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para abrirte el corazón
Trocitos de mí mismo, jirones de lo que llevo dentro.
Acerca de
Hoy no hace ni frío ni calor, no corre fuerte el viento, no hay nada especial que me haga reintentar esta aventura, sólo el deseo de volcarme... y cada verso es un jirón de piel.
Sindicación
 
Manos
Siempre le llamaron la atención las manos de las personas, más que los ojos. Desde las manos duras y agrietadas de su padre, que se enredaban con las suyas por las noches mientras veían la televisión, que acariciaban a pesar de los callos y las pieles muertas que contaban el drama de un hombre que nunca fue a la escuela, podría contar así la historia de su corazón, desde las manos.

Hubo en su vida manos de joyero, que sabían tocar con precisión y delicadeza las gargantillas y las pulseras que nunca le pertenecerían, que mimaba por un momento, pero que se le escapaban de las manos. Hubo manos mentirosas, demasiado fuertes, grandes, con dedos vigorosos, que desentonaban con su cuerpo enclenque y su alma encogida, manos que apresaron su vida como las jaulas matan el vuelo de los pájaros. Hubo manos con tacto de lija, que en cada caricia levantaban un surco de dolor en la piel, que embelesaban y dolían a partes iguales, que maltrataron su tiempo, esperando mano sobre mano a que volvieran. Hubo manos con olor a tabaco, y una mancha de suciedad en la parte interna de los dedos, del mismo color que el amor que se da sin ser sentido, manos que se aferraron a su cuello, que le impedían el aire, que una vez lejos, en las horas y en los lugares, no son más que humo, producto del tabaco que ellas sostuvieron.

Suelto de la mano, como un niño grande, unas manos le echaron el alto. No eran demasiado grandes, no eran demasiado fuertes, pero no le hirieron. No son demasiado hábiles, pero saben colarse por dentro, por los huecos que se quedaron vacíos. Puede que no sean manos sabias, pero en ellas se encuentra, y es su tacto el que añora su cuerpo, su caricia, la que su alma echa de menos. Son manos que tiemblan, tal vez de miedo, pero su pulso es firme, y en ellas, por ahora, su corazón se siente sujeto. Manos que tranquilizan su ser de hielo.

 
Memoria
Siempre escuché aquello de que no es bueno aprenderse las cosas de memoria, que hay que comprenderlas, que la memoria dura lo que dura, y después, lo memorizado se esfuma. Yo siempre me aprendía las cosas de memoria; las comprendía, las relacionaba, pero necesitaba saberlo todo de memoria, recordar en que página estaba el dato, de que color lo había subrayado, lo que había antes y lo que le sucedería. Memoria fotográfica que me ayudaba a manejarme en la realidad, tal vez por eso me sepa diálogos enteros de algunas películas, y sea capaz de recordar cosas que pasaron hace demasiado tiempo y que ya nadie recuerda. Nadie, excepto yo.

Tengo buena memoria, a corto y a largo plazo, para aquellas cosas que se quedan fuera de mí, y sin embargo padezco Alzheimer para tantas otras, especialmente para las que me afectan, las que me tocan por dentro, y en esas ocasiones me tatuaría la piel para no olvidar, me debería hacer un plano de sentimientos para tener siempre presente que no puedo sucumbir a los negros pensamientos, que no siempre pasa lo malo, que hay cosas buenas que me esperan por las mañanas, y que cualquier dolor que acontece, duele, pero se supera, porque si no me falla la memoria, de todo he sido capaz de salir, tarde o temprano.

"Todos necesitamos recuerdos", se dice a sí mismo el protagonista. Son necesarios, pero no imprescindibles, y no puedo vivir la vida de memoria, porque si me falla una palabra no conseguiré terminar la frase y suspenderé el examen. Y a veces hago trampa, me miento para ser feliz, y me olvido de lo que mal que se pasa a veces, porque tan vital es recordar como olvidar. La memoria siempre es mentirosa, porque los recuerdos siempre son mayores que la realidad, la memoria nos falla, nos traiciona, nos hace grande lo pequeño, y es caprichosa en los olvidos. Y aunque me sepa de memoria el camino de vuelta, a veces me despisto, y me pierdo, me desoriento, y no pasa nada si me falla la memoria.

