces empiezo a tirar de mis fantasmas, revuelvo por los cajones, y abro mi armario, siempre hay algún tema maravilloso para imposibilitarme la tranquilidad. ¡Qué de noches he pasado en vela llorando por cosas que pensé que ya estaban superadas, olvidadas..., muertas y enterradas! Menos mal que la amnesia matutina es tan efectiva como un vomitivo.
Hoy, en esta tarde, en la que me he comido una bolsa de palomitas de maíz, una de pipas con sabor tijuana, una de risquetos, una de trisquis y como media tienda de chucherías varias, en la que me siento culpable por introducir tanta basura y calorías en mi cuerpo, que mañana me pesaré y aumentaré en un kilo mi depresión...; en una tarde así, en vísperas de mi cumpleaños, el primero en que no tengo a ninguna media naranja (amarga) a la que invitar a cenar..., me siento nervioso, porque siento que no me acomodo a la vida, o que la vida es demasiado puñetera, y que me pongo nervioso de ver todo lo que me quejo.
Supongo que los que deambulan por la vida atacados de los nervios me entenderán. Pero el colmo al que me enfrento es, como en la butaca del cine, a la paradójica sensación de que mi comportamiento en ocasiones lleva a otros a un puro estado de nervios. Creo que me tengo que apuntar a yoga.

Normal
Idiocia, oligofrenia, retraso, demencia, subnormalidad, anormalidad. Estas, y otras, acepciones son las que a lo largo de años se han usado para hablar de cosas como la discapacidad y/o la deficiencia mental. Por supuesto, estas perlas las definieron los normales.
Un dato de mi vida: me dedico a educar (soy maestro), y mi campo es la comunicación y el lenguaje de los niños "especiales". Por avatares de la vida, todas las mañanas entro en un taller (en el fondo es un aula) de un centro ocupacional para discapacitados adultos, y allí, con mis veinte niños que superan todos los veinticinco años, algunos los cincuenta, me dabato entre la extraña frontera de la normalidad y las rarezas múltiples de los síndromes y enfermedades mentales.
Depende de que quieras definir, y desde que ciencia lo hagas, la normalidad puede ser una cosa u otra. Yo, que desde las cinco de la tarde cojo el autobús como una persona normal, a veces pierdo el norte. Ellos, mis "tontitos" (no es nada peyorativo, es mi forma de quererlos, si alguien no está de acuerdo, que me perdone), tienen miedo de quedarse solos en la residencia todo el fin de semana (yo, como ya sabéis los que os móveis por aquí, tengo pánico a la soledad); ellos necesitan que su maestro de taller les de besos, y les diga cientos de miles de veces lo bien que les quedan los cuadros, las macetas pintadas, las campanas de navidad... (yo mendigo tantas veces la aprobación y el cariño de la gente); ellos sufren cuando no cobran al final de mes su sueldo simbólico, ese que están esperando como agua de mayo para gastárselo en chuminadas en la tienda que tenemos en la fundación (yo no paro de hacer cábalas de si puedo pagar el alquiler, y además comprarme un mp3, una cazadora que me mola, me tengo prohibido entrar en el Zara, un...); ellos, frente al prejuicio de que no paran de ser cariñosos, se pillan berrinches como catedrales, y le dedican a su maestro todo tipo de blasfemias e improperios, ya me contarás que culpa tendrá mi madre y todos los fieles difuntos de mi extensa familia, de golpes, arañazos, amenazas de estamparte una silla en la cabeza... (yo también me enfado a menudo, y asesinaría a medio planeta de una forma cruenta y disfrutando al máximo del espectáculo, no se alarmen, se me suele pasar enseguida); ellos a veces se niegan a trabajar, y siempre les duele la tripa, la cabeza, el hombro, o la mejor "es que me está entrando la depresión" (yo más de dos veces, en otro trabajo de cuyo nombre no quiero acordarme, me fui al médico con ficticios mareos y falsas décimas de fiebre).
¿Qué diferencia el mundo de lo normal del de lo anormal? Yo siento, pese a quedar fatal, que a veces me viene la depresión, que se me va la cabeza, que soy más raro que un perro verde, que no encajo en ninguna parte, en definitiva: que no soy normal. Pero ya nos avisó el profesor de Psicopatología en la carrera, "no os asustéis, según veamos el temario, sentiréis que vosotros sois patológicos". Por lo tanto no tengo que temer (¿otro miedo más?, no por favor), mi anormalidad está dentro de lo normal.
Un dato de mi vida: me dedico a educar (soy maestro), y mi campo es la comunicación y el lenguaje de los niños "especiales". Por avatares de la vida, todas las mañanas entro en un taller (en el fondo es un aula) de un centro ocupacional para discapacitados adultos, y allí, con mis veinte niños que superan todos los veinticinco años, algunos los cincuenta, me dabato entre la extraña frontera de la normalidad y las rarezas múltiples de los síndromes y enfermedades mentales.
Depende de que quieras definir, y desde que ciencia lo hagas, la normalidad puede ser una cosa u otra. Yo, que desde las cinco de la tarde cojo el autobús como una persona normal, a veces pierdo el norte. Ellos, mis "tontitos" (no es nada peyorativo, es mi forma de quererlos, si alguien no está de acuerdo, que me perdone), tienen miedo de quedarse solos en la residencia todo el fin de semana (yo, como ya sabéis los que os móveis por aquí, tengo pánico a la soledad); ellos necesitan que su maestro de taller les de besos, y les diga cientos de miles de veces lo bien que les quedan los cuadros, las macetas pintadas, las campanas de navidad... (yo mendigo tantas veces la aprobación y el cariño de la gente); ellos sufren cuando no cobran al final de mes su sueldo simbólico, ese que están esperando como agua de mayo para gastárselo en chuminadas en la tienda que tenemos en la fundación (yo no paro de hacer cábalas de si puedo pagar el alquiler, y además comprarme un mp3, una cazadora que me mola, me tengo prohibido entrar en el Zara, un...); ellos, frente al prejuicio de que no paran de ser cariñosos, se pillan berrinches como catedrales, y le dedican a su maestro todo tipo de blasfemias e improperios, ya me contarás que culpa tendrá mi madre y todos los fieles difuntos de mi extensa familia, de golpes, arañazos, amenazas de estamparte una silla en la cabeza... (yo también me enfado a menudo, y asesinaría a medio planeta de una forma cruenta y disfrutando al máximo del espectáculo, no se alarmen, se me suele pasar enseguida); ellos a veces se niegan a trabajar, y siempre les duele la tripa, la cabeza, el hombro, o la mejor "es que me está entrando la depresión" (yo más de dos veces, en otro trabajo de cuyo nombre no quiero acordarme, me fui al médico con ficticios mareos y falsas décimas de fiebre).
¿Qué diferencia el mundo de lo normal del de lo anormal? Yo siento, pese a quedar fatal, que a veces me viene la depresión, que se me va la cabeza, que soy más raro que un perro verde, que no encajo en ninguna parte, en definitiva: que no soy normal. Pero ya nos avisó el profesor de Psicopatología en la carrera, "no os asustéis, según veamos el temario, sentiréis que vosotros sois patológicos". Por lo tanto no tengo que temer (¿otro miedo más?, no por favor), mi anormalidad está dentro de lo normal.





