logotipo

img_google
para abrirte el corazón
Trocitos de mí mismo, jirones de lo que llevo dentro.
Acerca de
Hoy no hace ni frío ni calor, no corre fuerte el viento, no hay nada especial que me haga reintentar esta aventura, sólo el deseo de volcarme... y cada verso es un jirón de piel.
Sindicación
 
Salitre
Como un río que se precipita buscando su final, la calle desciende con actitud suicida hacia la búsqueda de la sal, la que se desprende del sudor, la que se esconde en el suelo, entre las juntas de las baldosas. El regusto amargo queda en la boca, empapada de deseo, muerta de ganas. Hay sabores que se descartan por hirientes del sentido del gusto, por agredir al sentido común, pero que pueden llegar a saber dulces, saciando una sed no física, que se instala en el cielo de la boca evocando los manjares del paraíso. Hay sabores que se esconden en los huecos más insopeschados del cuerpo, donde el sudor se sedimenta en sal, donde los sabores se confunden con los licores que me embotan, donde la piel deja de pertenecer al cuerpo y se ancla en la playa del deseo, que tiene forma de cama, en una habitación donde nada queda en su sitio.

En un momento determinado se pierde la voluntad, cuando la marea sube y sacrificas el control de la embarcación, cuando ya deja de pertenecerte el timón, y en tu cuerpo se hunde el remo, sin posibilidad de escapatoria, sin querer escapar. La boca sigue paladeando sabores frustrados, néctar, sudor, y se busca refugio en unos brazos después de la tempestad.

Asciendo la calle contra corriente, con la marea del lado de mis enemigos los vientos, con el sabor amargo, salado y placentero hospedado en mis papilas, lamiendo el salitre de tu suelo.
 
Mirar
No es lo mismo mirar que ver, eso parece claro.
Su mirada se encontró con la mía, tal vez me buscó, pero yo no vi la realidad. Miré pero no ví. Algún juego de sonrisas en mitad de un bar lleno de humo, donde todo el mundo mira buscando ver algo, ver a alguien. Accedí. Me dejé encontrar varias veces por sus ojos, y escruté su sonrisa, pícara, juguetona, llamativa, incitante. La gente pasa, va y viene, y de repente me encuentro pegado a su cuerpo, rodeado por su mirada. No cabe duda. "Te gusta bailar". Es una afirmación. Me apetece el juego, me da algo de vértigo. "Sí. ¿A tí no?". Intento conjugar la mayor dosis de inocencia que puedo, como si me hubiera encontrado de repente, como si nuestros ojos no se hubieran tropezado antes en toda la noche, en otros rincones del bar. "Sí, me gusta". Me descubré su nombre, y me mira de arriba a abajo. Me hace gracia la situación, novedosa para mí, pero me comporto como un maestro de este arte. El ruido hace que no nos oigamos bien.

No es lo mismo oir que escuchar, eso se sabe de siempre.
Sus labios se pegan a mi oído, enlazan frases y me hacen cosquillas. Se aferra a mi cuerpo, y me desplaza a su terreno. Sus manos se anclan en mi cintura, y mis ojos intentan huir, aunque les apetece quedarse. De repente entra en escena otra persona que había permanecido en segundo plano. Yo la había visto pero no mirado. "Nos casamos en septiembre, pero no somos de aquí, apenas conocemos gente. Se ve que tienes muchos amigos..."

No es lo mismo reir que descojonarse, de eso me di cuenta esa noche.
¿Dónde escondo mis ojos? Que alguien tire de la cadena, me quiero evaporar. Que me abduzca algún alienígena, no quiero estar aquí. Yo miré pero no vi. Tal vez sea el ron, el calimocho o la vergüenza, pero no puedo parar de reírme. "Estoy convencido de que te ha mirado el culo". Le dejo mi teléfono, en el fondo me ha hecho gracia, aunque no puedo desterrar de mí el sentirme como un idiota, todas las miradas se clavan en mi nuca.

Aprenderé a ver. Prometo no volver a mirar.
 
Ruido
No le gustaba hablar y se murió sin hacer ruido. Se fue en el principio del otoño, como una hoja que ya no quiere seguir aferrada al árbol, como un viento suave que inaugura el frío. Siempre se rodeó de silencio, de murmullos, nunca de estridencias.
En ocasiones creo que no le entendí. Me sacaban de quicio sus cosas, me molestaba que hablara mal, que tuviera que demostrar su analfabetismo. Se enfadaba, y su castigo era apagar la televisión, exterminar el ruido. A pesar de ello, recuerdo sus manos grandes, hechas de trabajo, jugar con mis manos a las puñetas o a enredar los pulgares, el suyo con el mío. Recuerdo sus botas camperas, lustrosas a base de cuidarlas con grasa de caballo. Le veo sentado en el escalón del patio: ayudarle a descalzarse aquellas botas era nuestro juego favorito, el de mis hermanos y el mío. Le recuerdo enseñándome a sumar y a restar, preguntándome las tablas. Me acuerdo de cuando le enseñé a leer.

La vida le paralizó las piernas y las posibilidades, le condenó a una extraña tristeza, a una amargura que sería ya siempre su compañera. Los pulmones se volvieron negros, y lo oscuro, sin hacer ruido, se fue comiendo su cuerpo en una paciente metástasis que le relegó a pasar frío en agosto. El ruido de su aliento a veces me acompaña, ahogándose, confundido con el respirador artificial que prolongaba su cuerpo y su existencia. Recuerdo el ruido del roce áspero de sus manos, de sus caricias plenas de cariño, de las veces que nos reñía para ocultar su llanto.

Ya no hacen ruido las gallinas, que desparecieron con su ausencia; ni se oye el agua de la alberca, que no ha vuelto a llenarse, que nos regaló al construir nuestra casa; ni hacen ruido las herramientas en el huerto que él se aficionó a cuidar, y que ahora se puebla de malas hierbas. Con él se fue el sonido de una palabra que dejó de tener sentido: papa; tónica la primera sílaba, palabra llana, como su alma.
Se fue sin hacer ruido. Y ante su recuerdo, mi vida se llena del más agradecido y respetuoso de los silencios.
 
Supercalifragílisticoexpialidoso
¿Quién no conoce esa palabra? Seguro que si nos ponemos la tarareamos todos al unísono. Ya lo sabes, si lo dices con soltura sonará glorioso. Este acertijo mágico sirve para conseguir expresarnos cuando no tenemos nada que decir, cuando nos quedamos con la mente en blanco, y no nos brotan las palabras.

Uno de los mejores diálogos de la historia del cine para mí es el parlamento de David Tomlinson ante el comité del banco, cuando no sólo le despiden, sino que también le humillan. Ante la pregunta sobre lo que hará ahora que ya no es miembro de la banca, al pobre hombre sólo se le ocurre pensar que ahora hará un viaje dentro de un cuadro del parque, montará en el caballo del tiovivo, y ganará el derby, y sobre todo, hará volar la cometa. No tiene nada que decir. Supercalifragilísticoexpialidoso.

Me encanta esa película, la cursilería por bandera, y la mirada de Julie Andrews contemplando como ella, arrastrada por el viento, debe marcharse, sin poder dejar escapar una lágrima ante la felicidad que ha creado a su alrededor. Ella tampoco tiene nada que decir. Su parte oscura, convertida en mango con forma de pájaro de paraguas, le recrimina su bondad. Ahora echa a volar, y desaparece. Hay una parte de mi alma que entiende la mirada de Mary Poppins, que confraterniza con su sentimiento. Yo tampoco tengo nada que decir.Supercalifr.... Vuelve pronto Mary Poppins.