 
Elegir
Pertenece a la tercera conjugación, es regular y muy puñetero. Elegir es un verbo doloroso, mantiene serias relaciones con la libertad, sustantivo encumbrado, y de muestra, una estatua. El libre albedrío, la libertad de elección, hijos legítimos de semejante casamiento, que me convierten en un bastardo, porque a mí (y ya lo vaticinó Erich Fromm) me da pánico elegir, porque tengo miedo a la libertad, y es que muchas veces preferiría no elegir, no ser libre, sentarme en el sillón a verlas venir (y la mayor parte de las veces, a verlas irse).

Hay muchas cosas que no he elegido: mi piel, el color de mis ojos, mi acento que aspira la elle y se come las eses, mi particular forma de que todo me afecté tanto, que parece que ya sufro yo por mí y por todos mis compañeros, mi sagrada costumbre de pensar que me voy a equivocar (luego las cosas salen bien y eso es un refuerzo positivo)...; pero los caminos de la vida, de la mía y la de todos, se basa en elecciones, pequeñas o grandes, importantes o triviales, nimias o magníficas. Y a pesar de la intrínseca contradicción de Sartre, estoy condenado a ser libre, a tener que elegir entre dos bienes, optar por uno, descartar el otro, y eso supone muchas horas de dolor, sobre todo cuando los bienes son demasiado valiosos.

Y así recuerdo a Meryl Streep debatirse bajo la lluvia (el mundo llorando por ella), si abre o no la puerta del coche, si se va o se queda, si opta por crecer siendo ella, o quedarse cuidando lo que hay de ella en los otros. Elegir duele, y es preferible morir, dejar de ser, a tener que afrontar la decisión. Clint Eastwood en una escena anterior le ha dicho "somos lo que hemos elegido ser", y es verdad, porque con mejor o peor fortuna lo que somos depende de las calles transitadas, y malo si añoramos los rumbos que nunca tomamos, que fueron deshechados, descartados. Ella, Francesca, Meryl, que nunca abrió la puerta del coche al final de la película, le dice "elijo sentir lo que siento, aunque mañana no quede nada, aunque todo se termine mañana". Eligió, y guardó su amor en un baúl y lo escribió en un cuaderno. Y la entiendo, porque yo siempre elijo aquello que más me hace vibrar, que me pone la piel en carne viva, aunque mañana me haya de duchar y froté con fuerza la esponja sobre mi cuerpo con el deseo de borrar todas las huellas. Pero tal vez bajo el agua sólo haya caricias. No lo sé, pero prefiero el roce de una mano. Elijo las caricias y los besos.

Somos lo que hemos elegido ser. Y, "que el problema nunca sea el resultado", que en cada elección pierda el miedo, y conquiste un milímetro de mi libertad.

 
Casualidad
La vida que tenemos es la que es, pero podría haber sido otra perfectamente. Mi piel es blanca, de casualidad. Escribo en castellano, pero podría hacerlo en mandarín. Nuestra historia puede ser escrita como un trenzado de casualidades, de puertas que se abren, y personas que están allí, por casualidad, con la mano en la aldaba colándose en nuestras vidas. Los hechos son fortuitos, pero una vez que acontecen, se apoderan de nosotros, nos hacen suyos, nos secuestran, nos transportan.

Por casualidad te encuentras a alguien en el metro, un conocido del pasado, tal vez del futuro; casualmente, trabas amistad con personas con las que jamás soñaste cruzarías ni tan siquiera una palabra. Alguien conoce a alguien a quien tú conoces, tal vez en tu ciudad, posiblemente al otro lado del mapa. Todo se conecta, como un círculo que pone las vidas de los seres humanos en contacto. La casualidad es el detonante.

Ana corre huyendo de una funesta noticia, escapa de la muerte. Otto corre en busca del reconocimiento de sus compañeros, que tiene forma de balón. Un tropiezo, una mirada. El círculo se abre, y las casualidades se desbocan. El amor es asi, casual. Abres la puerta de tu casa y nunca sabes lo que va a pasar, quien abrá al otro lado, cuanto tiempo habitará en tu tiempo, y no eres capaz de calcular el daño o la felicidad que te deparará. Mi amor siempre ha sido casual, fortuito. Nunca supe donde estaba: en un cine, al otro lado de la red, en los baños de un bar, hablando con un conocido. Mi amor como el de Ana y Otto es casual y circular, y puede que me lleve lejos, al fin del mundo, o que se quede en casa.

