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para abrirte el corazón
Trocitos de mí mismo, jirones de lo que llevo dentro.
Acerca de
Hoy no hace ni frío ni calor, no corre fuerte el viento, no hay nada especial que me haga reintentar esta aventura, sólo el deseo de volcarme... y cada verso es un jirón de piel.
Sindicación
 
Malo
Las mejores notas de la clase, el preferido de todas las "seños", el hijo que siempre hace los deberes a tiempo y que nunca se mete en líos, el amigo que siempre tiene las orejas abiertas, el novio que todo lo perdona y todo lo comprende, que siempre piensa después en él. Pues la verdad, a veces pienso que ser bueno es un rollo, que sería mucho más divertido haber sacado malas notas y pasárselo en grande hasta las tantas en el parque, que las "seños" no mantenían un amor incondicional, sino voluble y cambiante, y que se va mucho esfuerzo en estar en la parte alta del ranking de los alumnos escogidos. Sinceramente, en alguna ocasión me ha pasado que más de dos amigos se han puesto las orejeras cuando yo pedí auxilio, y de tanto hacer los deberes y no meterme en líos mis padres muchas veces no me hicieron ni puñetero caso. No nos engañemos, a veces se apuesta el corazón al amor equivocado, y es delito ser un pelín egoísta.

Yo no creo ser la persona más buena de este mundo, pero daría lo que fuera por ser un pelín malo, no retorcido, que ya lo soy, sino malo, un punto perverso, de mala uva, que le de más de dos cortes de manga a quien buenamente se los merezca, y mandar a paseo a quien me cargue los cascos, porque ser bueno no es ser perfecto, y ser buen hijo, buen amigo o buen novio no da derecho a que nadie llame alguna vez a la puerta a preguntar "¿cómo estás?"

Recuerdo a Muriel Heslop, fea, gorda, sola y buena, sobre todo buena, que tiene que enfrentarse durante dos horas de película y toda su vida, a la eterna coletilla: "eres mala Muriel". ¿Cómo?, y un día metes la pata, suspendes un examen, llegas media hora tarde después de la hora marcada, un día dices No, y..., ya eres malo.

Malo malísmo, hijoputa y cabrón, ¡ay si se pudiera elegir la forma de ser! Si eligiera ser malo, creo que no me encontraría siendo yo, pero oye, a veces ganas no me faltan...

 
Ecléctico
Busco en el diccionario de la R.A.E.: "dícese del q adopta el eclecticismo". Busco eclecticismo: "modo de juzgar u obrar que adopta una postura intermedia, en vez de seguir soluciones extremas o bien definidas". Y eso es lo que he tenido, el término medio entre el amor y el odio, entre la pasión y el frío. De repente mi vida fue uniéndose a la tuya, sin tomar ninguna solución tajante, dejándome llevar. Yo sé "que puedo coger cualquier autobús con tal de un beso más...", y eso fue lo que hice: embarcarme a la aventura de lo que desconozco, buscando el calor de un cuerpo que a veces me hace hervir, otras me hiela. El sabor de tus besos, y la falta de lucidez, hacen que se me atropelle el deseo en cada dedo, en la punta de la lengua y en la "parte de mis sesos que manda en mi corazón".

La postura ecléctica es la nuestra, que sin hacernos demasiadas preguntas, nos resolvemos los interrogantes buscándonos apresuradamente entre las sábanas, que callamos la verdad a base de prometernos no mentir. Me hubiera encantado que no fueras ecléctico conmigo, que te hubieras enamorado de mi hasta el tuétano, que fueras capaz de liberarte de la cárcel que le has impuesto a tu alma. Daría lo que fuera por no ser ecléctico, por no cuestionarme cada kilómetro que avanzo hacia ti, o que me separa de tu cuerpo. Sería difícil que yo me enamorara, pero engancharme de tu ojos y de tu rostro es sólo cuestión de tiempo.

Somos cómodos, y no queremos ningún tipo de compromiso más allá que el del placer de enredar las piernas en los labios del otro. Somos prácticos, y ni siquiera nos molestamos en fingir un afecto que no existe, un amor que no es. Somos eclécticos, y huímos de lo que nos hace daño. El mar y el sol bañarán los márgenes de tu ciudad, y yo seguiré siendo siempre un turista. La aridez y el humo desdibujarán la mía, y tú seguirás siendo siempre una duda metódica, constante, una melodía que recordaré tantas y tantas noches, cuando mi cama, ecléctica, como nuestro sinsentido, se acueste sola.

Te echaré de menos, porque me hacías reír y vibrar; pero cada viaje sería avanzar hacía el abismo del sentimiento. Gracias por haber sido el amante más sincero.

(Y como buen discípulo del eclecticismo, dudaré siempre de haber acertado en la elección que adopto).
 
Matemáticas
Nunca me gustaron las matemáticas. Nunca me manejé bien con aquel lenguaje, frío, lejano, desencarnado, que no me servía para expresar lo que me bullía dentro, aunque el resumen final fuera el no ser mas que un conjunto vacío. Nunca me gustó dividir, ni tampoco los quebrados, tal vez porque en mi vida siempre ha habido algo roto, un numerador que ya no hace su función, un número negativo que sólo es la sublimación de lo que no soy, cuya exponente es cero, y nunca supe el axioma o el postulado, la verdad subyacente, a la que aferrarme para no tender irremediablemente a infinito. Nunca me gustaron los números, especialmente cuando, como ellos, no soy más que una repetición periódica de meteduras de pata y sueños que no llegan. Nunca me gustaron las malditas ecuaciones, porque siempre me confundía en los signos negativos, y mi cabeza echaba humo, en mi realidad negativo y negativo siempre eran sinónimo de soledad, y despejar incógnitas era igual a quedarme con la duda de saber si no me habría equivocado. Nunca saqué un diez en matemáticas, y nunca me importó, porque si el sistema de numeración hubiese tomado otra base, todo seguiría siendo relativo, y como el cero no existe, es un constructo de nuestra mente, no me agobio, sé que nunca tendré nada.

Nunca me gustó sumar, porque llegaría un momento en que tanto tienes, tanto vales, y te toca aprender a restar. Nunca me gustó la geometría, hay demasiadas fronteras que sobrepasar, demasiadas figuras amorfas que son los habitantes de mis mejores pesadillas, donde no hay coordenadas espacio temporales, y todo se reduce a una región de validez de la que salir huyendo. Nunca me gustaron las parábolas, que me hacen dar demasiadas vueltas, para al final darme cuenta de que, lo más probable, sea que con toda probabilidad nunca deje de darlas. Nunca me importó la velocidad ni el punto exacto en el que se cruzan dos trenes que salen de ciudades diferentes, yo sólo quiero que no me pasen por encima.

Nunca pretendí ser exacto, y si todos valoran el resultado, yo abogo por mi ilógica forma de complicarme la vida. Y mañana explicaré a los niños lo que es un tanto por ciento, algo que no sirve para medir y sopesar la tasa de felicidad, tal vez porque sentirse un conjunto vacío es directamente proporcional a las veces que te toca llorar.