logotipo

img_google
para abrirte el corazón
Trocitos de mí mismo, jirones de lo que llevo dentro.
Acerca de
Hoy no hace ni frío ni calor, no corre fuerte el viento, no hay nada especial que me haga reintentar esta aventura, sólo el deseo de volcarme... y cada verso es un jirón de piel.
Sindicación
 
Tejados
Paseo por Lisboa solo, aventurándome en calles que no conozco, sin guía, con el único auxilio de un plano en un idioma extranjero, sin fin de mis pasos, con la única motivación de dejarme sorprender, de perderme entre plazas monumentales y calles oscuras. Lisboa es bella, pero no con la belleza clara y objetiva de otras ciudades, Lisboa es bella en su tristeza, en su mantenerse en píe a pesar de haberse caído. Lisboa sucumbe a los terremotos y sigue siendo bella si se sabe vislumbrar su maravilla.

Desde lo alto me sorprenden los tejados de Lisboa, a dos aguas algunos, terrazas coronadas de antenas de televisión otros. Viviendas que anidan bajo las tejas y las baldosas, vidas que se cuecen, que se forjan, que se viven bajo palios de adobe y cemento. Me asombra la variedad de colores, de formas, de texturas, tanto, que me dan ganas de empezar a construir mi casa por el tejado, elegir bien el material que ha de lucirse y olvidarme de los cimientos, de la base, del sustento.

Como en el cuento de los tres cerditos, o en la parábola evangélica, necesito tierra firme para que mi tejado sobresalga. Hoy me azotan los miedos, pero se me aconseja calma. Quiero un buen tejado, que pinte precioso en las fotos, que sea reclamo de los pájaros, que cobije nuestro sentimiento.

Y Lisboa siempre serás tú, y siempre será Lisboa el primer canto que cimente la belleza de nuestro tejado.

 
Cerillas
En psicología es bueno diferenciar entre sentimientos y emociones, como en economía entre haber y deber, o en música entre silencio y sonido. Hay un estado psicológico que se suele dar bastante en el ser humano, el estado de emoción pura, ese momento en que algo, alguien, una circunstancia, una situación, nos arrebata, nos embarga, nos eleva. La pura emoción nos hace ver la realidad de una forma determinada, con otra dimensión, como si fuera la llama de una cerilla, que prende con velocidad, que de repente todo se ilumina, da calor y nos recreamos en ese momento, intentamos aprehenderlo, quedárnoslo, poseerlo. Pero la llama se extingue, y sólo nos queda un poco de madera, algo de papel, que sostenía el fósforo que ya ha dejado de ser.

Hans Christian Andersen mató a su cerillera malgastando los fósforos que le quedaban, y en cada fósforo una emoción, un recuerdo, una visión. Murió la niña de frío, pero arropada por las emociones puras que quizá sean el único camino válido para ser feliz. Y yo tengo miedo de que tus palabras sean fruto de la llama del momento, que cuando la cerilla se acabe te des cuenta de la realidad y mi cabo de papel termine sepultado en el cubo de la basura, mojando el resto del fósforo bajo el grifo del fregadero para que todo no acabe en una desgracia.

Y tengo miedo, no lo voy a negar, y pienso que ir despacio es de sabios, y siento que he retenido tantas veces mis pasos, que por ir lento no fui feliz, y por ir rápido me encontré muros de silencio. Y recuerdo a la Tita, la protagonista de "Como agua para chocolate", que cocina su pasión como prepara la masa de los fósforos que se tragará para arder por dentro y consumirse, para prenderse fuego. Pero su amor no es una cerilla, es de quinqué de cera, un amor alimentado, cera vertida para que haya luz. Y tengo miedo, después de la llama, ¿seguirá habiendo luz y calor? Tendré que dejarme llevar, pero he preparado una boca de riego en mis ojos para apagar el fuego llegado el caso de que arda mi cerilla y arrase la parcela de bosque en la que vivo.

Ojalá dure mucho tu llama, ojalá tengas reservas de fósforos, y me dejes regalarte cera para alimentar la lámpara que ahora sientes. Aminorar el paso, no malgastar las cerillas, no vivir de una emoción. Como Tita caminaré al borde del deseo, masticaré mi emoción para ver si estallo por dentro.

 
Verano
El verano sabe a sandía, dulce, fresca, pegajosas las comisuras de los labios, y unos churretes largos de agua rosa deslizándose por las manos, descendiendo estrepitosamente hacia el pecho. Sabe a melón y a melocotones. Y para combatir el calor estival, corta el extremo de un pepino y póntelo en la frente, así se irá el bochorno y los dolores de cabeza. El verano sabe a ajo blanco, cargadito de ajo, de vinagre y de sal, que escueza un poquito al entrar por la garganta, y no pasa nada si luego se repite, así no te olvidas de su sabor, de su paladeo.

El verano huele a cloro, porque el mar quedaba lejos de mis expectativas, y como siempre hemos vivido en sequía, no podíamos malgastar el agua con la que llenábamos las piscinas. Y huele a quemado, por los rastrojos que prendían en el cerro de San Sebastián, y el fuego asolaba los cuatro arbustos secos que quedaban en julio.

El verano tiene el tacto húmedo de mi cuerpo en la siesta, que se deshace en un charquito que pudre poco a poco el colchón. El verano es áspero, y la vida empieza a las ocho de la tarde cuando el sol da tregua y un poquillo de brisa se cuela por las calles de mi barrio colgado en la loma de la sierra.

El verano suena a tractor amarillo y a ay macarena. A la Gran Orquesta Olimpo que de verbena en verbena ameniza las noches de viernes y sábados de mi pequeña ciudad anclada en el olvido. Y suena a risa el verano, a murmullo de piscina, a Georgie Dann (www.georgiedann.com) que asa los meses de julio y agosto en su barbacoa.

Azul se ve el verano, y muy amarillo, con tonos de tarde prolongada que no se acaba nunca. Y veo la tele en verano, y me aburro a veces tanto, que me leí todas las novelas de Agatha Christie que había en la biblioteca municipal de mi pequeña ciudad.

No existen las playas en mis veranos, ni recuerdo viajes. Siempre fui tan tonto que vivía pendiente de que el verano se fuera, con todas sus sensaciones, para que llegara septiembre, y los libros, las letras me permitieran volar lejos, más allá de la piscina municipal y del calor que condena a sudar hasta las ocho de la tarde. Mi verano no fue azul, pero forma parte de los sueños que tejí en la alberca de mi casa, que hoy es pequeña, mínima, pero que siempre será el Atlántico de Vacaciones en el mar dentro de mi memoria.