Ana (cuyo nombre es capicúa, para dar buena suerte) descubre en el amor de Otto (que también se puede leer su nombre igual de principio a fin, o viceversa) una casualidad maravillosa, . La casualidad ha hecho que mi amor también esté en carne viva. Mi nombre no es capicúa, pero por casualidad, si lo lees al revés, en gallego hace referencia a la luna reflejada en el agua. Nítida agua. Transparente luna. Amor en ascuas. Bendita casualidad.

 
Meapilas
No esperaba encontrármela y lo hice. Ya no luce aquella trenza que su madre confeccionaba para evitar que le pegaran los piojos, ni las feas ondulaciones, vestigio del efectivo peinado antiparasitos, no, ahora es hasta guapa, sin gafas, sin coletas, guapa. Es ella la que me para, la que me reconoce; qué menos después de más de quince años compartiendo pupitre: de parvulitos hasta el primer año de instituto.

"¡Qué cambiado estás!", y de repente no somos dos desconocidos, súbitamente somos aquellos niños que crecimos al amparo de la Bruja Avería y los Electroduendes, casi sin normas, un poco salvajes, que andorreábamos las calles sin rumbo, sin saber muy bien que hacer ni a que jugar. "Ahora estoy de jardinera en el Ayuntamiento, tres meses, y luego yo que sé..." Yo pinto mejor, yo siempre serví para estudiar, ella no; yo nunca repetí curso, suspendí pocos exámenes. Ella se quedó a mitad de camino.

Me acuerdo de todos los niños de la clase, y también del Hada Video, de la Bruja Truca, de Maese Cámara y Maese Sonoro, y de <¿Carlitos?, se casó, sí, y tiene un niño o una niña, no lo sé; es albañil, creo. Ya no vive en el barrio. ¿La Raquel?, ¿la Negra?, tiene una niña, y hace mucho que no la veo. ¿Jesús?, bah, qué payaso, entró de enchufe en REPSOL, y allí está, tan chulo como siempre. ¿La Marcia?, fíjate con lo pendona que era se casó con el novio ese que se echó en sexto, y se fue a Mallorca. Se murió su madre. ¿La Sara?, ¿La Sosa?, pues el marido le pegaba y se vino a casa de su madre, luego el tío se mató en un accidente de moto, y ella discutió con su madre porque le tocaba cuidar siempre al niño, total que se enfadaron y se fue del pueblo. ¿La Rocío?, tuvo un niño, la veo a veces, pero no nos hablamos. ¿Javi? ¿Caraliebre?, tú sabrás más de él, que érais íntimos..., pa mi que es un poco mariquita..., ¿yo?, no digo na, allá cada cual. ¿Fernandito?, ni me habla, un creído. ¿La Iratxe?, pues es panadera en el Mercadona, está casá, y digo yo que le irá bien, porque me mira por encima del hombro siempre..., como sólo soy jardinera>.

Nunca quisimos ser Humanoides, ni ella ni yo, ni Carlitos, ni Iratxe, ni Raquel.., ni ninguno.. Pensamos que viviríamos siempre siendo niños, jugando, que nunca tendríamos 27 años, que el colegio no se acabaría, que habitaríamos por los siglos de los siglos en ese mundo de fantasía que nos construimos y del que era tan difícil sacarnos. Panaderas, albañiles, jardineras, trabajadores de REPSOL, maestros, mujeres maltratadas, madres solteras, mariquitas..., niños que ya no somos, libres de los piojos, pero presas de los monstruos.

Nos despedimos, buenos propósitos que no se cumplirán. Yo salí de allí, del barrio, del pueblo. Ella no. , me giro, la veo sonreír..., lo va a decir, lo va a decir, y no sé si seré capaz de reprimir una lágrima. <...adiós...>, lo dirá, aquel epíteto que nunca fue un insulto, que nos recordaba lo niños que éramos, y lo que nos faltaba por crecer. Ahora cobra pleno sentido, a mis casi 27 años lo cobra, y lo dice, <...meapilas>. Sonrío, y le contesto: "adiós gilivatios. Adiós Vane, adiós". ¿Qué otra cosa podía hacer?