Plegaria
Concédeme el sol, y no te lo lleves.
Si ya te llevaste la lluvia y la hierba,
Si ya te llevaste la luz y sus sombras,
Si ya te llevaste el calor…
Y ahora que eres dueño de la ausencia,
Ahora que hieres desde lejos,
Ahora…, concédeme el sol.
Concédeme el pan, y no me lo arranques.
Si ya despojaste de tí mis horas,
Si ya te afincaste por siempre en mis sueños,
Si ya arruinaste los sembrados…
Y ahora que eres el veneno,
Ahora que solo sé morir de hambre,
Ahora…, concédeme el pan.
El sol que está solo
El pan que no sacia.
El trigo. El veneno.
La luz y la hierba.
La lluvia. Las sombras.
Tus horas. Mis sueños.
La siembra.
Vendrán soles nuevos, regalos del viento,
Deleite en mis labios, un pan llovido del cielo.
Veneno tan dulce,
Un trigo agostado en el calor de mi cuerpo
(y de otro cuerpo).
Mis horas, tus sueños.
La siembra.
Concédeme el olvido,
regálame el pretérito,
anhelo que sea, por favor…
imperfecto.
Si ya te llevaste la lluvia y la hierba,
Si ya te llevaste la luz y sus sombras,
Si ya te llevaste el calor…
Y ahora que eres dueño de la ausencia,
Ahora que hieres desde lejos,
Ahora…, concédeme el sol.
Concédeme el pan, y no me lo arranques.
Si ya despojaste de tí mis horas,
Si ya te afincaste por siempre en mis sueños,
Si ya arruinaste los sembrados…
Y ahora que eres el veneno,
Ahora que solo sé morir de hambre,
Ahora…, concédeme el pan.
El sol que está solo
El pan que no sacia.
El trigo. El veneno.
La luz y la hierba.
La lluvia. Las sombras.
Tus horas. Mis sueños.
La siembra.
Vendrán soles nuevos, regalos del viento,
Deleite en mis labios, un pan llovido del cielo.
Veneno tan dulce,
Un trigo agostado en el calor de mi cuerpo
(y de otro cuerpo).
Mis horas, tus sueños.
La siembra.
Concédeme el olvido,
regálame el pretérito,
anhelo que sea, por favor…
imperfecto.
Encuentro
Los billetes de ida parecen llevar implícitos uno de vuelta. El amor y el odio son complementarios, distintas caras de una misma moneda. Los encuentros a veces nacen de un profundo desencontrarse.
En una ciudad lejana y ajena, donde el sol se hace presente y la playa se llena de bañistas, o simplemente curiosos, se hace la lluvia en mis ojos y el corazón se me queda sólo, saboreando el abandono. En mitad de una noche cálida, mi vida se queda fría no habiendo cobertores ni mantas suficientes para calmar la tiritera. Después de la efusividad de un encuentro acordado, algo se rompe, implantando un muro de hormigón, de incomprensión y de desencuentro entre mi voluntad y mi deseo. Salgo a correr en mitad de la noche, las deportivas sin abrochar, para encontrarme con alguien tan real e incierto, que como los duendes del cuento del zapatero, viene a rescatarme de la crueldad que supone sentirte desahuciado en una ciudad que no habitas. Desde su coche me sonríe, él ya me conoce, verle supone un poco de aire, no sentirme tan huérfano.
No puedo evitar llorar, y no sé donde esconderme. Él me presta su mano para salir un poco a flote, a pesar de que en el pasado no siempre hubo entendimiento. Mi soledad y su compañía se encuentran, y me siento en deuda, rescatado del desplante de haber sido abandonado por el amor inexistente de un amante fortuito, en una ciudad que no es la tuya, en una cama que no te pertenece, a la intemperie. Su compañía, tanto tiempo planificada para encontrarse con la mía, lo hacen sin previo aviso, a marchas forzadas, regalándome su tiempo, su sonrisa, su silencio, sus palabras y un abrazo.
Mi billete de vuelta me devuelve a mi ciudad, a mis paisajes conocidos, paisajes que espero compartir con el duende de la noche que vino a rescatarme de tanto frío.
He encontrado, ahora ya sí, un amigo. Gracias.
En una ciudad lejana y ajena, donde el sol se hace presente y la playa se llena de bañistas, o simplemente curiosos, se hace la lluvia en mis ojos y el corazón se me queda sólo, saboreando el abandono. En mitad de una noche cálida, mi vida se queda fría no habiendo cobertores ni mantas suficientes para calmar la tiritera. Después de la efusividad de un encuentro acordado, algo se rompe, implantando un muro de hormigón, de incomprensión y de desencuentro entre mi voluntad y mi deseo. Salgo a correr en mitad de la noche, las deportivas sin abrochar, para encontrarme con alguien tan real e incierto, que como los duendes del cuento del zapatero, viene a rescatarme de la crueldad que supone sentirte desahuciado en una ciudad que no habitas. Desde su coche me sonríe, él ya me conoce, verle supone un poco de aire, no sentirme tan huérfano.
No puedo evitar llorar, y no sé donde esconderme. Él me presta su mano para salir un poco a flote, a pesar de que en el pasado no siempre hubo entendimiento. Mi soledad y su compañía se encuentran, y me siento en deuda, rescatado del desplante de haber sido abandonado por el amor inexistente de un amante fortuito, en una ciudad que no es la tuya, en una cama que no te pertenece, a la intemperie. Su compañía, tanto tiempo planificada para encontrarse con la mía, lo hacen sin previo aviso, a marchas forzadas, regalándome su tiempo, su sonrisa, su silencio, sus palabras y un abrazo.
Mi billete de vuelta me devuelve a mi ciudad, a mis paisajes conocidos, paisajes que espero compartir con el duende de la noche que vino a rescatarme de tanto frío.
He encontrado, ahora ya sí, un amigo. Gracias.
Raíz
El puente de San Agustín, sobre la vía de Alta Velocidad, divide mi pequeña ciudad en dos. Por suerte, para algunos por desgracia, me tocó nacer y crecer en la parte mala, en el lado oscuro. El barrio de Las Mercedes, de calles empinadas que se van quedando solas a los píes de los cerros, se convirtió en un terreno desconocido para la gran mayoría de los ciudadanos; demasiados gitanos, demasiada droga, demasiada ignorancia. A mí los gitanos nunca me hicieron nada que no me hubiese podido hacer un payo, y la droga siempre la compraban los niños bien de más allá del puente.
Jugué a la revolotera en la puerta de mi casa, y a la hora de encenderse las luces de la calle había que recogerse. Crecí nombrando a las personas con el artículo determinado, vicio lingüístico que me vuelve nada más entrar por las jambas de mi casa. No me gustaba besar a las vecinas ni a mis tías, "huelen a viejo", con su maldita manía de sacarme la color en los carrillos.
Crecí en una casa con huerto, sótano, cuadras y gallinas, en una ciudad minera, industrial y contaminada. Mi pequeño barrio salvaguardaba la esencia de La Mancha profunda, la de los velatorios en las casas, la de salir descalzos con velas en la procesión de la Virgen de Gracia, de los repetitivos besos en las mejillas, la del respeto al padre, que se pasaba el día entero chinchorreando (palabra muy manchega) en la esquina de la calle, mientras mi madre acicalaba la casa, quitando polvo a tanto y tanto recuerdo que nosotros le traíamos en los viajes del colegio, aquellos que hacíamos fuera de La Mancha.
He crecido en un pueblo de dos mentiras, una ciudad de la que poca gente es, porque todos venían de fuera, trayendo su trocito de La Mancha a una ciudad collage, mosaico, puzzle. Huí de una ciudad cerrada, a pesar de ser la más abierta de la provincia, con diecisieteaños, sorprendido por la magnitud de la gran urbe, en esa en la que mi madre cree que anidan todos los peligros, como los niños bien pensaban de mi barrio.
Mi madre nació en la calles a las que Almodóvar ha vuelto, jugó con él de chica, y le caía mal, por eso no le gustan sus historias. Pongo un píe fuera de la estación del tren, y siento todo el peso de mi pasado. Deseo volver, y a la vez salir huyendo. En La Mancha nunca habrá un estatuto, ni autodeterminación, sí mucho aceite, mucho tocino, y toda mi infancia, toda mi raíz, como esas encinas milenarias y enormes, esos olivos que se retuercen. En La Mancha siempre tendré un sitio donde volver.

Jugué a la revolotera en la puerta de mi casa, y a la hora de encenderse las luces de la calle había que recogerse. Crecí nombrando a las personas con el artículo determinado, vicio lingüístico que me vuelve nada más entrar por las jambas de mi casa. No me gustaba besar a las vecinas ni a mis tías, "huelen a viejo", con su maldita manía de sacarme la color en los carrillos.
Crecí en una casa con huerto, sótano, cuadras y gallinas, en una ciudad minera, industrial y contaminada. Mi pequeño barrio salvaguardaba la esencia de La Mancha profunda, la de los velatorios en las casas, la de salir descalzos con velas en la procesión de la Virgen de Gracia, de los repetitivos besos en las mejillas, la del respeto al padre, que se pasaba el día entero chinchorreando (palabra muy manchega) en la esquina de la calle, mientras mi madre acicalaba la casa, quitando polvo a tanto y tanto recuerdo que nosotros le traíamos en los viajes del colegio, aquellos que hacíamos fuera de La Mancha.
He crecido en un pueblo de dos mentiras, una ciudad de la que poca gente es, porque todos venían de fuera, trayendo su trocito de La Mancha a una ciudad collage, mosaico, puzzle. Huí de una ciudad cerrada, a pesar de ser la más abierta de la provincia, con diecisieteaños, sorprendido por la magnitud de la gran urbe, en esa en la que mi madre cree que anidan todos los peligros, como los niños bien pensaban de mi barrio.
Mi madre nació en la calles a las que Almodóvar ha vuelto, jugó con él de chica, y le caía mal, por eso no le gustan sus historias. Pongo un píe fuera de la estación del tren, y siento todo el peso de mi pasado. Deseo volver, y a la vez salir huyendo. En La Mancha nunca habrá un estatuto, ni autodeterminación, sí mucho aceite, mucho tocino, y toda mi infancia, toda mi raíz, como esas encinas milenarias y enormes, esos olivos que se retuercen. En La Mancha siempre tendré un sitio donde volver.






